Encender las luces brillantes: The Killers y el viaje de la Terapia Ocupacional

El Terapeuta Electrónico – Encender las luces brillantes: The Killers y el viaje de la Terapia Ocupacional

Hay canciones que son ruido de fondo. Y luego, muy de vez en cuando, aparece una canción que se siente como una verdad revelada. Una de esas que te detiene en seco, que te obliga a subir el volumen y te deja pensando durante días. Para mí, eso ha sido «Bright Light» de The Killers. No es solo un temazo de rock de estadio con la energía arrolladora que les caracteriza; es una declaración, un mapa emocional sobre el regreso a casa, sobre la búsqueda de la propia identidad cuando el camino se ha vuelto largo y polvoriento. Es una historia que, como terapeuta ocupacional, siento que he escuchado cientos de veces, contada con diferentes acentos y en diferentes circunstancias, pero siempre con el mismo anhelo de fondo.

La música tiene esa capacidad única de ponerle banda sonora a los procesos internos, y esta canción, con la formación original de la banda reunida de nuevo, parece un acto de terapia en sí mismo. Un regreso a la esencia, a lo que les hizo ser quienes son. Y en ese acto de volver al origen, he encontrado un espejo increíblemente nítido de lo que hacemos cada día en nuestra profesión. He visto el viaje de la persona que ha perdido su rumbo y lucha por encontrar las señales que le lleven de vuelta a un lugar que pueda llamar «hogar», un lugar que, más que físico, es un estado del ser.

The Killers en una sesión de fotos, mirando con determinación.

«The dashboard’s shaking, I steady the wheel. And I make every turn by memory, by feel…»

(«El salpicadero tiembla, sujeto el volante. Y tomo cada curva de memoria, por instinto…»)

Esta frase es, para mí, el núcleo de la resiliencia humana. ¿Quién no ha sentido ese temblor? El diagnóstico que sacude tus cimientos, el accidente que cambia tu cuerpo, la depresión que empaña el parabrisas, la pérdida de un ser querido que te deja sin mapa. La vida tiembla, el control parece una ilusión. Y, sin embargo, en medio de ese caos, emerge una fuerza interior, un conocimiento tácito que reside en el cuerpo y en la memoria. «De memoria, por instinto». Es la sabiduría acumulada de una vida de ocupaciones. Es el saber hacer de nuestras manos, la rutina aprendida de nuestros días, el ritmo de nuestro propio corazón. Es la prueba de que, incluso cuando la mente consciente está perdida en la niebla, hay una parte de nosotros que recuerda el camino, que sabe cómo «sujetar el volante».

Como terapeutas ocupacionales, nuestro trabajo a menudo consiste en ayudar a la persona a reconectar con ese instinto. No se trata de darles un mapa nuevo, sino de ayudarles a leer el que ya llevan dentro. Se trata de confiar en que, a pesar del temblor, ellos son los expertos en su propio viaje. Nosotros somos, como mucho, el copiloto que les recuerda: «Confía en tus manos, ellas saben lo que hacen. Recuerda cómo se sentía, tu cuerpo no lo ha olvidado».

Brandon Flowers cantando con pasión en un concierto.

La Ocupación como Faro en la Oscuridad

La canción explota en un estribillo que es una súplica y una afirmación a la vez: «Will you turn the bright lights on? … Put me back on the corner and I’ll sing my song» («¿Encenderás las luces brillantes? … Ponme de nuevo en la esquina y cantaré mi canción»). Aquí es donde la Terapia Ocupacional se vuelve explícita, casi literal. La «esquina» es ese lugar de desempeño, ese contexto familiar. Y la «canción» es la ocupación significativa. Es la actividad que nos define, que nos da voz, que nos hace sentir que somos nosotros mismos.

Pensad en ello. Para una persona que ha sufrido un daño cerebral, su «canción» puede ser la capacidad de preparar el desayuno para su familia. Para un adulto mayor que vive en soledad, su «canción» puede ser volver a cuidar de sus plantas o participar en el club de lectura del barrio. Para un joven con problemas de salud mental, su «canción» puede ser la rutina de ir al gimnasio o la expresión a través del arte. No son tareas; son himnos de identidad. Son las «luces brillantes» que iluminan el camino de vuelta. Nuestra labor es ayudar a encontrar esa esquina y proporcionar las herramientas, las estrategias y la confianza para que puedan volver a cantar su canción, con su propia voz, aunque al principio suene desafinada o temblorosa.

Primer plano de la banda The Killers.

El viaje que narra «Bright Light» no es lineal ni fácil. Hay una admisión de la carga llevada: «I carried my own weight and then some too. There are things I would change but it ain’t worth going through» («Cargué con mi propio peso y algo más. Hay cosas que cambiaría, pero no vale la pena volver a pasar por ello»). Esta es la aceptación radical que fomentamos. No se trata de volver a un pasado idealizado, sino de construir un presente con los materiales que se tienen. Se trata de reconocer las cicatrices, el cansancio («Maybe I’m tapped out or just plain old tired» – «Quizás estoy agotado o simplemente viejo y cansado»), pero sin dejar que definan el futuro. La narrativa personal se reconstruye no a pesar de la adversidad, sino incluyéndola como parte del viaje. Es la filosofía japonesa del Kintsugi aplicada al alma: las grietas se rellenan con oro, y la pieza rota se vuelve más fuerte y más hermosa que antes.

Nosotros, como terapeutas, somos testigos de esa reconstrucción. Escuchamos las historias de la «carretera del desierto» y ayudamos a encontrar el oro en las grietas. Facilitamos que la persona pueda mirar su historia no con arrepentimiento, sino con la compasión de quien ha sobrevivido y ha aprendido a «sujetar el volante» cuando todo temblaba.

Y para que sintáis esa energía de la que hablo, para que os ilumine como a mí, os dejo aquí el videoclip. Subid el volumen. Dejad que la batería de Ronnie Vannucci Jr. marque el ritmo de vuestro corazón y que la voz de Brandon Flowers os recuerde por qué hacemos lo que hacemos. Porque al final del día, todos buscamos que alguien, en algún lugar, encienda para nosotros las luces brillantes.

Escuchadla de nuevo. Es un himno para nuestros pacientes, sí, pero también es un himno para nosotros. Para esos días en los que el sistema nos agota, en los que la burocracia nos hace sentir que conducimos por el desierto. Es un recordatorio de que nuestro propósito, nuestra «canción», es ser ese faro para otros. Somos, en muchos sentidos, los guardianes de las luces brillantes. Y esa, queridos colegas, es una ocupación sagrada.

The Killers posando juntos como banda, simbolizando la unidad.

© 2025 – El Terapeuta Electrónico.

Inspirado por la música que nos salva y la profesión que nos define.

Narcisismo encubierto: una mirada desde la terapia ocupacional

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🧠💥 ¿Y si te dijera que hay personas que pueden mermar tu vida sin levantar la voz?

👀 No hablamos de criminales, sino de esos narcisistas funcionales y psicópatas cotidianos que se cruzan en nuestra vida y minan, poco a poco, nuestras ocupaciones, decisiones, identidad.

🎨 Desde dejar de pintar hasta abandonar amistades. Desde cambiar la ropa hasta dudar de nuestro criterio.
💬 ¿Te suena? A mí también. Y como terapeuta ocupacional, no podía mirar para otro lado.

📖 Inspirado por el libro Tú no eres el problema de Elizabeth Calpes, he escrito un ensayo que explora cómo la terapia ocupacional puede acompañar, sanar y empoderar en estas situaciones.

💚 No todo abuso es visible. Acompañemos desde el hacer, desde la escucha, desde la ocupación.

👉 Léelo completo en el blog de El Terapeuta Electrónico. https://elterapeutaelectronico.com/2025/06/29/narcisismo-encubierto-una-mirada-desde-la-terapia-ocupacional/

A veces uno se sienta frente al ordenador con una taza de café caliente, dispuesto a escribir sobre participación, sobre rutinas significativas o sobre la eterna discusión entre modelos centrados en la persona y modelos centrados en la comunidad. Pero de pronto, una idea distinta asoma la cabeza, empujada por las vivencias, las lecturas recientes y las cicatrices profesionales: ¿qué pasa con esas personas que, sin ser criminales, arrasan con la vida cotidiana de los demás?

Me refiero a los narcisistas. A los psicópatas no criminales. A esas personas que nunca levantarían sospechas en un juicio, pero que en lo cotidiano pueden romper familias, desgastar equipos de trabajo, aislar a una compañera, hacer dudar a un profesional de su criterio o hundir a una pareja hasta dejarla rota en sus ocupaciones más básicas.

Y ahí es donde entra la terapia ocupacional.

Porque si algo aprendemos como terapeutas ocupacionales es que las ocupaciones no son actos neutros. Están cargadas de sentido, de historia, de relaciones. Y cuando alguien, desde el control emocional o la manipulación relacional, interfiere en ellas… eso también es un campo de trabajo para nuestra disciplina.

La vida entre líneas torcidas

La primera vez que escuché la expresión “narcisista encubierto” pensé que se trataba de alguna exageración de la psicología pop. Pero no tardé mucho en entender que no era así. En sesiones con personas que habían perdido la capacidad de disfrutar su ocio, que habían dejado de cocinar para sí mismas o que no se sentían capaces de elegir una prenda sin pensar qué pensaría él o ella, había un patrón. Uno que muchas veces pasaba desapercibido porque no tenía nombre, ni diagnóstico, ni gritos, ni denuncias. Solo una sensación constante de estar en falta, de que algo no estaba bien, de no ser suficiente.

Como terapeutas ocupacionales, nos centramos muchas veces en ayudar a las personas a reconstruir sus ocupaciones tras una lesión, un ictus, un diagnóstico de salud mental. Pero… ¿qué pasa cuando las ocupaciones se ven afectadas por vínculos tóxicos? ¿Y si el problema no es la persona, sino las relaciones que ha construido o que le han impuesto?

Una pequeña revelación

Hace poco leí el libro de Elizabeth Clapes, Tú no eres el problema, y me vi reflejado en más de una página. Y no porque yo haya sido el objetivo directo de un narcisista, aunque alguna herida arrastro como cualquiera, sino porque reconocí historias de pacientes, de colegas, incluso de familiares. Personas que, sin saberlo, habían estado años bajo la influencia de una figura que utilizaba la culpa como herramienta, el silencio como castigo y el elogio como moneda de cambio.

Y esa lectura me hizo pensar: ¿hasta qué punto nuestras ocupaciones pueden quedar secuestradas por un narcisista?

La respuesta, lamentablemente, es: mucho.

Quien ha vivido con una persona narcisista o psicopática sabe de lo que hablo. Las ocupaciones empiezan a perder sentido, a moldearse a los deseos del otro. La persona deja de bailar porque “le parece ridículo”. O deja de maquillarse porque “ya no tiene edad”. O abandona su carrera porque “eso no es un trabajo de verdad”. Todo esto no dicho abiertamente, claro. Siempre envuelto en frases dulces, miradas condescendientes, ironías disfrazadas de consejos. Y poco a poco, la persona va cediendo.

Y lo más triste: deja de verse.

La terapia ocupacional como espacio de reencuentro

Ahí es donde creo que nuestra profesión puede hacer una diferencia enorme. Porque no trabajamos desde el juicio, sino desde la ocupación. No preguntamos “¿por qué sigues con esa persona?”, sino “¿qué has dejado de hacer desde que estás con esa persona?”

Y ese simple cambio de foco abre puertas. Nos permite mirar la vida de quien tenemos delante no como un cúmulo de errores, sino como una red de decisiones condicionadas. Nos permite detectar patrones sin culpabilizar. Y nos da herramientas para empezar a reconstruir.

Recuerdo el caso de una mujer que acudió a consulta derivada desde salud mental. No podía dormir bien, tenía episodios de ansiedad y había desarrollado un cuadro de colon irritable. Pero no tenía depresión, ni trastorno de pánico, ni trauma claro. Solo un cansancio vital. Un día, hablando sobre qué hacía en su tiempo libre, se quedó en silencio. Dijo: “Antes me gustaba pintar… pero hace años que no lo hago”. ¿Por qué? “Él decía que era una pérdida de tiempo”.

Y ahí se encendió la alarma.

Ese “él” era su pareja. Llevaban más de 20 años juntos. En todo ese tiempo, había dejado de ver a sus amigas, de viajar sola, de salir a caminar por la tarde. Incluso su forma de vestir había cambiado. Pero ella no se sentía maltratada. No había violencia física, ni insultos. Solo un goteo constante de desaprobación, de control emocional, de manipulación sutil.

Esa mujer volvió a pintar. No fue fácil. Le costó creerse con derecho a comprar material, a reservar un espacio en casa, a decirle a su pareja “voy a pintar, no me molestes”. Pero lo hizo. Y en ese gesto hubo una ocupación recuperada… y una identidad rescatada.

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Psicopatía funcional y desgaste profesional

Los narcisistas y psicópatas no siempre están en relaciones de pareja. A veces están en los equipos de trabajo. En las familias. En los puestos de poder. Y eso, como terapeutas ocupacionales, también nos puede afectar.

¿Quién no ha tenido un compañero o una jefa que te hace sentir siempre en deuda, que no tolera el éxito ajeno, que manipula los errores para que parezcan tuyos?

A veces normalizamos tanto esas dinámicas que no nos damos cuenta del daño que hacen. Empezamos a dudar de nuestra competencia, dejamos de proponer ideas, evitamos destacar para no despertar su ira disfrazada de sarcasmo.

Y lo más doloroso: dejamos de disfrutar nuestra profesión.

Pero hay salida. La clave, creo, está en nombrar. En poner palabras a esas dinámicas. En crear espacios donde podamos hablar de esto sin miedo a parecer débiles o exagerados. Y también en generar redes de cuidado profesional, donde podamos sostenernos cuando el entorno nos desgasta.

Lo cotidiano también es político

Desde la terapia ocupacional, muchas veces hablamos del hacer, del ser, del pertenecer. Pero quizá no hablamos lo suficiente del sufrir. Porque sí: muchas personas sufren ocupacionalmente. No porque no tengan actividades, sino porque esas actividades están colonizadas por la culpa, por el miedo, por la aprobación ajena.

En ese sentido, trabajar con víctimas de personas narcisistas o psicopáticas es también una forma de militancia. Es decirle al mundo: “Tu vida es tuya. Tus ocupaciones son tuyas. Nadie tiene derecho a arrebatártelas”. Es devolver a las personas la posibilidad de elegir qué hacen, cómo lo hacen y con quién lo hacen. Y en esa elección, recuperar la dignidad.

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Cuidarse para cuidar

Y aquí viene una parte difícil: los terapeutas también debemos cuidarnos. Porque quienes trabajamos con personas, quienes escuchamos relatos dolorosos, quienes empatizamos hasta la médula… también estamos expuestos.

Los narcisistas se sienten atraídos por quienes cuidan. Porque pueden manipular mejor a quien duda de sí mismo, a quien se cuestiona constantemente. Por eso es fundamental que aprendamos a detectar estos perfiles, no solo para ayudar a otros, sino para protegernos.

¿Dónde están nuestras alarmas? ¿Qué sentimos cuando alguien nos hace sentir siempre culpables, poco válidos, inseguros? ¿Cuántas veces decimos “sí” por miedo al conflicto y no por convicción?

Es necesario que nos formemos, que compartamos herramientas, que hablemos entre colegas. Porque la salud ocupacional también empieza por casa.

Epílogo: ocupar el espacio propio

Este ensayo no pretende dar respuestas cerradas. Solo abrir preguntas. Invitar a mirar con otros ojos esas relaciones que parecen normales pero que hacen daño. Recordar que no todo abuso es visible. Que no todo dolor tiene una cicatriz. Y que a veces, la mejor forma de ayudar a alguien es acompañarle a recuperar eso que dejó de hacer porque alguien le convenció de que no valía la pena.

La terapia ocupacional tiene un rol clave en este proceso. Porque no juzga. Porque no empuja. Porque propone desde el hacer. Y en ese hacer, muchas veces, está el comienzo de la libertad.

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Autocuidado vs Vínculos: Una mirada crítica desde la Terapia Ocupacional

Nos enseñan a poner límites, pero no a sostener vínculos. Como terapeuta ocupacional, esta frase me perfora el cuerpo cada vez que escucho a alguien hablar de autocuidado como sinónimo de desvinculación. Porque en nuestra práctica, día tras día, vemos personas que se han quedado solas no por falta de recursos físicos, sino por la desconexión afectiva que el discurso contemporáneo del bienestar muchas veces justifica. Nos enseñan a decir que no, a protegernos, a priorizarnos. Pero poco se habla de cómo sostener lo que vale la pena, de cómo quedarnos a pesar del cansancio, de cómo reparar sin desaparecer.

La terapia ocupacional es una profesión que, por definición, trabaja con lo humano en su dimensión más compleja: la ocupación. Pero no cualquier ocupación. Hablamos de las que dan sentido, de las que nos conectan con otros, de las que sostienen la identidad. No se trata sólo de vestirse, cocinar o trabajar. Se trata también de estar, de vincularse, de compartir. Y ahí está el peligro del discurso individualista del autocuidado: en que promueve una visión de la persona como un ser aislado, que debe autorregularse constantemente, que sólo debe ocuparse de lo que lo «suma». Una visión que, en última instancia, nos deshumaniza.

Como terapeutas ocupacionales, no podemos mirar para otro lado. El sufrimiento psicosocial se ha vuelto estructural, y nuestras intervenciones deben estar a la altura. No basta con favorecer la independencia funcional si dejamos intacto el aislamiento. No basta con mejorar la adherencia a una rutina si esa rutina no incluye a nadie más que al propio sujeto. La independencia no es lo contrario de la interdependencia. No es madurez emocional vivir solo, hacer todo solo, sostenerse solo. A veces, eso es sólo desesperación disfrazada de fortaleza.

El discurso del autocuidado, si se vuelve absoluto, nos convierte en consumidores emocionales. Elegimos personas como quien elige productos: ¿me nutre?, ¿me aporta?, ¿me potencia? Si no cumple con esas expectativas, lo descarto. ¿Y el otro? ¿Dónde queda el otro? ¿Quién se hace cargo de lo que dejamos atrás cada vez que priorizamos nuestra comodidad por encima del vínculo? Estas preguntas no son filosóficas: son profundamente terapéuticas. Porque una persona no se reinserta socialmente sólo con prótesis o adaptaciones. Se reinserta cuando vuelve a confiar, cuando siente que puede formar parte sin miedo al rechazo, cuando siente que tiene algo que dar, no sólo algo que recibir.

En nuestros abordajes comunitarios, lo vemos a diario. Gente que vive sola, que no tiene con quién hablar, que repite frases como mantras: «yo me cuido a mí mismo porque nadie más lo va a hacer». Y claro que hay verdades en eso. Pero también hay heridas. Detrás de cada «yo primero» hay una historia de abandono, de negligencia, de relaciones fallidas. Y si no intervenimos ahí, si no miramos también esas biografías rotas, nos volvemos técnicos del síntoma y no del sufrimiento. Nos volvemos reproductores del sistema, no agentes de transformación.

Recuperar lo relacional como eje de la terapia ocupacional no es una moda: es una urgencia. El mundo se está desmoronando en vínculos. Vivimos en ciudades llenas de gente sola, en redes sociales donde todo se muestra y nada se comparte, en trabajos donde el burnout es más común que el almuerzo. Y mientras tanto, seguimos enseñando a los estudiantes de terapia ocupacional a medir, clasificar y estructurar ocupaciones como si fueran actividades mecánicas, desconectadas del deseo, del otro, del contexto.

Pero un verdadero enfoque ocupacional exige una ética del vínculo. Exige preguntarse no sólo qué hace la persona, sino con quién, para quién, desde dónde. Exige detenerse ante lo invisible: la mirada del otro, el silencio compartido, la carga emocional de cada acción cotidiana. Exige revisar también nuestras propias prácticas profesionales: ¿qué tipo de relaciones generamos con quienes acompañamos?, ¿cómo gestionamos nuestras frustraciones cuando el proceso no avanza?, ¿a quién cuidamos cuando decimos que cuidamos?

No hay intervención ocupacional que valga si no se sostiene en un vínculo ético, afectivo y político. No hay protocolo que reemplace la presencia. No hay escala que mida la confianza. Y sin embargo, eso es lo que más transforma: saberse visto, saberse parte, saberse acompañado incluso cuando no se tienen las palabras.

Por eso debemos revisar nuestros marcos. Hablar de salud desde la ocupación significa hablar de redes, de interacciones, de apoyos. Significa construir prácticas donde el otro no sea sólo un destinatario, sino un interlocutor. Donde el terapeuta no sea sólo un facilitador, sino alguien que también se afecta, que también se involucra. Porque sí, nos han enseñado a protegernos. Pero tal vez, lo verdaderamente revolucionario hoy sea aprender a quedarnos. A sostener. A comprometernos.

El desafío está planteado. Podemos seguir defendiendo una terapia ocupacional de escritorio, segura, medible, predecible. O podemos asumir el riesgo de una terapia ocupacional que incomoda, que interpela, que se mete en la carne viva del mundo. Una terapia que no se conforme con mejorar desempeños, sino que aspire a reconstruir vínculos. Una terapia que no tema decir que el autocuidado también puede ser una trampa. Una terapia, en fin, que no olvide que lo humano es, ante todo, relacional.

No será fácil. Porque nada fluye sin más. Porque el entendimiento se trabaja. Porque el amor, sea en la forma que sea, se crea. Y en ese trabajo de creación, los terapeutas ocupacionales tenemos mucho que decir. Y mucho más que hacer.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión.

Hace unos días, mientras escuchaba el capítulo 14 de «Hablando de TO» del compañero @elterapeutaocupacional, sentí una mezcla de emociones que me empujaron a escribir este ensayo. En este episodio, Inma Iñiguez, presidenta del CGCTO y del COTOV, pone sobre la mesa un debate que a muchos nos resulta familiar: la necesidad de una colegiación obligatoria. Para mí, esta idea resuena con fuerza, pero también con cicatrices. Este texto es una reflexión personal y crítica sobre la colegiación en Terapia Ocupacional en España, desde mi experiencia como terapeuta y como alguien que ha vivido en carne propia, las contradicciones de un sistema que, en lugar de acoger, muchas veces empuja.

La ilusión y el desencanto

Mis primeros años como terapeuta ocupacional estuvieron marcados por la ilusión. Formarme, incorporarme al colegio profesional, participar, aportar… era el camino lógico. Pero esa ilusión pronto empezó a tropezar con realidades menos amables. El primer presidente de mi colegio fue, sinceramente, un currante máximo. Un verdadero terapeuta ocupacional, con ideas y formación, que volcaba la empatía y la cercanía como núcleo de su trabajo. Aun así, el funcionamiento interno del colegio presentaba claroscuros: las vocalías existían, sí, pero muchas veces eran ocupadas por falta de otras opciones, o por un deseo sincero —aunque mal canalizado— de aportar. La formación, por ejemplo, era para todos, pero siempre parecía estar dirigida a «lo mismo». Las voces disonantes, las que no iban con lo «mainstream» o que pedían más seriedad y ciencia, a menudo eran silenciadas o ignoradas. Y eso, en una profesión que presume de inclusión, es profundamente contradictorio. No todo vale en Terapia Ocupacional, y el colegio debe estar ahí para recordarlo. ¿Estamos preparados para esa realidad? ¿Hablamos, por ejemplo, de intrusismo?, ¿De formación?, ¿De líneas rojas? … Si pensaste «otra vez el temita», lo siento. 

Entonces vino la desvinculación. Una vez dejé de pagar dos cuotas, tras muchas conversaciones sobre qué daba y qué no daba el colegio, simplemente dejaron de responder. Sin carta, sin correo, sin una llamada. Mutis por el foro. Me echaron. Así, sin más. Y con eso, algo en mí también se rompió. No era solo una cuestión económica; era la sensación de haber sido útil hasta que ya no convenía.

¿Para qué sirve un colegio profesional?

Esa es la gran pregunta que muchos compañeros se hacen. «¿Para qué sirve el colegio?» —preguntan con razón— cuando lo ven ausente en los temas relevantes, poco operante según qué crisis, y desdibujado en los debates públicos. En lugar de profesionalizar el discurso, muchas veces nos engorilamos repitiendo hasta la saciedad qué somos, sin avanzar hacia cómo ser mejores profesionales, cómo intervenir mejor, cómo construir desde la evidencia y la reflexión. Sin abrir la caja de pandora de porque lo público parece más importante que lo privado. Nos falta, quizás, una ética compartida que nos sirva de base. Y lo peor: cada vez más compañeros deciden no colegiarse porque no saben para qué sirve. Porque no sienten que su voz vaya a tener fuerza en esas estructuras que, a veces, parecen más un coto cerrado que un espacio de participación real.

Inma Iñiguez plantea que la colegiación debe ser obligatoria. Y aunque me escuece, estoy de acuerdo. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se articula, no se defiende. Pero ojo: una colegiación obligatoria sin reformas profundas puede ser un yugo más que una herramienta. ¿Queremos eso? ¿O queremos una organización que represente de verdad, que escuche, que articule, que forme, que visibilice, que defienda, que abrace?

Mirando alrededor: lo que hacen otros

Desde la ortopedia veo con cierta envidia cómo los fisioterapeutas, los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros, se forman continuamente en cursos ofertados por sus colegios. Tienen grupos de trabajo activos, posicionamientos ante temas de actualidad, campañas visibles. No se trata solo de tener más recursos o más colegiados; se trata de tener más implicación, más vocación de servicio público.

Y nosotros… nosotros a veces parecemos fantasmas. No por falta de capacidad, sino por desarticulación. Muchos compañeros están agotados, otros están volcados en otras cosas, algunos simplemente han desistido. Y eso también es una derrota. Cuando el cansancio gana, la profesión pierde. Aquí no se trata de desprestigiar el trabajo que hacen o han hecho los colegios; sería injusto. Hay personas comprometidas, hay logros, hay pasos dados. Pero también hay una desidia general, una sensación de lejanía, un desinterés que no podemos ignorar. Y si no lo abordamos, seguiremos fragmentados.

Además, debemos abrir el melón de la ética profesional, que es lo que nos hará salir del snobismo en lo sociosanitario. ¿Por qué reclamamos que no nos quiten funciones, pero al mismo tiempo participamos —consciente o inconscientemente— en prácticas que se alejan de nuestro marco competencial? ¿Qué papel tienen los colegios en todo esto? ¿Se están posicionando frente a formaciones que, por novedosas o ajenas, rozan el intrusismo? ¿Estamos, como colectivo, lo suficientemente cohesionados para dibujar esa línea roja? La respuesta no es sencilla, pero urge plantearla. Porque sin ética, no hay profesión. Y sin profesión, no hay futuro.

Nostalgia y esperanza

Recuerdo aquellos años en los que soñaba con cambiar el mundo desde la Terapia Ocupacional. Recuerdo también los primeros congresos, las primeras reuniones, las charlas con compañeros que, como yo, creían que podíamos hacer algo distinto. Y también recuerdo la frustración. Las puertas cerradas. Los correos sin respuesta. Las decisiones ya tomadas antes de abrir la boca.

Pero pese a todo, sigo creyendo. Sigo pensando que vale la pena. Que no todo está perdido. Que si nos organizamos, si exigimos, si pedimos explicaciones, si nos comprometemos, algo puede cambiar. No todo, pero algo. Y a veces, algo es todo lo que se necesita para empezar de nuevo.

¿Qué hacer entonces?

Primero, dejar de culpabilizar al que no se colegia. No es un traidor: es un síntoma. De desafección, de desencanto, de abandono. Segundo, abrir los colegios. Que no sean solo despachos cerrados, sino espacios vivos, con presencia digital, con cercanía, con capacidad de respuesta. Y tercero, generar comunidad. Formación, divulgación, activismo, cultura profesional, redes. Y por último, defender con claridad el marco ético y competencial de la Terapia Ocupacional. Hablar de intrusismo no debe ser tabú, sino ejercicio de identidad y responsabilidad colectiva.

Y aquí surge una pregunta que me han lanzado más veces de las que quisiera contar: «¿Y tú qué haces? ¿Te colegias? ¿Qué haces tú por la terapia ocupacional?«. Y es una pregunta incómoda, pero legítima. Porque quienes estamos fuera del sistema colegial no estamos fuera de la profesión. Seguimos atendiendo, formando, investigando, trabajando desde el compromiso y el rigor. Muchos de nosotros formamos redes informales, impulsamos proyectos independientes, colaboramos con entidades desde otros marcos. No todo pasa por estar dentro del colegio, aunque ojalá los colegios fueran lo suficientemente amplios y abiertos como para integrar esta diversidad.

Los «olvidados» también construimos Terapia Ocupacional, aunque desde los márgenes. Y quizás por eso tenemos más claro que nunca qué no queremos repetir, qué errores no deseamos perpetuar. Nuestra aportación no se mide en cuotas, sino en acciones. Y es desde ahí, desde esa otra orilla, que seguimos preguntando, pensando, proponiendo.

Este texto no es una denuncia anónima ni un ajuste de cuentas. Es una carta de amor frustrado a una profesión que sigo queriendo. Y es también una invitación: a pensar, a sentir, a exigir. Porque la Terapia Ocupacional lo vale. Porque nuestros pacientes lo merecen. Porque nuestros compañeros lo necesitan. Y porque nosotros, los que aún creemos, no podemos rendirnos del todo.

De las trincheras a la independencia: Terapia Ocupacional, Prótesis y rehabilitación tras la guerra

El impacto de las Guerras Mundiales en la terapia ocupacional fue profundo y transformador, dejando un legado duradero en la manera en que se entiende y aplica la rehabilitación física y vocacional hoy en día. La magnitud de estos conflictos exigió respuestas sin precedentes para atender a miles de soldados que regresaban con lesiones graves, muchas veces permanentes, impulsando un desarrollo acelerado en las prácticas terapéuticas, así como en la creación de tecnologías y ayudas técnicas.

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se produjo una cantidad alarmante de heridos, con amputaciones, fracturas, lesiones craneales y condiciones psiquiátricas nunca antes vistas en tal magnitud. Este panorama impulsó la necesidad urgente de terapias efectivas para restaurar la capacidad funcional de los soldados y facilitar su reincorporación a la vida civil y laboral. Fue entonces cuando la Terapia Ocupacional emergió como una disciplina clave, ofreciendo un enfoque holístico y funcional centrado en el uso terapéutico de actividades significativas para promover la recuperación física y emocional.

La demanda creciente de atención especializada generó la creación de programas de formación acelerados para terapeutas ocupacionales, especialmente en Estados Unidos, Canadá y Reino Unido. Profesionales como Eleanor Clarke Slagle, William Rush Dunton y Thomas Bissell Kidner jugaron roles fundamentales en la capacitación y desarrollo de técnicas específicas para la rehabilitación vocacional y física. Slagle, por ejemplo, implementó programas estructurados de formación en hábitos y rutinas para soldados con traumas psiquiátricos, reconociendo que una ocupación regular podía restaurar la estabilidad emocional y social.

Thomas Kidner se destacó particularmente en el ámbito de la rehabilitación vocacional durante la Primera Guerra Mundial. En Canadá, Kidner dirigió programas que enfatizaban la necesidad de mantener las habilidades laborales y evitar que los soldados lesionados cayeran en la inactividad. Sus iniciativas en adaptación de puestos de trabajo y orientación vocacional fueron pioneras en lo que hoy conocemos como ergonomía y diseño universal.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) intensificó aún más estas tendencias, debido a una cifra aún más alta de soldados con discapacidad física y psicológica. La innovación médica y tecnológica adquirió un ritmo acelerado, impulsada por las necesidades críticas generadas por la guerra. Durante este período, se observó una evolución importante en la fabricación de prótesis y órtesis, herramientas fundamentales que permitían la recuperación de la funcionalidad perdida. El avance en el uso de materiales más ligeros y resistentes facilitó prótesis más cómodas y efectivas, permitiendo a los soldados heridos recuperar una mayor autonomía en sus actividades diarias.

Las guerras también impulsaron innovaciones en ayudas técnicas y dispositivos asistenciales, orientados a mejorar la independencia funcional de las personas. Ejemplos incluyen utensilios adaptados para la alimentación y vestimenta, equipos para movilidad personal y modificaciones arquitectónicas para facilitar el acceso en hogares y espacios públicos. Estos desarrollos sentaron bases importantes para la accesibilidad universal, reconociendo por primera vez la necesidad de adaptar el entorno a las capacidades diversas de las personas.

Los avances médicos durante la Segunda Guerra Mundial, particularmente en el manejo de infecciones y tratamientos quirúrgicos más efectivos, aumentaron significativamente la supervivencia de los soldados heridos, generando así un mayor número de personas que requerían atención rehabilitadora a largo plazo. Este fenómeno estimuló el crecimiento y especialización de la medicina física y rehabilitadora, disciplinas que trabajaron en estrecha colaboración con la Terapia Ocupacional.

La creación de centros especializados en rehabilitación durante y después de la Segunda Guerra Mundial fue otro avance crucial. Instituciones como el Walter Reed Army Medical Center en Estados Unidos y el Stoke Mandeville Hospital en Reino Unido se convirtieron en referentes internacionales en la atención integral del soldado lesionado. Estos centros ofrecían tratamientos multidisciplinarios que combinaban fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia y psicología, sentando las bases para el modelo interdisciplinar que prevalece hoy en día.

Además, el desarrollo de la rehabilitación vocacional adquirió una relevancia significativa durante el período de posguerra, con legislaciones específicas como el Vocational Rehabilitation Act en Estados Unidos, que promovía el retorno laboral de los veteranos discapacitados mediante capacitación, educación y adaptación de empleos. Este enfoque no solo beneficiaba a los soldados individualmente, sino que respondía también a una necesidad social y económica de reincorporar a miles de veteranos a la vida productiva.

El impacto psicológico de la guerra, especialmente visible en los casos de «neurosis de guerra» o trastorno por estrés postraumático, también influyó en el desarrollo de la Terapia Ocupacional en el ámbito psiquiátrico. La ocupación terapéutica se reveló como una herramienta eficaz para ayudar a los soldados a gestionar el trauma emocional, facilitando una recuperación integral y una transición más suave hacia la vida civil. Actividades artísticas, artesanales y laborales se emplearon extensivamente para reducir los síntomas de ansiedad, depresión y aislamiento social asociados al trauma bélico.

La influencia de estos conflictos mundiales continúa presente en la práctica contemporánea de la Terapia Ocupacional, manifestándose en la amplia gama de intervenciones disponibles hoy. El énfasis en el uso terapéutico de actividades significativas, la importancia de la rehabilitación vocacional y la creación de prótesis y ayudas técnicas son solo algunos ejemplos del legado duradero de las guerras en esta profesión esencial de la salud.

En definitiva, el impacto de las Guerras Mundiales no solo transformó la práctica clínica y tecnológica, sino que también consolidó a la Terapia Ocupacional como una disciplina imprescindible para la rehabilitación integral y la independencia funcional, beneficiando a millones de personas en todo el mundo.

De cadenas a rutinas: Pinel, Tuke y el nacimiento del Tratamiento Moral

La Terapia Ocupacional, aunque formalmente fundada en 1917, tiene sus raíces profundas en el Tratamiento Moral, un movimiento revolucionario en la atención a las enfermedades mentales surgido entre los siglos XVIII y XIX. Este enfoque innovador se distinguió claramente de las prácticas brutales y deshumanizadoras que caracterizaban a los tratamientos previos, ofreciendo una nueva perspectiva basada en la dignidad humana, el trato compasivo y el poder terapéutico de la ocupación significativa.

A finales del siglo XVIII, Europa era testigo de condiciones extremadamente precarias en hospitales y asilos. Las enfermedades mentales se consideraban manifestaciones de demonios internos, castigos divinos o estados incurables que ameritaban el aislamiento social. Los individuos con trastornos mentales eran tratados más como prisioneros que como pacientes: encadenados, aislados y sometidos a prácticas inhumanas. En este oscuro contexto emergieron líderes humanitarios que cambiaron radicalmente el paradigma del tratamiento de la salud mental, entre ellos destacan notablemente Philippe Pinel en Francia y William Tuke en Inglaterra.

Philippe Pinel (1745-1826), médico francés considerado uno de los padres de la psiquiatría moderna, es ampliamente reconocido por su acción valiente y simbólica en la famosa liberación de los pacientes encadenados del Hospital Bicêtre de París en 1793. Pinel desafió las ideas prevalentes y arriesgó su reputación para introducir un tratamiento que reconocía la humanidad esencial de los pacientes con trastornos mentales. El acto de quitar las cadenas no fue solo físico, sino también profundamente simbólico, representando un cambio radical hacia el trato humano y digno de las personas afectadas por trastornos mentales.

Las ideas de Pinel se fundamentaron en la creencia de que la enfermedad mental tenía causas naturales y podría tratarse a través de métodos humanos y científicos. En lugar de violencia o aislamiento, Pinel introdujo un sistema basado en rutinas estructuradas, ejercicio físico moderado, actividades laborales y recreativas, enfatizando la importancia de restaurar un orden moral y físico en la vida de los pacientes. Creía firmemente que al recuperar rutinas cotidianas y significativas, los pacientes podrían también recuperar la salud mental y emocional.

En Inglaterra, William Tuke (1732-1822), comerciante y filántropo cuáquero, complementó y amplió estas ideas con la fundación del York Retreat en 1796. La experiencia personal de Tuke con la muerte de un miembro de su comunidad cuáquera en un asilo público debido a malos tratos impulsó su deseo de crear un entorno terapéutico radicalmente diferente. El York Retreat ofrecía un ambiente doméstico y acogedor, enfocado en la tranquilidad, el respeto y la dignidad, sin las prácticas crueles de los asilos tradicionales. Este espacio pionero fue crucial en el desarrollo del Tratamiento Moral en el mundo anglosajón.

Tuke promovió el concepto revolucionario de que las personas con enfermedades mentales no solo merecían respeto, sino que podían beneficiarse enormemente del trabajo estructurado, actividades productivas y relaciones interpersonales positivas. Este modelo terapéutico introdujo el uso extensivo de la ocupación como método central de tratamiento, estableciendo rutinas diarias que incluían jardinería, agricultura, artesanía y otras actividades significativas. El énfasis en la ocupación era doblemente efectivo: ayudaba a recuperar habilidades prácticas y mejoraba la autoestima y el sentido de pertenencia de los pacientes.

La filosofía del Tratamiento Moral se sustentaba en varios principios clave que siguen resonando en la Terapia Ocupacional contemporánea. Primero, se reconocía que la ocupación tenía un valor terapéutico intrínseco al brindar estructura, sentido y propósito a la vida de los pacientes. Segundo, se promovía la integración social y comunitaria, destacando que la recuperación mental estaba estrechamente vinculada con las relaciones humanas saludables. Y tercero, se enfatizaba un tratamiento humanitario que priorizaba la dignidad y el respeto por el individuo.

El trabajo de Pinel y Tuke se difundió rápidamente por Europa y Norteamérica durante el siglo XIX, estableciendo una base firme sobre la cual se construiría la futura profesión de la Terapia Ocupacional. En Estados Unidos, figuras como Benjamin Rush adoptaron y promovieron activamente estas ideas, facilitando su incorporación en la práctica médica y social. Sin embargo, el avance de la industrialización y cambios socioeconómicos posteriores a la Guerra Civil Americana hicieron que el Tratamiento Moral perdiera gradualmente su lugar prominente hacia finales del siglo XIX.

No obstante, su legado perduró en las prácticas emergentes que condujeron a la creación formal de la Terapia Ocupacional en 1917. Los principios fundamentales del Tratamiento Moral, especialmente la importancia de las rutinas significativas, el respeto hacia la dignidad humana y el uso terapéutico de la actividad ocupacional, se integraron plenamente en la nueva profesión, definiendo su enfoque y alcance terapéutico.

Hoy, más de dos siglos después, la visión pionera de Pinel y Tuke sigue siendo relevante y esencial en la práctica clínica contemporánea. La Terapia Ocupacional continúa utilizando el poder transformador de la ocupación significativa para facilitar la recuperación, mejorar la calidad de vida y restaurar la autonomía y dignidad a individuos con diversas condiciones físicas y mentales.

Explorar estos orígenes filosóficos e históricos nos permite apreciar profundamente los valores fundamentales sobre los que se sostiene la Terapia Ocupacional moderna, reafirmando la relevancia constante del respeto humano y la dignidad como ejes centrales en cualquier intervención terapéutica.

La recuperación (Vol 1)

«Todo el mundo habla de la recuperación, y no saben lo que se les viene encima. El cancerbero de la voluntad mayor atrapado para siempre en su vitrina» (Egon Soda, «La recuperación» Dadnos precipicios, 2017)

Para empezar a hablar de la recuperación cabe destacar que este término es la traducción de una palabra anglosajona, “recovery” que tiene muchos y diversos significados en español, por lo que la apropiación de dicho termino por muchos referentes sociosanitarios, no está ligado al matiz real del término inglés.

Este término se acentúa en la intervención sobre el proceso, más que en el resultado final. A mí, como terapeuta ocupacional, me gusta usar el concepto “autonomía con menor apoyo de terceros” es decir, no tengo la “receta” para que la persona con la que trabajo este “sana” en el concepto que la sociedad biomédica entiende como “sanar”. Quiero que esa persona sea plena, feliz y lo mas autónoma posible con todos sus hándicaps, curables o no.

Y es ahí, en el término “curar” donde hay que poner el énfasis, en la distinción que hace la corriente recuperadora. No busca curar situaciones “incurables”, quiere hacer de la vida, un proceso de pleno derecho y con la mayor autonomía/independencia posible.

Haciendo hincapié del nuevo en la literatura anglosajona, cabe diferenciar, después de todo esto, conceptos ambiguos en su traducción al castellano como son “recovery”, “full recovery” o “cure”.

Dentro de las posibles acepciones básicas de este concepto podemos encontrar lo siguiente:

  • No es un concepto operativo, no es una medición de “si” o “no”. Si no un proceso.
  • Y este proceso es personal y subjetivo, el compromiso activo de la persona, da significado a proyecto de vida y a la intervención significativa de los terapeutas ocupacional.

En este sentido, las mediciones a las que tan acostumbrados estamos los Terapeutas Ocupacionales y las diferentes rama de las profesiones socio-sanitarias. ¿Tenemos en cuenta la subjetividad de la persona?, ¿Estar curado implica estar recuperado?, ¿Si un fármaco me ayuda a X síntomas, y me genera 2 o 3 más menos “llamativos”, estoy curado o estable?, ¿Quién elige esos criterios?, ¿Sois vosotros Terapeutas Ocupacionales que buscáis la curación?, ¿O buscáis la recuperación?

La recuperación se torna pues en un elemento liberador de cadenas biomédicas que, con experiencias positivas en muchos campos de actuación, en otros como la enfermedad mental, tiene el margen de trabajo muy estrecho como demuestran evidencias del “International Pilot Study of v” de la OMS, donde estiman el pronóstico de evolución de la esquizofrenia más valorable en países en vías de desarrollo en contraposición a los países industrializados, lo que arroja como valor la influencia el contexto social y económico sobre el curso y pronóstico de la enfermedad.

Por lo tanto, los terapeutas ocupacionales, estamos validados en trabajar sobre dimensiones que se han valorado dentro de evoluciones favorables de enfermedades como la esquizofrenia. Estas dimensiones, inseparables, son la clínica, neuropsicológica, la funcional y la experiencial.