Abstract / Resumen Clínico

En este ensayo profundizamos en el concepto de Justicia Ocupacional y el impacto devastador del entorno sociopolítico en la salud física y mental de los pacientes. A través de la lente de la ficción (Years and Years) y la realidad clínica de la trinchera ortopédica, analizamos cómo la especulación inmobiliaria genera alienación ocupacional y cómo la falta de regularización migratoria destruye la biomecánica de los cuerpos más vulnerables.

Lejos del mito de la meritocracia, reivindicamos un liderazgo basado en el «ganar-ganar» y la ruptura de la neutralidad clínica: el Terapeuta Ocupacional no es un mero dispensador de ortesis, sino un agente político y social con el deber deontológico de combatir la exclusión.

Porque la rehabilitación no sirve de nada cuando la sociedad te rompe el alma y te quita el techo.

Nota antes de empezar:

Este es probablemente el artículo más extenso y profundo que he escrito en «El Terapeuta Electrónico». No es una lectura rápida para el metro; es un ensayo clínico, político y humano. Hablaremos de distopías que ya están aquí, de jefes que entendieron la vida antes que el Excel, de infraviviendas que atrofian músculos y de migrantes que sostienen nuestro estado de bienestar. Te invito a leerlo con la mente abierta y el corazón dispuesto.

¡Hola amig@s, soy Pedro, El Terapeuta Electrónico! Hoy vamos a adentrarnos en las entrañas de nuestra profesión, a quitarnos la bata aséptica, esa que a veces usamos como escudo para no mancharnos con la realidad de nuestros pacientes, y a entender por qué prescribir la silla de ruedas más avanzada del mercado es un acto inútil si la persona que la ocupa no tiene un lugar digno donde habitar.

En los últimos meses he estado algo más desaparecido por aquí, pero no por ello he dejado de darle vueltas al significado real, tangible y crudo de mi profesión. A ese trabajo “comunitario” que nos toca hacer en la ortopedia, detrás del mostrador o en el taller, viendo a gente de toda clase, rango social, nacionalidad y circunstancias. La clínica es un confesionario laico, un cruce de caminos donde confluye la biomecánica y la miseria, la esperanza y la avaricia.

Veo mucho debate, televisado, en redes —a menudo convertido en un circo romano de *ragebait* y clics fáciles— e intento tener alguno fructífero en directo, en la vida real, para no olvidar lo que es el peer to peer sin una pantalla de por medio. Tristemente, creo que he llegado a una conclusión quizá derrotista, quizás clarificadora: el ser humano por lo general es maravilloso, pero vivimos en una época donde el egoísmo, el narcisismo, la vanidad y la avaricia se han apoderado de todos los estratos sociales, en mayor o menor medida.

La Falacia de la Neutralidad: Por Qué Debemos Hablar de Política

Hablar de política es hablar de la vida diaria, aunque nos han vendido, empaquetado y suministrado por vía intravenosa ese mensaje analgésico de que hay que separar la vida personal y laboral de la política. «En el trabajo no se habla de política ni de religión», nos dicen. Qué gran mentira corporativa diseñada para mantener el status quo. Pero como animales sociales y seres de este mundo, es responsabilidad nuestra hablar, debatir e intentar cambiar el rumbo de la deriva que está tomando esta sociedad.

Quizás no podamos con un mar inmenso usando pequeñas barcas, pero si cambiamos el rumbo de la nuestra, en nuestro espacio más “micro” —nuestra consulta, nuestro taller de ortopedia, nuestra interacción diaria con el paciente— quizás otras barcas nos sigan.

El Terapeuta Ocupacional no es un mero prescriptor de plástico, aluminio y fibra de carbono. Somos agentes de intervención en el entorno. Y el entorno, amigos míos, no es solo si la puerta del baño mide 80 centímetros para que pase una silla de ruedas; el entorno son las leyes, la economía, la inflación, el racismo estructural y la especulación inmobiliaria. Aislar al paciente de su contexto sociopolítico es cometer una negligencia clínica de manual.

Years and Years: El Pedestal de Cristal y la Distopía Inminente

Para entender lo frágiles que somos, quiero invitaros a reflexionar sobre una obra maestra de la televisión: Years and Years (creada por Russell T. Davies). Si no la habéis visto, hacedlo. Es un bofetón de realidad que te quita el aire. La serie narra cómo una sociedad occidental estándar, con sus comodidades, sus profesionales liberales y sus debates de sobremesa, puede desmoronarse y convertirse en una pesadilla autoritaria y precaria en el transcurso de apenas diez o quince años. Todo a través de un par de legislaturas erróneas, un par de crisis bancarias y la normalización del discurso de odio.

Lo que me aterra de Years and Years, y lo que aplico directamente a nuestra visión clínica, es cómo destruye la ilusión del pedestal. A menudo, desde nuestra posición de profesionales de la salud, con nuestro sueldo a fin de mes, nuestra casa (aunque sea hipotecada) y nuestra formación universitaria, observamos la vulnerabilidad social como un fenómeno alienígena. Vemos los cayucos llegar a las costas en el telediario mientras cenamos, y sentimos una empatía aséptica, la de quien mira a un animal herido desde el otro lado de la valla del zoológico.

Pero la serie nos enseña algo fundamental: el pedestal desde el que observamos y juzgamos puede pasar a ser un cayuco en cuestión de tres decisiones políticas equivocadas. En la ficción vemos a asesores financieros y arquitectos perdiéndolo todo de la noche a la mañana, viéndose obligados a trabajar en la economía gig, perdiendo sus casas y terminando en zonas de exclusión que son prisiones al aire libre.

La Fragilidad de la Autoeficacia Ocupacional

En Terapia Ocupacional usamos el concepto de volición (del Modelo de Ocupación Humana de Kielhofner), que es la motivación para la acción, construida sobre nuestra causalidad personal (lo efectivos que nos sentimos), nuestros valores y nuestros intereses. Cuando el sistema colapsa, como en la serie, la causalidad personal se destruye. La persona que ayer elegía qué material termoplástico quería para su férula, hoy pelea por un rincón caliente donde dormir. Esa caída vertiginosa genera un trauma psicosocial y físico brutal. Como terapeutas, debemos entender que la estabilidad de nuestros pacientes (y la nuestra propia) pende de un hilo llamado «Estado de Bienestar», y defender ese estado es parte de nuestra labor clínica.

«Mientras tú ganes, yo gano»: La Ética Sanitaria frente a la Meritocracia

Frente a esta fragilidad social, necesitamos referentes que nos anclen a la humanidad. Hace años tuve un jefe que marcó profundamente mi visión de la profesión. Era un hombre hecho a sí mismo, de los de verdad. Alguien que había nacido sin nada, que había tenido que construir su vida bloque a bloque, esquivando la miseria. Pero, a diferencia de tantos otros que al llegar a la cima se vuelven defensores acérrimos del individualismo feroz, él mantenía una lucidez extraordinaria.

Nunca cayó en la trampa tóxica de la meritocracia, esa mentira que nos dice que «si eres pobre es porque no te esfuerzas lo suficiente» o «el que quiere, puede». Él sabía perfectamente de dónde venía, sabía qué factores de suerte, oportunidades y ayuda externa habían intervenido en su éxito. Y una tarde, hablando de la gestión del equipo y de los pacientes, me dijo una frase que me retumbó en la cabeza para siempre:

«Pedro, mientras tú ganes, yo gano, las personas están mejor atendidas y serás mejor persona.»

Esta frase provenía de una persona sin una necesidad impostada o religiosa de «ayudar al prójimo», sino de alguien profundamente humano e inteligente. Sabía que el éxito sostenible no se basa en exprimir al trabajador ni al cliente. Entendía la interdependencia. Si yo, como trabajador, tenía buenas condiciones, tranquilidad mental y reconocimiento (yo ganaba), iba a aplicar toda mi energía, empatía y conocimiento técnico en atender al paciente de forma excepcional (el paciente ganaba). Y, por ende, su empresa iba a prosperar de manera orgánica y ética (él ganaba).

Y al final, añadía la pieza clave: «y serás mejor persona». Porque trabajar en un entorno de seguridad y cuidado mutuo nos aleja de la supervivencia reptiliana y nos permite florecer moralmente. Estando en el sector sanitario, las personas, los pacientes, tienen que estar en el centro. No los números, no el margen de beneficio de una ortesis de rodilla, sino la calidad de vida de quien la lleva puesta.

El Derecho a Habitar vs. La Supervivencia Rentista

Y es precisamente este abandono de la persona como centro de la sociedad lo que me lleva a uno de los temas más sangrantes de nuestra actualidad: el derecho a la vivienda. El derecho a habitar, a poder construir un hogar, a poder ser. Un derecho que va ligado al momento y al sino más absoluto de las personas: vivir y desarrollarse.

Lo que pasa últimamente es que miles de personas en España y en todo el mundo se ven obligados a «habitar» o sobrevivir, que es, pura y llanamente, malvivir. Y eso tiene afectaciones ocupacionales sin precedentes. Nos hacen ver que el sistema es el que está mal, y es cierto, pero el sistema también eres tú. Eres tú, esa persona que se compra un piso con el dinero de papá y mamá, o con ayuda de la familia, para ponerlo en alquiler a 1000 euros en una zona donde hace unos años se pagaban 500€.

Cierto es que la vida se ha encarecido y que quizás vivimos por encima de nuestras posibilidades porque nos han vendido que todo es posible. Pero quizás nosotros, una vez más, seamos parte del problema y no de la solución hasta que no lo veamos.

La Alienación Ocupacional de la Infravivienda

¿Qué ocurre biomecánicamente y psicológicamente cuando una persona vive en una habitación alquilada de 10 metros cuadrados porque no puede pagar más? Desde la Terapia Ocupacional lo llamamos Alienación Ocupacional: la imposición de participar en actividades que no tienen significado o la privación de participar en las que sí lo tienen.

Imagina un paciente con hemiparesia secundaria a un ACV (Accidente Cerebrovascular). Le prescribimos un AFO (Ankle Foot Orthosis) dinámico para mejorar la dorsiflexión y evitar el pie equino, además de un programa de ejercicios de reeducación de la marcha. Pero ese paciente vive en un piso «fileteado», en un cuarto sin ascensor. No tiene espacio físico en su habitación para hacer transferencias seguras, mucho menos para deambular. El hacinamiento limita sus rangos de movimiento (ROM). El estrés constante de convivir con desconocidos hostiles eleva su cortisol, aumentando la espasticidad muscular. Nuestra ortesis perfecta de 800€ se queda guardada en un rincón. La especulación inmobiliaria está discapacitando a este paciente mucho más que su propia lesión cerebral.

¿Realmente alquilar es tan peligroso para el pobre propietario asediado por los okupas fantasma que nos venden en la televisión? ¿Entonces por qué las redes, los programas de televisión y los matinales se llenan de gente “emprendedora” que filetea pisos como si fueran charcuteros de la miseria humana?

Lo hacen para poder sacar la mayor rentabilidad del espacio, ofreciendo una solución de mala vida a gente que no puede afrontar el mercado de la vivienda. Lo hacen para dar más dinero, ego y avaricia a su bolsillo en pro de una supuesta “diversificación económica”. Nos llenan la cabeza con cientos de mensajes sobre el capital, la renta, la productividad, la bolsa, los impuestos… todo para disimular y disfrazar una realidad penosa: especular con la necesidad básica de tener un techo te convierte en parte de una maquinaria opresiva.

Y eso no se tapa con mensajes vacíos de gurús financieros. Se trabaja con la empatía, la educación y sobre todo, el respeto al prójimo.

Hace poco, en una conversación con unos amigos de cierto corte neoliberal, uno de ellos planteaba que comprar vivienda para alquilar es una inversión segura. Lo justificaba diciendo que es un «riesgo que toma», adornado con el eterno mensaje de que el gobierno, Hacienda, el Papa y Dios nos roban. Pero mientras él dice proteger su patrimonio, desgasta, ahoga y hace sufrir de una manera sibilina y latente a sus inquilinos pasados, presentes y futuros. Los obliga a elegir entre comer carne fresca o pagarle la renta.

En la misma mesa, otro amigo que invertía en bolsa, diversificaba bonos y ponía su dinero en una rueda del capital (porque «el dinero parado no tiene valor», otro mensajito mainstream), hizo una matización que me llamó la atención. Le dio un sesgo de cierta responsabilidad y casi de educación: «Mi dinero lo invierto en empresas, me arriesgo yo asumiendo las fluctuaciones del mercado, pero no juego con la vida de las personas ni con su necesidad de dormir bajo techo». Interesante reflexión que marca la línea entre el capital de inversión y el rentismo usurero.

La Regularización, el Ragebait y la Humanidad Perdida

Y de aquí nos vamos al siguiente tema, la famosa «regularización comunista» del gobierno actual, que suena a ragebait de libro, una estrategia muy medida de los sectores más conservadores para atacar todo lo que huela a social (con o sin -ismo). Medio millón de personas migrantes en situación irregular podrían regularizar su situación. Esto significa algo muy simple y muy profundo: entrar a un empleo digno, remunerado, con cotizaciones.

Significa que pueden acceder a una sanidad con plenas garantías, a una vivienda regular, generar beneficio al país y a la comunidad. Pero estamos tan metidos en nuestros propios culos que una vez más (como ocurre cíclicamente cada equis años) cierto sector de la sociedad nos intenta hacer ver que la inmigración y las personas sin papeles son un problema de “seguridad nacional”. Nos inflan a datos inconexos, tergiversados, interpretados a su antojo. Nos llenan las redes, los informativos y los periódicos de ruido blanco para que no podamos pensar con claridad.

El Coste Físico de la Irregularidad: Un Análisis Clínico

¿Sabéis quién acude a mi clínica con las peores lesiones musculoesqueléticas crónicas? No es el oficinista que juega al pádel los sábados. Es la mujer migrante sin papeles que trabaja interna cuidando a dos ancianos dependientes de 90 kilos. Como no tiene contrato, no tiene acceso a grúas de transferencia domiciliarias proporcionadas por el sistema público. Como tiene miedo a ser deportada, no exige medidas ergonómicas. Realiza levantamientos manuales de cargas con biomecánicas destructivas (flexión lumbar más rotación bajo carga extrema) diez veces al día.

El resultado clínico es devastador: hernias discales L4-L5 extruidas, desgarros en el manguito de los rotadores y epicondilitis crónicas. La falta de regularización la obliga a destrozar su cuerpo para sostener la vida de nuestros mayores. Cuando finalmente llega a mis manos, derivada por alguna ONG o reuniendo los pocos ahorros que tiene para comprar una faja sacrolumbar semirrígida, veo en sus ojos el agotamiento de quien carga con el peso de la hipocresía de toda una nación.

En este sentido, solo recomiendo unas cuantas cosas, una vez más: empatía, respeto y educación. Desde mi ortopedia veo a diario personas de diversas nacionalidades, color, edad, sexo, educación… y creedme, he visto la naturaleza humana en todas sus facetas.

Hay «españoles de bien» (de esos de bandera en la pulsera) que son unos auténticos tiranos sin escrúpulos con sus familiares mayores o con los trabajadores que los cuiden. Y luego hay españoles de bien que son realmente eso: gente buena, maravillosa, extraordinaria, que se desvive por hacer el bien.

En el otro lado de esta «emergencia nacional», entre los migrantes, también me encuentro de todo. Hay gente pilla, que intenta engañarte, sacar ventaja o aprovecharse de ti, por supuesto, porque la picaresca no entiende de fronteras. Pero luego me encuentro con historias que te parten en dos. Padres y madres dejándose literalmente la vida, la salud y la espalda por sus hijos con discapacidad severa. Muchos en situación irregular que trabajan de sol a sol en el infierno de los invernaderos, la construcción en negro o el servicio doméstico, y luego van a su casa a darse un baño de lava caliente de realidad, intentando mantener a flote a su familia.

Y mientras tanto, «gentes de bien» les señalan por la calle o en Twitter como los culpables de la decadencia occidental. Vuelvo a preguntar: ¿Eso es humanidad? ¿Desde qué pedestal moral nos hemos atrevido a juzgar el instinto de supervivencia de un ser humano?

El Silencio Cómplice y el Deber Deontológico

Como estará la cosa de tensa, obscena y deshumanizada, que hasta la propia Iglesia Católica, una institución no precisamente conocida por su radicalismo progresista, está empezando a alzar la voz, emitiendo comunicados y diciendo que vaya tela con el país que se nos está quedando y con el trato que damos a los más vulnerables.

Nuestra profesión, la Terapia Ocupacional, nació históricamente del Tratamiento Moral a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Nació de la idea revolucionaria de que las personas con enfermedades mentales o discapacidades físicas tenían derecho a un trato humano, compasivo y, sobre todo, a participar en ocupaciones significativas que restauraran su dignidad. Nació como una respuesta contra el encadenamiento y el hacinamiento en manicomios.

Han pasado siglos, ya no usamos cadenas de hierro, pero la sociedad ha creado cadenas económicas e inmobiliarias. Como terapeutas ocupacionales, si ignoramos estas nuevas formas de exclusión, estamos traicionando el núcleo fundamental de nuestra existencia profesional.

Por eso quiero hacer esta entrada en mi página web, «El Terapeuta Electrónico». Una entrada dura, sí. Larga, sin duda. Pero libre de sensacionalismo barato y con un mensaje que fomente la humanidad y la buena praxis. Necesitamos generar herramientas de pensamiento crítico y debate, fundados en la teoría sociosanitaria y la práctica clínica de trinchera.

Somos agentes de cambio necesario. Es imperativo nuestro posicionamiento político y social. No se trata de militar en un partido concreto, se trata de militar en la defensa de los derechos humanos básicos. Debemos defender a las personas por deontología, por biomecánica y por simple y pura humanidad. Porque, recordando la serie Years and Years, el día que el sistema decida que tú ya no eres útil, desearás con todas tus fuerzas que alguien haya luchado por mantener en pie la red de seguridad social que te salvará de ahogarte.

El Desafío Clínico de Mañana

Te invito a que mañana, cuando entre tu primer paciente por la puerta, no le mires solo el rango articular del hombro o la marcha claudicante. Míralo como un ser ocupacional inmerso en un entorno que a veces es más hostil que la propia patología que sufre. Aplica la máxima de «ganar-ganar», trátalo desde la humildad de saber que nuestros destinos están entrelazados, y recuerda que la verdadera terapia siempre, siempre, empieza por la empatía.

Se despide, El Terapeuta Electrónico, actualización completada.

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