Manifiesto para el 28 de Octubre: De la Apatía Ocupacional a la Insurrección Científica

Por qué debemos demoler el espejo del 27 de octubre y empezar a construir nuestra ciencia

A todo terapeuta ocupacional que alguna vez haya sentido una punzada de frustración al intentar explicar qué hace.

A todo estudiante al que le hayan preguntado si lo suyo es «hacer manualidades».

A todo académico que sienta el divorcio entre la teoría y la trinchera.

A todo clínico ahogado en burocracia que haya olvidado por qué empezó.

Este texto es para vosotros. Pero no es una felicitación. Es una acusación.

Se acerca el 27 de octubre. Como un mecanismo de relojería biológico, tan predecible como exasperante, la maquinaria global de la Terapia Ocupacional (TO) se pone en marcha. Se inflan los globos, se desempolvan los logos de la WFOT y, puntualmente, lanzamos al éter digital la misma, agotada y patética pregunta: «Y para ti, ¿qué es la Terapia Ocupacional?»

Dieciséis años, o más, celebrando esta jornada. Dieciséis años atrapados en el Día de la Marmota de nuestra propia identidad. Dieciséis años repitiendo un mantra que, lejos de ser un grito de orgullo colectivo, se ha osificado en el síntoma más evidente de nuestra inseguridad crónica. Es la pregunta de quien necesita desesperadamente que el otro le defina para confirmar que existe.

Imaginemos por un segundo este escenario en otras disciplinas. ¿Se imaginan a los ingenieros civiles celebrando su día mundial con una campaña en Instagram preguntando: «Define en una palabra qué significa para ti un puente»? ¿Visualizan a la comunidad médica lanzando un hashtag en Twitter: «¿Qué es curar?»? Suena absurdo. Suena a una inseguridad fundamental en el valor intrínseco de su praxis.

Pues bien, esa es exactamente la imagen que proyectamos al mundo.

Este ensayo no es una elegía por lo que pudimos ser. Es una llamada a las armas. Es un manifiesto feroz y audaz para que el próximo 28 de octubre, cuando la resaca de las fotos sonrientes y los eslóganes vacíos se haya disipado, empecemos a construir un paradigma radicalmente diferente. Un futuro donde la pregunta en nuestros labios no sea «¿Quién soy?», sino «¿Qué barrera ocupacional has demolido hoy con la ciencia?».

Parte 1: Anatomía de un Espejismo: El Bucle Infinito de la Autodefinición

Nuestra necesidad compulsiva de definirnos no es un ejercicio de introspección filosófica; es una bandera blanca. Es la confesión pública de que, tras más de un siglo de existencia formal, aún sentimos que nuestra silla en la mesa de las ciencias (de la salud, de lo social, de la educación) no está asegurada. Es la justificación perpetua de nuestra propia existencia.

El problema de este bucle es que nos condena a la superficie. Nos hemos conformado con ser la profesión «bonita», la «humana», la que pone «calidad de vida». Hemos pulido la portada de nuestro libro hasta dejarla brillante, pero hemos invitado al mundo a juzgarnos solo por ella. Y la portada es fácil de malinterpretar.

En esa superficie, nuestras complejas intervenciones se diluyen en frases digeribles para el gran público: «Ayudamos a la gente a hacer lo que quiere y necesita hacer», «la ocupación es vida», «devolvemos la independencia». Son verdades, sí, pero son verdades tan edulcoradas que se vuelven inofensivas. Son el tráiler de una película de mil capas de ciencia, evidencia y complejidad.

Y el mundo, por supuesto, nos juzga por el tráiler.

Así, nos convertimos en «los de las manualidades». En los «que entretienen a los abuelos». En el mejor de los casos, en unos facilitadores de buena voluntad, carentes del peso científico y la autoridad de otras disciplinas. Este ciclo de autodefinición nos agota, diluye nuestro mensaje y, lo que es infinitamente peor, nos distrae de nuestra verdadera misión: la acción.

Mientras gastamos energía vital en explicar qué es la Terapia Ocupacional, el mundo sigue erigiendo entornos discapacitantes. Las políticas públicas siguen legislando de espaldas a la justicia ocupacional. Las personas siguen enfrentándose a barreras físicas, sociales y actitudinales que les impiden vivir una vida con significado.

Y mientras nosotros dudamos, nos están comiendo el terreno.

Duele, con un dolor visceral, ver cómo otras profesiones, con un marketing más agresivo y sin una pizca de nuestro complejo de inferioridad, se apropian de nuestro núcleo conceptual. Vemos al fisioterapeuta descubrir de repente que sus «ejercicios» (que no ocupaciones) sirven para las Actividades de la Vida Diaria (AVDs). Vemos a la enfermería hablar, legítimamente, de «comunidad» y «acompañamiento», solapando el terreno que la TO comunitaria lleva décadas intentando labrar.

Ellos no tienen miedo. Toman el concepto, lo empaquetan y lo venden. Y lo venden bien. Mientras tanto, el terapeuta ocupacional sigue en su rincón, en silencio, siendo, como se ha dicho, «una de las profesiones más silenciosas y desprestigiadas».

Parte 2: El Apartheid Ocupacional Empieza en Casa

La crítica más afilada y certera que resuena en los textos fundacionales de este manifiesto es la del «apartheid ocupacional del propio maestro». La falta de reconocimiento externo no es una agresión que venga de fuera; es el reflejo especular de nuestras propias incongruencias y divisiones internas.

Paseamos por nuestras antiguas universidades y vemos la verdad en la mirada de esos maestros que nos formaron. Una tristeza nostálgica que no es por el pasado, sino por un futuro que ven estancado. Es la pena de haber entregado una vida a una disciplina revolucionaria y verla atrapada en un baile de salón, educada y cortés, cuando debería estar liderando una revolución en las calles.

Este «apartheid» es la incongruencia de una profesión que habla del «hacer» (doing) y que, a menudo, se ve paralizada por el «ser» (being) burocrático o académico. Es el teórico de la ocupación que, por las inercias del sistema, se ve relegado a enseñar sin ejercer. A predicar una revolución que él mismo no puede practicar en la trinchera.

No podemos pedir al mundo que entienda nuestra complejidad si nosotros mismos la fragmentamos.

Existe un cisma profundo, una herida abierta, entre la academia y la clínica. Por un lado, académicos que teorizan sobre modelos de ocupación desde despachos climatizados, sin sentir el pulso de la realidad asistencial, sin oler la orina, la desinfección y la desesperanza de una planta de hospital. Por otro, clínicos que, ahogados por la precariedad, la burocracia y los ratios imposibles, sobreviven a base de intuición y experiencia, completamente desconectados de la última evidencia científica publicada en revistas que no tienen tiempo de leer.

Esta brecha genera una Terapia Ocupacional de dos velocidades que destruye nuestro discurso colectivo.

Pero la fragmentación no termina ahí. Existe un clasismo repugnante entre nuestras propias especialidades. Los terapeutas del ámbito neurológico que miran por encima del hombro a los de geriatría («esos solo ponen barras»). Los de salud mental que se sienten intelectualmente superiores a los de pediatría («esos solo juegan»).

Nos encerramos en silos. Con nuestros congresos exclusivos, nuestra jerga críptica y nuestras técnicas fetichizadas, olvidando que el hilo de oro que nos une a todos, sin excepción, es la Ocupación. Sea cual sea el diagnóstico, la edad o el contexto, nuestro objetivo es el mismo: analizar y habilitar la participación en la ocupación.

Y existe, finalmente, una cobardía profesional. Nos sentimos cómodos en los roles tradicionales (el hospital, la residencia, la clínica) y nos da un pavor cerval explorar nuevos territorios. ¿Dónde están los terapeutas ocupacionales en los departamentos de urbanismo, planificando ciudades ocupacionalmente justas? ¿Dónde estamos en los ministerios, diseñando políticas públicas de vivienda, dependencia o educación? ¿Dónde estamos en los departamentos de recursos humanos, creando entornos de trabajo saludables? ¿Dónde estamos en el desarrollo de tecnología y videojuegos, garantizando el diseño universal desde la concepción?

Nos quejamos amargamente de que no nos conocen, pero rara vez nos atrevemos a salir de los lugares donde siempre nos han buscado.

Parte 3: La Joya en el Barro: Abanderar la Ciencia Ocupacional

«La gente está muy perdida», repiten nuestros mentores. Y es verdad. Estamos perdidos en nuestra propia definición. Pero la salida de este laberinto no está en encontrar un eslogan más brillante o un hashtag más viral.

La salida está en cambiar de arma. Debemos dejar de usar el diccionario y empezar a empuñar la Ciencia.

Hay que decirlo claro y sin complejos: «No somos buenos porque somos. Somos buenos por la Ciencia. Por el peso de lo que hacemos.» Esta frase debe ser nuestro nuevo mantra.

Tenemos que atrevernos, de una vez por todas, a «bajarnos al barro del fondo» para sacar a la luz la «joya» de lo que hacemos. Hemos temido mancharnos, hemos temido que, si rascamos la superficie «bonita», el mundo no entienda la complejidad que hay debajo. Es hora de asumir ese riesgo.

¿Y qué es «el barro»? El barro es nuestra ciencia.

El barro no es «darle plastilina a un señor». El barro es la neurociencia. Es entender cómo la práctica repetitiva, graduada y basada en una ocupación significativa (como intentar volver a cocinar) activa las neuronas espejo y promueve la neuroplasticidad cortical en la rehabilitación de una mano post-ACV. Es infinitamente más complejo y poderoso que un «ejercicio» de flexo-extensión.

El barro no es «jugar con un niño». El barro es el profundo conocimiento de la integración sensorial. Es analizar cómo el caos en el procesamiento vestibular, propioceptivo y táctil de un niño en el espectro autista le impide regularse, y cómo, a través de una intervención precisa, podemos modular su sistema nervioso para que pueda, por fin, aprender en un aula ruidosa o jugar en un recreo.

El barro no es «entretener a una persona con demencia». El barro es la ciencia de la adaptación del entorno. Es la aplicación de principios de diseño universal y facilitación cognitiva para reducir la carga alostática, minimizar los trastornos conductuales y preservar la identidad de esa persona, permitiéndole seguir «siendo» en su propio hogar.

El barro no es «charlar con una persona con depresión». El barro es la activación conductual a través de la ocupación. Es el análisis ocupacional para identificar la anhedonia y la apatía, y usar la estructuración de rutinas significativas como una herramienta terapéutica que, literalmente, puede salvar una vida combatiendo la desesperanza.

Nuestra joya no es la actividad. Es el Análisis Ocupacional. Es esa capacidad casi alquímica de descomponer una tarea (vestirse, cocinar, trabajar, jugar) en sus componentes motores, cognitivos, sensoriales, emocionales y socioculturales para identificar la barrera exacta y diseñar una intervención precisa.

Nuestra joya es la Ciencia de la Ocupación (Occupational Science), ese campo de estudio que nos da el «porqué» de lo que hacemos. Es la fusión de la neurociencia, la biomecánica, la psicología, la sociología y la antropología en una perspectiva única e insustituible: la del ser humano como un ser ocupacional.

Somos una ciencia. Y es hora de que empecemos a actuar, y sobre todo, a hablar como tal.

Parte 4: Abriendo el Melón: El Manifiesto de la Evidencia Económica

Y aquí llegamos al núcleo de nuestra cobardía. Al «melón» que nunca nos atrevemos a abrir en público.

Hemos basado nuestro valor en lo «humano», en la «calidad de vida», en el «bienestar». Y eso es correcto, es nuestro core business. No «damos» calidad de vida; construimos los cimientos para que la persona pueda ejercerla. Ahorramos sufrimiento.

Ahorramos el sufrimiento del aislamiento en salud mental. Ahorramos el sufrimiento de la identidad perdida en el daño cerebral. Ahorramos el sufrimiento del bullying al niño con dispraxia. Ahorramos el sufrimiento de la institucionalización traumática en la geriatría.

Este es nuestro valor humano. Pero en el mundo en que vivimos, un mundo gobernado por hojas de cálculo y presupuestos, este argumento, tristemente, no es suficiente.

Hemos sido imperdonablemente silenciosos en el argumento más poderoso que tenemos. Es hora de gritarlo desde los tejados, en los despachos de los políticos y en las portadas de los periódicos.

LA TERAPIA OCUPACIONAL AHORRA DINERO.

No somos un gasto. No somos un lujo «bonito» que se añade si sobra presupuesto. Somos una de las inversiones más inteligentes, eficientes y rentables que un sistema de bienestar puede hacer.

Y debemos demostrarlo con datos.

En Promoción y Prevención Primaria:

  • Prevención de Caídas: ¿Sabemos cuánto cuesta una fractura de cadera? La hospitalización, la cirugía, la rehabilitación, la probable dependencia generada. Un programa de TO en atención primaria que adapta domicilios y entrena el equilibrio durante las ocupaciones reales (no en un gimnasio) ahorra millones de euros al erario público. Cada caída prevenida es una victoria económica y humana.
  • Salud Laboral: Un terapeuta ocupacional en una empresa que realiza análisis ergonómicos y adapta puestos de trabajo no solo previene la baja por trastorno musculoesquelético; optimiza la productividad. Ahorra dinero a la Seguridad Social y genera impuestos.
  • Ergonomía Escolar: Un TO en un equipo de orientación que previene futuras patologías de espalda en niños. Eso son miles de euros ahorrados en tratamientos crónicos y bajas laborales dentro de veinte años.

En Mantenimiento y Prevención Secundaria:

  • Dependencia (Nuestra Gran Batalla): Este es el argumento definitivo. Cada día que una intervención de Terapia Ocupacional (adaptación, entrenamiento en AVDs, producto de apoyo) permite que una persona mayor o con diversidad funcional permanezca en su domicilio, es un ahorro directo y masivo frente al coste de una plaza residencial pública (que puede superar los 2.000€ mensuales). Somos la política más eficaz contra la institucionalización masiva.
  • Enfermedad Crónica (Diabetes, EPOC, Dolor Crónico): El TO es el experto en la autogestión y el autocuidado. Entrenar a un paciente en la gestión de su vida integrado en su rutina real (cocina saludable, gestión de la energía, monitorización) previene ingresos por descompensaciones. Cada ingreso evitado son miles de euros.

En Recuperación y Prevención Terciaria:

  • Alta Hospitalaria: Un TO que asegura que el paciente puede volver a casa de forma segura y funcional (no solo «clínicamente estable») reduce drásticamente los reingresos hospitalarios, uno de los mayores sumideros de dinero del sistema sanitario.
  • Reinserción Sociolaboral: Un TO en el sistema penitenciario o en recursos de exclusión social que trabaja habilidades laborales, rutinas y gestión del tiempo. Cada persona que no reincide es un ahorro gigantesco en costes policiales, judiciales y penitenciarios.

Se dice que no hay «mesuras» (medidas) porque no nos han puesto a investigar. Falso. Es porque no hemos exigido investigar. No hemos presentado proyectos a los Ministerios de Economía o Trabajo. Hemos esperado, humildemente, que el Ministerio de Sanidad o el de Asuntos Sociales nos dé las migajas.

Debemos liderar estudios de coste-efectividad. Necesitamos nuestros propios economistas de la salud. «Somos una ciencia», sí, pero la ciencia del siglo XXI exige demostrar el valor económico además del clínico.

Parte 5: Una Insurrección para el 27 de Octubre (Y un Plan para el 28)

Entonces, ¿qué hacemos este 27 de octubre?

Lo incendiamos todo. Metafóricamente.

  1. 1.
    JUBILEMOS LA PREGUNTA. DE FORMA PERMANENTE.
    Abandonamos el «¿Qué es para ti la TO?». La enterramos con honores por los servicios prestados. Se acabó la autodefinición. Empieza la demostración.
  2. 2.
    CAMBIEMOS LA PREGUNTA POR LA AFIRMACIÓN CIENTÍFICA Y ECONÓMICA.
    Nuestras redes sociales, pasillos y conversaciones deben inundarse de afirmaciones audaces basadas en la evidencia:
    • «Hoy, mi intervención de TO se basó en la neurociencia de las neuronas espejo para rehabilitar una mano. #SoyTerapeutaOcupacional #CienciaOcupacional»
    • «Hoy, mi trabajo evitó que un anciano se rompiera la cadera. Ahorramos 30.000€ al sistema y meses de sufrimiento. #SoyTerapeutaOcupacional #Ahorro»
    • «Hoy, mi trabajo adaptó un puesto para que un trabajador con dolor de espalda siga siendo productivo. Ahorramos meses de baja. #SoyTerapeutaOcupacional #Valor»
    • «Hoy, mi análisis de integración sensorial permitió a un niño participar en su clase. #SoyTerapeutaOcupacional #CienciaOcupacional»
    • «Hoy, mi plan de rutinas significativas ayudó a una persona con esquizofrenia a evitar un ingreso. Ahorramos 15.000€ y una crisis vital. #SoyTerapeutaOcupacional #Impacto»
  3. 3.
    EXIJAMOS UN CAMBIO EN LA FORMACIÓN.
    Las universidades deben dejar de formar técnicos y empezar a formar agentes de cambio. Un estudiante de TO debe salir de la carrera sabiendo exactamente cuánto ahorra su intervención. Debe saber defender su puesto no solo desde la «humanidad», sino desde el «retorno de la inversión» (ROI).
  4. 4.
    SEAMOS POLÍTICAMENTE INCÓMODOS.
    Nuestros colegios profesionales y asociaciones no deben limitarse a enviar una nota de prensa felicitando al colectivo. Deben enviar un informe de impacto económico al Ministerio de Economía, al de Trabajo, al de Derechos Sociales. Una carta con datos: «Podríamos ahorrar un X% del gasto en dependencia si hubiera terapeutas ocupacionales en cada centro de Atención Primaria. Esta es la evidencia. Reúnanse con nosotros.»

Conclusión: El Límite que No Existe

La tristeza en los ojos de nuestros profesores es la tristeza de un potencial colosal desperdiciado. Vieron la revolución en los libros de Kielhofner, de Townsend, de Wilcock. Y ahora ven la inercia de las instituciones.

«Si nos quitásemos los miedos, ¿cuál sería el límite?»

El límite no existiría.

Porque la Terapia Ocupacional no es una profesión sanitaria más. No es una profesión social más. Es la única profesión en la faz de la tierra cuyo objeto de estudio y herramienta de trabajo es la Ocupación Humana, la esencia misma de la experiencia, el propósito y el significado.

Somos, por definición, la respuesta a las grandes crisis del siglo XXI: el envejecimiento poblacional, la epidemia de soledad no deseada, la cronicidad de las enfermedades, la crisis de propósito y la salud mental.

Este 27 de octubre, no respondamos a la pregunta de siempre. No celebremos el Día de la Marmota. Iniciemos una conversación incómoda. Abramos el melón. Manchémonos de barro científico. Saquemos la joya a la luz y pongámosle un precio. No para vendernos, sino para que el mundo entienda, de una vez por todas, que no somos un lujo «bonito».

Somos la inversión más inteligente que un sistema de bienestar puede hacer.

Somos la Ciencia de la Vida Diaria.

Y ya no estamos en silencio. El día que nuestro impacto sea tan visible, tan medible y tan ruidoso que nadie necesite preguntar quiénes somos, ese día, habremos ganado.

Que empiece el 28 de octubre.

Lucho Miranda: La Comedia como Empoderamiento Colectivo

Una reflexión personal y profesional tras una noche de comedia, catarsis y visibilidad en el Teatro Fígaro de Madrid, desde la perspectiva de un terapeuta ocupacional.

Una Noche en el Fígaro: Más Allá del Entretenimiento

Hay una cualidad casi ritual en el acto de ir al teatro. La anticipación mientras buscas tu butaca, el murmullo expectante del público, la oscuridad que precede al foco de luz sobre el escenario. Es una forma de ocio, sí, pero como terapeuta ocupacional, no puedo evitar verlo como algo más profundo: una ocupación significativa, un acto deliberado con el que buscamos conectar, sentir y, a veces, sanar. Con esta mentalidad, mi pareja y yo acudimos ayer al Teatro Fígaro para ver a Lucho Miranda. Sabíamos que era un comediante chileno con parálisis cerebral, triunfador rotundo en el exigente Festival de Viña del Mar, pero no estábamos preparados para la densidad de la experiencia que nos esperaba.

Para quienes no lo conozcan, aquí tienen una pequeña ventana a su perfil y trabajo, que sirve como perfecta introducción visual al artista del que hablamos:

Su gira por España, con paradas en Barcelona, Valencia y Madrid, representaba una oportunidad única. Ver a un artista de ese calibre, que llena estadios en Latinoamérica, en la relativa intimidad del Fígaro, con algunas butacas vacías que hablaban más de la oportunidad perdida por otros que de un fallo de convocatoria, se sentía como un privilegio. Esa cercanía física creaba un puente inmediato, eliminando la distancia entre el «ídolo» y el «espectador». Estábamos todos en la misma sala, listos para embarcarnos en el viaje que él nos propusiera. Y qué viaje fue. Fue una noche edificante, no solo por las carcajadas, sino por la densa capa de humanidad que las envolvía.

El Bisturí del Humor Negro: Deconstruyendo la Discapacidad

Lucho Miranda no le tiene miedo al silencio incómodo. De hecho, juega con él. Su comedia se construye sobre la base de su propia biografía, y su parálisis cerebral no es un tema tangencial, es el sol alrededor del cual orbita todo su universo cómico. Utiliza el humor negro no como un martillo para escandalizar, sino como un bisturí afilado y preciso para diseccionar prejuicios. Cada chiste sobre su forma de caminar, sobre la sobreprotección familiar o sobre las torpes interacciones con personas sin discapacidad («normies», como nos llama), es una incisión quirúrgica que extrae un tumor de condescendencia o ignorancia. Para muestra, un botón de su trabajo en vivo:

Lo más magistral de su actuación es la gestión de la empatía. Creó dos carriles de comunicación simultáneos. Por un lado, para los «normies», nos dio permiso para reír. Nos liberó de esa tensión que a menudo sentimos por no saber cómo actuar o qué decir, llevándonos al extremo opuesto: la carcajada abierta sobre aquello que nos da miedo o pudor. Esa risa no era una burla hacia él; era una risa con él, una liberación de nuestra propia torpeza social. Por otro lado, para las personas con discapacidad presentes en la sala —y eran muchas y diversas: parálisis cerebral, secuelas de infartos cerebrales, tumores, malformaciones congénitas—, su humor era un espejo de validación. Era el «¡por fin alguien lo dice!». Era la catarsis de ver las frustraciones y absurdos cotidianos convertidos en arte, en un motivo de orgullo y de risa compartida. Lucho no solo hablaba por él, sino que conversaba con el público, reconociendo sus historias y tejiendo en directo una comunidad efímera pero increíblemente sólida.

«La comedia de Lucho Miranda funciona porque es radicalmente honesta. No pide compasión ni busca inspirar de una forma barata. Lo que exige, a través de la inteligencia de sus chistes, es algo mucho más revolucionario: que normalicemos la discapacidad y la veamos como una experiencia humana más, con sus propias contradicciones, dificultades y, sobre todo, con un inmenso potencial para el humor.»

Análisis desde la Terapia Ocupacional: Un Acto Terapéutico Colectivo

Aquí es donde mi perspectiva profesional se activa inevitablemente. Lo que presencié va mucho más allá de un buen monólogo. Fue una intervención terapéutica a nivel comunitario, ejecutada con la maestría de un artista. Permítanme desglosarlo desde los principios de la Terapia Ocupacional:

1. El Humor como Ocupación Significativa y Agente de Identidad

Para Lucho, el stand-up es su trabajo, su vocación, su principal ocupación. A través de ella, no solo se gana la vida, sino que construye y afirma su identidad. En lugar de permitir que su diagnóstico lo defina desde una perspectiva médica o de carencia, él utiliza la comedia para definirse a sí mismo en sus propios términos: como un hombre inteligente, ácido, observador y, sobre todo, gracioso. Esta apropiación de la narrativa es uno de los actos de autoafirmación más poderosos que existen y es un objetivo central en muchos procesos terapéuticos.

2. Empoderamiento Individual y Colectivo

El concepto de empoderamiento fue palpable durante toda la noche. Al subir al escenario y controlar el relato sobre su propia vida, Lucho ejerce una agencia total sobre su experiencia. Pero no se detiene ahí; transfiere ese poder al público. A las personas con discapacidad les ofrece un modelo de resiliencia y auto-aceptación no desde el drama, sino desde la inteligencia y la risa. Les dice: «Nuestra experiencia es válida, es rica y también es material para la comedia». Al resto, nos empodera para preguntar, para perder el miedo a la diferencia y para interactuar desde un plano de igualdad.

3. Derribando Barreras Actitudinales: El Modelo Social en Práctica

La Terapia Ocupacional se alinea con el Modelo Social de la Discapacidad, que postula que las barreras más significativas no son las limitaciones funcionales del individuo, sino las impuestas por una sociedad no adaptada. Estas barreras pueden ser físicas (una escalera sin rampa) o, las más insidiosas, actitudinales (la pena, la condescendencia, la infantilización, el miedo). El show de Lucho Miranda es un ataque directo y demoledor contra estas últimas. Cada carcajada del público es un ladrillo que se cae de ese muro de prejuicios. Nos obliga a confrontar nuestras propias ideas preconcebidas y a reemplazarlas por una imagen de capacidad, talento y control.

4. Fomento de la Participación y la Inclusión Social

El propio evento es un ejercicio de inclusión social. El teatro se convirtió en un espacio seguro y accesible donde una diversidad de personas se reunió con un propósito común. La interacción de Lucho con los asistentes que compartían sus propias historias de discapacidad fue terapéutica en sí misma. El acto de ser visto, escuchado y reconocido por el artista en un foro público es inmensamente validador. Se rompe el aislamiento que a menudo acompaña a la discapacidad y se crea una sensación de pertenencia a una comunidad.

La Risa que Permanece: Más Allá del Telón

Salimos del Teatro Fígaro no solo con el eco de las risas en los oídos, sino con una profunda sensación de haber participado en algo importante. La experiencia fue una demostración palpable de que la cultura y el arte, y en este caso la comedia, son herramientas potentísimas para el cambio social. Lucho Miranda no es solo un monologuista; es un educador, un activista y un terapeuta social que usa el escenario como su consulta.

La noche me reforzó en mi convicción profesional de que debemos promover y valorar las ocupaciones que, como esta, nos desafían, nos conectan y nos transforman. Nos recuerdan que la vulnerabilidad, cuando se comparte con honestidad e inteligencia, se convierte en una fuerza imparable. La mejor terapia no siempre lleva bata blanca ni ocurre en una clínica; a veces, simplemente, sucede en la oscuridad de un teatro, iluminada por un único foco y el poder de una historia bien contada. Y esa, sin duda, es la que más perdura.

– El Terapeuta Electrónico

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Encender las luces brillantes: The Killers y el viaje de la Terapia Ocupacional

El Terapeuta Electrónico – Encender las luces brillantes: The Killers y el viaje de la Terapia Ocupacional

Hay canciones que son ruido de fondo. Y luego, muy de vez en cuando, aparece una canción que se siente como una verdad revelada. Una de esas que te detiene en seco, que te obliga a subir el volumen y te deja pensando durante días. Para mí, eso ha sido «Bright Light» de The Killers. No es solo un temazo de rock de estadio con la energía arrolladora que les caracteriza; es una declaración, un mapa emocional sobre el regreso a casa, sobre la búsqueda de la propia identidad cuando el camino se ha vuelto largo y polvoriento. Es una historia que, como terapeuta ocupacional, siento que he escuchado cientos de veces, contada con diferentes acentos y en diferentes circunstancias, pero siempre con el mismo anhelo de fondo.

La música tiene esa capacidad única de ponerle banda sonora a los procesos internos, y esta canción, con la formación original de la banda reunida de nuevo, parece un acto de terapia en sí mismo. Un regreso a la esencia, a lo que les hizo ser quienes son. Y en ese acto de volver al origen, he encontrado un espejo increíblemente nítido de lo que hacemos cada día en nuestra profesión. He visto el viaje de la persona que ha perdido su rumbo y lucha por encontrar las señales que le lleven de vuelta a un lugar que pueda llamar «hogar», un lugar que, más que físico, es un estado del ser.

The Killers en una sesión de fotos, mirando con determinación.

«The dashboard’s shaking, I steady the wheel. And I make every turn by memory, by feel…»

(«El salpicadero tiembla, sujeto el volante. Y tomo cada curva de memoria, por instinto…»)

Esta frase es, para mí, el núcleo de la resiliencia humana. ¿Quién no ha sentido ese temblor? El diagnóstico que sacude tus cimientos, el accidente que cambia tu cuerpo, la depresión que empaña el parabrisas, la pérdida de un ser querido que te deja sin mapa. La vida tiembla, el control parece una ilusión. Y, sin embargo, en medio de ese caos, emerge una fuerza interior, un conocimiento tácito que reside en el cuerpo y en la memoria. «De memoria, por instinto». Es la sabiduría acumulada de una vida de ocupaciones. Es el saber hacer de nuestras manos, la rutina aprendida de nuestros días, el ritmo de nuestro propio corazón. Es la prueba de que, incluso cuando la mente consciente está perdida en la niebla, hay una parte de nosotros que recuerda el camino, que sabe cómo «sujetar el volante».

Como terapeutas ocupacionales, nuestro trabajo a menudo consiste en ayudar a la persona a reconectar con ese instinto. No se trata de darles un mapa nuevo, sino de ayudarles a leer el que ya llevan dentro. Se trata de confiar en que, a pesar del temblor, ellos son los expertos en su propio viaje. Nosotros somos, como mucho, el copiloto que les recuerda: «Confía en tus manos, ellas saben lo que hacen. Recuerda cómo se sentía, tu cuerpo no lo ha olvidado».

Brandon Flowers cantando con pasión en un concierto.

La Ocupación como Faro en la Oscuridad

La canción explota en un estribillo que es una súplica y una afirmación a la vez: «Will you turn the bright lights on? … Put me back on the corner and I’ll sing my song» («¿Encenderás las luces brillantes? … Ponme de nuevo en la esquina y cantaré mi canción»). Aquí es donde la Terapia Ocupacional se vuelve explícita, casi literal. La «esquina» es ese lugar de desempeño, ese contexto familiar. Y la «canción» es la ocupación significativa. Es la actividad que nos define, que nos da voz, que nos hace sentir que somos nosotros mismos.

Pensad en ello. Para una persona que ha sufrido un daño cerebral, su «canción» puede ser la capacidad de preparar el desayuno para su familia. Para un adulto mayor que vive en soledad, su «canción» puede ser volver a cuidar de sus plantas o participar en el club de lectura del barrio. Para un joven con problemas de salud mental, su «canción» puede ser la rutina de ir al gimnasio o la expresión a través del arte. No son tareas; son himnos de identidad. Son las «luces brillantes» que iluminan el camino de vuelta. Nuestra labor es ayudar a encontrar esa esquina y proporcionar las herramientas, las estrategias y la confianza para que puedan volver a cantar su canción, con su propia voz, aunque al principio suene desafinada o temblorosa.

Primer plano de la banda The Killers.

El viaje que narra «Bright Light» no es lineal ni fácil. Hay una admisión de la carga llevada: «I carried my own weight and then some too. There are things I would change but it ain’t worth going through» («Cargué con mi propio peso y algo más. Hay cosas que cambiaría, pero no vale la pena volver a pasar por ello»). Esta es la aceptación radical que fomentamos. No se trata de volver a un pasado idealizado, sino de construir un presente con los materiales que se tienen. Se trata de reconocer las cicatrices, el cansancio («Maybe I’m tapped out or just plain old tired» – «Quizás estoy agotado o simplemente viejo y cansado»), pero sin dejar que definan el futuro. La narrativa personal se reconstruye no a pesar de la adversidad, sino incluyéndola como parte del viaje. Es la filosofía japonesa del Kintsugi aplicada al alma: las grietas se rellenan con oro, y la pieza rota se vuelve más fuerte y más hermosa que antes.

Nosotros, como terapeutas, somos testigos de esa reconstrucción. Escuchamos las historias de la «carretera del desierto» y ayudamos a encontrar el oro en las grietas. Facilitamos que la persona pueda mirar su historia no con arrepentimiento, sino con la compasión de quien ha sobrevivido y ha aprendido a «sujetar el volante» cuando todo temblaba.

Y para que sintáis esa energía de la que hablo, para que os ilumine como a mí, os dejo aquí el videoclip. Subid el volumen. Dejad que la batería de Ronnie Vannucci Jr. marque el ritmo de vuestro corazón y que la voz de Brandon Flowers os recuerde por qué hacemos lo que hacemos. Porque al final del día, todos buscamos que alguien, en algún lugar, encienda para nosotros las luces brillantes.

Escuchadla de nuevo. Es un himno para nuestros pacientes, sí, pero también es un himno para nosotros. Para esos días en los que el sistema nos agota, en los que la burocracia nos hace sentir que conducimos por el desierto. Es un recordatorio de que nuestro propósito, nuestra «canción», es ser ese faro para otros. Somos, en muchos sentidos, los guardianes de las luces brillantes. Y esa, queridos colegas, es una ocupación sagrada.

The Killers posando juntos como banda, simbolizando la unidad.

© 2025 – El Terapeuta Electrónico.

Inspirado por la música que nos salva y la profesión que nos define.

Narcisismo encubierto: una mirada desde la terapia ocupacional

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🧠💥 ¿Y si te dijera que hay personas que pueden mermar tu vida sin levantar la voz?

👀 No hablamos de criminales, sino de esos narcisistas funcionales y psicópatas cotidianos que se cruzan en nuestra vida y minan, poco a poco, nuestras ocupaciones, decisiones, identidad.

🎨 Desde dejar de pintar hasta abandonar amistades. Desde cambiar la ropa hasta dudar de nuestro criterio.
💬 ¿Te suena? A mí también. Y como terapeuta ocupacional, no podía mirar para otro lado.

📖 Inspirado por el libro Tú no eres el problema de Elizabeth Calpes, he escrito un ensayo que explora cómo la terapia ocupacional puede acompañar, sanar y empoderar en estas situaciones.

💚 No todo abuso es visible. Acompañemos desde el hacer, desde la escucha, desde la ocupación.

👉 Léelo completo en el blog de El Terapeuta Electrónico. https://elterapeutaelectronico.com/2025/06/29/narcisismo-encubierto-una-mirada-desde-la-terapia-ocupacional/

A veces uno se sienta frente al ordenador con una taza de café caliente, dispuesto a escribir sobre participación, sobre rutinas significativas o sobre la eterna discusión entre modelos centrados en la persona y modelos centrados en la comunidad. Pero de pronto, una idea distinta asoma la cabeza, empujada por las vivencias, las lecturas recientes y las cicatrices profesionales: ¿qué pasa con esas personas que, sin ser criminales, arrasan con la vida cotidiana de los demás?

Me refiero a los narcisistas. A los psicópatas no criminales. A esas personas que nunca levantarían sospechas en un juicio, pero que en lo cotidiano pueden romper familias, desgastar equipos de trabajo, aislar a una compañera, hacer dudar a un profesional de su criterio o hundir a una pareja hasta dejarla rota en sus ocupaciones más básicas.

Y ahí es donde entra la terapia ocupacional.

Porque si algo aprendemos como terapeutas ocupacionales es que las ocupaciones no son actos neutros. Están cargadas de sentido, de historia, de relaciones. Y cuando alguien, desde el control emocional o la manipulación relacional, interfiere en ellas… eso también es un campo de trabajo para nuestra disciplina.

La vida entre líneas torcidas

La primera vez que escuché la expresión “narcisista encubierto” pensé que se trataba de alguna exageración de la psicología pop. Pero no tardé mucho en entender que no era así. En sesiones con personas que habían perdido la capacidad de disfrutar su ocio, que habían dejado de cocinar para sí mismas o que no se sentían capaces de elegir una prenda sin pensar qué pensaría él o ella, había un patrón. Uno que muchas veces pasaba desapercibido porque no tenía nombre, ni diagnóstico, ni gritos, ni denuncias. Solo una sensación constante de estar en falta, de que algo no estaba bien, de no ser suficiente.

Como terapeutas ocupacionales, nos centramos muchas veces en ayudar a las personas a reconstruir sus ocupaciones tras una lesión, un ictus, un diagnóstico de salud mental. Pero… ¿qué pasa cuando las ocupaciones se ven afectadas por vínculos tóxicos? ¿Y si el problema no es la persona, sino las relaciones que ha construido o que le han impuesto?

Una pequeña revelación

Hace poco leí el libro de Elizabeth Clapes, Tú no eres el problema, y me vi reflejado en más de una página. Y no porque yo haya sido el objetivo directo de un narcisista, aunque alguna herida arrastro como cualquiera, sino porque reconocí historias de pacientes, de colegas, incluso de familiares. Personas que, sin saberlo, habían estado años bajo la influencia de una figura que utilizaba la culpa como herramienta, el silencio como castigo y el elogio como moneda de cambio.

Y esa lectura me hizo pensar: ¿hasta qué punto nuestras ocupaciones pueden quedar secuestradas por un narcisista?

La respuesta, lamentablemente, es: mucho.

Quien ha vivido con una persona narcisista o psicopática sabe de lo que hablo. Las ocupaciones empiezan a perder sentido, a moldearse a los deseos del otro. La persona deja de bailar porque “le parece ridículo”. O deja de maquillarse porque “ya no tiene edad”. O abandona su carrera porque “eso no es un trabajo de verdad”. Todo esto no dicho abiertamente, claro. Siempre envuelto en frases dulces, miradas condescendientes, ironías disfrazadas de consejos. Y poco a poco, la persona va cediendo.

Y lo más triste: deja de verse.

La terapia ocupacional como espacio de reencuentro

Ahí es donde creo que nuestra profesión puede hacer una diferencia enorme. Porque no trabajamos desde el juicio, sino desde la ocupación. No preguntamos “¿por qué sigues con esa persona?”, sino “¿qué has dejado de hacer desde que estás con esa persona?”

Y ese simple cambio de foco abre puertas. Nos permite mirar la vida de quien tenemos delante no como un cúmulo de errores, sino como una red de decisiones condicionadas. Nos permite detectar patrones sin culpabilizar. Y nos da herramientas para empezar a reconstruir.

Recuerdo el caso de una mujer que acudió a consulta derivada desde salud mental. No podía dormir bien, tenía episodios de ansiedad y había desarrollado un cuadro de colon irritable. Pero no tenía depresión, ni trastorno de pánico, ni trauma claro. Solo un cansancio vital. Un día, hablando sobre qué hacía en su tiempo libre, se quedó en silencio. Dijo: “Antes me gustaba pintar… pero hace años que no lo hago”. ¿Por qué? “Él decía que era una pérdida de tiempo”.

Y ahí se encendió la alarma.

Ese “él” era su pareja. Llevaban más de 20 años juntos. En todo ese tiempo, había dejado de ver a sus amigas, de viajar sola, de salir a caminar por la tarde. Incluso su forma de vestir había cambiado. Pero ella no se sentía maltratada. No había violencia física, ni insultos. Solo un goteo constante de desaprobación, de control emocional, de manipulación sutil.

Esa mujer volvió a pintar. No fue fácil. Le costó creerse con derecho a comprar material, a reservar un espacio en casa, a decirle a su pareja “voy a pintar, no me molestes”. Pero lo hizo. Y en ese gesto hubo una ocupación recuperada… y una identidad rescatada.

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Psicopatía funcional y desgaste profesional

Los narcisistas y psicópatas no siempre están en relaciones de pareja. A veces están en los equipos de trabajo. En las familias. En los puestos de poder. Y eso, como terapeutas ocupacionales, también nos puede afectar.

¿Quién no ha tenido un compañero o una jefa que te hace sentir siempre en deuda, que no tolera el éxito ajeno, que manipula los errores para que parezcan tuyos?

A veces normalizamos tanto esas dinámicas que no nos damos cuenta del daño que hacen. Empezamos a dudar de nuestra competencia, dejamos de proponer ideas, evitamos destacar para no despertar su ira disfrazada de sarcasmo.

Y lo más doloroso: dejamos de disfrutar nuestra profesión.

Pero hay salida. La clave, creo, está en nombrar. En poner palabras a esas dinámicas. En crear espacios donde podamos hablar de esto sin miedo a parecer débiles o exagerados. Y también en generar redes de cuidado profesional, donde podamos sostenernos cuando el entorno nos desgasta.

Lo cotidiano también es político

Desde la terapia ocupacional, muchas veces hablamos del hacer, del ser, del pertenecer. Pero quizá no hablamos lo suficiente del sufrir. Porque sí: muchas personas sufren ocupacionalmente. No porque no tengan actividades, sino porque esas actividades están colonizadas por la culpa, por el miedo, por la aprobación ajena.

En ese sentido, trabajar con víctimas de personas narcisistas o psicopáticas es también una forma de militancia. Es decirle al mundo: “Tu vida es tuya. Tus ocupaciones son tuyas. Nadie tiene derecho a arrebatártelas”. Es devolver a las personas la posibilidad de elegir qué hacen, cómo lo hacen y con quién lo hacen. Y en esa elección, recuperar la dignidad.

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Cuidarse para cuidar

Y aquí viene una parte difícil: los terapeutas también debemos cuidarnos. Porque quienes trabajamos con personas, quienes escuchamos relatos dolorosos, quienes empatizamos hasta la médula… también estamos expuestos.

Los narcisistas se sienten atraídos por quienes cuidan. Porque pueden manipular mejor a quien duda de sí mismo, a quien se cuestiona constantemente. Por eso es fundamental que aprendamos a detectar estos perfiles, no solo para ayudar a otros, sino para protegernos.

¿Dónde están nuestras alarmas? ¿Qué sentimos cuando alguien nos hace sentir siempre culpables, poco válidos, inseguros? ¿Cuántas veces decimos “sí” por miedo al conflicto y no por convicción?

Es necesario que nos formemos, que compartamos herramientas, que hablemos entre colegas. Porque la salud ocupacional también empieza por casa.

Epílogo: ocupar el espacio propio

Este ensayo no pretende dar respuestas cerradas. Solo abrir preguntas. Invitar a mirar con otros ojos esas relaciones que parecen normales pero que hacen daño. Recordar que no todo abuso es visible. Que no todo dolor tiene una cicatriz. Y que a veces, la mejor forma de ayudar a alguien es acompañarle a recuperar eso que dejó de hacer porque alguien le convenció de que no valía la pena.

La terapia ocupacional tiene un rol clave en este proceso. Porque no juzga. Porque no empuja. Porque propone desde el hacer. Y en ese hacer, muchas veces, está el comienzo de la libertad.

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Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (I)

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Parte 1: El punto de partida siempre es la persona

Hablar de sillas de ruedas es hablar de libertad. De límites que se negocian con inteligencia, y de cuerpos que buscan moverse, habitar, existir. Sin embargo, para que una silla de ruedas sea realmente una herramienta de participación y autonomía —y no un obstáculo o una fuente de dolor— necesitamos algo más que buena voluntad: necesitamos evaluación clínica precisa, criterio técnico y escucha activa. Mucha escucha activa.

¿Qué entendemos por evaluación de sedestación y movilidad?

Una evaluación de sedestación y movilidad es un proceso clínico completo en el que se analizan las capacidades, necesidades y riesgos de una persona que necesita utilizar una silla de ruedas o un sistema de apoyo postural. Esta evaluación contempla no solo aspectos físicos y posturales, sino también factores sociales, psicológicos, ambientales y de participación.

Desde la perspectiva clínica, sedestación y movilidad son elementos interdependientes. No podemos hablar de uno sin el otro: una mala sedestación puede impedir la movilidad, y una movilidad inadecuada puede derivar en posturas dañinas o en lesiones por presión. Por tanto, el objetivo no es solo “poner a alguien en una silla”, sino entender cómo esa persona se moverá, vivirá, trabajará o estudiará desde ella.

Las 4 etapas clave de la provisión de una silla de ruedas (según la OMS)

La Organización Mundial de la Salud (2023) resume el proceso de provisión de sillas de ruedas en cuatro pasos esenciales:

  1. Selección: Incluye la evaluación personalizada y la elección del dispositivo adecuado. No existen soluciones estándar. Cada cuerpo, cada vida, necesita una respuesta única.
  2. Ajuste (fitting): Es el ensamblaje y configuración del sistema para que ofrezca el mejor soporte postural, funcionalidad y confort.
  3. Entrenamiento: Abarca tanto al usuario como a quienes lo asisten. Instrucción en habilidades de manejo, transferencias, mantenimiento y estrategias de posicionamiento.
  4. Seguimiento: Revisión periódica y resolución de problemas. La silla de ruedas debe seguir respondiendo a los cambios en la vida y en el cuerpo de la persona.

Estas etapas no siempre son lineales. A menudo, como en un rompecabezas, hay que retroceder un paso, ajustar una pieza, observar una nueva variable. Pero lo esencial es tener la imagen completa siempre en mente: el bienestar y la funcionalidad del usuario.

La entrevista clínica: empezar por preguntar (y escuchar)

Un error frecuente en los procesos de evaluación es comenzar observando sin preguntar. Pero si queremos conocer realmente a la persona, necesitamos abrir un espacio de diálogo sincero. La entrevista clínica es una herramienta terapéutica en sí misma. Nos permite entender no solo lo que físicamente puede o no puede hacer una persona, sino cómo vive su movilidad, qué desea cambiar, qué teme, qué espera.

Algunas preguntas clave que nunca deberían faltar en una evaluación:

  • ¿Cuál es tu condición de salud principal y cómo afecta a tu movilidad?
  • ¿Qué sabes sobre tu diagnóstico y su evolución?
  • ¿Cómo te mueves actualmente? ¿Cómo lo hacías hace un año?
  • ¿Qué lugares frecuentas? ¿Tu entorno es accesible?
  • ¿Tienes dolor al sentarte? ¿Notas enrojecimientos o heridas en la piel?
  • ¿Puedes recolocarte solo/a si te deslizas o estás incómodo/a?

Estas preguntas no son meros trámites. Son puertas. Nos ayudan a comprender si estamos ante un caso de movilidad reducida sin alteración postural (una señora mayor con diabetes y fatiga), o si estamos ante situaciones más complejas (con parálisis cerebral y necesidad de soporte postural o lesión medular y riesgo de úlceras por presión).

La entrevista también nos revela aspectos fundamentales sobre la motivación, la aceptación de ayudas, la experiencia previa con dispositivos, y las expectativas del usuario. Porque no es lo mismo quien desea mantener su independencia a toda costa, que quien necesita recuperar un sentido de control sobre su día a día después de un largo ingreso hospitalario.

Categorizar para individualizar: tres niveles de evaluación

La evaluación clínica no es igual para todos. El grado de profundidad dependerá del tipo de necesidades del usuario. En el modelo propuesto por Minkel y Lange (2025), se plantean tres categorías prácticas que ayudan a organizar el proceso:

  1. Evaluación de movilidad solamente: Para personas con equilibrio de tronco preservado, sin riesgo de lesiones cutáneas y con necesidad de desplazamiento (por fatiga, caídas, etc.).
  2. Evaluación de movilidad + soporte postural: Para quienes tienen dificultad para mantenerse sentados sin apoyo, pero no presentan riesgo cutáneo grave.
  3. Evaluación completa (movilidad + postura + integridad cutánea): Para personas con asimetrías pélvicas, lesiones por presión previas o actuales, sensibilidad alterada y necesidad de posturas acomodadas.

Cada categoría implica un nivel distinto de observación y valoración. En la práctica, estas clasificaciones nos permiten distribuir recursos, anticipar necesidades y priorizar intervenciones. Pero siempre —siempre— deben ser entendidas como guías, no como moldes cerrados.

Evaluar no es sólo medir, es observar en contexto

Una evaluación rigurosa incluye la observación directa del movimiento, las transferencias, la postura al estar sentado sin soporte, y la respuesta de la persona ante diferentes estímulos (como el dolor o la incomodidad). Se evalúan componentes como:

  • Equilibrio en sedestación sin apoyo.
  • Capacidad de recolocarse.
  • Rango articular de caderas, rodillas, tobillos.
  • Tono muscular y control del tronco.
  • Integridad de la piel.
  • Respuesta ante distintas configuraciones de silla.

Pero también debemos observar algo más difícil de medir: el ajuste entre el cuerpo, la mente, el entorno y el dispositivo. Por eso es importante salir del consultorio, preguntar por la casa, los trayectos habituales, el vehículo familiar, los lugares de trabajo o estudio.

Una silla que es perfecta en una sala de rehabilitación puede resultar inútil en la casa del usuario si no cabe por la puerta del baño, si no se adapta al coche o si el usuario no logra cargarla en la maleta.

La importancia del mat assessment

Una de las herramientas más potentes, y tristemente más olvidadas (@rubenserrano_TO va por ti), es la evaluación en camilla o mat assessment. Consiste en pedir a la persona que se transfiera fuera de la silla (si es posible), y evaluar su postura en decúbito (supino) y sedestación sin soporte. Esta observación nos permite entender cómo se comporta el cuerpo sin la interferencia de la gravedad o del propio dispositivo.

Durante esta evaluación se valora:

  • El tipo de control de tronco: ¿manos libres, dependiente o de soporte total?
  • El tipo de alineación pélvica: ¿hay inclinaciones, rotaciones o basculaciones?
  • La movilidad articular: ¿hasta qué ángulo puede flexionar las caderas manteniendo la pelvis neutra?
  • La tensión de músculos como los isquiotibiales: ¿afectará a la postura sentada?
  • La posición de los pies: ¿pueden descansar en un reposapiés o requieren ortesis?

Este momento es ideal también para inspeccionar la piel. Un simple vistazo a las tuberosidades isquiáticas, al sacro y a las zonas de apoyo nos puede alertar de lesiones previas o de riesgos inminentes. La piel habla. Hay que aprender a leerla.

Autocuidado vs Vínculos: Una mirada crítica desde la Terapia Ocupacional

Nos enseñan a poner límites, pero no a sostener vínculos. Como terapeuta ocupacional, esta frase me perfora el cuerpo cada vez que escucho a alguien hablar de autocuidado como sinónimo de desvinculación. Porque en nuestra práctica, día tras día, vemos personas que se han quedado solas no por falta de recursos físicos, sino por la desconexión afectiva que el discurso contemporáneo del bienestar muchas veces justifica. Nos enseñan a decir que no, a protegernos, a priorizarnos. Pero poco se habla de cómo sostener lo que vale la pena, de cómo quedarnos a pesar del cansancio, de cómo reparar sin desaparecer.

La terapia ocupacional es una profesión que, por definición, trabaja con lo humano en su dimensión más compleja: la ocupación. Pero no cualquier ocupación. Hablamos de las que dan sentido, de las que nos conectan con otros, de las que sostienen la identidad. No se trata sólo de vestirse, cocinar o trabajar. Se trata también de estar, de vincularse, de compartir. Y ahí está el peligro del discurso individualista del autocuidado: en que promueve una visión de la persona como un ser aislado, que debe autorregularse constantemente, que sólo debe ocuparse de lo que lo «suma». Una visión que, en última instancia, nos deshumaniza.

Como terapeutas ocupacionales, no podemos mirar para otro lado. El sufrimiento psicosocial se ha vuelto estructural, y nuestras intervenciones deben estar a la altura. No basta con favorecer la independencia funcional si dejamos intacto el aislamiento. No basta con mejorar la adherencia a una rutina si esa rutina no incluye a nadie más que al propio sujeto. La independencia no es lo contrario de la interdependencia. No es madurez emocional vivir solo, hacer todo solo, sostenerse solo. A veces, eso es sólo desesperación disfrazada de fortaleza.

El discurso del autocuidado, si se vuelve absoluto, nos convierte en consumidores emocionales. Elegimos personas como quien elige productos: ¿me nutre?, ¿me aporta?, ¿me potencia? Si no cumple con esas expectativas, lo descarto. ¿Y el otro? ¿Dónde queda el otro? ¿Quién se hace cargo de lo que dejamos atrás cada vez que priorizamos nuestra comodidad por encima del vínculo? Estas preguntas no son filosóficas: son profundamente terapéuticas. Porque una persona no se reinserta socialmente sólo con prótesis o adaptaciones. Se reinserta cuando vuelve a confiar, cuando siente que puede formar parte sin miedo al rechazo, cuando siente que tiene algo que dar, no sólo algo que recibir.

En nuestros abordajes comunitarios, lo vemos a diario. Gente que vive sola, que no tiene con quién hablar, que repite frases como mantras: «yo me cuido a mí mismo porque nadie más lo va a hacer». Y claro que hay verdades en eso. Pero también hay heridas. Detrás de cada «yo primero» hay una historia de abandono, de negligencia, de relaciones fallidas. Y si no intervenimos ahí, si no miramos también esas biografías rotas, nos volvemos técnicos del síntoma y no del sufrimiento. Nos volvemos reproductores del sistema, no agentes de transformación.

Recuperar lo relacional como eje de la terapia ocupacional no es una moda: es una urgencia. El mundo se está desmoronando en vínculos. Vivimos en ciudades llenas de gente sola, en redes sociales donde todo se muestra y nada se comparte, en trabajos donde el burnout es más común que el almuerzo. Y mientras tanto, seguimos enseñando a los estudiantes de terapia ocupacional a medir, clasificar y estructurar ocupaciones como si fueran actividades mecánicas, desconectadas del deseo, del otro, del contexto.

Pero un verdadero enfoque ocupacional exige una ética del vínculo. Exige preguntarse no sólo qué hace la persona, sino con quién, para quién, desde dónde. Exige detenerse ante lo invisible: la mirada del otro, el silencio compartido, la carga emocional de cada acción cotidiana. Exige revisar también nuestras propias prácticas profesionales: ¿qué tipo de relaciones generamos con quienes acompañamos?, ¿cómo gestionamos nuestras frustraciones cuando el proceso no avanza?, ¿a quién cuidamos cuando decimos que cuidamos?

No hay intervención ocupacional que valga si no se sostiene en un vínculo ético, afectivo y político. No hay protocolo que reemplace la presencia. No hay escala que mida la confianza. Y sin embargo, eso es lo que más transforma: saberse visto, saberse parte, saberse acompañado incluso cuando no se tienen las palabras.

Por eso debemos revisar nuestros marcos. Hablar de salud desde la ocupación significa hablar de redes, de interacciones, de apoyos. Significa construir prácticas donde el otro no sea sólo un destinatario, sino un interlocutor. Donde el terapeuta no sea sólo un facilitador, sino alguien que también se afecta, que también se involucra. Porque sí, nos han enseñado a protegernos. Pero tal vez, lo verdaderamente revolucionario hoy sea aprender a quedarnos. A sostener. A comprometernos.

El desafío está planteado. Podemos seguir defendiendo una terapia ocupacional de escritorio, segura, medible, predecible. O podemos asumir el riesgo de una terapia ocupacional que incomoda, que interpela, que se mete en la carne viva del mundo. Una terapia que no se conforme con mejorar desempeños, sino que aspire a reconstruir vínculos. Una terapia que no tema decir que el autocuidado también puede ser una trampa. Una terapia, en fin, que no olvide que lo humano es, ante todo, relacional.

No será fácil. Porque nada fluye sin más. Porque el entendimiento se trabaja. Porque el amor, sea en la forma que sea, se crea. Y en ese trabajo de creación, los terapeutas ocupacionales tenemos mucho que decir. Y mucho más que hacer.

Maternidades diversas: un retrato desde la terapia ocupacional en el Día de la Madre

Enciendo la lámpara de la habitación cuando aún es de noche y el silencio me regala un raro privilegio: escuchar, sin interrupciones, las voces que habitan cada maternidad que hemos acompañado. Hoy, 4 de mayo, el calendario señala el Día de la Madre, pero bajo esa etiqueta yace un tapiz tan extenso que a veces parece infinito. Basta con cerrar los ojos para que desfilen, como en una película íntima, los rostros de mujeres y familias que han confiado en nosotras, terapeutas ocupacionales, su cotidianeidad más frágil y más valiosa.

Veo primero a Laura —nombre prestado, historia real—. Cada madrugada, antes de que amanezca, acomoda el cuerpo rígido de su hijo con parálisis cerebral en una postura que alivie la espasticidad; luego coloca la sonda de alimentación, revisa el respirador y repasa mentalmente una agenda que cabría en la novela de un atleta épico: fisioterapia a las nueve, logopedia a las once, atención temprana por la tarde, papeleo de la beca tal, una tutoría telemática con el colegio. Ese horario, que para otros resultaría inviable, es su rutina desde hace ocho años. Sin embargo, cuando llega a nuestra consulta, no es el cansancio lo que primero asoma, sino la duda: «¿Estoy haciéndolo bien?».

Nosotras —y subrayo el plural porque este oficio es siempre coral— nos sentamos junto a ella, no enfrente. Apenas hablamos al principio; dejamos que la libreta aún en blanco absorba su relato. Después, como quien desenreda despacio un ovillo, analizamos juntos cada tramo de su día: ¿Qué tareas son esenciales y cuáles podrían delegarse? ¿Qué productos de apoyo reducirían el esfuerzo de la bañera? ¿Cómo transformar los pasillos del hospital, donde inevitablemente espera, en un pequeño refugio de lectura o respiración consciente? Laura descubre que su tiempo puede volver a pertenecerle por minutos, y poco a poco esos minutos se convierten en espacios de vida propia: una llamada a una amiga sin culpa, un curso en línea que había postergado, un paseo bajo los árboles del bulevar mientras su hijo practica terapia acuática.

Casi al mismo tiempo, pero en otro escenario, transita Isabel. Llega con su silla de ruedas eléctrica y una determinación luminosa: quiere quedar embarazada. En el ascensor del centro de salud le han insinuado que quizá no sea buena idea; en las redes sociales se pierde entre relatos triunfalistas y advertencias catastrofistas. Isabel necesita certezas tangibles, no juicios. Por eso, la recibimos entre planos de mobiliario y muestras de tejidos antideslizantes. Medimos la altura exacta a la que resultará accesible colocar un cambiador; comprobamos si la fuerza de tríceps bastará para transferir al bebé a una cuna con baranda abatible; buscamos mochilas de porteo que repartan el peso sin comprimir la zona lumbar. Pero sobre todo, construimos alianzas: convocamos a obstetras, pediatras, fisioterapeutas y a la propia familia para dibujar un plan de parto que conserve la autonomía de Isabel minuto a minuto. No hay condescendencia, hay logística; no hay compasión, hay respeto técnico y humano. Cuando finalmente sostiene a su hija, descubrimos que las muchas manos que parecían imprescindibles se han convertido en un discreto andamiaje, porque Isabel —como tantas— es la arquitecta principal de su maternidad.

A veces, en ese mismo pasillo, nos cruzamos con Verónica, que ya es madre y vive con esclerosis múltiple. Su reto no es tanto criar, como lidiar con la sospecha ajena: la mirada del maestro que se ofrece a abrochar la chaqueta del niño «porque tu madre estará cansada», el comentario en el parque sobre la lentitud con la que empuja el columpio. Con Verónica ensayamos respuestas a medias entre la pedagogía y la firmeza; proyectamos charlas breves en la escuela donde ella misma explica cómo la fatiga crónica la obliga a dosificarse pero no la incapacita para amar ni para imponer límites; y salimos al barrio para verificar, metro a metro, qué rampas incumplen la normativa, qué semáforos carecen de señal acústica, cuál farmacia se presta a mantener los medicamentos en una taquilla externa para evitar colas innecesarias. Cada barrera superada se traduce en una dosis extra de identidad: su hijo ya no ve a una madre en desventaja, sino a una madre estratega que transforma el entorno en un tablero a su favor.

Sin aviso, la película interior introduce otro personaje: Marta, madre soltera por elección y con un trabajo por turnos que no respeta los relojes familiares. Llega a nosotros con un Excel exhausto que intenta casar guarderías, abuelos a 300 kilómetros, horas extra y esa franja gris que llaman «tiempo para una misma» y que el cursor se resiste a colorear. Cada celda del documento habla de supervivencia. Nosotros arremangamos la ciencia de la ocupación y ensayamos una orfebrería de minutos: proponemos cocinar por lotes el domingo para ganar noches libres, colocamos alarmas que marcan pausas corporales en jornadas nocturnas, enlazamos a Marta con un banco del tiempo que intercambia recogidas escolares por clases de inglés. La magia no consiste en multiplicar horas, sino en redistribuirlas según aquello que realmente importa. Tres meses después, Marta vuelve y nos cuenta, casi incrédula, que los miércoles a mediodía ahora asiste a una clase de danza contemporánea; dice que es su respiración. Esa hora no ha aparecido por arte de los hados: estaba ahí, oculta bajo la inercia productiva.

Hay, sin embargo, silencios más densos. Uno llega con Ana y Luis —otra pareja ficticia y real—, que llevan años intentando concebir. Cuando entran a la sala, el aire parece vibrar con una mezcla de esperanza y duelo anticipado. La palabra infertilidad se adhiere a la piel; el ciclo de pruebas y negativas devora la agenda tanto como la moral. Aquí nuestra intervención no se centra en cunas ni en mochilas, sino en algo más abstracto y, quizá, más profundo: redefinir la noción de proyecto vital. Les proponemos externalizar el dolor mediante escritura —cartas que quizá no se envíen nunca y cuyo valor es nacer—; exploramos ocupaciones generativas que devuelvan sensación de continuidad (mentorar a adolescentes en riesgo, coordinar un huerto comunitario, liderar un coro); y pactamos rituales mínimos, casi sagrados, para proteger la relación de pareja de la centrifugadora emocional de las hormonas. No borramos el deseo, lo colocamos en perspectiva; recordamos que la capacidad de cuidar excede la frontera biológica y que, si al final llegan a la adopción, el horizonte será otro río, no un pozo.

Junto a Ana, a veces se sienta Paula, que ha optado por no tener hijos. No llega con un dolor visible, sino con el cansancio de justificar su decisión. Nosotros abrimos la puerta sin interrogatorio. La conversación gira entonces sobre proyectos que piden espacio: un doctorado interrumpido, un viaje de voluntariado al sudeste asiático, una novela germinal. Paula teme la frase: «Cuando seas mayor te arrepentirás». Repasamos juntos datos sobre satisfacción vital, pero pronto entendemos que no es un debate estadístico; se trata de afirmar la soberanía sobre el cuerpo y el tiempo. Desde la terapia ocupacional la acompañamos a levantar un andamiaje con nombre y apellido: fechas, billetes, becas, colaboraciones. Cada paso planificado refuerza la legitimidad de su rumbo.

Y a lo largo de todo este desfile, mi madre aparece como un faro… pero también como un puerto azotado por tormentas. Su maternidad fue dura, a ratos casi imposible, porque nadie nos explicaba nada: ni qué significaba su diagnóstico en lo cotidiano, ni cómo se gestionaba la mezcla de ternura y rabia que nos asaltaba a mi hermana y a mí. Crecimos descifrando silencios y cargamos culpas que no tenían nombre, mientras ella —en su propia noche— se preguntaba si su cuerpo nos imponía una herida invisible. Las únicas terapeutas ocupacionales que conocimos entonces estaban detrás de una camilla, en la clínica de rehabilitación; daban indicaciones rápidas y desaparecían detrás del siguiente paciente. No había, para nosotros, ese trabajo familiar y comunitario que ahora defendemos con tanto ahínco: llegó años después, cuando yo mismo crucé la puerta de la universidad para estudiar Terapia Ocupacional, impulsado por la certeza de que debía haber otra forma de acompañar realidades como la nuestra. Hoy, desde esta perspectiva, las terapeutas “aparecen” retroactivamente: comprendo lo que habríamos necesitado —un puente entre su discapacidad y nuestra infancia, una guía que tradujera dudas en posibilidades— y transformo aquel vacío en compromiso profesional. Cuando me pregunto «¿Cómo le facilito los días?», en realidad estoy diciendo «¿Cómo honro, con esta profesión que ella inspiró, la lección de coraje que nos dejó su maternidad?».

Mientras paso las páginas imaginarias de este álbum —porque eso es, al fin, este ensayo: un álbum—, no puedo evitar detenerme en el hilo que las une. Cada maternidad —la que cuida con horarios quirúrgicos, la que gesta contra el prejuicio, la que cría con dolor crónico, la que cría sola, la que sueña sin conseguir, la que descarta la maternidad biológica— comparte una misma aspiración: habitar la vida diaria con dignidad y sentido. Y ese territorio es, precisamente, nuestro terreno de juego. Si otras profesiones sanitarias se centran en la enfermedad o la función, nosotros nos obsesionamos con la participación: que la mujer pueda bañarse sin ayuda si así lo desea, o aceptar ayuda sin sentirse menos; que pueda empujar el columpio, firmar el boletín, amamantar, viajar, teletrabajar, hacer voluntariado, escribir novelas o bailar danza contemporánea.

No es casual que la palabra ocupación se asocie a trabajo en algunos idiomas. Para nosotros, sin embargo, engloba todo aquello que hace que la vida valga la pena: trabajos, sí, pero también ocio, descanso, relaciones, espiritualidad, activismo. Cuando intervenimos, lo hacemos en plural porque la labor desborda la consulta individual; requiere conversaciones con urbanistas sobre pavimento accesible, con legisladores sobre permisos parentales reales, con diseñadores industriales sobre cunas pensadas para todos los cuerpos, con docentes sobre barreras invisibles. Nos toca, a menudo, navegar contra la corriente de la inercia cultural que coloca la maternidad en un pedestal tan estrecho que apenas caben unas pocas formas de ejercerla.

Y, sin embargo, en este Día de la Madre queremos mirar el cuadro entero. Pensemos en Laura, Isabel, Verónica, Marta, Ana, Paula… y en mi propia madre. Ninguna cabe en la postal de la madre perfecta, pero todas —con audacia, cansancio, ternura o disciplina— ensanchan la palabra maternidad. Nosotros, terapeutas ocupacionales, caminamos junto a ellas afinando bisagras, descosiendo culpas y tejiendo nuevas narrativas.

Al mismo tiempo, hoy felicitamos a todas las mujeres que cuidan desde otros vértices: a la tía que sostiene a sus sobrinos mientras la vida de su hermana se recompone; a la amiga que responde de madrugada; a quien rescata un perro y organiza sus días alrededor de ese vínculo; a las vecinas que hacen de la escalera una red segura. El eje común no es la biología, sino el cuidado: esa decisión cotidiana de hacerse responsable de otro ser y, en el acto, hacerse más humana.

Celebrar el Día de la Madre, entonces, es honrar cada forma de cuidado y comprometernos a que ninguna quede fuera. Que el día nos encuentre —como profesionales y como personas— escuchando, adaptando, defendiendo y, sobre todo, compartiendo ese café sin culpa que da sentido a la prisa. Porque es en esos gestos mínimos donde palpita la vida que vale la pena celebrar.

Ojete Calor tenía razón: extremismo mal, profesional peor

«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»

Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.

Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.

Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.

Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos

Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.

¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?

Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.

  • Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
  • Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
  • Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
  • Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”

Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?

Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.

La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.

Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.

No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)

En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.

Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.

Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?

Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.

No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.

La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.

Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.

“Vías establecidas”: la gran ficción profesional

“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?

¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?

Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?

El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo

Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.

Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.

Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.

Porque al final…

No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.

La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.

Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.

Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión (Segunda parte)

Escribir sobre lo que uno siente en relación con su profesión no siempre es fácil. Menos aún cuando esas palabras, escritas desde la honestidad y la experiencia, generan tanto agradecimiento como crítica. Tras la publicación de mi anterior entrada sobre colegiación, han llegado a mí múltiples mensajes. Algunos, agradeciendo que se haya puesto voz a una incomodidad compartida. Otros, señalando lo que consideran un juicio injusto o desinformado sobre el trabajo de los colegios profesionales. Este texto no es una réplica, ni un ajuste de cuentas. Es un intento de seguir conversando. Porque si algo necesitamos como colectivo profesional, es precisamente eso: conversación madura, crítica, y sobre todo, constructiva.

Lo que agradezco y reconozco

Lo digo alto y claro: los colegios profesionales de Terapia Ocupacional hacen un trabajo necesario. Y en muchos casos, lo hacen con recursos escasos, de forma voluntaria, y conciliando con vidas laborales y personales intensas. Hay personas que sostienen estos espacios con una generosidad y una implicación que merecen todo el respeto del mundo. Y muchas de las mejoras que tenemos hoy como colectivo —formación, visibilidad, normativas— existen gracias a esas personas que un día dieron un paso al frente.

No es justo ni ético desvalorizar ese trabajo. Y si alguien leyó en mi anterior texto una crítica generalizada a quienes están en los colegios, me gustaría pedir disculpas. Mi intención era otra: señalar que incluso dentro de ese esfuerzo hay límites, hay errores, hay rutinas que pueden ser revisadas. Porque lo importante no es quién trabaja más o menos, sino cómo hacemos que ese trabajo sea más inclusivo, más eficaz, más sostenible y más transparente para todas y todos.

La incomodidad también es un síntoma

Han sido muchos los mensajes que me han dicho: «Pedro, gracias por intentar despertar algo». Y también muchos otros que me han replicado: «Se hace buen trabajo, no hay problemas, siempre estáis criticando». Me detengo aquí: ¿cómo es posible que no haya problemas pero sí tantas quejas? ¿Por qué tantas personas se sienten fuera, incluso dentro del colegio?

Llevo 16 años en esta profesión. Y en 2009 ya escuchaba las mismas frases: «el colegio no escucha», «la formación es para unos pocos», «hay que mover esto desde dentro». Hemos avanzado, sí. Pero también hemos normalizado el cansancio, el desapego y la crítica desorganizada como parte del paisaje. ¿No será momento de hacer algo más que repetir las mismas respuestas defensivas de siempre?

Además, no podemos seguir hablando del colegio sin hablar de los colegios profesionales en plural, porque cada uno vive realidades distintas. Algunos mejor dotados, otros con más participación, algunos invisibles. Pero todos comparten una raíz común que no podemos ignorar: la precariedad profesional que arrastra a nuestra disciplina.

El sueldo, el centro del desapego

¿Cómo pedir implicación cuando la media salarial de un terapeuta ocupacional apenas roza la dignidad económica? ¿Cómo fomentar sentimiento de pertenencia si hay quien, tras años de experiencia, apenas sobrevive con contratos basura, autónomos precarios o rotaciones eternas?

Esto también explica por qué la colegiación no prende con la fuerza que nos gustaría. Porque muchos colegas, sencillamente, no tienen margen ni cabeza para más compromisos. Porque el discurso de la entrega voluntaria, por muy bien intencionado que sea, choca de frente con las dificultades reales del día a día.

¿Para quién es la formación?

Y luego está el eterno dilema: las formaciones. Buena parte de la oferta se orienta a lo público: bolsas, oposiciones, acreditaciones. Tiene sentido, claro. Pero… ¿y los que trabajamos —o trabajarán toda su vida— en lo privado o desde el autoempleo? Somos la mayoría silenciosa. ¿Dónde están las propuestas que piensen en esta realidad?

No hay un solo camino profesional, y sin embargo seguimos formando a todos como si el único horizonte fuese lo público. Y eso genera más distancia. Más desapego. Más sensación de que no hay lugar para ti.

Las voces que incomodan

Siempre somos las mismas voces disonantes —las que preguntan, las que señalan, las que no aplauden siempre— las que reciben el silencio o el modo mute. Nos hemos quedado en el clickbait emocional, en la purpurina de los logros, en una utopía profesional donde todo es brillante mientras nadie diga lo contrario.

Pero eso agota. Agota no poder señalar lo que no funciona sin ser tildado de desagradecido. Agota tener que justificar que se puede amar una profesión y aun así pedirle más. Agota que la crítica siempre tenga que ser amable para que sea escuchada.

Profesión en modo avión

Cuando pongo el título de este ensayo no lo hago por provocación. Lo hago porque siento que muchas veces nuestra profesión funciona en ese «modo avión»: seguimos trabajando, seguimos con la agenda del día, seguimos viajando… pero sin conexión. Sin conexión real entre profesionales. Sin conexión con una ética compartida. Sin conexión con nuestras estructuras colegiales. Sin conexión con la sociedad que apenas sabe qué hacemos.

Y cuando alguien se desconecta, el problema no es solo suyo. Es también del sistema que no supo mantenerlo dentro. Por eso, hablar de quienes estamos en la periferia —fuera del colegio, o dentro pero sintiéndonos al margen— no es una forma de romper, sino de tender puentes.

Objetivando el cambio.

  • Más espacios de diálogo sincero, incluso incómodo, dentro del colegio.
  • Menos miedo a la crítica, y más apertura a la diversidad de miradas.
  • Profesionalización paulatina de ciertas tareas colegiales: no podemos exigir excelencia a base solo de voluntarismo.
  • Reconocimiento explícito a quienes están fuera, pero suman desde otros lugares.
  • Campañas que no se centren solo en lo que somos, sino en cómo estamos cambiando y qué necesitamos para hacerlo mejor.
  • Formaciones inclusivas que tengan en cuenta tanto a lo público como a lo privado y el autoempleo.
  • Un debate abierto sobre salarios, condiciones y expectativas reales del ejercicio profesional.

Y por último…

No hay intención de dividir. Al contrario. Este texto quiere sumar. Porque una profesión madura es aquella que se atreve a mirarse al espejo y hablar con todas sus voces, incluso con las que no siempre coinciden. Si este texto despierta algo —molestia, reflexión, desacuerdo o impulso— ya habrá cumplido su función.

Seguimos volando, sí. Pero necesitamos conexión. Y eso, como siempre, empieza por escucharnos de verdad.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión.

Hace unos días, mientras escuchaba el capítulo 14 de «Hablando de TO» del compañero @elterapeutaocupacional, sentí una mezcla de emociones que me empujaron a escribir este ensayo. En este episodio, Inma Iñiguez, presidenta del CGCTO y del COTOV, pone sobre la mesa un debate que a muchos nos resulta familiar: la necesidad de una colegiación obligatoria. Para mí, esta idea resuena con fuerza, pero también con cicatrices. Este texto es una reflexión personal y crítica sobre la colegiación en Terapia Ocupacional en España, desde mi experiencia como terapeuta y como alguien que ha vivido en carne propia, las contradicciones de un sistema que, en lugar de acoger, muchas veces empuja.

La ilusión y el desencanto

Mis primeros años como terapeuta ocupacional estuvieron marcados por la ilusión. Formarme, incorporarme al colegio profesional, participar, aportar… era el camino lógico. Pero esa ilusión pronto empezó a tropezar con realidades menos amables. El primer presidente de mi colegio fue, sinceramente, un currante máximo. Un verdadero terapeuta ocupacional, con ideas y formación, que volcaba la empatía y la cercanía como núcleo de su trabajo. Aun así, el funcionamiento interno del colegio presentaba claroscuros: las vocalías existían, sí, pero muchas veces eran ocupadas por falta de otras opciones, o por un deseo sincero —aunque mal canalizado— de aportar. La formación, por ejemplo, era para todos, pero siempre parecía estar dirigida a «lo mismo». Las voces disonantes, las que no iban con lo «mainstream» o que pedían más seriedad y ciencia, a menudo eran silenciadas o ignoradas. Y eso, en una profesión que presume de inclusión, es profundamente contradictorio. No todo vale en Terapia Ocupacional, y el colegio debe estar ahí para recordarlo. ¿Estamos preparados para esa realidad? ¿Hablamos, por ejemplo, de intrusismo?, ¿De formación?, ¿De líneas rojas? … Si pensaste «otra vez el temita», lo siento. 

Entonces vino la desvinculación. Una vez dejé de pagar dos cuotas, tras muchas conversaciones sobre qué daba y qué no daba el colegio, simplemente dejaron de responder. Sin carta, sin correo, sin una llamada. Mutis por el foro. Me echaron. Así, sin más. Y con eso, algo en mí también se rompió. No era solo una cuestión económica; era la sensación de haber sido útil hasta que ya no convenía.

¿Para qué sirve un colegio profesional?

Esa es la gran pregunta que muchos compañeros se hacen. «¿Para qué sirve el colegio?» —preguntan con razón— cuando lo ven ausente en los temas relevantes, poco operante según qué crisis, y desdibujado en los debates públicos. En lugar de profesionalizar el discurso, muchas veces nos engorilamos repitiendo hasta la saciedad qué somos, sin avanzar hacia cómo ser mejores profesionales, cómo intervenir mejor, cómo construir desde la evidencia y la reflexión. Sin abrir la caja de pandora de porque lo público parece más importante que lo privado. Nos falta, quizás, una ética compartida que nos sirva de base. Y lo peor: cada vez más compañeros deciden no colegiarse porque no saben para qué sirve. Porque no sienten que su voz vaya a tener fuerza en esas estructuras que, a veces, parecen más un coto cerrado que un espacio de participación real.

Inma Iñiguez plantea que la colegiación debe ser obligatoria. Y aunque me escuece, estoy de acuerdo. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se articula, no se defiende. Pero ojo: una colegiación obligatoria sin reformas profundas puede ser un yugo más que una herramienta. ¿Queremos eso? ¿O queremos una organización que represente de verdad, que escuche, que articule, que forme, que visibilice, que defienda, que abrace?

Mirando alrededor: lo que hacen otros

Desde la ortopedia veo con cierta envidia cómo los fisioterapeutas, los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros, se forman continuamente en cursos ofertados por sus colegios. Tienen grupos de trabajo activos, posicionamientos ante temas de actualidad, campañas visibles. No se trata solo de tener más recursos o más colegiados; se trata de tener más implicación, más vocación de servicio público.

Y nosotros… nosotros a veces parecemos fantasmas. No por falta de capacidad, sino por desarticulación. Muchos compañeros están agotados, otros están volcados en otras cosas, algunos simplemente han desistido. Y eso también es una derrota. Cuando el cansancio gana, la profesión pierde. Aquí no se trata de desprestigiar el trabajo que hacen o han hecho los colegios; sería injusto. Hay personas comprometidas, hay logros, hay pasos dados. Pero también hay una desidia general, una sensación de lejanía, un desinterés que no podemos ignorar. Y si no lo abordamos, seguiremos fragmentados.

Además, debemos abrir el melón de la ética profesional, que es lo que nos hará salir del snobismo en lo sociosanitario. ¿Por qué reclamamos que no nos quiten funciones, pero al mismo tiempo participamos —consciente o inconscientemente— en prácticas que se alejan de nuestro marco competencial? ¿Qué papel tienen los colegios en todo esto? ¿Se están posicionando frente a formaciones que, por novedosas o ajenas, rozan el intrusismo? ¿Estamos, como colectivo, lo suficientemente cohesionados para dibujar esa línea roja? La respuesta no es sencilla, pero urge plantearla. Porque sin ética, no hay profesión. Y sin profesión, no hay futuro.

Nostalgia y esperanza

Recuerdo aquellos años en los que soñaba con cambiar el mundo desde la Terapia Ocupacional. Recuerdo también los primeros congresos, las primeras reuniones, las charlas con compañeros que, como yo, creían que podíamos hacer algo distinto. Y también recuerdo la frustración. Las puertas cerradas. Los correos sin respuesta. Las decisiones ya tomadas antes de abrir la boca.

Pero pese a todo, sigo creyendo. Sigo pensando que vale la pena. Que no todo está perdido. Que si nos organizamos, si exigimos, si pedimos explicaciones, si nos comprometemos, algo puede cambiar. No todo, pero algo. Y a veces, algo es todo lo que se necesita para empezar de nuevo.

¿Qué hacer entonces?

Primero, dejar de culpabilizar al que no se colegia. No es un traidor: es un síntoma. De desafección, de desencanto, de abandono. Segundo, abrir los colegios. Que no sean solo despachos cerrados, sino espacios vivos, con presencia digital, con cercanía, con capacidad de respuesta. Y tercero, generar comunidad. Formación, divulgación, activismo, cultura profesional, redes. Y por último, defender con claridad el marco ético y competencial de la Terapia Ocupacional. Hablar de intrusismo no debe ser tabú, sino ejercicio de identidad y responsabilidad colectiva.

Y aquí surge una pregunta que me han lanzado más veces de las que quisiera contar: «¿Y tú qué haces? ¿Te colegias? ¿Qué haces tú por la terapia ocupacional?«. Y es una pregunta incómoda, pero legítima. Porque quienes estamos fuera del sistema colegial no estamos fuera de la profesión. Seguimos atendiendo, formando, investigando, trabajando desde el compromiso y el rigor. Muchos de nosotros formamos redes informales, impulsamos proyectos independientes, colaboramos con entidades desde otros marcos. No todo pasa por estar dentro del colegio, aunque ojalá los colegios fueran lo suficientemente amplios y abiertos como para integrar esta diversidad.

Los «olvidados» también construimos Terapia Ocupacional, aunque desde los márgenes. Y quizás por eso tenemos más claro que nunca qué no queremos repetir, qué errores no deseamos perpetuar. Nuestra aportación no se mide en cuotas, sino en acciones. Y es desde ahí, desde esa otra orilla, que seguimos preguntando, pensando, proponiendo.

Este texto no es una denuncia anónima ni un ajuste de cuentas. Es una carta de amor frustrado a una profesión que sigo queriendo. Y es también una invitación: a pensar, a sentir, a exigir. Porque la Terapia Ocupacional lo vale. Porque nuestros pacientes lo merecen. Porque nuestros compañeros lo necesitan. Y porque nosotros, los que aún creemos, no podemos rendirnos del todo.