Día mundial de la lucha contra la depresión. Reflexiones sobre ansiedad, rutinas, terapia ocupacional y salud mental

Me abro en canal: Hace unos años que convivo con la medicación antidepresiva, suena fuerte pero es una simple pastilla. Esa frase, tan corta, pesa toneladas en una sociedad que premia el éxito y esconde la vulnerabilidad. Yo no tengo un diagnóstico, por suerte, fue una etapa puntual que se repletó de gotas que colmaron el vaso, pero mi médico me dice que es lo que necesitaba para arrancar. A menudo escuchamos que las personas que necesitan este soporte químico son gente normal, ¡y no es mentira!. Pero esa normalidad, a veces, es una carga tan abrumadora que nuestros mecanismos de defensa habituales simplemente colapsan.

I. La anatomía de la caída

Escribo esto hoy no desde la tarima del experto que pontifica sobre neurotransmisores y sinapsis, sino desde la silla del paciente. Escribo desde la vulnerabilidad del que ha tenido que aprender a ser cuidado siendo, paradójicamente, un cuidador profesional. Soy Terapeuta Ocupacional. Soy Ortopeda. Mi vida profesional se basa en la autonomía, en la función, en la biomecánica, en devolver a la gente la capacidad de «hacer». Y, sin embargo, durante un tiempo que pareció eterno, yo perdí el verbo hacer.

En mi singularidad, el detonante no fue una tristeza poética ni un evento dramático de película. Fue algo mucho más tangible, más carnal, más sucio. Fue una mezcla de lesiones físicas inesperadas. Para alguien que trabaja con su cuerpo, que necesita sus manos y su movilidad para fabricar órtesis, para movilizar pacientes, para ser «útil», la lesión física es el primer ataque a la identidad. Esas lesiones mermaron mi autoestima de una forma que no supe ver venir. Cuando tu herramienta de trabajo es tu propio cuerpo y este falla, la mente empieza a recibir señales de error constantes.

Pero el dolor físico fue solo la mecha. La pólvora la puso la realidad socioeconómica. Todo ello se mezcló con la presión asfixiante de ser autónomo en España. Y aquí necesito detenerme, porque la salud mental del autónomo es un epígrafe olvidado en los manuales de psiquiatría. La presión de tener que pagar las cuentas, la cuota mensual que llega tengas ingresos o no, el IVA trimestral, los alquileres… crearon una tormenta perfecta.

Tras muchas batallas previas en mi vida, algunas trabajadas en terapia y otras cicatrizadas —o mal curadas— por el simple paso del tiempo, esta combinación fue letal. Terminó en un «boom» tan básico, tan primitivo y tan aterrador como el no querer hacer nada. Y cuando digo nada, me refiero a la anhedonia absoluta. Me refiero a mirar la agenda y sentir que el mundo se te cae encima.

II. El Modo Supervivencia y la deuda emocional

Tuve la inmensa suerte —y subrayo la palabra suerte porque sé que es un privilegio— de tener a mi lado a la mejor pareja y persona que conozco en el mundo. Gracias a ese apoyo, que actuó como un andamio cuando mis cimientos temblaban, pude hablar pronto con mi médico. Hablamos de la presión. Hablamos de la ansiedad que me despertaba a las cuatro de la mañana. Hablamos de esa parálisis ante actividades que dependían enteramente de mí. Pero sobre todo, hablamos de la incomprensión: ¿Por qué me pasa esto a mí?

Más allá de ser un número en la Seguridad Social, me preguntaba obsesivamente: ¿Quién se preocupa por mí además de mi círculo cercano? Los que trabajamos en la salud, como Terapeutas Ocupacionales u ortopedas, vivimos de cara al público. Estamos programados para cuidar, para sostener, para escuchar la queja y el dolor ajeno. Pero, ¿quién nos devuelve ese cuidado? ¿Quién llena el vaso del que cuida?

Existe un concepto que en nuestra profesión a veces pasamos por alto en nosotros mismos: la reciprocidad emocional. ¿Quién, trabajando de cara al público, cuidando, no echa de menos esa «devolución»? Cuando pasas ocho, diez horas al día absorbiendo las preocupaciones, las limitaciones funcionales y las angustias de tus pacientes, y al final del día te encuentras con la frialdad de una hoja de cálculo y la exigencia de una administración que no perdona, algo se rompe.

Cuando esa «devolución» no existe y analizas fríamente la sociedad individualista en la que vivimos, es fácil no culpar a nadie —porque ¿a quién culpas? ¿Al sistema? ¿Al capitalismo? ¿Al destino?—, pero tu cabeza decide protegerse. Se disocia. Se desconecta de la realidad para dejar de sufrir. Activa lo que muchos llaman el «piloto automático», pero yo, años después y con la perspectiva que da el diván y el análisis ocupacional, lo llamo Modo Supervivencia.

El Modo Supervivencia es biológico. Es funcional. Te levantas, vas, vienes, comes (sin saborear), duermes (mal). Cumples. Pero no vives. La «ocupación significativa», ese concepto sagrado de nuestra disciplina, desaparece. Las actividades dejan de tener propósito y significado para convertirse en meros trámites para llegar al final del día y volver a desconectar.

III. La Hipótesis: ¿Y si hubiera un TO en Atención Primaria?

Aquí es donde me quito la bata de paciente (aunque nunca te la quitas del todo) y me pongo la de profesional. Durante mi proceso, me he preguntado mil veces: ¿Qué hubiera pasado si un Terapeuta Ocupacional con formación específica o de Atención Primaria existiera en España de forma generalizada?

El sistema actual, colapsado y farmacocéntrico, hizo lo que pudo: recetarme antidepresivos. Y no me malinterpretéis, bendita sea la farmacología. La medicación es el salvavidas que te permite no ahogarte cuando el mar está revuelto. Te mantiene a flote. Pero un salvavidas no te enseña a nadar, ni te construye un barco, ni te dice hacia dónde está la orilla.

Si hubiera entrado en la consulta de un Terapeuta Ocupacional en mi centro de salud, la intervención habría sido radicalmente distinta. No me hubiera mandado a terapia hablada genérica (que también es necesaria) ni simplemente hubiera renovado la receta. Hubiera hecho una consulta extensa sobre mi vida. Hubiera mirado bajo el capó de mi día a día.

Desglosemos cómo sería esa intervención utópica —pero necesaria— desde nuestro marco de trabajo:

  • 1. Análisis de Hábitos y Rutinas:
    El TO hubiera detectado cómo mis lesiones físicas rompieron mis micro-rutinas. Hubiera visto que al no poder hacer mi trabajo, no lo sustituí por nada, dejando un vacío que se llenó de rumiación. Hubiera analizado mi higiene del sueño, mis horarios de comida desestructurados por la ansiedad y la falta de «hitos» temporales en mi día más allá del trabajo.
  • 2. Evaluación de Roles Ocupacionales:
    Hubiera puesto el dedo en la llaga del conflicto de roles. El choque brutal entre mi rol de «Sanitario/Cuidador» (el que debe ser fuerte) y mi realidad de «Persona Vulnerable/Lesionada». Hubiéramos trabajado para flexibilizar esa autoexigencia, entendiendo que aceptar la baja o reducir el ritmo no es un fracaso moral, sino una adaptación necesaria.
  • 3. El Entorno y las Demandas:
    Hubiera entendido que mi entorno no era solo mi casa, sino la presión fiscal y burocrática. Quizás no podemos cambiar a Hacienda, pero sí podemos adaptar cómo me enfrento a esas tareas administrativas. Hubiéramos buscado adaptaciones para reducir la carga cognitiva: simplificar procesos, delegar tareas, reorganizar el espacio físico de la ortopedia para que mis lesiones físicas no dolieran tanto al trabajar.
  • 4. Volición y Causalidad Personal:
    Hubiera investigado mis inseguridades, mis capacidades remanentes (lo que SÍ podía hacer), mis deseos olvidados y mis esperanzas. Hubiera identificado esa «ristra» de signos y síntomas que parecían dispersos —apatía, dolor, irritabilidad, aislamiento— y los hubiera conectado bajo un diagnóstico ocupacional claro.

IV. Investigando la raíz, no solo el síntoma

El problema de tratar la depresión exclusivamente con fármacos o con visitas de 15 minutos es que ignoramos la «mecánica» de la vida. La depresión es, en muchos sentidos, una disfunción del desempeño ocupacional. Cuando uno está deprimido, pierde la capacidad de orquestar su vida. Las actividades de la vida diaria (AVD), desde ducharse hasta gestionar un negocio, se vuelven montañas inescalables.

Un Terapeuta Ocupacional investiga los hábitos. Somos los detectives de lo cotidiano. Sabemos que la recuperación no ocurre en el vacío; ocurre en el desayuno, ocurre al vestirse, ocurre al coger el autobús o al abrir la persiana. Si esas pequeñas acciones están rotas, la mente no puede sanar.

En mi caso, el «Justo Desafío» (ese concepto clave en TO) estaba mal calibrado. Yo intentaba seguir funcionando al 100% con un sistema operativo que estaba al 10%. El resultado era el fallo continuo y la frustración. Un TO me hubiera ayudado a recalibrar la expectativa: «Hoy no tienes que salvar el mundo, hoy basta con que gestiones este correo y salgas a caminar diez minutos». Reconstruir la volición (la voluntad) a través de pequeños éxitos ocupacionales.

La depresión te roba el futuro, te encierra en un presente doloroso y eterno. La medicación estabiliza los niveles de serotonina, pero la ocupación te devuelve la proyección temporal. Al planificar una actividad, por pequeña que sea, estás reclamando un trozo de futuro. Estás diciendo: «Mañana haré esto». Y ese acto es revolucionario.

V. La soledad del autónomo sanitario

No quiero terminar sin volver a ese punto de dolor específico: el autónomo. En España, ser autónomo es un deporte de riesgo. Pero ser autónomo sanitario añade una capa de complejidad ética y emocional. No vendemos zapatos; vendemos salud. Si yo no abro la persiana, mis pacientes no reciben su tratamiento, sus plantillas, sus adaptaciones. Esa responsabilidad es un peso que llevamos en la mochila, sumado a la incertidumbre económica.

Durante mi baja (mental, aunque a veces disfrazada de física para evitar el estigma), sentí la culpa del desertor. Sentí que abandonaba el barco. Y ahí es donde el sistema falla estrepitosamente. No hay redes que sostengan al que sostiene. No hay un plan de contingencia para cuando el cuidador se rompe. Y nos rompemos. Vaya si nos rompemos.

Es vital visibilizar que detrás de cada bata blanca, de cada uniforme de terapeuta, hay una persona con hipotecas, con miedos, con duelos no resueltos y con una química cerebral tan vulnerable como la del paciente que tiene enfrente.

VI. Una reflexión final: De la supervivencia a la vida

Hoy, en el Día Mundial de la Depresión, quiero lanzar este mensaje en una botella digital. Quiero reivindicar dos cosas fundamentales.

Primero, la humanidad del sanitario. Tenemos derecho a caer. Tenemos derecho a la medicación sin juicio. Tenemos derecho a decir «no puedo más» sin que eso nos haga peores profesionales; al contrario, reconocer nuestros límites nos hace más empáticos, más reales y, a la larga, mejores terapeutas. Mi propio proceso me ha enseñado más sobre el sufrimiento humano que cualquier máster universitario. Ahora, cuando un paciente me dice «no tengo ganas», yo no lo leo en un libro; lo siento en la piel. Entiendo la textura de esa desgana.

Y segundo, la necesidad urgente, imperiosa y lógica de la Terapia Ocupacional en la salud mental comunitaria y en Atención Primaria. Porque curar la química del cerebro es vital, insisto, y doy gracias a la ciencia por ello. Pero curar la vida diaria, volver a encontrar sentido en el olor del café, en el tacto de los materiales en el taller, en la sonrisa de mi pareja… eso es otra cosa. Eso es reconstruir el ser a través del hacer.

La depresión vacía la vida de contenido; la Terapia Ocupacional ayuda a volver a amueblarla, mueble a mueble, paso a paso, sin prisa pero sin pausa. Ojalá algún día, cuando alguien entre roto en la consulta de su médico de cabecera, tenga en la puerta de al lado a un compañero TO esperándole para decirle: «Vamos a ver cómo reconstruimos tu día a día».

No eres solo un diagnóstico.
No eres solo un autónomo.
No eres solo tus lesiones.
Y sobre todo: No estás solo/a.

Y si eres compañero/a y estás leyendo esto con un nudo en la garganta: permítete parar. El mundo seguirá girando cinco minutos sin ti. Te lo prometo.

¿Hablamos?

El Terapeuta Electrónico