Hoy, 21 de abril, ha muerto el Papa Francisco. Y aunque no creo en Dios, sí creo que él ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Desde una posición laica, profesional, técnica y profundamente humana, quiero aprovechar este acontecimiento para pensar en cómo su figura y su mensaje pueden ayudarnos a mirar con otros ojos la discapacidad, la pobreza, las luchas del sur y, sobre todo, el lugar que ocupa la espiritualidad en la práctica cotidiana de la Terapia Ocupacional.
Francisco no fue solo el líder de una institución milenaria. Fue un testimonio viviente de que la espiritualidad no necesita dogmas, sino presencia. No necesita uniformidad, sino escucha. No necesita imponerse, sino ofrecer refugio. Su papado ha sido una invitación a volver a mirar el mundo desde los márgenes, desde los cuerpos heridos, desde lo que muchas veces en nuestra profesión llamamos «participación limitada» o «restricción en el desempeño ocupacional».
En estas líneas quiero explorar el entrelazamiento entre su legado y nuestro quehacer profesional. Y lo hago desde un lugar que también está en los bordes: el de quien no cree en Dios, pero cree en el valor de lo espiritual cuando se trata de vivir con dignidad.

La espiritualidad en Terapia Ocupacional
En el Marco de Trabajo de la AOTA (American Occupational Therapy Association), la espiritualidad se considera un «factor del cliente» fundamental. No es una ocupación en sí misma, pero influye transversalmente en todas las demás. La espiritualidad, definida como «una forma profundamente personal de experimentar el significado, el propósito y la conexión con uno mismo, los demás, la naturaleza y/o lo trascendente», es clave para entender cómo y por qué una persona realiza determinadas actividades.
Como terapeutas ocupacionales, no nos corresponde adoctrinar ni guiar la fe de nuestros pacientes. Pero sí nos corresponde reconocer cuándo una ocupación tiene un valor simbólico, espiritual o existencial. Para algunas personas, rezar o meditar es una actividad significativa. Para otras, cuidar de un nieto, cocinar un plato heredado o visitar una tumba tiene una dimensión trascendente. En todos esos casos, el abordaje terapéutico debe contemplar y respetar esa vivencia.
La espiritualidad es, en definitiva, una dimensión humana que atraviesa todas las edades, culturas y condiciones. En contextos de discapacidad, enfermedad, duelo o crisis vital, puede convertirse en una fuente de fuerza, de sentido o, al menos, de consuelo.
Francisco y la dignidad de los cuerpos vulnerables
Una de las claves del pontificado de Francisco ha sido su defensa incondicional de la dignidad humana, especialmente en los cuerpos vulnerables. Él habló reiteradamente de «la cultura del descarte»: una forma de organización social que descarta a quienes no producen, no consumen, no se ajustan al modelo de eficiencia. La cultura del descarte es, desde una mirada ocupacional, la negación de la participación significativa.

Los gestos de Francisco han sido tan potentes como sus discursos. Lavó los pies a personas sin hogar, a presos, a personas con discapacidad. Besó las llagas de enfermos. Permitió que se acercaran a él personas que, tradicionalmente, no eran visibilizadas por la Iglesia. En una ocasión, abrazó a un hombre con neurofibromatosis en la Plaza de San Pedro, y aquella imagen recorrió el mundo como ejemplo de humanización del dolor.
Desde la Terapia Ocupacional, trabajamos cada día con cuerpos vulnerables. Adaptamos, acompañamos, damos herramientas para que esa vulnerabilidad no se traduzca en exclusión. En ese sentido, el mensaje de Francisco nos interpela. Nos recuerda que no basta con asistir técnicamente: hay que estar, hay que mirar, hay que acoger.
La mirada al sur y la justicia ocupacional
Francisco llegó al Vaticano desde Buenos Aires. Fue el primer papa latinoamericano. Y eso se notó desde el primer día. Su acento, su mirada, sus prioridades eran otras. No hablaba desde los pasillos dorados del poder, sino desde las villas miseria, desde los hospitales sin recursos, desde las parroquias de barrio.
Su papado puso en el centro la «mirada al sur»: una forma de entender el mundo desde los que menos tienen, desde los que están fuera del relato dominante. Habló de justicia social, de trabajo digno, de acceso a la salud, de migraciones, de crisis climática. Todos esos temas son también temas de la Terapia Ocupacional.
El concepto de «justicia ocupacional» surge precisamente de esa intersección. Habla de la necesidad de que todas las personas, sin importar su origen, discapacidad, clase social o situación legal, tengan acceso a ocupaciones significativas. Francisco, sin usar ese término, habló de lo mismo: de que cada persona tiene derecho a trabajar, a descansar, a jugar, a amar. Es decir, a vivir con dignidad.
Espiritualidad sin religión: sentido, vínculo y ocupación
Una de las paradojas de esta entrada es que parte desde la admiración por una figura religiosa, aunque no sea creyente. Pero es precisamente ahí donde se juega algo importante: la posibilidad de una espiritualidad laica, inclusiva, no dogmática.

Muchos pacientes con los que trabajamos no tienen una fe concreta, pero necesitan encontrar sentido. Necesitan reconstruir su historia tras un ictus, una amputación, un diagnóstico de enfermedad degenerativa. Necesitan volver a ocupar un lugar en el mundo, no solo funcional, sino simbólico. Y ahí, la Terapia Ocupacional puede ser el puente.
La ocupación humana (como acción significativa) es también un lugar espiritual. Cocinar para otros puede ser una forma de amor. Escribir una carta puede ser una forma de duelo. Tocar un instrumento puede ser una forma de oración. Cuidar de una planta puede ser una forma de resistir la tristeza. Acompañar a alguien en su última etapa de vida puede ser una forma de fe.
Francisco habló muchas veces del acompañar sin juzgar. De estar presente sin imponer. De escuchar antes que hablar. Esa es también la tarea del terapeuta ocupacional cuando trabaja con personas que transitan momentos de crisis existencial.
Lo que Francisco ha significado
A lo largo de mi carrera como terapeuta ocupacional y técnico ortopeda, he visto muchas formas de dolor y muchas formas de esperanza. He trabajado con niños que aprendían a caminar con productos de apoyo. Con personas mayores que redescubrían el valor de sentarse sin dolor. Con mujeres que, tras un cáncer de mama, volvían a mirarse al espejo gracias a una prótesis bien ajustada.

En todos esos casos, la dimensión espiritual aparecía. No necesariamente como religión, pero sí como deseo de sentido. Como necesidad de ser vistos, nombrados, respetados. Y muchas veces, en los momentos más difíciles, surgía el nombre de Francisco. «Ese papa sí entiende». «Ese hombre sí se acerca a los pobres». «Ese sí mira a los enfermos como personas».
Yo también lo sentí así. Francisco, sin conocerme, sin saber de la Terapia Ocupacional, fue un referente ético. Un recordatorio de que nuestra profesión no trata solo de ejercicios y ayudas técnicas, sino de humanizar lo cotidiano. De que cada intervención tiene que tener en cuenta el alma, aunque no creamos en ella.
Conclusión
Francisco ha muerto. Pero su legado sigue vivo en quienes intentamos cada día trabajar con dignidad, mirar con respeto y acompañar sin imponer. Su figura nos recuerda que la espiritualidad puede ser una forma de estar en el mundo. Que puede habitar también en lo técnico, en lo pequeño, en lo cotidiano.
Como terapeuta ocupacional, agradezco su mirada hacia los cuerpos vulnerables, hacia las periferias, hacia los descartados. Como persona, agradezco su coherencia, su humildad, su capacidad de escuchar.
No creo en Dios, pero creo que Francisco ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Y creo también que su ejemplo puede inspirar una Terapia Ocupacional más comprometida, más espiritual y, sobre todo, más humana.


















