La Brújula Rota:
Terapia Ocupacional en la Era de los Idiotas
Por qué hemos perdido la fe en la humanidad, qué nos enseña la brutalidad de Yellowstone y cómo recuperar el «Nosotros» en la práctica clínica diaria.
Confieso que estoy cansado. Y sospecho, compañero o compañera terapeuta ocupacional, que si has llegado hasta aquí, tú también sientes ese peso en los hombros que no se alivia con un fin de semana de descanso. No es solo la fatiga física de las movilizaciones, ni el estrés burocrático de los informes en el sistema de salud. Es algo más profundo, más insidioso. Es un agotamiento existencial.
Miramos por la ventana —o peor, miramos las pantallas de nuestros teléfonos— y lo que vemos nos hiela la sangre. Vemos el resurgir de figuras grotescas, líderes mundiales como Donald Trump que parecen caricaturas de una villanía que creíamos superada, agitando el odio y la mentira con una impunidad pasmosa. Vemos medios de desinformación que ya no narran la realidad, sino que la intoxican, diseñados algorítmicamente para enfrentarnos, para convertirnos en perros rabiosos defendiendo parcelas de identidad vacía.
Como personas profundamente humanistas, como profesionales que hemos dedicado nuestra vida a la ocupación —ese verbo sagrado que define la dignidad humana—, sentimos que la brújula moral de nuestra especie se ha roto. ¿Cómo mantener la fe en el ser humano cuando la «maldad» se ha normalizado como estrategia política y éxito empresarial? ¿Cómo participar en una sociedad que parece premiar al egoísta, al violento y al mentiroso, sin que esa suciedad nos salpique?
Este texto no es un protocolo de intervención clínica. Es un diagnóstico de patología social y una propuesta de tratamiento radical. Vamos a usar la brutalidad de la serie Yellowstone como espejo de nuestro presente neofeudal y la filosofía de David Pastor Vico para entender por qué nos sentimos solos. Pero sobre todo, vamos a reivindicar la Terapia Ocupacional no como una profesión sanitaria más, sino como una trinchera de resistencia humanista. Porque recuperar la fe no es un acto religioso; es un acto político de reconstrucción de lo común.
1. Bienvenidos a la Era de los Idiotas
Para entender nuestro desencanto, primero debemos ponerle nombre. El filósofo y divulgador David Pastor Vico nos lanza a la cara una verdad incómoda: vivimos en la «Era de los Idiotas». Pero cuidado, no uses esta palabra como insulto intelectual. Vico recupera su etimología griega original: el idiōtēs.
«El idiota, para los griegos, no era el tonto. Era aquel ciudadano que se preocupaba exclusivamente de sus asuntos privados, de su propia casa, y daba la espalda a los asuntos públicos, a la polis, a la comunidad. El idiota es el que cree que se basta a sí mismo.»
¿No es esta la descripción perfecta de nuestro tiempo y de nuestro dolor? Ante el ruido ensordecedor de la política actual, ante la violencia verbal y la incertidumbre económica, nuestra reacción defensiva ha sido el repliegue. Nos hemos encerrado en nuestras «casas» (físicas y mentales), desconectándonos del tejido social. Nos hemos dicho: «Que el mundo arda, mientras yo y mi familia estemos bien».
El problema, compañero terapeuta, es que la Terapia Ocupacional es incompatible con la idiotez (en sentido griego). Nuestra profesión nace de la premisa contraria: que el ser humano es un animal ocupacional y social. No podemos «funcionar» en el vacío. Cuando vemos a Trump o a los líderes populistas europeos ganar terreno, lo que estamos viendo es la victoria política del idiōtēs: la exaltación del individuo que aplasta lo común para su propio beneficio.
Hemos perdido la fe porque hemos perdido la confianza interpersonal. Vico nos recuerda que confiar no es un sentimiento «bonito»; es una certeza material. «Confiar es saber que el otro hará lo que se espera que haga». Cuando esa certeza se rompe —cuando los medios mienten, cuando los políticos saquean, cuando el sistema sanitario abandona— entramos en modo supervivencia. Y en modo supervivencia, el humanismo se muere de hambre.
2. Yellowstone: Un Documental del Presente Neofeudal
Quizás hayas visto la serie Yellowstone. Si no lo has hecho, imagina un western moderno donde una familia, los Dutton, lucha por mantener su rancho en Montana frente a desarrolladores inmobiliarios, reservas indígenas y corporaciones. A primera vista es ficción, pero si rascamos la superficie, encontramos el análisis sociológico más brutal de nuestra era. Yellowstone no es sobre vaqueros; es sobre el neofeudalismo en el que vivimos tú y yo.
En la serie, la ley pública no existe. Solo existe la lealtad al «Señor» (John Dutton) y la defensa de la propiedad privada a cualquier precio. John Dutton enseña a su hija Beth una ética aterradora para sobrevivir: «Tienes que ser más malo que el mal». Esta frase resuena en nuestra cabeza cuando vemos las noticias. Sentimos que para sobrevivir en este sistema económico depredador, la bondad es una debilidad.
La Marca («The Brand»)
En la serie, los trabajadores leales son marcados con hierro candente en el pecho. A cambio de dolor y sumisión total, reciben protección y «familia». ¿Te suena? Es la metáfora perfecta de la cultura laboral actual. Se nos exige «ponernos la camiseta», vivir para la empresa o la institución, sacrificar nuestra salud mental por una lealtad que no es recíproca.
La Estación de Tren
Es el lugar donde los Dutton tiran los cadáveres de quienes estorban. Un vacío legal. En nuestra sociedad, la «Estación de Tren» es la exclusión social. Es donde el sistema envía a nuestros pacientes crónicos, a los ancianos improductivos, a los que no generan capital. Como terapeutas, trabajamos al borde de ese precipicio, intentando que la gente no caiga.
Nuestra pérdida de fe viene de ver cómo el mundo real se parece cada vez más al rancho Dutton: un lugar donde la justicia se privatiza, donde los poderosos operan con impunidad y donde el «deber» se ha pervertido en obediencia ciega a corporaciones o líderes mesiánicos.
3. La Realidad del Terapeuta en España: Entre la Vocación y la Explotación
Aterricemos esto en tu realidad diaria. En España, la ratio de terapeutas ocupacionales es ridícula (apenas 0,07 por cada 1.000 habitantes en la pública en muchas comunidades). Esto no es un dato frío; es violencia estructural.
Te sientes «salpicado por la maldad» porque el sistema te obliga a ser cómplice de ella. Cuando te dan 15 minutos para atender a un paciente con daño cerebral, cuando te niegan recursos para una adaptación domiciliaria porque «no hay presupuesto», cuando ves cómo fondos buitre compran las residencias de mayores donde trabajas primando el beneficio sobre el cuidado… estás viendo la cara del mal.
Pero, ¡ojo!, esta «maldad» no es metafísica. Es material. Es económica. Es política.
- El Burnout Político: Lo que sientes no es solo estrés. Es fatiga moral. Es el dolor de intentar ejercer una profesión humanista en un sistema deshumanizado que trata la salud como mercancía y al paciente como cliente.
- La Trampa de la Resiliencia: Nos venden cursos de mindfulness y autocuidado para que soportemos lo insoportable. Nos dicen que el problema está en nuestra «gestión emocional». Es mentira. El problema es que estamos achicando agua en un barco (la sociedad del bienestar) que están desmantelando deliberadamente.
4. Recuperar la Brújula: El Animal Político
Has perdido la fe en la humanidad abstracta. Y tienes razón. Esa «humanidad» idealizada de los anuncios de Navidad no existe. Pero existe el ser humano material. Y aquí es donde volvemos a Vico y a una visión profundamente social y materialista (sí, llamémosla por su nombre implícito: comunitaria, de clase).
David Pastor Vico nos recuerda una verdad biológica: «Somos animales sociales. Sin los otros no somos nada». Nuestro cerebro evolucionó para cooperar, no para competir en un mercado libre. La soledad nos mata literalmente (aumenta el cortisol, deprime el sistema inmune).
La respuesta al «mal» de Trump, al individualismo atroz y a la mentira mediática no es retirarse a una cabaña en la montaña. La respuesta es radicalizar el vínculo.
El «Comunismo» de la Vida Diaria
No hablo de partidos ni banderas. Hablo de lo que tú haces cada día. Cuando adaptas un cubierto para que un señor pueda comer solo, no estás «dando un servicio»; estás restituyendo su dignidad para que pueda volver a sentarse a la mesa con otros. Estás reconstruyendo la comunidad.
Frente a la privatización de la vida (el modelo Yellowstone), la Terapia Ocupacional debe ser la defensora de lo Común. Entender que la salud de mi paciente depende de su barrio, de su pensión, de sus redes vecinales. Que no hay «ocupación significativa» posible si las condiciones materiales de vida son miserables.
5. Estrategias para Terapeutas Ocupacionales que no quieren rendirse
¿Cómo volvemos a conectar? ¿Cómo participamos de manera fructífera sin intoxicarnos? Aquí tienes una hoja de ruta basada en el humanismo crítico:
A. Deja de ser un «Idiota» (Participa en la Polis)
Vico insiste: sal de tu burbuja. La política no es lo que hacen en el Congreso o lo que grita Trump en Twitter. Política es lo que pasa en tu Asociación Profesional, en tu sindicato, en la reunión de equipo. Organízate con otros compañeros. El malestar compartido deja de ser culpa («no soy buen profesional») y se convierte en reivindicación («nos faltan recursos»). La unión es el único antídoto contra el neofeudalismo corporativo.
B. Apaga el Ruido, Enciende la Realidad
Los medios de desinformación viven de secuestrar tu amígdala (la parte del cerebro que gestiona el miedo). Desconecta. Tu realidad no está en X (Twitter). Tu realidad está en la sala de espera. Ahí fuera hay más bondad de la que nos cuentan. Los pacientes que se ayudan entre sí, las familias que cuidan con amor infinito… esa es la humanidad real. Pon el foco ahí.
C. Prescribe «Comunidad», no solo Ejercicio
En tu práctica, sé radical. No rehabilites solo un brazo; rehabilita el vínculo del paciente con su entorno. Saca la terapia a la calle, al parque, al centro cívico. Crea grupos. Rompe la soledad del paciente y romperás también la tuya. La ocupación más terapéutica es la convivencia.
Conclusión: La Esperanza es el Otro
Has perdido la fe porque eres lúcido. Porque ves que el rey está desnudo y que el sistema es cruel. Pero no dejes que te roben la alegría de la resistencia.
Como terapeuta ocupacional, tienes un superpoder que ni los algoritmos ni los demagogos tienen: tú tocas la vida real. Tú ves la fragilidad y la resiliencia a diario. Ahí reside la verdad. No busques la esperanza en los grandes discursos; encuéntrala en la mirada agradecida de quien recupera un trozo de su vida gracias a tu trabajo.
No te salves solo. Salvémonos juntos. Esa es la única terapia posible.
