Autocuidado vs Vínculos: Una mirada crítica desde la Terapia Ocupacional

Nos enseñan a poner límites, pero no a sostener vínculos. Como terapeuta ocupacional, esta frase me perfora el cuerpo cada vez que escucho a alguien hablar de autocuidado como sinónimo de desvinculación. Porque en nuestra práctica, día tras día, vemos personas que se han quedado solas no por falta de recursos físicos, sino por la desconexión afectiva que el discurso contemporáneo del bienestar muchas veces justifica. Nos enseñan a decir que no, a protegernos, a priorizarnos. Pero poco se habla de cómo sostener lo que vale la pena, de cómo quedarnos a pesar del cansancio, de cómo reparar sin desaparecer.

La terapia ocupacional es una profesión que, por definición, trabaja con lo humano en su dimensión más compleja: la ocupación. Pero no cualquier ocupación. Hablamos de las que dan sentido, de las que nos conectan con otros, de las que sostienen la identidad. No se trata sólo de vestirse, cocinar o trabajar. Se trata también de estar, de vincularse, de compartir. Y ahí está el peligro del discurso individualista del autocuidado: en que promueve una visión de la persona como un ser aislado, que debe autorregularse constantemente, que sólo debe ocuparse de lo que lo «suma». Una visión que, en última instancia, nos deshumaniza.

Como terapeutas ocupacionales, no podemos mirar para otro lado. El sufrimiento psicosocial se ha vuelto estructural, y nuestras intervenciones deben estar a la altura. No basta con favorecer la independencia funcional si dejamos intacto el aislamiento. No basta con mejorar la adherencia a una rutina si esa rutina no incluye a nadie más que al propio sujeto. La independencia no es lo contrario de la interdependencia. No es madurez emocional vivir solo, hacer todo solo, sostenerse solo. A veces, eso es sólo desesperación disfrazada de fortaleza.

El discurso del autocuidado, si se vuelve absoluto, nos convierte en consumidores emocionales. Elegimos personas como quien elige productos: ¿me nutre?, ¿me aporta?, ¿me potencia? Si no cumple con esas expectativas, lo descarto. ¿Y el otro? ¿Dónde queda el otro? ¿Quién se hace cargo de lo que dejamos atrás cada vez que priorizamos nuestra comodidad por encima del vínculo? Estas preguntas no son filosóficas: son profundamente terapéuticas. Porque una persona no se reinserta socialmente sólo con prótesis o adaptaciones. Se reinserta cuando vuelve a confiar, cuando siente que puede formar parte sin miedo al rechazo, cuando siente que tiene algo que dar, no sólo algo que recibir.

En nuestros abordajes comunitarios, lo vemos a diario. Gente que vive sola, que no tiene con quién hablar, que repite frases como mantras: «yo me cuido a mí mismo porque nadie más lo va a hacer». Y claro que hay verdades en eso. Pero también hay heridas. Detrás de cada «yo primero» hay una historia de abandono, de negligencia, de relaciones fallidas. Y si no intervenimos ahí, si no miramos también esas biografías rotas, nos volvemos técnicos del síntoma y no del sufrimiento. Nos volvemos reproductores del sistema, no agentes de transformación.

Recuperar lo relacional como eje de la terapia ocupacional no es una moda: es una urgencia. El mundo se está desmoronando en vínculos. Vivimos en ciudades llenas de gente sola, en redes sociales donde todo se muestra y nada se comparte, en trabajos donde el burnout es más común que el almuerzo. Y mientras tanto, seguimos enseñando a los estudiantes de terapia ocupacional a medir, clasificar y estructurar ocupaciones como si fueran actividades mecánicas, desconectadas del deseo, del otro, del contexto.

Pero un verdadero enfoque ocupacional exige una ética del vínculo. Exige preguntarse no sólo qué hace la persona, sino con quién, para quién, desde dónde. Exige detenerse ante lo invisible: la mirada del otro, el silencio compartido, la carga emocional de cada acción cotidiana. Exige revisar también nuestras propias prácticas profesionales: ¿qué tipo de relaciones generamos con quienes acompañamos?, ¿cómo gestionamos nuestras frustraciones cuando el proceso no avanza?, ¿a quién cuidamos cuando decimos que cuidamos?

No hay intervención ocupacional que valga si no se sostiene en un vínculo ético, afectivo y político. No hay protocolo que reemplace la presencia. No hay escala que mida la confianza. Y sin embargo, eso es lo que más transforma: saberse visto, saberse parte, saberse acompañado incluso cuando no se tienen las palabras.

Por eso debemos revisar nuestros marcos. Hablar de salud desde la ocupación significa hablar de redes, de interacciones, de apoyos. Significa construir prácticas donde el otro no sea sólo un destinatario, sino un interlocutor. Donde el terapeuta no sea sólo un facilitador, sino alguien que también se afecta, que también se involucra. Porque sí, nos han enseñado a protegernos. Pero tal vez, lo verdaderamente revolucionario hoy sea aprender a quedarnos. A sostener. A comprometernos.

El desafío está planteado. Podemos seguir defendiendo una terapia ocupacional de escritorio, segura, medible, predecible. O podemos asumir el riesgo de una terapia ocupacional que incomoda, que interpela, que se mete en la carne viva del mundo. Una terapia que no se conforme con mejorar desempeños, sino que aspire a reconstruir vínculos. Una terapia que no tema decir que el autocuidado también puede ser una trampa. Una terapia, en fin, que no olvide que lo humano es, ante todo, relacional.

No será fácil. Porque nada fluye sin más. Porque el entendimiento se trabaja. Porque el amor, sea en la forma que sea, se crea. Y en ese trabajo de creación, los terapeutas ocupacionales tenemos mucho que decir. Y mucho más que hacer.

Ojete Calor tenía razón: extremismo mal, profesional peor

«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»

Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.

Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.

Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.

Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos

Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.

¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?

Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.

  • Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
  • Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
  • Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
  • Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”

Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?

Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.

La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.

Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.

No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)

En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.

Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.

Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?

Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.

No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.

La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.

Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.

“Vías establecidas”: la gran ficción profesional

“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?

¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?

Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?

El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo

Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.

Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.

Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.

Porque al final…

No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.

La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.

Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.

Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.