«¡Hola amig@s, soy Pedro, El Terapeuta Electrónico! Hoy vamos a iluminar una de las sombras más silenciadas de nuestra sociedad, descubriendo cómo el poder curativo de la ocupación diaria puede abrazar el dolor de un aborto y guiar un duelo perinatal.»
Este escrito está dedicado con todo mi amor a mi amiga Ariadna y a su pareja. Por su valentía al transitar las sombras y por enseñarme que, incluso cuando el puzzle se rompe, las piezas pueden volver a brillar.
La fiesta a la que no fui invitado (Pero a la que debemos asistir)
Hoy quiero hablar de un tema controvertido, profundo y, lamentablemente, muchas veces tabú. Hace poco, mi amiga Ariadna ha sufrido un aborto de un embarazo sumamente deseado. La noticia fue un palo absoluto, lo reconozco. Y mi reacción inicial ante esto (yo, que soy pro-niños, pero de los demás, no para mí) fue bastante rara. Creo que fue una reacción tristemente aprendida. Como hombre, criado y socializado en una sociedad con cimientos machistas, este tema me incomoda. Es obvio. Más aún cuando es tratado en una relación de amistad hombre-mujer, donde a los hombres se nos ha enseñado históricamente a ser los «resolutivos» y a huir del fango emocional.
No me sentía, ni me siento del todo cómodo en estas tesituras, ya que, por un lado, siento que es una «fiesta» donde no se me invita (perdón por el ejemplo tan banal para algo tan serio), un mundo íntimo, fisiológico y emocional que no me pertenece. Pero la cuestión es que hace poco pude hablar con ella de un modo mucho más cercano, tranquilo y sosegado. Cierto es que fue iniciativa de ella, inmersa en su proceso de duelo y recuperación. Y mientras hablaba con ella, mientras se desahogaba mostrándome sus luces y sus sombras de estas últimas semanas, pensé en lo inmensamente bonita que es la Terapia Ocupacional, la amistad sincera y lo reparadores que pueden ser los procesos de duelo sin quererlos ni forzarlos.
Ariadna me contó cómo estaba llevando el día a día. Me habló de la fría burocracia, la gestión de los médicos, la baja laboral por el aborto, su rutina diaria y la de su pareja. Me narró cómo se sentía, cómo en un abrir y cerrar de ojos la vida te da un vuelco y te cambia las rutinas, los hábitos y los roles. Tuvo que dar varios giros de 180 grados a su vida: primero, en el proceso de saberse embarazada, adaptando su mente y su entorno a la futura maternidad junto a su pareja; y luego, el brutal impacto de recolocar todo eso tras su pérdida, deshabituándose a esas pequeñas cosas que hacía en el día a día mientras se sabía encinta.
El Impacto Biopsicosocial: La Salud Mental Perinatal se encarga de estudiar las gestaciones, partos y pérdidas, abarcando cambios psíquicos, emocionales, conductuales y neurocognitivos. El duelo perinatal afecta a los padres a nivel biopsicosocial y espiritual, desencadenando en ocasiones ansiedad, depresión, aislamiento o alteraciones del sueño y la alimentación. Es un tsunami invisible que arrasa con el equilibrio previo.
El giro de 180 grados: Hábitos, rutinas y la ocupación del embarazo
Como terapeutas ocupacionales, sabemos que somos lo que hacemos. Nuestras ocupaciones diarias definen nuestra identidad. La Asociación Estadounidense de Terapia Ocupacional (AOTA) explica que nuestra disciplina promueve la salud y el bienestar al centrarse en los roles, rutinas y tareas diarias significativas. Cuando una mujer descubre que está embarazada, su mundo ocupacional se transforma de inmediato. Empieza a resignificar sus actividades de la vida diaria (AVD). La alimentación cambia (adiós ciertos alimentos, hola suplementos y ácido fólico), el sueño se modifica, el descanso toma otra dimensión. Las actividades instrumentales (AIVD), como hacer la compra, limpiar la casa o planificar las finanzas, se tiñen de un nuevo propósito: preparar el nido.
Ariadna me hablaba de esto. De cómo tuvo que adaptarse, ella y su entorno, a una situación sobrevenida y dolorosa. Me contaba cómo las actividades y ocupaciones que hacía durante las primeras semanas de embarazo habían cambiado de significado, y cómo ahora, de repente, esas mismas actividades le recordaban a esa época de ilusión truncada. Es el doloroso proceso de «deshabituación». Actividades previas que antes eran neutrales (como pasar por el pasillo de los pañales en el supermercado, o tomarse un café descafeinado) se han resignificado, a veces para bien, pero en este momento de agudo dolor, casi siempre para mal.
En el ahora, en su «nueva yo», se encuentra en los pequeños detalles del día a día, en mitad de un proceso aún presente y muy doloroso, dándose cuenta de cómo el simple hecho de ocuparse con un paseo, hacer algo de deporte, preparar una comida consciente, retomar una lectura abandonada o tener una llamada sincera sin filtros con un amigo, puede empezar a recolocar las piezas de un puzzle que se rompió a medio terminar.
La biomecánica del alma: Comprendiendo el cuerpo en duelo
Sabéis que mi base, mi gran amor dentro de la clínica, es la ortopedia y la biomecánica. Llevo más de 8 años analizando cómo se mueve el cuerpo humano, cómo las fuerzas externas e internas afectan a nuestras articulaciones. Pero, amigos míos, el alma también tiene su propia biomecánica. Cuando el corazón se rompe y la mente entra en duelo, el cuerpo físico responde adoptando «posturas de supervivencia».
Es común observar en la consulta, tras un evento traumático o una pérdida profunda como un aborto, que la persona presenta alteraciones físicas que van más allá de lo puramente mecánico. Físicamente, el cuerpo tiende a entrar en flexión constante: hombros adelantados (protracción), cifosis dorsal aumentada, mirada baja. Es una postura instintiva de protección; el cuerpo se pliega sobre sí mismo, resguardando su centro vital, protegiendo, en el caso de la mujer, un vientre que se siente vacío. Biomecánicamente, esta flexión altera el ritmo escapulohumeral, sobrecarga la fascia toracolumbar y genera tensión, repercutiendo incluso en el suelo pélvico. Todo está conectado.
Pero el impacto trasciende la postura. Ocupacionalmente, la persona puede sentirse paralizada. Actividades físicas que antes resultaban placenteras o formaban parte de la rutina, como correr, nadar o practicar yoga, pueden volverse imposibles. No por incapacidad física, sino porque el significado de esas acciones ha cambiado. Si esas actividades se adaptaron durante el embarazo pensando en el bienestar del bebé, retomarlas puede ser un recordatorio punzante de la pérdida. Se pierden roles: ya no se es la «futura madre», pero tampoco se es la misma persona de antes.
Aquí es donde la terapia ocupacional resulta fundamental. No nos limitamos a prescribir ejercicios de corrección postural o estiramientos. Abordamos la «capacidad de desempeño» desde la volición, es decir, los intereses y las motivaciones profundas de la persona. Trabajamos para devolverle el significado al movimiento y a la acción. Redefinimos la actividad física: ya no se trata de huir del dolor o de entrenar para un objetivo externo, sino de moverse para sanar. El objetivo es reconectar con ese cuerpo que a menudo la mujer siente que «le ha fallado», para que vuelva a confiar en él. Porque el cuerpo en estas circunstancias no es un entorno defectuoso, sino un refugio que necesita ser habitado de nuevo con suma compasión.
La validación del dolor: La evidencia clínica y las guías de atención al duelo gestacional destacan la importancia de que el entorno no minimice la pérdida. Comentarios bienintencionados pero desafortunados como «eres joven, tendrás más» o «mejor que haya pasado ahora» invalidan el duelo. Validar el dolor, facilitar la expresión emocional y permitir que la familia se apropie de su proceso de despedida son pilares fundamentales para una adaptación saludable a la nueva realidad.
El trauma invisible y la reincorporación a la vida diaria
El duelo perinatal no se limita al ámbito clínico u hospitalario; permea todas las esferas de la vida, incluyendo el entorno laboral y social. Las guías de actuación frente a la muerte perinatal contemplan la extrema dureza de este proceso: el alta hospitalaria con los brazos vacíos, el regreso a un hogar preparado para acoger una nueva vida, y la posterior reincorporación a la rutina cotidiana, incluyendo el trabajo, suponen un reto físico y emocional de una magnitud incalculable.
Para muchas mujeres, el simple acto de levantarse por la mañana y vestirse, una actividad de la vida diaria (AVD) básica, puede convertirse en una montaña inescalable. Su cuerpo aún lidia con los cambios hormonales y físicos propios del embarazo, que pueden incluir síntomas dolorosos como la subida de la leche. Estos cambios son recordatorios físicos constantes de la pérdida, y frente a ellos, es crucial el acompañamiento y las opciones de manejo adecuadas, tal como señala la literatura especializada.
El retorno al entorno laboral añade una capa adicional de complejidad. Enfrentarse a los compañeros, a las preguntas sobre ausencias prolongadas, o coincidir con compañeras embarazadas, puede desencadenar ansiedad profunda, especialmente cuando el duelo se vive en silencio. En este contexto, la terapia ocupacional interviene analizando las demandas del entorno (tanto físico como social) y las capacidades de la persona. Validamos lo que se conoce como «duelo desautorizado» o «duelo silenciado», que ocurre cuando la sociedad no reconoce, minimiza o no da espacio a la pérdida.
El trabajo del terapeuta ocupacional implica ayudar a la persona a generar estrategias de afrontamiento y adaptación. Esto puede incluir el diseño de respuestas preparadas para interacciones sociales incómodas, la planificación de una reincorporación progresiva y graduada al trabajo, o la identificación de espacios de «refugio» dentro de la jornada diaria donde la persona pueda retirarse brevemente para regular su sistema nervioso y permitirse sentir.
Una mirada desde los derechos y la equidad: La maternidad como construcción social
Abordar el tema del aborto, ya sea espontáneo o voluntario, y el duelo asociado, requiere necesariamente adoptar una perspectiva que contemple los derechos humanos y las inequidades de género. Históricamente, la reproducción, la crianza y los cuidados han sido áreas atribuidas casi en exclusividad a las mujeres, naturalizando una carga desproporcionada y generando, en muchas ocasiones, lo que en Terapia Ocupacional denominamos «injusticias ocupacionales».
Al analizar la pérdida gestacional, es imperativo reconocer la enorme presión social que recae sobre la mujer. A menudo, se enfrenta a una doble carga: el profundo dolor intrínseco de la pérdida y la pesada culpa impuesta por narrativas sociales («¿Habré hecho algo mal?», «¿Habré estado sometida a demasiado estrés laboral?», «¿Es mi cuerpo incapaz?»). Estas narrativas culpabilizadoras agravan el sufrimiento.
Desde una Terapia Ocupacional crítica y consciente, se invita a cuestionar estos mandatos y a deconstruir la noción de «maternidad obligatoria». Se busca promover una participación libre y equilibrada en todas las ocupaciones de la vida, interpelando las inequidades estructurales. Es fundamental entender que no todas las pérdidas se viven de la misma manera, ni todas las mujeres desean lo mismo ante una situación así. La intervención debe ser radicalmente centrada en la persona y sus necesidades únicas.
Diversas intervenciones psicosociales han demostrado ser eficaces en el apoyo a las familias. Las guías clínicas recomiendan prácticas como facilitar una habitación de despedida en el entorno hospitalario o acompañar en la elaboración de una «caja de recuerdos». La creación de lazos físicos y tangibles (guardar una ecografía, tomar una huella, escribir una carta de despedida) se convierte en una ocupación en sí misma, profundamente significativa. Es una actividad con propósito que permite externalizar el dolor, validar la existencia de ese bebé independientemente de las semanas de gestación, y ofrecer a los padres la oportunidad de ejercer un cuidado simbólico y activo, reconociéndose como «padres en duelo».
Haciendo visible lo invisible: Las buenas prácticas clínicas enfatizan la importancia de preguntar a los padres el nombre elegido para el bebé (si lo había) y referirse a él por ese nombre. Ofrecer la posibilidad de ver, sostener e incluso vestir al bebé, siempre que sea posible y deseado, son actos que pueden resultar profundamente sanadores. Reafirman la identidad parental y facilitan la adaptación a la inmensa realidad de la pérdida, convirtiendo el cuidado en un vehículo terapéutico.
Kintsugi para el alma: Sanando a través de la ocupación
Como profesionales que intervienen en la salud mental y el bienestar, entendemos que la terapia no busca «distraer» a la persona para que olvide o minimice su dolor. El objetivo es utilizar la ocupación diaria para integrar la pérdida en la nueva narrativa de su vida. Las ocupaciones actúan como andamios de contención. Cuando la estructura de tu vida se derrumba, no puedes reconstruir el tejado de golpe; debes comenzar colocando un ladrillo, y luego el siguiente.
Ese primer ladrillo puede ser una actividad aparentemente insignificante: el acto de prepararse un té y permitirse saborearlo en silencio, salir a caminar cinco minutos para sentir el sol en la cara, o retomar lentamente una afición abandonada como la pintura, la escritura o el cuidado de las plantas. Son actividades libres de juicio, que no exigen a la persona ser fuerte ni aparentar normalidad, sino que ofrecen un espacio seguro para ser vulnerable y comenzar a reconstruirse.
A ti, Ariadna, te expresé mi admiración por cómo, a pesar de la inmensa oscuridad del momento, estabas logrando aferrarte a esas pequeñas y frágiles rutinas. El simple acto de compartir una conversación honesta, sin filtros ni expectativas, desahogándote sobre tus días buenos y tus días malos, constituía en sí mismo un acto de sanación. La amistad y la conexión social son, de hecho, co-ocupaciones esenciales para la supervivencia emocional humana: el compartir el tiempo, el espacio y el peso del dolor.
El proceso de duelo no obedece a una línea recta temporal; se asemeja más a una montaña rusa impredecible. Habrá días en los que encontrar la energía para hacer la cama parecerá una hazaña titánica, y estará bien. Habrá momentos en los que surgirá una carcajada genuina, e inmediatamente después, quizás, una punzada de culpa por sentir alegría; y eso también estará bien. La intervención terapéutica consiste en acompañar todas esas versiones fluctuantes de la persona, ajustando pacientemente las demandas del entorno a la capacidad real que tiene para sostener su día a día.
Y aquí es donde la filosofía del Kintsugi cobra un sentido vital. El Kintsugi es la antigua técnica japonesa de reparar cerámicas rotas usando laca mezclada con polvo de oro, plata o platino. En lugar de intentar ocultar las roturas o disimular el daño, el Kintsugi las resalta, las ilumina. Considera que la rotura y la reparación son parte de la historia del objeto y, por tanto, en lugar de restarle valor, lo embellecen, haciéndolo único y más fuerte que el original.
El duelo perinatal, como nos enseñan las experiencias clínicas y las investigaciones en salud mental, rompe nuestras expectativas, nuestros roles y, en muchos casos, la confianza en nuestro propio cuerpo. Aplicar el Kintsugi a nivel ocupacional significa no intentar volver a ser «la misma de antes», pues esa vasija ya no existe en su forma original. Significa tomar los fragmentos (las rutinas que nos quedan, los roles que aún podemos desempeñar, las actividades que podemos adaptar) y unirlos pacientemente con el «oro» de la autocompasión, el apoyo social y la intervención terapéutica significativa.
Las cicatrices del duelo no deben ocultarse; son testimonios de amor hacia ese bebé que no pudo ser. Cada actividad que se retoma, cada nueva rutina que se crea, es un hilo de oro que une las piezas de un alma rota. La Terapia Ocupacional, en este sentido, actúa como ese artesano paciente que guía a la persona a encontrar su propio «oro» a través de las cosas que hace, hasta que, eventualmente, puede sostener la vida de nuevo, siendo un recipiente distinto, marcado, pero profundamente hermoso y resiliente.
Un mensaje de amor sincero
No pretendo llenar este espacio con teorías académicas distantes sobre la intervención en situaciones de pérdida gestacional, obviando el peso profundamente humano y singular que cada proceso requiere. Detrás de cada estadística, de cada protocolo hospitalario o artículo científico, hay mujeres reales enfrentándose cada mañana al reflejo de una realidad transformada, con un vientre que ya no alberga la vida que esperaban y con unos brazos que sienten el doloroso peso del vacío.
Este texto, escrito desde la honestidad y el cariño, es un regalo. Es un homenaje a mi amiga Ariadna, a su proceso íntimo de duelo y a la maternidad que ejerció, independientemente del tiempo que duró. Es también una reflexión dirigida a la comunidad en general, incluyéndome a mí mismo. Tenemos el deber moral y ético de aprender a no huir de la incomodidad que nos genera el dolor ajeno. Debemos aprender a sostener la mirada de quien sufre, a tolerar y acompañar los silencios pesados, a validar el llanto y, cuando falten las palabras, simplemente decir: «No sé qué decirte, pero estoy aquí contigo».
Este artículo es también un abrazo para mi pareja, mis compañeras, mis amigas, y un reconocimiento a la diversidad de experiencias de todas las mujeres. A aquellas que han decidido no ser madres y enfrentan constantes juicios sociales. A aquellas que anhelan serlo y recorren caminos de frustración y lágrimas. Y a las que ya lo son, entregándose cada día al cuidado de sus familias. Todas merecen respeto, validación y acompañamiento en sus procesos vitales y en los duelos que cada camino conlleva.
En ocasiones, la vida rompe en mil pedazos el puzzle de nuestro futuro imaginado. Pero con tiempo, con un acompañamiento respetuoso que valide cada emoción y, sobre todo, reconectando paulatinamente con aquellas ocupaciones que nos devuelven el sentido y la conexión con el mundo (ya sea cuidar un jardín, involucrarse en un proyecto o compartir un abrazo sincero), las piezas pueden volver a ensamblarse. Como en el Kintsugi, el paisaje reconstruido no será el mismo; llevará consigo las marcas indelebles de la experiencia. Pero esas cicatrices reparadas con oro son la prueba tangible de nuestra resiliencia, nuestra capacidad de sanar y nuestra humanidad única.
¿Hablamos?
Si estás atravesando una pérdida o conoces a alguien en esta difícil situación, recuerda que no es necesario afrontarlo en soledad. Existen valiosas redes de apoyo, asociaciones especializadas en el acompañamiento del duelo perinatal y profesionales dispuestos a ofrecer herramientas para tejer nuevamente las rutinas diarias y brindar un espacio seguro para abrazar y transitar el dolor.
Se despide, El Terapeuta Electrónico, actualización completada.
Referencias Bibliográficas
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Dirección General de Cuidados, Humanización y Atención Sociosanitaria, Consejería de Salud, Principado de Asturias. (2022). Guía de atención al duelo gestacional y perinatal. https://www.astursalud.es/documents/35439/1837257/GuiaAtencionalduelo.pdf/fd29848f-3e13-c402-fb95-264a0d73edcc
Martínez Miguel, E. (2016). Propuesta de un programa de apoyo y seguimiento para padres en proceso de duelo perinatal [Trabajo de fin de grado, Universitat de Lleida]. Repositorio Institucional de la Universitat de Lleida. https://repositori.udl.cat/bitstream/handle/10459.1/57605/emartinezm.pdf?sequence=1
Mesa Molina, P., Rodríguez-Garrido, P., & Pino-Morán, J. A. (2021). Perspectivas feministas sobre (in)justicias ocupacionales de maternidades adolescentes. Cadernos Brasileiros de Terapia Ocupacional, 29, e2869. https://doi.org/10.1590/2526-8910.ctoAO2169
Navarro Orozco, V. (2024). Duelo perinatal: cómo afecta en la salud mental de una persona gestante el tránsito por este proceso. En XVI Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, XXXI Jornadas de Investigación, XX Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR, VI Encuentro de Investigación de Terapia Ocupacional, VI Encuentro de Musicoterapia. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires. https://www.aacademica.org/000-048/814.pdf
Postpartum Support International (PSI). (s. f.). Los beneficios de la terapia ocupacional para la salud mental perinatal. Recuperado el 20 de junio de 2026.
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