Una disección profunda, sincera y necesaria sobre los límites, nichos y la identidad futura de la Terapia Ocupacional.
¡Hola amig@s, soy Pedro, El Terapeuta Electrónico! Hoy vamos a adentrarnos en uno de los debates más incómodos, pero absolutamente vitales, de nuestra profesión. Vamos a hablar de esa delgada y borrosa línea entre ser un profesional verdaderamente holístico y convertirnos, sin darnos cuenta, en el «cajón de sastre» del equipo multidisciplinar. Prepara un buen café, porque hoy toca mirarnos al espejo con mucha honestidad.
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1. La Ocupación: Nuestro núcleo, nuestra bendición y nuestra mayor trampa epistemológica
Desde que pisamos la facultad por primera vez, nos tatúan en el córtex cerebral un conjunto de conceptos hermosos y filosóficamente irreprochables: «la ocupación», «las actividades significativas», «las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria», «el equilibrio ocupacional», «la volición». Y es cierto, es nuestro núcleo, nuestro superpoder y nuestra razón absoluta de ser en el mundo de la salud y lo social. Entendemos al ser humano no como un diagnóstico aislado impreso en un papel, ni como una articulación rígida que necesita ganar grados de amplitud, sino como un ser intrínsecamente ocupacional que necesita, imperiosamente, hacer para poder ser.
Pero seamos profundamente sinceros hoy, compañeros. Pongamos las cartas sobre la mesa. Ese núcleo teórico es tan inmensamente grande, tan filosóficamente inabarcable, que se ha convertido con el paso de las décadas en una afiladísima espada de doble filo. Si partimos de la premisa académica de que «la ocupación» es absolutamente todo lo que hace una persona desde que abre los ojos por la mañana hasta que se acuesta por la noche (e incluso el propio acto de organizar el entorno para dormir)… ¿Significa eso que el terapeuta ocupacional está legitimado, capacitado y, lo que es peor, obligado a intervenir en absolutamente todas las esferas de la existencia humana?
Ahí es donde empieza nuestra crisis de identidad crónica. En nuestro loable afán por no dejar fuera ninguna dimensión del ser humano (lo físico, lo cognitivo, lo emocional, lo social, lo espiritual), hemos creado una narrativa profesional donde parece que somos competentes en la totalidad del universo de la persona. Proyectar tanta información sobre tantos tipos y enfoques diferentes de terapia puede hacernos caer en una redundancia sumamente peligrosa. Damos la sensación al mundo de que podemos abarcar todo, sí, pero en el fondo de la mente de un gerente de hospital, de un director de residencia o de un coordinador de servicios sociales, surge una duda legítima y a veces cruel: «Si esta gente hace de todo un poco… ¿en qué son realmente los expertos insustituibles?».
La Paradoja del Holismo Extremo
Ser holísticos nos permite ver el bosque completo en toda su majestuosidad. Nos permite entender que la falta de movilidad en una mano afecta a la autoestima y, por ende, a la participación laboral. Pero a veces, quedarnos contemplando la complejidad y belleza del bosque nos impide afilar el hacha con precisión quirúrgica para talar el árbol específico que está bloqueando el camino de esa persona. En el mundo pragmático real, el holismo sin una especialización técnica sólida y demostrable suele ser percibido desde fuera como una mera falta de profundidad metodológica.
2. Un viaje a nuestras raíces: Por qué nacimos para ser el «cajón de sastre»
Para entender por qué nos cuesta tanto definir nuestras fronteras, tenemos que mirar por el retrovisor de la historia. No somos todólogos por casualidad; somos el producto de nuestra propia evolución y de las necesidades desesperadas de la sociedad en momentos críticos.
Nacimos bebiendo del movimiento de Artes y Oficios (Arts and Crafts) y del Tratamiento Moral en psiquiatría. En aquellos asilos de finales del siglo XIX y principios del XX, el objetivo no era la precisión biomecánica, sino devolver la humanidad a personas que habían sido despojadas de ella, utilizando telares, carpintería o jardinería como anclaje a la realidad. Éramos los guardianes de la cordura a través de la tarea.
Pero luego llegaron las grandes Guerras Mundiales. Y con ellas, miles y miles de jóvenes que sobrevivieron gracias a la penicilina y a la cirugía moderna, pero que volvieron a casa con cuerpos destrozados, amputaciones, lesiones medulares y traumas psicológicos devastadores. En esos hospitales de reconstrucción, el terapeuta ocupacional tuvo que remangarse y aprender de todo de la noche a la mañana. Tuvimos que aprender a fabricar férulas de metal y cuero improvisadas, tuvimos que enseñar a veteranos de guerra a vestirse con un solo brazo, tuvimos que diseñar adaptaciones para que pudieran volver a conducir un tractor, y al mismo tiempo, tuvimos que escuchar su llanto y manejar su estrés postraumático antes de que la psicología clínica estuviera siquiera estandarizada en los hospitales.
Ahí se forjó nuestra bendición y nuestra maldición. En nuestra génesis, tuvimos que serlo todo porque no había nadie más que lo fuera de esa manera integral. Aprendimos a parchear el sistema, a llenar los huecos que dejaban la medicina tradicional y la cirugía. Fuimos los MacGyver de la rehabilitación.
El problema es que el mundo ha avanzado. La ciencia de la salud y la intervención social se han hiper-especializado en las últimas ocho décadas. Pero nosotros, en muchos aspectos, seguimos aferrados a esa identidad romántica del profesional todoterreno de la posguerra, negándonos a soltar parcelas por una especie de lealtad histórica a nuestros orígenes.
3. La Disonancia Cognitiva del Recién Graduado: La academia frente a la trinchera laboral
Esta falta de delimitación tiene su zona cero en las aulas universitarias. Si queremos hacer una crítica constructiva, debemos mirar con amor pero con firmeza a nuestros planes de estudio. Fomentamos, premiamos y aplaudimos la hiper-fragmentación teórica y la reflexión macrosocial en las aulas, pero nos olvidamos a menudo de la brutal realidad del primer día de trabajo.
Piensa en la disonancia cognitiva que sufre un terapeuta recién graduado. Pasa cuatro años estudiando profundamente los Modelos de la Ocupación Humana, debatiendo sobre justicia ocupacional, analizando la alienación del individuo en la sociedad moderna y creando proyectos teóricos preciosos para poblaciones hiper-específicas (como la anécdota del congreso que mencionabas en tu consulta inicial, donde se teorizaba sobre nichos interseccionales tan micro-segmentados que estadísticamente representan un porcentaje ínfimo de la empleabilidad real).
Ese estudiante sale al mundo laboral con el pecho hinchado de ideales, sintiéndose un agente de cambio global. Pero al día siguiente, firma su primer contrato en una residencia de mayores con 150 usuarios, o en una mutua de accidentes laborales saturada, o en una clínica privada de rehabilitación neurológica. Y de repente, nadie le pregunta por el Modelo Canadiense. El director médico le exige saber evaluar un riesgo de caídas en 5 minutos. El traumatólogo le pide una órtesis dinámica para una parálisis del nervio radial. La familia de una persona con demencia le suplica estrategias prácticas para que su madre no se quite el pañal por las noches. El equipo le exige pragmatismo puro y duro, intervención directa y resultados medibles.
Y ahí, el terapeuta se rompe. Se da cuenta de que sabe mucho de la filosofía del «todo», pero siente que le faltan las herramientas milimétricas para el «algo». Estamos creando expectativas de roles súper específicos en contextos macrosociales, cuando en muchos lugares, a nivel institucional, ni siquiera está consolidada, respetada o entendida la figura básica del terapeuta ocupacional como rehabilitador de la autonomía. Queremos correr la maratón de los nichos sociales más vanguardistas (que son maravillosos y necesarios, repito) antes de haber aprendido a defender nuestro espacio con firmeza, con datos y con evidencia empírica en los pasillos de un hospital general o en el despacho de un asistente social.
El salto al vacío
No podemos seguir enviando a nuestros profesionales al mercado laboral armados únicamente con hermosos marcos teóricos. El holismo no es excusa para la falta de pericia técnica. Necesitamos planes de estudio que aterricen la teoría en la práctica clínica y comunitaria más rigurosa, enseñando cómo monetizar nuestro conocimiento, cómo justificar nuestra plaza frente a una gerencia y cómo medir el impacto de nuestra intervención en el ahorro de costes para el sistema sociosanitario.
4. El espejo de los vecinos: Anatomía de nuestras fronteras profesionales
Si queremos crecer y madurar como colectivo, tenemos que aprender a mirar a nuestros compañeros de trinchera multidisciplinar sin complejos de inferioridad, sin envidias corporativistas de pasillo, pero con una enorme y fría capacidad de análisis estratégico. Miremos, por ejemplo, a la Fisioterapia y a la Psicología.
¿Qué ha hecho magistralmente bien la Fisioterapia en las últimas décadas para ganarse el respeto incondicional de la sociedad? Ha delimitado sus fronteras de granito y luego ha creado nichos sumamente rentables y comprensibles dentro de ellas. Tienen fisioterapia deportiva, neurológica, respiratoria, invasiva, de suelo pélvico… Pero todos, absolutamente todos los fisioterapeutas del mundo, comparten un núcleo de acción unificado, tangible y reconocido por cualquier persona en la calle: el movimiento, el aparato locomotor, la función de los tejidos y el alivio del dolor físico.
El médico de cabecera, el cirujano y el propio paciente saben exactamente qué problema físico tienen que tener para justificar la búsqueda de un fisio. Tienen un mercado de acción y de intervención clarísimamente definido donde aglutinan intervenciones físicas basadas en evidencia.
Lo mismo ocurre con la Psicología. Tienen ramas infinitamente diversas (clínica, organizacional, forense, educativa, deportiva, neuropsicología), pero sus límites fundamentales están blindados: la conducta humana, el procesamiento de las emociones, los trastornos de salud mental y los procesos cognitivos puros. Nadie en el equipo duda de su terreno de juego. Si alguien llora por depresión, va al psicólogo.
Y luego, llegamos nosotros. Entramos a la sala de reuniones del equipo multidisciplinar ondeando la bandera del holismo, con la mejor de las intenciones. Intervenimos en lo cognitivo para mejorar el manejo del dinero, y nos solapamos irremediablemente en la superficie con la neuropsicología. Intervenimos en el componente motor superior, la fuerza y el rango articular para mejorar el vestido, y la línea con la fisioterapia neurológica o traumatológica se vuelve peligrosamente fina, casi invisible en la mente del paciente. Intervenimos en la integración social, en la búsqueda de recursos comunitarios y en la adaptación del entorno domiciliario, y el Trabajador Social, el Educador Social y el Arquitecto levantan una ceja, preguntándose qué hace este profesional de la salud invadiendo su parcela.
A veces, en los equipos más cohesionados y maduros, logramos ser ese puente dorado que traduce el lenguaje médico al lenguaje social. Logramos ser el eslabón perdido. Pero muchas otras veces, si no somos comunicadores asertivos y brillantes, damos la triste sensación de ser simplemente un profesional redundante. Damos la sensación de ser alguien que hace «un poco de lo del fisio, un poco de lo del psicólogo y un poco de lo del asistente social», pero cobrando un solo sueldo. Y eso, estratégicamente, es un suicidio profesional.
5. El Intrusismo Inconsciente, el Complejo de Salvador y el miedo a decir «No»
Esta amalgama de competencias nos lleva a un fenómeno interno que rara vez discutimos en voz alta: nuestro propio comportamiento en el día a día. ¿Qué estamos haciendo mal nosotros mismos?
En primer lugar, padecemos de un «Complejo de Salvador» institucionalizado. Como se nos ha enseñado que vemos al individuo en todas sus facetas, nos resulta físicamente doloroso dejar una faceta sin atender. Si estamos haciendo un entrenamiento en actividades de la vida diaria y el paciente rompe a llorar por un duelo no resuelto, en lugar de validar su emoción, pausar y derivar con firmeza a nuestro colega psicólogo clínico, muchas veces intentamos asumir la contención emocional profunda. Porque «la emoción afecta a la ocupación».
Si vemos que un paciente no tiene recursos económicos para pagar la luz, en lugar de canalizarlo estrictamente a Trabajo Social, a veces nos enredamos haciendo llamadas a ayuntamientos y ONGs, invirtiendo horas de nuestro tiempo clínico. Porque «la pobreza causa deprivación ocupacional».
Esta actitud, aunque nace de la empatía más pura, es tóxica para el sistema. Fomenta el intrusismo inconsciente. Y lo peor: agota nuestros recursos de tiempo, impidiendo que hagamos aquello para lo que somos verdaderamente irreemplazables. Nos da un miedo atroz decir «esta función no es mía, le corresponde a otro colega». Creemos que derivar es fracasar en nuestro holismo, cuando en realidad, derivar correctamente es la demostración máxima de madurez profesional y de verdadero trabajo en equipo multidisciplinar.
Autocrítica Comunicativa
- Exceso de jerga endogámica: Nos empeñamos en hablar de «Desempeño Ocupacional», «Volición» y «Marcos de Referencia» en los informes compartidos, cuando el cirujano, la enfermera o el familiar solo necesitan saber una cosa concreta: ¿Puede el paciente mantener el equilibrio sedente suficiente para usar el inodoro sin riesgo de fracturarse de nuevo la cadera? Debemos aprender a ser bilingües: hablar «terapia ocupacional» entre nosotros, y hablar «funcionalidad pragmática» con el resto del mundo.
- El péndulo de la autoestima: Como colectivo, sufrimos de bipolaridad en nuestra autoestima. O bien nos sentimos el último mono del escalafón sanitario (y actuamos a la defensiva, justificando constantemente nuestra existencia), o bien adoptamos una postura mesiánica y condescendiente argumentando que «somos los únicos que de verdad vemos al paciente como un todo y le damos sentido a la vida». Ambas posturas generan anticuerpos en cualquier equipo de trabajo.
6. El gran cisma epistemológico: ¿Amigos de la Pachamama o Clínicos Biomecánicos?
Toda esta confusión de fronteras nos lleva inevitablemente al núcleo del debate intelectual que divide y polariza a nuestra profesión en la actualidad. Si miramos a nivel global y buscamos un faro, un ejemplo o un estándar que tomar como guía de intervención real… nos encontramos con dos mundos que a veces parecen irreconciliables.
En un rincón del cuadrilátero, pesando toneladas de evidencia empírica, tenemos la Terapia Ocupacional del modelo Norteamericano o Anglosajón. Es una disciplina altamente clínica, procedimental, fuertemente arraigada en el modelo médico hegemónico y regida de forma casi dictatorial por la Práctica Basada en la Evidencia (EBP) y las compañías de seguros. Si trabajas bajo este paradigma en la especialidad de mano, por ejemplo, no te sientas a filosofar sobre la alienación social del trabajador. Sabes exactamente, al milímetro, qué protocolo de rehabilitación temprana aplicar tras una tenorrafia. Sabes qué grados exactos de tracción dinámica poner en la órtesis que tú mismo diseñas y moldeas. Sabes en qué semana exacta de cicatrización tisular puedes permitir el agarre de pinza y en qué momento puedes medir la fuerza con un dinamómetro Jamar para reincorporarlo a la cadena de montaje. Es un modelo frío, calculador, medible, sumamente respetado en entornos hospitalarios agudos y, sobre todo, altamente financiable. Es ciencia pura, dura y biomecánica al servicio directo de la función física y cognitiva.
En el otro rincón del cuadrilátero, golpeando con la fuerza de la reivindicación moral, está la poderosa corriente de la Terapia Social, Crítica y Comunitaria, fuertemente impulsada desde los países del Sur Global (con un liderazgo intelectual y activista enorme en toda Latinoamérica). Este modelo se planta frente al sistema médico y dice: «Paremos la máquina». Critica ferozmente la hiper-medicalización de la vida cotidiana. Nos recuerda, con una razón aplastante, que las verdaderas barreras que impiden la participación ocupacional plena no siempre están ubicadas en un ligamento cruzado roto o en una red neuronal infartada, sino en una estructura social capitalista excluyente, en el diseño urbano hostil para la diversidad funcional, en la pobreza sistémica, en el edadismo, el racismo y en la falta de acceso a derechos humanos básicos. Esta corriente nos pide, casi nos exige, que salgamos de las frías paredes del hospital, que nos manchemos de barro, que seamos activistas, defensores acérrimos de la justicia ocupacional y verdaderos agentes de cambio sociopolítico.
¿Y cuál es la revelación incómoda que nadie quiere admitir en los pasillos de los congresos? Que ambas posturas tienen absoluta e indiscutible razón. Y que ambas son críticamente necesarias para la humanidad.
El problema no es la existencia de ambos modelos, que enriquecen nuestro cuerpo de conocimiento de forma espectacular. El problema gigantesco, la trampa mortal en la que estamos cayendo como gremio, es intentar exigir que un mismo y único terapeuta ocupacional encarne y ejecute ambos modelos simultáneamente a lo largo de su carrera, o peor, de su jornada laboral. Exigirle a un profesional que sea a la vez un erudito biomecánico capaz de interpretar una electromiografía para rehabilitar un nervio periférico por la mañana, y al mismo tiempo, pretender que por la tarde salga a la calle a liderar una intervención comunitaria de emancipación de base marxista contra la exclusión residencial… es una locura. Es una receta garantizada para la mediocridad técnica (porque quien mucho abarca poco aprieta) y para la destrucción psicológica del profesional.
No somos todólogos. Somos excepcionales Clínicos. Y somos excepcionales Agentes Sociales. Pero es cognitiva, física y humanamente imposible ser ambas cosas con un nivel de excelencia, rigor y maestría dentro de las horas que tiene un día.
La Urgencia Vital de la Especialización Reconocida
Un médico neurocirujano no siente que está traicionando a Hipócrates por no atender partos. Un educador social no se siente un fraude por no saber prescribir ejercicios de fortalecimiento isométrico. La Terapia Ocupacional necesita imperiosamente crear, abrazar y blindar legalmente sus propias ramas de especialización formales. El Terapeuta Clínico de una UCI no es un «traidor al holismo» ni es «menos terapeuta» por no militar en el activismo comunitario de su barrio. Y el Terapeuta Social Comunitario no es menos válido, ni inferior científicamente, por haber olvidado cómo se lee la goniometría de una articulación radiocarpiana. Debemos darnos permiso mutuo para soltar parcelas y dejar de exigirnos la divinidad de la totalidad.
7. El coste oculto de ser un «Todólogo»: El Burnout y el Síndrome del Impostor
Todo este análisis teórico tiene un impacto brutal en nuestra carne y en nuestra mente. Hablemos de la salud mental de los que nos dedicamos a cuidar la salud de los demás.
La consecuencia directa de no tener límites claros en nuestra profesión es una epidemia silenciosa de agotamiento crónico (burnout) y Síndrome del Impostor. Cuando la expectativa implícita es que debes saber adaptar un baño, manejar los trastornos conductuales de la esquizofrenia, diseñar un asiento moldeado de yeso para un niño con parálisis cerebral, estimular sensorialmente a un bebé prematuro, fabricar una férula para una artritis reumatoide y asesorar laboralmente a un joven con autismo… la única certeza con la que vives es que nunca sabes lo suficiente.
Nos pasamos la vida saltando de curso en curso, acumulando formaciones de fin de semana inconexas: un poco de integración sensorial por aquí, un poco de concepto Bobath por allá, un taller de mindfulness, un posgrado en demencias. Intentamos tapar las vías de agua de un barco que es demasiado grande para ser navegado por una sola persona. Y la sensación que nos queda al final del día, cuando cerramos la puerta de la consulta, es una losa en el pecho que nos susurra que somos un fraude, que estamos improvisando, que no dominamos nada con la autoridad que tiene el compañero fisioterapeuta sobre la articulación de la rodilla.
Tenemos que detener esta masacre de nuestra propia salud mental profesional. Especializarse no es perder visión de conjunto; especializarse es tener el respeto suficiente por el paciente como para admitir que no puedes resolverle la vida entera, pero que vas a ser el mejor del mundo resolviendo un aspecto muy concreto y vital de ella.
8. El Arte Perdido: Rescatando nuestra herramienta definitiva
Ante esta crisis, ¿qué nos queda que sea verdaderamente y exclusivamente nuestro? No es la anatomía. No es la psicología. Nuestro Santo Grial, el artefacto más poderoso que poseemos y que muchas veces olvidamos usar por estar compitiendo en el terreno de otros, se llama Análisis de la Actividad.
Mientras otros profesionales evalúan sistemas (el sistema neuromuscular, el sistema cardiovascular, los procesos afectivos), nosotros somos los únicos profesionales entrenados para diseccionar matemáticamente y cualitativamente un acto de la vida real. Somos capaces de coger la acción aparentemente banal de «vestirse una camisa con botones» y desglosarla en decenas de sub-pasos, identificando qué destreza motora fina falla, qué demanda de procesamiento visual requiere el contraste del ojal, qué nivel de tolerancia a la frustración está implicado y cómo el tejido afecta a la modulación sensorial de la piel.
Si domináramos de verdad y comunicáramos con autoridad nuestro Análisis de la Actividad, dejaríamos de ser todólogos para convertirnos en los expertos supremos de la acción humana. Seríamos imprescindibles. Ningún diagnóstico, desde una amputación hasta una depresión mayor, estaría completo sin nuestra disección de cómo ese diagnóstico impacta en la mecánica del día a día.
9. El futuro que nos depara: De la dispersión al foco láser
Llegados al final de esta larga y necesaria reflexión, ¿qué futuro nos depara como terapeutas ocupacionales? Las cartas, amig@s, están boca arriba sobre la mesa. Si seguimos por el camino actual de la indefinición romántica, intentando ser ese profesional místico que hace un poco de todo pero que nadie sabe definir claramente en lo que dura un viaje en ascensor, el pronóstico es sombrío. Seremos lenta pero inexorablemente absorbidos, apartados o fagocitados por profesiones con límites más agresivos, currículos más técnicos y estrategias de marketing profesional y político mejor definidas.
Pero yo me niego a ser pesimista. Conozco el potencial transformador de lo que hacemos. He visto manos volver a acariciar, he visto personas volver a cocinar y he visto vidas volver a cobrar sentido. Creo firmemente, con cada célula de mi cuerpo clínico, que el futuro brillante de nuestra profesión pasa obligatoria e ineludiblemente por la Especialización Rigurosa, Oficial y Basada en la Ocupación.
Pasa por aceptar, de una vez por todas, que las Actividades de la Vida Diaria y la participación significativa son nuestro objetivo, nuestro norte, la meta final de la carrera. Pero debemos entender que los medios, las herramientas y los conocimientos que utilizamos para lograr que el paciente cruce esa meta requieren de un saber neurocientífico, biomecánico, psicológico o sociológico tan sumamente denso que debemos acotarlo y dominarlo en profundidad a través de especialidades (Salud Mental, Rehabilitación Física, Pediatría, Comunitaria), no solo sobrevolarlo como turistas.
Debemos dejar de pedir disculpas en las reuniones clínicas por solaparnos con otros profesionales. En su lugar, debemos dar un paso al frente con orgullo y explicar con contundencia cuál es nuestra perspectiva única e irremplazable dentro de ese solapamiento ineludible. Retomemos el clásico ejemplo del equipo de neuro-rehabilitación, porque es ahí donde se ve la magia pura:
- El Fisioterapeuta dedicará su excelente sesión técnica a normalizar el tono muscular del miembro superior afectado, a trabajar el control postural desde el core y a reeducar las fases biomecánicas de la marcha. Ese es su arte.
- El Neuropsicólogo se sentará a solas con el paciente en un entorno controlado para rehabilitar la memoria de trabajo, la atención sostenida y las funciones ejecutivas mediante tareas estructuradas y tests estandarizados. Ese es su arte.
- Y el Terapeuta Ocupacional… el terapeuta será el alquimista final. Tomará ese tono muscular recién normalizado por el esfuerzo del fisio, utilizará esa frágil atención sostenida trabajada con sudor por el psicólogo, y se llevará al paciente al caos impredecible de una cocina real. Allí le enseñará cómo, con su nueva y limitante realidad corporal y cognitiva, puede prepararse una triste taza de café de forma segura, organizando los pasos, compensando el déficit de agarre en la manija de la taza y recuperando, en el mismísimo acto de dar el primer sorbo a ese café, su dignidad perdida y su rol de adulto independiente. Ese es nuestro inigualable arte.
Ese es nuestro valor incalculable para el sistema sanitario y social. Somos la integración absoluta de los déficits médicos aislados en el maravilloso, sucio y complejo teatro que es la vida real cotidiana. No necesitamos intentar ser el fisio, no necesitamos intentar ser el psicólogo, ni necesitamos jugar a ser el trabajador social para sentirnos importantes. Solo necesitamos ser lo que el mundo moderno, envejecido y cronicamente enfermo necesita a gritos: unos ingenieros brillantes, pragmáticos, técnicos y profundamente empáticos de la rutina diaria humana.
Es hora de soltar lastre, compañeros. Es hora de dejar de intentar abarcar todo el espectro de las infinitas problemáticas de la existencia humana solo para intentar complacer a nuestro propio ego holístico. Apretemos de una vez, con uñas y dientes, en lo que somos verdaderamente los mejores del mundo: devolverle a la gente el control sobre su propio día a día, su libertad y su autonomía. Ya sea lográndolo a través de la fabricación de una férula termoplástica milimétrica en el rincón de un taller de mano ortopédico, o mediante la brillante adaptación de una dinámica grupal en el corazón de un centro de día.
