Escribir sobre lo que uno siente en relación con su profesión no siempre es fácil. Menos aún cuando esas palabras, escritas desde la honestidad y la experiencia, generan tanto agradecimiento como crítica. Tras la publicación de mi anterior entrada sobre colegiación, han llegado a mí múltiples mensajes. Algunos, agradeciendo que se haya puesto voz a una incomodidad compartida. Otros, señalando lo que consideran un juicio injusto o desinformado sobre el trabajo de los colegios profesionales. Este texto no es una réplica, ni un ajuste de cuentas. Es un intento de seguir conversando. Porque si algo necesitamos como colectivo profesional, es precisamente eso: conversación madura, crítica, y sobre todo, constructiva.
Lo que agradezco y reconozco
Lo digo alto y claro: los colegios profesionales de Terapia Ocupacional hacen un trabajo necesario. Y en muchos casos, lo hacen con recursos escasos, de forma voluntaria, y conciliando con vidas laborales y personales intensas. Hay personas que sostienen estos espacios con una generosidad y una implicación que merecen todo el respeto del mundo. Y muchas de las mejoras que tenemos hoy como colectivo —formación, visibilidad, normativas— existen gracias a esas personas que un día dieron un paso al frente.
No es justo ni ético desvalorizar ese trabajo. Y si alguien leyó en mi anterior texto una crítica generalizada a quienes están en los colegios, me gustaría pedir disculpas. Mi intención era otra: señalar que incluso dentro de ese esfuerzo hay límites, hay errores, hay rutinas que pueden ser revisadas. Porque lo importante no es quién trabaja más o menos, sino cómo hacemos que ese trabajo sea más inclusivo, más eficaz, más sostenible y más transparente para todas y todos.
La incomodidad también es un síntoma
Han sido muchos los mensajes que me han dicho: «Pedro, gracias por intentar despertar algo». Y también muchos otros que me han replicado: «Se hace buen trabajo, no hay problemas, siempre estáis criticando». Me detengo aquí: ¿cómo es posible que no haya problemas pero sí tantas quejas? ¿Por qué tantas personas se sienten fuera, incluso dentro del colegio?
Llevo 16 años en esta profesión. Y en 2009 ya escuchaba las mismas frases: «el colegio no escucha», «la formación es para unos pocos», «hay que mover esto desde dentro». Hemos avanzado, sí. Pero también hemos normalizado el cansancio, el desapego y la crítica desorganizada como parte del paisaje. ¿No será momento de hacer algo más que repetir las mismas respuestas defensivas de siempre?
Además, no podemos seguir hablando del colegio sin hablar de los colegios profesionales en plural, porque cada uno vive realidades distintas. Algunos mejor dotados, otros con más participación, algunos invisibles. Pero todos comparten una raíz común que no podemos ignorar: la precariedad profesional que arrastra a nuestra disciplina.
El sueldo, el centro del desapego
¿Cómo pedir implicación cuando la media salarial de un terapeuta ocupacional apenas roza la dignidad económica? ¿Cómo fomentar sentimiento de pertenencia si hay quien, tras años de experiencia, apenas sobrevive con contratos basura, autónomos precarios o rotaciones eternas?
Esto también explica por qué la colegiación no prende con la fuerza que nos gustaría. Porque muchos colegas, sencillamente, no tienen margen ni cabeza para más compromisos. Porque el discurso de la entrega voluntaria, por muy bien intencionado que sea, choca de frente con las dificultades reales del día a día.
¿Para quién es la formación?
Y luego está el eterno dilema: las formaciones. Buena parte de la oferta se orienta a lo público: bolsas, oposiciones, acreditaciones. Tiene sentido, claro. Pero… ¿y los que trabajamos —o trabajarán toda su vida— en lo privado o desde el autoempleo? Somos la mayoría silenciosa. ¿Dónde están las propuestas que piensen en esta realidad?
No hay un solo camino profesional, y sin embargo seguimos formando a todos como si el único horizonte fuese lo público. Y eso genera más distancia. Más desapego. Más sensación de que no hay lugar para ti.
Las voces que incomodan
Siempre somos las mismas voces disonantes —las que preguntan, las que señalan, las que no aplauden siempre— las que reciben el silencio o el modo mute. Nos hemos quedado en el clickbait emocional, en la purpurina de los logros, en una utopía profesional donde todo es brillante mientras nadie diga lo contrario.
Pero eso agota. Agota no poder señalar lo que no funciona sin ser tildado de desagradecido. Agota tener que justificar que se puede amar una profesión y aun así pedirle más. Agota que la crítica siempre tenga que ser amable para que sea escuchada.
Profesión en modo avión
Cuando pongo el título de este ensayo no lo hago por provocación. Lo hago porque siento que muchas veces nuestra profesión funciona en ese «modo avión»: seguimos trabajando, seguimos con la agenda del día, seguimos viajando… pero sin conexión. Sin conexión real entre profesionales. Sin conexión con una ética compartida. Sin conexión con nuestras estructuras colegiales. Sin conexión con la sociedad que apenas sabe qué hacemos.
Y cuando alguien se desconecta, el problema no es solo suyo. Es también del sistema que no supo mantenerlo dentro. Por eso, hablar de quienes estamos en la periferia —fuera del colegio, o dentro pero sintiéndonos al margen— no es una forma de romper, sino de tender puentes.
Objetivando el cambio.
- Más espacios de diálogo sincero, incluso incómodo, dentro del colegio.
- Menos miedo a la crítica, y más apertura a la diversidad de miradas.
- Profesionalización paulatina de ciertas tareas colegiales: no podemos exigir excelencia a base solo de voluntarismo.
- Reconocimiento explícito a quienes están fuera, pero suman desde otros lugares.
- Campañas que no se centren solo en lo que somos, sino en cómo estamos cambiando y qué necesitamos para hacerlo mejor.
- Formaciones inclusivas que tengan en cuenta tanto a lo público como a lo privado y el autoempleo.
- Un debate abierto sobre salarios, condiciones y expectativas reales del ejercicio profesional.
Y por último…
No hay intención de dividir. Al contrario. Este texto quiere sumar. Porque una profesión madura es aquella que se atreve a mirarse al espejo y hablar con todas sus voces, incluso con las que no siempre coinciden. Si este texto despierta algo —molestia, reflexión, desacuerdo o impulso— ya habrá cumplido su función.
Seguimos volando, sí. Pero necesitamos conexión. Y eso, como siempre, empieza por escucharnos de verdad.

