Renunciar para vivir: la ocupación significativa como brújula vital

En un breve pero intenso video, la actriz Carolina Yuste reflexiona sobre algo que rara vez se dice en voz alta: las renuncias que implica perseguir un sueño. Habla desde la emoción, con honestidad cruda, sobre lo que ha dejado atrás por mantenerse fiel a su vocación artística: vínculos, lugares, estabilidad. Su testimonio nos invita a pensar no solo en el precio del éxito, sino en la raíz misma de por qué hacemos lo que hacemos.

Desde la terapia ocupacional, este tipo de reflexión conecta profundamente con el concepto de ocupación significativa: aquellas actividades que dan sentido a nuestra existencia y que, aunque no siempre sean rentables o visibles, nos sostienen en lo más profundo.

Renunciar no es fallar: lo que dejamos atrás también nos construye

En el discurso de Yuste hay una paradoja: para poder hacer lo que la sostiene emocionalmente, ha tenido que soltar muchas cosas importantes. No habla de éxito como recompensa, sino de vocación como necesidad vital. Desde la terapia ocupacional entendemos que las personas necesitan hacer cosas con sentido para sentirse vivas, aunque esas elecciones impliquen pérdidas.

Renunciar no significa fracasar. Renunciar, a veces, es el precio de una coherencia interna. Hay personas que renuncian a una carrera estable por dedicarse al arte, a la crianza, al cuidado de alguien que lo necesita. Otras, renuncian a vínculos que no permiten crecer, a ciudades que asfixian, a rutinas que enferman. Y en todas esas decisiones, aunque duelan, hay agencia, hay dignidad.

Ocupación significativa: el centro de la identidad

Uno de los conceptos más potentes en terapia ocupacional es el de “ocupación significativa”. No se trata solo de hacer cosas, sino de hacer lo que tiene sentido. Lo que me representa. Lo que me conecta con el mundo. Lo que me devuelve el espejo de lo que soy.

Cuando una persona no puede ejercer sus ocupaciones significativas —ya sea por enfermedad, exclusión social, pobreza o precariedad— su salud mental y emocional se resiente. Lo vemos en personas mayores que han perdido su rutina. En jóvenes que no encuentran un lugar donde desplegar su creatividad. En personas con discapacidad a las que se les niega la participación plena. O en artistas, como Carolina Yuste, que deben sobrevivir a pesar del sistema, no gracias a él.

Identidad ocupacional y construcción del yo

La identidad no es un ente abstracto. Es práctica. Se construye a través de lo que hacemos. Por eso, desde la terapia ocupacional se trabaja la identidad ocupacional como una dimensión clave de la salud. Cuando nuestras ocupaciones son coherentes con nuestros valores, deseos y capacidades, nos sentimos “nosotros”. Cuando no lo son, nos perdemos.

Muchas veces, la terapia comienza por ahí: ¿qué has dejado de hacer? ¿Qué ya no puedes hacer? ¿Qué te gustaría poder hacer de nuevo? Y no siempre se trata de lo funcional: a veces, se trata de pintar sin miedo, caminar sin prisa, reír sin culpa, cuidar sin agotamiento. O, como en el caso de Yuste, actuar sin tener que pedir perdón por ello.

La renuncia como trauma y como resistencia

Hay renuncias que duelen tanto que se vuelven trauma. Porque se sienten como pérdidas, como injusticias. Pero también hay renuncias que se viven como formas de resistencia. Como una forma de decir “esto no me define, yo elijo otra cosa”. Y ese gesto, por pequeño que sea, tiene un enorme poder terapéutico.

Desde la terapia ocupacional se puede acompañar ambas dimensiones: el duelo por lo que se pierde, y la fuerza de lo que se decide. Acompañar a alguien a resignificar su vida ocupacional después de una ruptura, un diagnóstico, una migración o un cambio vital, es una de las tareas más humanas y necesarias que existen.

Precariedad, clase y ocupaciones invisibles

Lo que dice Carolina Yuste también tiene una carga política. Porque no todas las ocupaciones tienen el mismo valor social. Hay trabajos que se respetan y otros que se desprecian. Hay caminos que se apoyan y otros que se marginan. Y eso genera jerarquías ocupacionales que terminan afectando la autoestima, la salud y el reconocimiento social.

En terapia ocupacional hablamos de justicia ocupacional cuando denunciamos que no todas las personas tienen las mismas oportunidades para elegir, sostener y disfrutar de sus ocupaciones significativas. Y de privación ocupacional cuando esas posibilidades se ven cercenadas por el contexto.

Por eso, cuando una persona como Yuste visibiliza las renuncias detrás de una vocación, está poniendo sobre la mesa un problema colectivo. Está diciendo: “esto no debería doler tanto”. Está cuestionando un sistema que nos obliga a sobrevivir en lugar de permitirnos vivir con sentido.

Renuncias en salud, discapacidad y duelo

Quienes trabajamos en terapia ocupacional lo vemos cada día: personas que renuncian a la imagen que tenían de sí mismas tras un ictus, una amputación, una enfermedad degenerativa. Personas que pierden rutinas, afectos, roles. Y que tienen que reconstruirse desde las ruinas. Ahí es donde la terapia ocupacional se convierte en brújula.

Porque acompañar no es solo adaptar utensilios o enseñar habilidades. Es estar. Escuchar. Respetar los tiempos. Nombrar lo innombrable. Y ayudar a que cada quien encuentre una nueva forma de hacer, de estar, de ser. Una nueva ocupación significativa que no niegue el pasado, pero que abra una puerta al futuro.

Elegir qué sostener: la ética de lo ocupacional

En última instancia, este ensayo gira en torno a una pregunta esencial: ¿qué estamos eligiendo sostener en nuestras vidas? ¿Qué ocupaciones defendemos a pesar de todo? ¿Qué relaciones, proyectos, gestos o rituales mantenemos vivos, aunque no tengan recompensa inmediata, aunque duelan, aunque nos cuesten renuncias?

Carolina Yuste ha elegido sostener su vocación. Y eso tiene un valor enorme. Porque nos recuerda que las ocupaciones no son solo productivas o instrumentales. También son existenciales. También son resistencia. También son amor.

Conclusión: lo invisible que nos sostiene

La vida está hecha de elecciones. Y cada elección trae consigo una renuncia. Pero también una afirmación: esto es lo que soy, esto es lo que quiero sostener. Desde la terapia ocupacional, acompañar ese proceso es un acto profundo de respeto hacia la vida de las personas.

Y por eso, cuando una voz como la de Carolina Yuste nos recuerda que vivir con sentido duele, pero es necesario, no solo lo escuchamos. Lo entendemos. Lo honramos. Y, desde nuestra disciplina, lo acompañamos.

Porque ninguna ocupación significativa debería doler tanto. Pero mientras duela, ahí estaremos: sosteniendo, adaptando, resignificando, acompañando.

Ojete Calor tenía razón: extremismo mal, profesional peor

«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»

Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.

Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.

Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.

Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos

Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.

¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?

Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.

  • Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
  • Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
  • Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
  • Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”

Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?

Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.

La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.

Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.

No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)

En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.

Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.

Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?

Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.

No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.

La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.

Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.

“Vías establecidas”: la gran ficción profesional

“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?

¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?

Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?

El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo

Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.

Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.

Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.

Porque al final…

No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.

La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.

Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.

Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión (Segunda parte)

Escribir sobre lo que uno siente en relación con su profesión no siempre es fácil. Menos aún cuando esas palabras, escritas desde la honestidad y la experiencia, generan tanto agradecimiento como crítica. Tras la publicación de mi anterior entrada sobre colegiación, han llegado a mí múltiples mensajes. Algunos, agradeciendo que se haya puesto voz a una incomodidad compartida. Otros, señalando lo que consideran un juicio injusto o desinformado sobre el trabajo de los colegios profesionales. Este texto no es una réplica, ni un ajuste de cuentas. Es un intento de seguir conversando. Porque si algo necesitamos como colectivo profesional, es precisamente eso: conversación madura, crítica, y sobre todo, constructiva.

Lo que agradezco y reconozco

Lo digo alto y claro: los colegios profesionales de Terapia Ocupacional hacen un trabajo necesario. Y en muchos casos, lo hacen con recursos escasos, de forma voluntaria, y conciliando con vidas laborales y personales intensas. Hay personas que sostienen estos espacios con una generosidad y una implicación que merecen todo el respeto del mundo. Y muchas de las mejoras que tenemos hoy como colectivo —formación, visibilidad, normativas— existen gracias a esas personas que un día dieron un paso al frente.

No es justo ni ético desvalorizar ese trabajo. Y si alguien leyó en mi anterior texto una crítica generalizada a quienes están en los colegios, me gustaría pedir disculpas. Mi intención era otra: señalar que incluso dentro de ese esfuerzo hay límites, hay errores, hay rutinas que pueden ser revisadas. Porque lo importante no es quién trabaja más o menos, sino cómo hacemos que ese trabajo sea más inclusivo, más eficaz, más sostenible y más transparente para todas y todos.

La incomodidad también es un síntoma

Han sido muchos los mensajes que me han dicho: «Pedro, gracias por intentar despertar algo». Y también muchos otros que me han replicado: «Se hace buen trabajo, no hay problemas, siempre estáis criticando». Me detengo aquí: ¿cómo es posible que no haya problemas pero sí tantas quejas? ¿Por qué tantas personas se sienten fuera, incluso dentro del colegio?

Llevo 16 años en esta profesión. Y en 2009 ya escuchaba las mismas frases: «el colegio no escucha», «la formación es para unos pocos», «hay que mover esto desde dentro». Hemos avanzado, sí. Pero también hemos normalizado el cansancio, el desapego y la crítica desorganizada como parte del paisaje. ¿No será momento de hacer algo más que repetir las mismas respuestas defensivas de siempre?

Además, no podemos seguir hablando del colegio sin hablar de los colegios profesionales en plural, porque cada uno vive realidades distintas. Algunos mejor dotados, otros con más participación, algunos invisibles. Pero todos comparten una raíz común que no podemos ignorar: la precariedad profesional que arrastra a nuestra disciplina.

El sueldo, el centro del desapego

¿Cómo pedir implicación cuando la media salarial de un terapeuta ocupacional apenas roza la dignidad económica? ¿Cómo fomentar sentimiento de pertenencia si hay quien, tras años de experiencia, apenas sobrevive con contratos basura, autónomos precarios o rotaciones eternas?

Esto también explica por qué la colegiación no prende con la fuerza que nos gustaría. Porque muchos colegas, sencillamente, no tienen margen ni cabeza para más compromisos. Porque el discurso de la entrega voluntaria, por muy bien intencionado que sea, choca de frente con las dificultades reales del día a día.

¿Para quién es la formación?

Y luego está el eterno dilema: las formaciones. Buena parte de la oferta se orienta a lo público: bolsas, oposiciones, acreditaciones. Tiene sentido, claro. Pero… ¿y los que trabajamos —o trabajarán toda su vida— en lo privado o desde el autoempleo? Somos la mayoría silenciosa. ¿Dónde están las propuestas que piensen en esta realidad?

No hay un solo camino profesional, y sin embargo seguimos formando a todos como si el único horizonte fuese lo público. Y eso genera más distancia. Más desapego. Más sensación de que no hay lugar para ti.

Las voces que incomodan

Siempre somos las mismas voces disonantes —las que preguntan, las que señalan, las que no aplauden siempre— las que reciben el silencio o el modo mute. Nos hemos quedado en el clickbait emocional, en la purpurina de los logros, en una utopía profesional donde todo es brillante mientras nadie diga lo contrario.

Pero eso agota. Agota no poder señalar lo que no funciona sin ser tildado de desagradecido. Agota tener que justificar que se puede amar una profesión y aun así pedirle más. Agota que la crítica siempre tenga que ser amable para que sea escuchada.

Profesión en modo avión

Cuando pongo el título de este ensayo no lo hago por provocación. Lo hago porque siento que muchas veces nuestra profesión funciona en ese «modo avión»: seguimos trabajando, seguimos con la agenda del día, seguimos viajando… pero sin conexión. Sin conexión real entre profesionales. Sin conexión con una ética compartida. Sin conexión con nuestras estructuras colegiales. Sin conexión con la sociedad que apenas sabe qué hacemos.

Y cuando alguien se desconecta, el problema no es solo suyo. Es también del sistema que no supo mantenerlo dentro. Por eso, hablar de quienes estamos en la periferia —fuera del colegio, o dentro pero sintiéndonos al margen— no es una forma de romper, sino de tender puentes.

Objetivando el cambio.

  • Más espacios de diálogo sincero, incluso incómodo, dentro del colegio.
  • Menos miedo a la crítica, y más apertura a la diversidad de miradas.
  • Profesionalización paulatina de ciertas tareas colegiales: no podemos exigir excelencia a base solo de voluntarismo.
  • Reconocimiento explícito a quienes están fuera, pero suman desde otros lugares.
  • Campañas que no se centren solo en lo que somos, sino en cómo estamos cambiando y qué necesitamos para hacerlo mejor.
  • Formaciones inclusivas que tengan en cuenta tanto a lo público como a lo privado y el autoempleo.
  • Un debate abierto sobre salarios, condiciones y expectativas reales del ejercicio profesional.

Y por último…

No hay intención de dividir. Al contrario. Este texto quiere sumar. Porque una profesión madura es aquella que se atreve a mirarse al espejo y hablar con todas sus voces, incluso con las que no siempre coinciden. Si este texto despierta algo —molestia, reflexión, desacuerdo o impulso— ya habrá cumplido su función.

Seguimos volando, sí. Pero necesitamos conexión. Y eso, como siempre, empieza por escucharnos de verdad.