Terapia Ocupacional: profesión en modo avión (Segunda parte)

Escribir sobre lo que uno siente en relación con su profesión no siempre es fácil. Menos aún cuando esas palabras, escritas desde la honestidad y la experiencia, generan tanto agradecimiento como crítica. Tras la publicación de mi anterior entrada sobre colegiación, han llegado a mí múltiples mensajes. Algunos, agradeciendo que se haya puesto voz a una incomodidad compartida. Otros, señalando lo que consideran un juicio injusto o desinformado sobre el trabajo de los colegios profesionales. Este texto no es una réplica, ni un ajuste de cuentas. Es un intento de seguir conversando. Porque si algo necesitamos como colectivo profesional, es precisamente eso: conversación madura, crítica, y sobre todo, constructiva.

Lo que agradezco y reconozco

Lo digo alto y claro: los colegios profesionales de Terapia Ocupacional hacen un trabajo necesario. Y en muchos casos, lo hacen con recursos escasos, de forma voluntaria, y conciliando con vidas laborales y personales intensas. Hay personas que sostienen estos espacios con una generosidad y una implicación que merecen todo el respeto del mundo. Y muchas de las mejoras que tenemos hoy como colectivo —formación, visibilidad, normativas— existen gracias a esas personas que un día dieron un paso al frente.

No es justo ni ético desvalorizar ese trabajo. Y si alguien leyó en mi anterior texto una crítica generalizada a quienes están en los colegios, me gustaría pedir disculpas. Mi intención era otra: señalar que incluso dentro de ese esfuerzo hay límites, hay errores, hay rutinas que pueden ser revisadas. Porque lo importante no es quién trabaja más o menos, sino cómo hacemos que ese trabajo sea más inclusivo, más eficaz, más sostenible y más transparente para todas y todos.

La incomodidad también es un síntoma

Han sido muchos los mensajes que me han dicho: «Pedro, gracias por intentar despertar algo». Y también muchos otros que me han replicado: «Se hace buen trabajo, no hay problemas, siempre estáis criticando». Me detengo aquí: ¿cómo es posible que no haya problemas pero sí tantas quejas? ¿Por qué tantas personas se sienten fuera, incluso dentro del colegio?

Llevo 16 años en esta profesión. Y en 2009 ya escuchaba las mismas frases: «el colegio no escucha», «la formación es para unos pocos», «hay que mover esto desde dentro». Hemos avanzado, sí. Pero también hemos normalizado el cansancio, el desapego y la crítica desorganizada como parte del paisaje. ¿No será momento de hacer algo más que repetir las mismas respuestas defensivas de siempre?

Además, no podemos seguir hablando del colegio sin hablar de los colegios profesionales en plural, porque cada uno vive realidades distintas. Algunos mejor dotados, otros con más participación, algunos invisibles. Pero todos comparten una raíz común que no podemos ignorar: la precariedad profesional que arrastra a nuestra disciplina.

El sueldo, el centro del desapego

¿Cómo pedir implicación cuando la media salarial de un terapeuta ocupacional apenas roza la dignidad económica? ¿Cómo fomentar sentimiento de pertenencia si hay quien, tras años de experiencia, apenas sobrevive con contratos basura, autónomos precarios o rotaciones eternas?

Esto también explica por qué la colegiación no prende con la fuerza que nos gustaría. Porque muchos colegas, sencillamente, no tienen margen ni cabeza para más compromisos. Porque el discurso de la entrega voluntaria, por muy bien intencionado que sea, choca de frente con las dificultades reales del día a día.

¿Para quién es la formación?

Y luego está el eterno dilema: las formaciones. Buena parte de la oferta se orienta a lo público: bolsas, oposiciones, acreditaciones. Tiene sentido, claro. Pero… ¿y los que trabajamos —o trabajarán toda su vida— en lo privado o desde el autoempleo? Somos la mayoría silenciosa. ¿Dónde están las propuestas que piensen en esta realidad?

No hay un solo camino profesional, y sin embargo seguimos formando a todos como si el único horizonte fuese lo público. Y eso genera más distancia. Más desapego. Más sensación de que no hay lugar para ti.

Las voces que incomodan

Siempre somos las mismas voces disonantes —las que preguntan, las que señalan, las que no aplauden siempre— las que reciben el silencio o el modo mute. Nos hemos quedado en el clickbait emocional, en la purpurina de los logros, en una utopía profesional donde todo es brillante mientras nadie diga lo contrario.

Pero eso agota. Agota no poder señalar lo que no funciona sin ser tildado de desagradecido. Agota tener que justificar que se puede amar una profesión y aun así pedirle más. Agota que la crítica siempre tenga que ser amable para que sea escuchada.

Profesión en modo avión

Cuando pongo el título de este ensayo no lo hago por provocación. Lo hago porque siento que muchas veces nuestra profesión funciona en ese «modo avión»: seguimos trabajando, seguimos con la agenda del día, seguimos viajando… pero sin conexión. Sin conexión real entre profesionales. Sin conexión con una ética compartida. Sin conexión con nuestras estructuras colegiales. Sin conexión con la sociedad que apenas sabe qué hacemos.

Y cuando alguien se desconecta, el problema no es solo suyo. Es también del sistema que no supo mantenerlo dentro. Por eso, hablar de quienes estamos en la periferia —fuera del colegio, o dentro pero sintiéndonos al margen— no es una forma de romper, sino de tender puentes.

Objetivando el cambio.

  • Más espacios de diálogo sincero, incluso incómodo, dentro del colegio.
  • Menos miedo a la crítica, y más apertura a la diversidad de miradas.
  • Profesionalización paulatina de ciertas tareas colegiales: no podemos exigir excelencia a base solo de voluntarismo.
  • Reconocimiento explícito a quienes están fuera, pero suman desde otros lugares.
  • Campañas que no se centren solo en lo que somos, sino en cómo estamos cambiando y qué necesitamos para hacerlo mejor.
  • Formaciones inclusivas que tengan en cuenta tanto a lo público como a lo privado y el autoempleo.
  • Un debate abierto sobre salarios, condiciones y expectativas reales del ejercicio profesional.

Y por último…

No hay intención de dividir. Al contrario. Este texto quiere sumar. Porque una profesión madura es aquella que se atreve a mirarse al espejo y hablar con todas sus voces, incluso con las que no siempre coinciden. Si este texto despierta algo —molestia, reflexión, desacuerdo o impulso— ya habrá cumplido su función.

Seguimos volando, sí. Pero necesitamos conexión. Y eso, como siempre, empieza por escucharnos de verdad.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión.

Hace unos días, mientras escuchaba el capítulo 14 de «Hablando de TO» del compañero @elterapeutaocupacional, sentí una mezcla de emociones que me empujaron a escribir este ensayo. En este episodio, Inma Iñiguez, presidenta del CGCTO y del COTOV, pone sobre la mesa un debate que a muchos nos resulta familiar: la necesidad de una colegiación obligatoria. Para mí, esta idea resuena con fuerza, pero también con cicatrices. Este texto es una reflexión personal y crítica sobre la colegiación en Terapia Ocupacional en España, desde mi experiencia como terapeuta y como alguien que ha vivido en carne propia, las contradicciones de un sistema que, en lugar de acoger, muchas veces empuja.

La ilusión y el desencanto

Mis primeros años como terapeuta ocupacional estuvieron marcados por la ilusión. Formarme, incorporarme al colegio profesional, participar, aportar… era el camino lógico. Pero esa ilusión pronto empezó a tropezar con realidades menos amables. El primer presidente de mi colegio fue, sinceramente, un currante máximo. Un verdadero terapeuta ocupacional, con ideas y formación, que volcaba la empatía y la cercanía como núcleo de su trabajo. Aun así, el funcionamiento interno del colegio presentaba claroscuros: las vocalías existían, sí, pero muchas veces eran ocupadas por falta de otras opciones, o por un deseo sincero —aunque mal canalizado— de aportar. La formación, por ejemplo, era para todos, pero siempre parecía estar dirigida a «lo mismo». Las voces disonantes, las que no iban con lo «mainstream» o que pedían más seriedad y ciencia, a menudo eran silenciadas o ignoradas. Y eso, en una profesión que presume de inclusión, es profundamente contradictorio. No todo vale en Terapia Ocupacional, y el colegio debe estar ahí para recordarlo. ¿Estamos preparados para esa realidad? ¿Hablamos, por ejemplo, de intrusismo?, ¿De formación?, ¿De líneas rojas? … Si pensaste «otra vez el temita», lo siento. 

Entonces vino la desvinculación. Una vez dejé de pagar dos cuotas, tras muchas conversaciones sobre qué daba y qué no daba el colegio, simplemente dejaron de responder. Sin carta, sin correo, sin una llamada. Mutis por el foro. Me echaron. Así, sin más. Y con eso, algo en mí también se rompió. No era solo una cuestión económica; era la sensación de haber sido útil hasta que ya no convenía.

¿Para qué sirve un colegio profesional?

Esa es la gran pregunta que muchos compañeros se hacen. «¿Para qué sirve el colegio?» —preguntan con razón— cuando lo ven ausente en los temas relevantes, poco operante según qué crisis, y desdibujado en los debates públicos. En lugar de profesionalizar el discurso, muchas veces nos engorilamos repitiendo hasta la saciedad qué somos, sin avanzar hacia cómo ser mejores profesionales, cómo intervenir mejor, cómo construir desde la evidencia y la reflexión. Sin abrir la caja de pandora de porque lo público parece más importante que lo privado. Nos falta, quizás, una ética compartida que nos sirva de base. Y lo peor: cada vez más compañeros deciden no colegiarse porque no saben para qué sirve. Porque no sienten que su voz vaya a tener fuerza en esas estructuras que, a veces, parecen más un coto cerrado que un espacio de participación real.

Inma Iñiguez plantea que la colegiación debe ser obligatoria. Y aunque me escuece, estoy de acuerdo. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se articula, no se defiende. Pero ojo: una colegiación obligatoria sin reformas profundas puede ser un yugo más que una herramienta. ¿Queremos eso? ¿O queremos una organización que represente de verdad, que escuche, que articule, que forme, que visibilice, que defienda, que abrace?

Mirando alrededor: lo que hacen otros

Desde la ortopedia veo con cierta envidia cómo los fisioterapeutas, los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros, se forman continuamente en cursos ofertados por sus colegios. Tienen grupos de trabajo activos, posicionamientos ante temas de actualidad, campañas visibles. No se trata solo de tener más recursos o más colegiados; se trata de tener más implicación, más vocación de servicio público.

Y nosotros… nosotros a veces parecemos fantasmas. No por falta de capacidad, sino por desarticulación. Muchos compañeros están agotados, otros están volcados en otras cosas, algunos simplemente han desistido. Y eso también es una derrota. Cuando el cansancio gana, la profesión pierde. Aquí no se trata de desprestigiar el trabajo que hacen o han hecho los colegios; sería injusto. Hay personas comprometidas, hay logros, hay pasos dados. Pero también hay una desidia general, una sensación de lejanía, un desinterés que no podemos ignorar. Y si no lo abordamos, seguiremos fragmentados.

Además, debemos abrir el melón de la ética profesional, que es lo que nos hará salir del snobismo en lo sociosanitario. ¿Por qué reclamamos que no nos quiten funciones, pero al mismo tiempo participamos —consciente o inconscientemente— en prácticas que se alejan de nuestro marco competencial? ¿Qué papel tienen los colegios en todo esto? ¿Se están posicionando frente a formaciones que, por novedosas o ajenas, rozan el intrusismo? ¿Estamos, como colectivo, lo suficientemente cohesionados para dibujar esa línea roja? La respuesta no es sencilla, pero urge plantearla. Porque sin ética, no hay profesión. Y sin profesión, no hay futuro.

Nostalgia y esperanza

Recuerdo aquellos años en los que soñaba con cambiar el mundo desde la Terapia Ocupacional. Recuerdo también los primeros congresos, las primeras reuniones, las charlas con compañeros que, como yo, creían que podíamos hacer algo distinto. Y también recuerdo la frustración. Las puertas cerradas. Los correos sin respuesta. Las decisiones ya tomadas antes de abrir la boca.

Pero pese a todo, sigo creyendo. Sigo pensando que vale la pena. Que no todo está perdido. Que si nos organizamos, si exigimos, si pedimos explicaciones, si nos comprometemos, algo puede cambiar. No todo, pero algo. Y a veces, algo es todo lo que se necesita para empezar de nuevo.

¿Qué hacer entonces?

Primero, dejar de culpabilizar al que no se colegia. No es un traidor: es un síntoma. De desafección, de desencanto, de abandono. Segundo, abrir los colegios. Que no sean solo despachos cerrados, sino espacios vivos, con presencia digital, con cercanía, con capacidad de respuesta. Y tercero, generar comunidad. Formación, divulgación, activismo, cultura profesional, redes. Y por último, defender con claridad el marco ético y competencial de la Terapia Ocupacional. Hablar de intrusismo no debe ser tabú, sino ejercicio de identidad y responsabilidad colectiva.

Y aquí surge una pregunta que me han lanzado más veces de las que quisiera contar: «¿Y tú qué haces? ¿Te colegias? ¿Qué haces tú por la terapia ocupacional?«. Y es una pregunta incómoda, pero legítima. Porque quienes estamos fuera del sistema colegial no estamos fuera de la profesión. Seguimos atendiendo, formando, investigando, trabajando desde el compromiso y el rigor. Muchos de nosotros formamos redes informales, impulsamos proyectos independientes, colaboramos con entidades desde otros marcos. No todo pasa por estar dentro del colegio, aunque ojalá los colegios fueran lo suficientemente amplios y abiertos como para integrar esta diversidad.

Los «olvidados» también construimos Terapia Ocupacional, aunque desde los márgenes. Y quizás por eso tenemos más claro que nunca qué no queremos repetir, qué errores no deseamos perpetuar. Nuestra aportación no se mide en cuotas, sino en acciones. Y es desde ahí, desde esa otra orilla, que seguimos preguntando, pensando, proponiendo.

Este texto no es una denuncia anónima ni un ajuste de cuentas. Es una carta de amor frustrado a una profesión que sigo queriendo. Y es también una invitación: a pensar, a sentir, a exigir. Porque la Terapia Ocupacional lo vale. Porque nuestros pacientes lo merecen. Porque nuestros compañeros lo necesitan. Y porque nosotros, los que aún creemos, no podemos rendirnos del todo.

Espiritualidad sin religión: lo que el papa Francisco nos enseñó a los que acompañamos el dolor.

Hoy, 21 de abril, ha muerto el Papa Francisco. Y aunque no creo en Dios, sí creo que él ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Desde una posición laica, profesional, técnica y profundamente humana, quiero aprovechar este acontecimiento para pensar en cómo su figura y su mensaje pueden ayudarnos a mirar con otros ojos la discapacidad, la pobreza, las luchas del sur y, sobre todo, el lugar que ocupa la espiritualidad en la práctica cotidiana de la Terapia Ocupacional.

Francisco no fue solo el líder de una institución milenaria. Fue un testimonio viviente de que la espiritualidad no necesita dogmas, sino presencia. No necesita uniformidad, sino escucha. No necesita imponerse, sino ofrecer refugio. Su papado ha sido una invitación a volver a mirar el mundo desde los márgenes, desde los cuerpos heridos, desde lo que muchas veces en nuestra profesión llamamos «participación limitada» o «restricción en el desempeño ocupacional».

En estas líneas quiero explorar el entrelazamiento entre su legado y nuestro quehacer profesional. Y lo hago desde un lugar que también está en los bordes: el de quien no cree en Dios, pero cree en el valor de lo espiritual cuando se trata de vivir con dignidad.

La espiritualidad en Terapia Ocupacional

En el Marco de Trabajo de la AOTA (American Occupational Therapy Association), la espiritualidad se considera un «factor del cliente» fundamental. No es una ocupación en sí misma, pero influye transversalmente en todas las demás. La espiritualidad, definida como «una forma profundamente personal de experimentar el significado, el propósito y la conexión con uno mismo, los demás, la naturaleza y/o lo trascendente», es clave para entender cómo y por qué una persona realiza determinadas actividades.

Como terapeutas ocupacionales, no nos corresponde adoctrinar ni guiar la fe de nuestros pacientes. Pero sí nos corresponde reconocer cuándo una ocupación tiene un valor simbólico, espiritual o existencial. Para algunas personas, rezar o meditar es una actividad significativa. Para otras, cuidar de un nieto, cocinar un plato heredado o visitar una tumba tiene una dimensión trascendente. En todos esos casos, el abordaje terapéutico debe contemplar y respetar esa vivencia.

La espiritualidad es, en definitiva, una dimensión humana que atraviesa todas las edades, culturas y condiciones. En contextos de discapacidad, enfermedad, duelo o crisis vital, puede convertirse en una fuente de fuerza, de sentido o, al menos, de consuelo.

Francisco y la dignidad de los cuerpos vulnerables

Una de las claves del pontificado de Francisco ha sido su defensa incondicional de la dignidad humana, especialmente en los cuerpos vulnerables. Él habló reiteradamente de «la cultura del descarte»: una forma de organización social que descarta a quienes no producen, no consumen, no se ajustan al modelo de eficiencia. La cultura del descarte es, desde una mirada ocupacional, la negación de la participación significativa.

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Los gestos de Francisco han sido tan potentes como sus discursos. Lavó los pies a personas sin hogar, a presos, a personas con discapacidad. Besó las llagas de enfermos. Permitió que se acercaran a él personas que, tradicionalmente, no eran visibilizadas por la Iglesia. En una ocasión, abrazó a un hombre con neurofibromatosis en la Plaza de San Pedro, y aquella imagen recorrió el mundo como ejemplo de humanización del dolor.

Desde la Terapia Ocupacional, trabajamos cada día con cuerpos vulnerables. Adaptamos, acompañamos, damos herramientas para que esa vulnerabilidad no se traduzca en exclusión. En ese sentido, el mensaje de Francisco nos interpela. Nos recuerda que no basta con asistir técnicamente: hay que estar, hay que mirar, hay que acoger.

La mirada al sur y la justicia ocupacional

Francisco llegó al Vaticano desde Buenos Aires. Fue el primer papa latinoamericano. Y eso se notó desde el primer día. Su acento, su mirada, sus prioridades eran otras. No hablaba desde los pasillos dorados del poder, sino desde las villas miseria, desde los hospitales sin recursos, desde las parroquias de barrio.

Su papado puso en el centro la «mirada al sur»: una forma de entender el mundo desde los que menos tienen, desde los que están fuera del relato dominante. Habló de justicia social, de trabajo digno, de acceso a la salud, de migraciones, de crisis climática. Todos esos temas son también temas de la Terapia Ocupacional.

El concepto de «justicia ocupacional» surge precisamente de esa intersección. Habla de la necesidad de que todas las personas, sin importar su origen, discapacidad, clase social o situación legal, tengan acceso a ocupaciones significativas. Francisco, sin usar ese término, habló de lo mismo: de que cada persona tiene derecho a trabajar, a descansar, a jugar, a amar. Es decir, a vivir con dignidad.

Espiritualidad sin religión: sentido, vínculo y ocupación

Una de las paradojas de esta entrada es que parte desde la admiración por una figura religiosa, aunque no sea creyente. Pero es precisamente ahí donde se juega algo importante: la posibilidad de una espiritualidad laica, inclusiva, no dogmática.

Muchos pacientes con los que trabajamos no tienen una fe concreta, pero necesitan encontrar sentido. Necesitan reconstruir su historia tras un ictus, una amputación, un diagnóstico de enfermedad degenerativa. Necesitan volver a ocupar un lugar en el mundo, no solo funcional, sino simbólico. Y ahí, la Terapia Ocupacional puede ser el puente.

La ocupación humana (como acción significativa) es también un lugar espiritual. Cocinar para otros puede ser una forma de amor. Escribir una carta puede ser una forma de duelo. Tocar un instrumento puede ser una forma de oración. Cuidar de una planta puede ser una forma de resistir la tristeza. Acompañar a alguien en su última etapa de vida puede ser una forma de fe.

Francisco habló muchas veces del acompañar sin juzgar. De estar presente sin imponer. De escuchar antes que hablar. Esa es también la tarea del terapeuta ocupacional cuando trabaja con personas que transitan momentos de crisis existencial.

Lo que Francisco ha significado

A lo largo de mi carrera como terapeuta ocupacional y técnico ortopeda, he visto muchas formas de dolor y muchas formas de esperanza. He trabajado con niños que aprendían a caminar con productos de apoyo. Con personas mayores que redescubrían el valor de sentarse sin dolor. Con mujeres que, tras un cáncer de mama, volvían a mirarse al espejo gracias a una prótesis bien ajustada.

En todos esos casos, la dimensión espiritual aparecía. No necesariamente como religión, pero sí como deseo de sentido. Como necesidad de ser vistos, nombrados, respetados. Y muchas veces, en los momentos más difíciles, surgía el nombre de Francisco. «Ese papa sí entiende». «Ese hombre sí se acerca a los pobres». «Ese sí mira a los enfermos como personas».

Yo también lo sentí así. Francisco, sin conocerme, sin saber de la Terapia Ocupacional, fue un referente ético. Un recordatorio de que nuestra profesión no trata solo de ejercicios y ayudas técnicas, sino de humanizar lo cotidiano. De que cada intervención tiene que tener en cuenta el alma, aunque no creamos en ella.

Conclusión

Francisco ha muerto. Pero su legado sigue vivo en quienes intentamos cada día trabajar con dignidad, mirar con respeto y acompañar sin imponer. Su figura nos recuerda que la espiritualidad puede ser una forma de estar en el mundo. Que puede habitar también en lo técnico, en lo pequeño, en lo cotidiano.

Como terapeuta ocupacional, agradezco su mirada hacia los cuerpos vulnerables, hacia las periferias, hacia los descartados. Como persona, agradezco su coherencia, su humildad, su capacidad de escuchar.

No creo en Dios, pero creo que Francisco ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Y creo también que su ejemplo puede inspirar una Terapia Ocupacional más comprometida, más espiritual y, sobre todo, más humana.

Café, Mondas y ocupación: una historia que te va a emocionar

Hay ocupaciones que pasan desapercibidas por su aparente simplicidad, por lo asumidas que están en nuestra rutina, por lo poco que se les interroga. Y sin embargo, son esas mismas acciones, pequeñas y repetidas, las que tejen el entramado más profundo de nuestra salud, de nuestra identidad y de nuestras relaciones. Una de ellas —tan elemental como imprescindible— es tomar café.

En Talavera de la Reina, ciudad que me vio nacer y crecer, el café es más que una bebida: es un lugar de encuentro, una pausa que tiene sentido, un símbolo de vínculo. Y no es casualidad que en esta ciudad, famosa por su cerámica, por la tierra que se cuece y se transforma, también se imparta la formación de futuros terapeutas ocupacionales. Porque Talavera, sin pretenderlo, ha sido maestra en enseñarnos que lo importante no siempre hace ruido. A veces está en una taza humeante sobre una mesa de loza, entre palabras, silencios y costumbre.

En esta entrada quiero explorar esa conexión: entre el café como ocupación significativa, Talavera como territorio simbólico, y la Terapia Ocupacional como disciplina que mira el mundo desde el hacer. Lo haré desde la experiencia, el análisis y también desde el afecto. Porque para quienes trabajamos con la vida cotidiana, hablar de cafés compartidos no es perder el tiempo. Es reconocer que el tiempo compartido es, en sí mismo, un acto de salud.

Esta entrada va, además, por Dani Esteve y su hija Eva. Porque hace años, el café nos juntó. Y estos días, nos ha vuelto a juntar. Dani tuvo una de las cafeterías más brutales que ha tenido Talavera, y cuando tuvo que cerrar en 2019, el sabor quedó, pero también el vacío. Hoy, ha convertido esa pasión en una nueva aventura: su propia marca, Ceres Coffee, que no solo es café, sino una declaración de identidad. Conecta el nombre de la diosa con la ciudad, con su profesión, con su historia.

Y en el centro, su hija Eva. Una niña que inspira, que enseña, que transforma. La terapia aparece aquí no solo como profesión, sino como red: la que tejemos entre todos, entre Talavera, su gente, y los afectos que no se rinden. Acompañar a Dani y a su hermosa familia en su camino para que Eva tenga una vida mejor, pese a las circunstancias, también es terapia. También es ocupación con sentido. Por eso, este texto es para ellos.

Ceres, Talavera y el arte de sostener

Talavera lleva en su historia la fuerza de los oficios, el barro y las manos que dan forma. Cabe recordar que el propio nombre de Ceres —diosa de la agricultura, la fertilidad y la continuidad de los ciclos vitales— está profundamente vinculado a Talavera de la Reina a través de una de sus celebraciones más singulares: las Mondas. Esta festividad, que comienza cada año con el pregón del Leño Florido, tiene su origen en las ofrendas a Ceres por parte del pueblo romano y ha perdurado como símbolo del vínculo entre la tierra, la tradición y la comunidad. Aunque hoy las Mondas tienen una dimensión más festiva y cultural, su trasfondo sigue siendo el de una ciudad que celebra los ritmos de la vida desde lo colectivo, desde lo sencillo, desde el cuidado. El nombre de Ceres, diosa romana de la agricultura, la fertilidad y los ciclos de la vida, resuena en sus raíces. No se trata solo de una referencia mitológica: es una manera de entender la vida desde la conexión con la tierra, con el tiempo orgánico, con el cuidado. Ceres representa, en el fondo, todo aquello que la Terapia Ocupacional defiende: la transformación desde lo cotidiano, la capacidad de nutrir lo que parecía árido, el valor de los ritmos que sanan.

Y si Ceres es símbolo de alimento y continuidad, Talavera lo expresa en su paisaje cultural: desde la cerámica que se cuece con paciencia hasta la forma en que la gente se detiene en una terraza para mirar la vida pasar. La ciudad enseña, sin necesidad de discursos, que cuidar es también estar, acompañar, mirar. Que una ocupación puede no ser productiva en términos económicos y, sin embargo, ser esencial en términos vitales.

Por eso, cuando pienso en Talavera y en mi formación como terapeuta ocupacional, no pienso sólo en aulas o asignaturas. Pienso en el olor a café recién hecho, en las tazas pesadas de los bares de siempre, en las conversaciones de media mañana. Pienso en los cafés como nodos de una red invisible que sostiene la ciudad: donde se negocian afectos, se tramitan duelos, se celebran pequeñas alegrías. Cafés donde los tiempos no corren, sino que se sientan contigo.

El café como ocupación significativa

La Terapia Ocupacional entiende las ocupaciones significativas como aquellas actividades que dan sentido a la vida de las personas, que organizan su día, que sostienen su identidad. A menudo se piensa en actividades complejas, como trabajar, criar, estudiar o rehabilitarse. Pero el café —ese gesto simple y ritual— merece estar en la lista de ocupaciones clave.

Tomar café implica elección, preferencia, pertenencia. ¿Solo o acompañado? ¿Corto o largo? ¿Con azúcar o sin? ¿En taza de cerámica o de papel? Cada persona tiene su forma. Y en esa forma se reconoce. Pero más allá de lo sensorial o lo personal, está lo compartido: el café es una excusa para estar con otros, una forma de acompañamiento cotidiano. En la consulta, en la universidad, en la familia, en la calle. “Tomamos un café” no es sólo tomar un café. Es abrir una pausa para encontrarse.

Desde el punto de vista terapéutico, el café activa muchas dimensiones a la vez:

  • Estimula lo sensorial (olor, gusto, temperatura).
  • Estructura el tiempo (marcando momentos del día).
  • Refuerza roles sociales (compañero, amigo, anfitrión).
  • Promueve la interacción y el lenguaje.
  • Conecta con la memoria y la historia personal.

Y lo más importante: no exige. El café no pide productividad, solo presencia. No hay que ser hábil, rápido, fuerte. Basta con estar. Y ese “estar” tiene un valor incalculable cuando hablamos de salud mental, de envejecimiento, de inclusión.

Talavera: ciudad que forma y transforma

Talavera no es solo mi ciudad natal. Es también una ciudad que forma profesionales en Terapia Ocupacional. Que se ha convertido en semilla de cambio a través de una carrera universitaria que, aunque a menudo desconocida, trabaja en lo más profundo de las personas: sus hábitos, sus roles, sus rutinas, sus deseos.

Talavera enseña desde sus calles lo que después se aprende en los libros: que el entorno importa, que la identidad se construye en lo cotidiano, que la tradición puede ser herramienta de salud. La cerámica no es solo arte, es también ocupación: requiere planificación, repeticón, memoria, coordinación, paciencia. ¿No es acaso eso lo que trabajamos en rehabilitación?

En Talavera, el café se sirve sobre mesas que podrían haber salido del taller de un artesano local. Y mientras se toma, uno observa las manos de la persona que tiene enfrente. En esas manos hay historias. Algunas tiemblan. Otras están marcadas por el trabajo. Algunas acaban de salir de una cirugía. Y el café, en todos los casos, se convierte en mediador. En vínculo. En ritual de aceptación y compañía.

El café como mediador ocupacional en contextos de intervención

En muchos dispositivos de intervención, el café se convierte en una herramienta tan poderosa como invisible. En centros de día, en residencias, en talleres ocupacionales, la «hora del café» no es solo un recreo, sino un espacio estructurado de acción terapéutica.

La preparación del café implica tareas encadenadas que pueden adaptarse a distintos niveles de función: desde elegir la taza, llenar la jarra, calentar el agua, hasta servirlo y recoger. Cada paso puede ser una oportunidad de intervención en motricidad fina, planificación, memoria o comunicación.

Pero más allá de la tarea en sí, está la dimensión simbólica: servir café a otros es ejercer un rol activo, sentirse útil, recuperar agencia. Recibir un café con tu nombre, en tu taza, es también reconocimiento. El café se vuelve entonces mediador entre lo terapéutico y lo emocional, entre lo funcional y lo social.

Conclusión: el derecho a los pla-ceres cotidianos

Terminar un café es, a menudo, empezar otra cosa. Un paseo, una charla, un silencio compartido. Por eso, no es exagerado decir que el café estructura. Organiza. Vuelve a traer a tierra. Y en tiempos de prisa y ruido, eso es un acto casi revolucionario.

Desde la Terapia Ocupacional, defender el derecho al placer cotidiano es también una forma de cuidar. No todo es rehabilitar, ni todo es medir. A veces basta con sostener una taza caliente, con compartir una pausa, con dejar que el aroma del café nos recuerde que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos siendo.

Talavera, con su nombre mitológico y su barro que resiste, nos da lecciones en cada esquina. Y quienes trabajamos con personas, lo sabemos: que hay salud en el ritmo, belleza en lo simple, y esperanza en cada gesto que se hace con sentido.

Por eso, este café no es solo bebida. Es lugar. Es puente. Es presente. Y también es futuro

Cuando el pan duro se convierte en esperanza: lecciones ocupacionales con sabor a canela

Karlos Arguiñano

El pan duro no se tira: se resignifica

No es un secreto que los terapeutas ocupacionales tenemos cierta obsesión con la palabra significativo. Nos pasamos media vida hablando de actividades con sentido, de la importancia del hacer, del valor que tiene encender una radio, pelar una naranja o levantar la persiana. Pues bien: ¿cómo no íbamos a hablar de las torrijas?

Las torrijas son una especie de milagro cotidiano. Un acto humilde y glorioso a la vez: coger pan duro (símbolo universal de lo que ya no sirve) y devolverlo a la vida con leche, huevo, fuego y paciencia. Si esto no es una intervención terapéutica, que baje Florence Clark y lo vea. Porque no hablamos solo de cocinar, sino de intervenir sobre lo que fue útil y ahora está “caducado”, reinsertándolo en una experiencia cargada de sentido. En otras palabras, transformar lo descartable en algo que merece un altar.

Torrijas clásicas

Eso, en esencia, es también la Terapia Ocupacional: dignificar, adaptar, resignificar. Tomar la pérdida de una rutina y devolverle estructura; tomar la limitación de una mano y convertirla en un recurso; tomar el duelo y convertirlo en memoria. Y si la herramienta es la canela y no la plastilina, pues bienvenidas sean las especias.

Torrijas, tiempo y tacto

Cuando una persona prepara torrijas, entra en una dinámica rítmica, casi meditativa. Mojar el pan. Escurrir con cuidado. Pasar por huevo. Freír. Azucarar. Esa repetición estructurada, lejos de ser banal, tiene un enorme valor terapéutico: activa patrones motores, estimula la concentración, regula el sistema nervioso.

En un mundo que nos arrastra por la productividad sin alma, las torrijas nos devuelven al tiempo lento. El tiempo del cuidado, de la espera, del “a fuego medio”. Y ahí está el secreto: en el fuego medio. Ni quemado ni crudo. Ese equilibrio térmico se parece mucho a lo que buscamos en terapia: que la vida no sea ni agobio ni abandono, sino un término medio que se pueda saborear sin quemarse la lengua.

Memoria y miel

En Semana Santa, muchas personas mayores reviven sus recuerdos a través de los sentidos: el olor del anís, la textura del pan mojado, el crepitar de la sartén. Todo eso activa circuitos dormidos. Lo que no puede evocar una foto lo puede hacer una cucharada de torrija caliente.

Y aquí entra una de nuestras herramientas favoritas: la reminiscencia. Porque no se trata solo de recordar por recordar, sino de usar el recuerdo para reconstruir la identidad, reconectar con roles perdidos y fortalecer el sentido de continuidad. “Mi madre las hacía así”, “yo ayudaba a mi tía en la cocina”, “las vendíamos en el bar del pueblo”… Esos relatos surgen mientras se cocina. Y cuando uno habla de sí mientras hace, entonces está sanando. Porque la palabra y la acción, cuando van de la mano, curan más que cualquier crema.

Ocupaciones que pesan más que el incienso

Durante la Semana Santa, muchas personas se enfrentan a lo sagrado desde la procesión, el recogimiento o el ayuno. Pero otras lo hacen desde la cocina, la sobremesa o el silencio compartido en casa. Y en ambos casos, la ocupación es el puente.

La Veronica. Procesión del Santo Entierro. Talavera de la Reina

La torrija es una ocupación espiritual. Sí, como lo lees. No porque se rece al freírla (aunque hay quien lo hace), sino porque conecta con la trascendencia desde lo doméstico. Habla de la muerte (del pan), de la transformación (la leche y el fuego) y de la esperanza (el azúcar al final). Habla de cómo aceptar lo que ha sido y permitir que vuelva a ser.

Cuando en Terapia Ocupacional hablamos de espiritualidad no nos referimos a rezos, sino al sentido profundo que una persona encuentra en su hacer. A veces ese sentido está en cuidar a un nieto; otras, en colocar con mimo las torrijas en una bandeja y saber que ese gesto sostiene la tradición familiar. Hay semanas que se enfrentan con incienso, y otras, con cáscara de limón.

La vida también se digiere

Después de hacer torrijas, viene la segunda parte de la experiencia: comerlas. Pero no se trata solo de tragar calorías. Se trata de celebrar el proceso, de compartir lo hecho, de asumir que lo dulce también necesita un tiempo de digestión. Como el duelo, como la nostalgia.

Santo sepulcro. Procesión del santo entierro. Talavera de la Reina.

La Semana Santa tiene mucho de eso: de digerir lo que se ha perdido, de saborear lo que queda, de aceptar que no todo volverá igual pero sí puede transformarse. Y la cocina se convierte entonces en un laboratorio emocional. Las personas que no pueden ya asistir a una procesión, que no entienden bien el porqué del luto, sí entienden una torrija. Porque el cuerpo recuerda incluso cuando la mente se nubla. Porque hay ocupaciones que no necesitan ser comprendidas para ser sentidas.

Lo que enseñan las torrijas sobre la vida, la muerte y la rehabilitación

Quizás la metáfora sea evidente, pero no por ello menos potente: en terapia ocupacional, como en las torrijas, trabajamos con lo que la vida nos da. A veces el pan está fresco y todo fluye. Pero otras veces está duro, reseco, casi olvidado en el fondo del cajón. Y ahí entramos nosotros: a remojar, a reblandecer, a dar calor, a sacar lo mejor de lo que parecía acabado.

El proceso es lento, a veces incómodo. Se te manchan las manos, se te rompe la rebanada, se te quema una tanda. Y sí, también hay días en que no apetece seguir. Pero cuando una persona recupera el gusto por lo pequeño —por el ritual, por la repetición, por lo suyo— entonces aparece la ocupación significativa. Y eso, queridos, vale más que todos los planes individualizados de intervención del mundo.

Ingredientes de unas torrijas

Y si no salen bien, se mojan más

Porque esto también hay que decirlo: a veces las torrijas no salen bien. Se pasan, se rompen, se enfrían. Como en terapia. A veces el plan no funciona, la persona se frustra, el entorno no acompaña. Pero eso no significa que haya que tirar el pan. A lo mejor solo hay que dejarlo reposar un poco más. Mojarlo más tiempo. Cambiar la receta.

La flexibilidad es clave. En la cocina y en la vida. Y si al final las torrijas no se parecen a las de tu madre, no pasa nada. Son tuyas. Las hiciste tú. Eso también es sanador.

Low cost en terapia ocupacional: ¿Un apoyo accesible o una amenaza oculta?

En el ámbito de la terapia ocupacional y la ortopedia, el acceso a dispositivos terapéuticos y ortopédicos juega un papel vital en la mejora de la calidad de vida de los pacientes. Sin embargo, en los últimos años, ha emergido una práctica que está generando controversia: el uso de dispositivos low cost adquiridos en plataformas como AliExpress o Shein, muchos de los cuales no cumplen con la normativa europea ni cuentan con certificación MDR (Medical Device Regulation). Si bien el argumento económico detrás de esta tendencia puede parecer legítimo, desde el interior del mundo de la ortopedia sabemos que cumplir con los estándares normativos no es un capricho comercial, sino un pilar fundamental de la ética profesional.

El marco normativo en la ortopedia: más que un formalismo

En ortopedia, las normativas no son una mera burocracia; son un sistema cuidadosamente diseñado para garantizar que los dispositivos sean seguros, eficaces y apropiados para cada usuario. La MDR, por ejemplo, establece requisitos estrictos de calidad, evaluación clínica y trazabilidad que deben cumplirse antes de que un producto pueda ser comercializado. Ignorar estas normativas al recurrir a productos de bajo coste sin certificación pone en riesgo tanto al paciente como al profesional.

Como terapeutas ocupacionales que trabajamos en este ámbito, enfrentamos un equilibrio desafiante: por un lado, buscamos que los tratamientos sean accesibles para nuestros pacientes; por otro, sabemos que cualquier decisión que comprometa la seguridad o la calidad puede tener consecuencias graves. A veces, se nos olvida lo crucial que es mantenernos dentro de este marco normativo, especialmente cuando estamos bajo presión para ofrecer soluciones rápidas y económicas.

¿Por qué son esenciales estas normativas?

  1. Seguridad del paciente: Los dispositivos ortopédicos y terapéuticos están diseñados para interactuar directamente con el cuerpo humano, a menudo en estados vulnerables de salud. Cualquier fallo en diseño o fabricación puede tener consecuencias negativas, desde lesiones hasta complicaciones médicas graves.
  2. Eficiencia del tratamiento: Un dispositivo no certificado puede no cumplir con las expectativas terapéuticas, lo que podría retrasar el progreso del paciente o incluso empeorar su condición.
  3. Responsabilidad profesional: Los terapeutas ocupacionales que recurren a dispositivos no regulados podrían enfrentarse a problemas legales si estos causan daño al paciente. Más importante aún, comprometen la ética profesional que sustenta la práctica de la terapia ocupacional.

El malentendido sobre los intereses comerciales

Desde fuera, cumplir con estas normativas podría parecer un intento de «vender más productos» o de favorecer a grandes empresas fabricantes. Sin embargo, los terapeutas ocupacionales que trabajamos en ortopedia sabemos que estas normas no son una estrategia de mercado, sino una defensa de la salud y el bienestar del paciente. No se trata de promocionar dispositivos caros por interés comercial, sino de garantizar que cada herramienta utilizada en tratamiento tenga un respaldo científico y clínico sólido.

Ventajas de los dispositivos de bajo coste

En un contexto donde los presupuestos personales y públicos son cada vez más ajustados, los dispositivos de bajo coste presentan ciertas ventajas innegables:

  1. Accesibilidad económica: Los dispositivos low cost permiten que familias con limitaciones económicas accedan a herramientas terapéuticas que de otro modo serían inaccesibles. Esto, en teoría, podría democratizar el acceso a la terapia ocupacional.
  2. Innovación y variedad: Las plataformas como AliExpress y Shein ofrecen una amplia gama de productos que, aunque no son dispositivos médicos oficiales, pueden inspirar adaptaciones creativas en ciertos contextos terapéuticos.
  3. Velocidad de adquisición: Con envíos rápidos y procesos simplificados, estas plataformas agilizan la adquisición de productos.

No obstante, estas ventajas palidecen frente a los riesgos asociados, especialmente cuando se trata de la salud y el bienestar de los pacientes.

Peligros inherentes al uso de dispositivos no regulados

El uso de dispositivos no regulados entraña riesgos que deben ser evaluados críticamente:

  1. Falta de seguridad: La ausencia de certificaciones como la MDR significa que estos dispositivos no han sido sometidos a pruebas rigurosas de calidad y seguridad. Pueden causar daños físicos, empeorar condiciones preexistentes o ser completamente ineficaces.
  2. Responsabilidad profesional: Los terapeutas ocupacionales tienen el deber ético de garantizar que las herramientas que emplean cumplen con los estándares de calidad. Utilizar dispositivos de plataformas de bajo coste pone en peligro la credibilidad de la profesión y podría tener consecuencias legales.
  3. Impacto en la confianza del paciente: Cuando un paciente se enfrenta a problemas derivados del uso de dispositivos defectuosos, se genera desconfianza hacia el terapeuta y, por extensión, hacia toda la profesión.

Una crítica a los argumentos de accesibilidad económica

Es comprensible que muchos profesionales argumenten que no todos los pacientes pueden permitirse dispositivos de alta gama. Sin embargo, este razonamiento oculta un dilema ético central: ¿debemos comprometer la seguridad en nombre de la accesibilidad? Comparémoslo con el uso de medicamentos. ¿Se justificaría la compra de medicamentos de dudosa procedencia, sólo porque son más baratos? La respuesta probablemente sea un rotundo no. De la misma forma, la terapia ocupacional requiere herramientas cuya seguridad y eficacia estén garantizadas.

¿Por qué recurrir a plataformas como AliExpress y Shein?

El auge de estas plataformas en el ámbito de la terapia ocupacional refleja, en parte, una falta de recursos en muchos sistemas de salud. Sin embargo, esto no exime a los profesionales de su responsabilidad de buscar soluciones éticas y seguras. Antes de recurrir a herramientas de bajo coste, sería más apropiado explorar opciones alternativas:

  1. Subvenciones y programas públicos: Muchas entidades gubernamentales y organizaciones sin ánimo de lucro ofrecen ayudas para adquirir dispositivos médicos regulados.
  2. Rediseño de terapias: En lugar de depender de dispositivos, los terapeutas pueden adaptar ejercicios y técnicas que no requieran herramientas costosas.
  3. Colaboraciones con empresas: Negociar con fabricantes para obtener dispositivos a menor coste sin comprometer la calidad.

El impacto a largo plazo

El uso de dispositivos no regulados no sólo afecta al paciente en el corto plazo, sino que también tiene implicaciones a largo plazo para la profesión. Si los terapeutas ocupacionales continúan recurriendo a estas herramientas, se corre el riesgo de erosionar los estándares de la práctica. Además, la percepción pública de la profesión podría verse dañada, afectando tanto la confianza como el respeto hacia los terapeutas.

Reflexiones finales

La accesibilidad económica es un objetivo legítimo y necesario en terapia ocupacional, pero no debe alcanzarse a costa de la seguridad ni de la ética profesional. Los dispositivos de bajo coste, aunque atractivos por su precio, representan un peligro significativo cuando se utilizan sin regulaciones adecuadas. Como profesionales, los terapeutas ocupacionales tienen la responsabilidad de cuestionar estas prácticas y buscar soluciones que garanticen la calidad del cuidado. La salud y el bienestar de los pacientes deben ser siempre la prioridad, incluso cuando ello suponga un desafío financiero.

La Inteligencia Artificial: Una Herramienta Transformadora en el Día a Día Profesional 🌟

El avance de la tecnología nos ha traído herramientas fascinantes, como ChatGPT, Copilot, Gemini, y otras IA revolucionarias. En el ámbito profesional, estas herramientas tienen el poder de convertirse en aliadas indispensables, capaces de potenciar nuestra eficiencia, creatividad y capacidad de innovación. Pero también es necesario reflexionar sobre su impacto y uso responsable.

En esta entrada, exploraremos cómo la inteligencia artificial puede enriquecer nuestra práctica profesional, los límites éticos que debemos considerar, y cómo evitar caer en una postura de rechazo excesivo que obstaculice el progreso. 🚀

¿Qué puede aportar la IA a los profesionales de salud y educación?

1. Acceso a información y recursos

Herramientas de IA como Copilot pueden ayudarte a buscar información relevante en segundos. Como terapeuta ocupacional, por ejemplo, podrías consultar bases de datos sobre investigaciones actuales para mejorar tu práctica clínica, generar ideas para sesiones terapéuticas o incluso analizar tendencias en ortopedia. 📚

2. Optimización de tareas rutinarias

¿Quién no ha pasado horas organizando horarios, redactando documentos o preparando contenido para un blog? Con IA, puedes delegar tareas repetitivas para concentrarte en lo que realmente importa: la calidad del cuidado y el aprendizaje de tus pacientes. ✍️

3. Creatividad sin límites

Imagina combinar tu experiencia profesional con las ideas que puede generar una IA. Ya sea diseñando contenido educativo para pacientes o creando estrategias terapéuticas nuevas, la IA puede ser la chispa creativa que estabas buscando. 💡

Los límites necesarios: Ética y sostenibilidad

Aunque el entusiasmo por la IA es comprensible, debemos abordar ciertos desafíos que trae consigo. El uso ilimitado y desenfrenado puede conducir a problemas éticos y medioambientales, pero esto no significa que debamos rechazar la tecnología en su totalidad.

Impacto ambiental 🌍

El uso de IA requiere grandes cantidades de energía, lo que inevitablemente tiene un impacto ambiental. Sin embargo, muchas actividades humanas tradicionales, como la ganadería intensiva, generan aún más contaminación y perjuicio ecológico. ¿Qué hacemos entonces? En lugar de evitar la IA por completo, debemos buscar formas sostenibles de implementarla: tecnologías más limpias, algoritmos optimizados y educación sobre el impacto de nuestras elecciones.

Privacidad y datos personales 🔒

Otro tema crucial es el manejo responsable de los datos personales en herramientas de IA. Como profesionales, debemos estar atentos a las políticas de privacidad y seguridad de estas plataformas para proteger tanto nuestra información como la de nuestros pacientes.

El equilibrio humano-tecnológico 🤝

Un riesgo es depender excesivamente de estas herramientas, descuidando habilidades humanas como el juicio crítico, la empatía y la creatividad innata. Es importante recordar que la IA debe complementar nuestras capacidades, no reemplazarlas.

El progreso y la doble vara: Reflexión sobre la crítica excesiva

En ocasiones, la tecnología como la inteligencia artificial es víctima del snobismo o crítica desmedida. Mientras algunos señalan el impacto ambiental de la IA, ignoran que otras prácticas cotidianas generan mayores problemas ecológicos. Este doble estándar es una invitación para reflexionar sobre nuestro enfoque hacia el progreso.

El progreso tecnológico nos ha llevado lejos: desde la medicina moderna hasta la comunicación instantánea global. Es justo cuestionar su impacto, pero no debemos rechazarlo a ciegas. Adoptar una perspectiva equilibrada es clave para avanzar sin perder nuestras raíces culturales, intelectuales y éticas. 🌟

Un llamado a la acción: ¿Cómo usar la IA de manera creativa y responsable?

  1. Infórmate constantemente: Aprende sobre cómo funcionan estas herramientas, sus beneficios y sus limitaciones.
  2. Sé ético: Usa IA para el bien, respetando la privacidad y considerando su impacto ambiental.
  3. Complementa, no sustituyas: Deja que la IA te apoye, pero no pierdas tu esencia profesional ni tu creatividad humana.
  4. Promueve el diálogo: Ayuda a educar a otros sobre cómo usar la IA de forma equilibrada y enriquecedora.

¡El progreso está en nuestras manos! 💪🌱

Conclusión

La inteligencia artificial no es ni un enemigo ni una solución mágica; es una herramienta poderosa que requiere un uso consciente y creativo. Como profesionales, tenemos la responsabilidad de integrar estas tecnologías en nuestras vidas de manera que contribuyan a la cultura, la educación y la inteligencia colectiva.

El futuro está aquí, y nosotros tenemos el poder de decidir cómo darle forma. ¿Cómo vas a usar la IA en tu día a día profesional? 🚀🤔

Cuando la ocupación salvó vidas: Europa, la guerra y el nacimiento de una profesión

Introducción

La Terapia Ocupacional, tal como la entendemos hoy, es el resultado de un largo proceso histórico marcado por guerras, transformaciones sociales, avances médicos y nuevas formas de entender la salud y la funcionalidad humana. Europa fue un escenario fundamental para este desarrollo, especialmente durante los periodos de entre guerras y posguerra. Más tarde, en España, la disciplina fue abriéndose paso de forma gradual hasta consolidarse como una profesión universitaria y reconocida.

Esta entrada recoge, en profundidad, cómo la Terapia Ocupacional evolucionó en Europa entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cómo se transformó después de la Segunda Guerra Mundial, y cómo llegó y se desarrolló en España desde los años 60 hasta la actualidad

La Terapia Ocupacional entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial

El impacto de la Primera Guerra Mundial

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Europa enfrentó un desafío colosal: atender a millones de soldados heridos y a una población civil profundamente afectada. Las lesiones físicas eran numerosas, pero también lo eran las secuelas emocionales. Fue en este contexto donde la ocupación comenzó a utilizarse de forma más sistemática como herramienta de rehabilitación.

Los hospitales militares europeos empezaron a incorporar actividades manuales y artesanales con fines terapéuticos. Carpintería, costura, alfarería o encuadernación dejaron de ser simples pasatiempos y pasaron a formar parte de planes de tratamiento. Estas actividades ayudaban no solo a recuperar funciones motoras, sino también a reconstruir la autoestima, el sentido del propósito y la conexión social de los pacientes.

Iniciativas institucionales en Europa

En el Reino Unido, por ejemplo, se crearon puestos específicos como “instructores de manualidades” y se impulsaron programas en colaboración con organizaciones benéficas. Alemania, Francia y los Países Bajos también desarrollaron iniciativas similares, aunque sin una estructura profesional clara. El término “terapia ocupacional” todavía no era común, pero las bases ya estaban puestas.

La Segunda Guerra Mundial: un punto de inflexión para la rehabilitación

Una nueva dimensión de la atención sanitaria

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los avances tecnológicos en cirugía y medicina de emergencia permitieron salvar muchas más vidas que en la guerra anterior. Sin embargo, también aumentó el número de personas con discapacidades permanentes: amputaciones, lesiones medulares, ceguera, daño cerebral, entre otras.

La necesidad de ofrecer una recuperación integral, que incluyera la reintegración laboral y social, generó un entorno propicio para la consolidación de la Terapia Ocupacional como disciplina. En muchos hospitales militares y centros de rehabilitación, terapeutas ocupacionales comenzaron a formar parte de los equipos sanitarios de forma habitual.

Consolidación académica y profesional

Tras la guerra, se establecieron las primeras escuelas de Terapia Ocupacional en países como el Reino Unido, Suecia y Dinamarca. Estas instituciones ofrecían programas formativos especializados que combinaban conocimientos médicos, psicológicos y prácticos. Además, se fundaron asociaciones profesionales que impulsaron la investigación, el reconocimiento legal y la creación de estándares éticos.

Los terapeutas ocupacionales empezaron a trabajar no solo con soldados, sino también con civiles que requerían atención por enfermedades crónicas, discapacidades infantiles, secuelas de accidentes o problemas de salud mental.

La reconstrucción europea y el papel clave de la Terapia Ocupacional

La Europa de posguerra

El periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial fue uno de reconstrucción a todos los niveles. En el ámbito sanitario, esto se tradujo en la necesidad de crear sistemas públicos de salud más inclusivos y multidisciplinares. La Terapia Ocupacional encontró aquí su lugar natural.

Muchos países europeos comenzaron a incorporar terapeutas ocupacionales en hospitales generales, centros psiquiátricos, escuelas especiales y servicios sociales. La disciplina evolucionó rápidamente y se expandió a nuevas áreas: salud mental, geriatría, educación especial y rehabilitación comunitaria.

Expansión profesional

Durante los años 50 y 60, la Terapia Ocupacional se institucionalizó en países como:

  • Reino Unido: Con la creación del Council for the Training and Registration of Occupational Therapists.
  • Suecia y Noruega: Con programas pioneros en TO psiquiátrica.
  • Francia y Alemania: Con el desarrollo de escuelas y centros de formación profesional.

Se consolidó así un modelo europeo de Terapia Ocupacional centrado en el ser humano, con una fuerte base ética, educativa y comunitaria.

Terapia Ocupacional en España: de los inicios formales a la consolidación

Años 60: los primeros pasos

En España, la Terapia Ocupacional comenzó su camino más tarde que en otros países europeos. Fue en 1964 cuando se fundó en Madrid la primera Escuela de Terapia Ocupacional, bajo la tutela de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles). Este fue un paso fundamental para introducir la disciplina en el ámbito sanitario español.

En esta etapa se fundó la Asociación Profesional Española de Terapeutas Ocupacionales (APETO), que jugó un papel fundamental en la promoción, defensa y desarrollo de la profesión. La TO se fue incorporando progresivamente en hospitales públicos, centros de salud mental y dispositivos de atención social

Durante esta etapa, la Terapia Ocupacional estuvo principalmente ligada a la rehabilitación física y a la atención de personas con discapacidad visual o motora. También tuvo un papel relevante en algunos hospitales psiquiátricos, aunque de manera más limitada y con un enfoque aún asistencial.

Años 70 y 80: profesionalización y expansión

Con la llegada de la democracia y la reforma del sistema sanitario español, la Terapia Ocupacional empezó a ganar visibilidad. Se crearon nuevas escuelas universitarias en ciudades como Barcelona, Valencia y Sevilla, y se empezaron a formar terapeutas en todo el país.

Años 90: reconocimiento académico y diversificación

La década de los 90 trajo consigo una reforma educativa que permitió que la Terapia Ocupacional pasara a ser una diplomatura universitaria oficial. Esto supuso una mejora en la calidad de la formación, un aumento de la oferta académica y una mayor profesionalización del colectivo.

Además, la disciplina se expandió hacia nuevos ámbitos de intervención:

  • Geriatría: en residencias y centros de día.
  • Pediatría y atención temprana: trabajando con niños con trastornos del desarrollo.
  • Salud mental comunitaria: apoyando la desinstitucionalización y la inclusión social.
  • Discapacidad intelectual: fomentando la autonomía y la participación.

Siglo XXI: grado universitario y proyección internacional

Con la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), la Terapia Ocupacional se convirtió en un Grado universitario de 4 años con reconocimiento internacional. Actualmente, se puede estudiar en más de 10 universidades públicas y privadas de España.

La profesión también ha ganado terreno en investigación, innovación tecnológica, intervención comunitaria y desarrollo de productos de apoyo. Hoy en día, el terapeuta ocupacional español trabaja en hospitales, colegios, centros penitenciarios, asociaciones, atención domiciliaria, empresas tecnológicas y proyectos de cooperación internacional.

Conclusión

La historia de la Terapia Ocupacional en Europa y España es una historia de reconstrucción, adaptación y compromiso con las personas. Nació en el contexto de las guerras, pero floreció en tiempos de paz. Pasó de ser una ayuda puntual para heridos de guerra a convertirse en una profesión sanitaria fundamental para miles de personas con diferentes necesidades.

En Europa, la disciplina se profesionalizó tras la Segunda Guerra Mundial y encontró su lugar en sistemas públicos de salud cada vez más integrados. En España, aunque más tarde, siguió un camino sólido y hoy forma parte esencial del abordaje biopsicosocial en salud, educación y servicios sociales.

La Terapia Ocupacional no es solo una técnica: es una forma de ver al ser humano en su totalidad, de trabajar con lo que le da sentido, y de acompañarlo en su camino hacia una vida más autónoma, digna y significativa.

De las trincheras a la independencia: Terapia Ocupacional, Prótesis y rehabilitación tras la guerra

El impacto de las Guerras Mundiales en la terapia ocupacional fue profundo y transformador, dejando un legado duradero en la manera en que se entiende y aplica la rehabilitación física y vocacional hoy en día. La magnitud de estos conflictos exigió respuestas sin precedentes para atender a miles de soldados que regresaban con lesiones graves, muchas veces permanentes, impulsando un desarrollo acelerado en las prácticas terapéuticas, así como en la creación de tecnologías y ayudas técnicas.

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se produjo una cantidad alarmante de heridos, con amputaciones, fracturas, lesiones craneales y condiciones psiquiátricas nunca antes vistas en tal magnitud. Este panorama impulsó la necesidad urgente de terapias efectivas para restaurar la capacidad funcional de los soldados y facilitar su reincorporación a la vida civil y laboral. Fue entonces cuando la Terapia Ocupacional emergió como una disciplina clave, ofreciendo un enfoque holístico y funcional centrado en el uso terapéutico de actividades significativas para promover la recuperación física y emocional.

La demanda creciente de atención especializada generó la creación de programas de formación acelerados para terapeutas ocupacionales, especialmente en Estados Unidos, Canadá y Reino Unido. Profesionales como Eleanor Clarke Slagle, William Rush Dunton y Thomas Bissell Kidner jugaron roles fundamentales en la capacitación y desarrollo de técnicas específicas para la rehabilitación vocacional y física. Slagle, por ejemplo, implementó programas estructurados de formación en hábitos y rutinas para soldados con traumas psiquiátricos, reconociendo que una ocupación regular podía restaurar la estabilidad emocional y social.

Thomas Kidner se destacó particularmente en el ámbito de la rehabilitación vocacional durante la Primera Guerra Mundial. En Canadá, Kidner dirigió programas que enfatizaban la necesidad de mantener las habilidades laborales y evitar que los soldados lesionados cayeran en la inactividad. Sus iniciativas en adaptación de puestos de trabajo y orientación vocacional fueron pioneras en lo que hoy conocemos como ergonomía y diseño universal.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) intensificó aún más estas tendencias, debido a una cifra aún más alta de soldados con discapacidad física y psicológica. La innovación médica y tecnológica adquirió un ritmo acelerado, impulsada por las necesidades críticas generadas por la guerra. Durante este período, se observó una evolución importante en la fabricación de prótesis y órtesis, herramientas fundamentales que permitían la recuperación de la funcionalidad perdida. El avance en el uso de materiales más ligeros y resistentes facilitó prótesis más cómodas y efectivas, permitiendo a los soldados heridos recuperar una mayor autonomía en sus actividades diarias.

Las guerras también impulsaron innovaciones en ayudas técnicas y dispositivos asistenciales, orientados a mejorar la independencia funcional de las personas. Ejemplos incluyen utensilios adaptados para la alimentación y vestimenta, equipos para movilidad personal y modificaciones arquitectónicas para facilitar el acceso en hogares y espacios públicos. Estos desarrollos sentaron bases importantes para la accesibilidad universal, reconociendo por primera vez la necesidad de adaptar el entorno a las capacidades diversas de las personas.

Los avances médicos durante la Segunda Guerra Mundial, particularmente en el manejo de infecciones y tratamientos quirúrgicos más efectivos, aumentaron significativamente la supervivencia de los soldados heridos, generando así un mayor número de personas que requerían atención rehabilitadora a largo plazo. Este fenómeno estimuló el crecimiento y especialización de la medicina física y rehabilitadora, disciplinas que trabajaron en estrecha colaboración con la Terapia Ocupacional.

La creación de centros especializados en rehabilitación durante y después de la Segunda Guerra Mundial fue otro avance crucial. Instituciones como el Walter Reed Army Medical Center en Estados Unidos y el Stoke Mandeville Hospital en Reino Unido se convirtieron en referentes internacionales en la atención integral del soldado lesionado. Estos centros ofrecían tratamientos multidisciplinarios que combinaban fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia y psicología, sentando las bases para el modelo interdisciplinar que prevalece hoy en día.

Además, el desarrollo de la rehabilitación vocacional adquirió una relevancia significativa durante el período de posguerra, con legislaciones específicas como el Vocational Rehabilitation Act en Estados Unidos, que promovía el retorno laboral de los veteranos discapacitados mediante capacitación, educación y adaptación de empleos. Este enfoque no solo beneficiaba a los soldados individualmente, sino que respondía también a una necesidad social y económica de reincorporar a miles de veteranos a la vida productiva.

El impacto psicológico de la guerra, especialmente visible en los casos de «neurosis de guerra» o trastorno por estrés postraumático, también influyó en el desarrollo de la Terapia Ocupacional en el ámbito psiquiátrico. La ocupación terapéutica se reveló como una herramienta eficaz para ayudar a los soldados a gestionar el trauma emocional, facilitando una recuperación integral y una transición más suave hacia la vida civil. Actividades artísticas, artesanales y laborales se emplearon extensivamente para reducir los síntomas de ansiedad, depresión y aislamiento social asociados al trauma bélico.

La influencia de estos conflictos mundiales continúa presente en la práctica contemporánea de la Terapia Ocupacional, manifestándose en la amplia gama de intervenciones disponibles hoy. El énfasis en el uso terapéutico de actividades significativas, la importancia de la rehabilitación vocacional y la creación de prótesis y ayudas técnicas son solo algunos ejemplos del legado duradero de las guerras en esta profesión esencial de la salud.

En definitiva, el impacto de las Guerras Mundiales no solo transformó la práctica clínica y tecnológica, sino que también consolidó a la Terapia Ocupacional como una disciplina imprescindible para la rehabilitación integral y la independencia funcional, beneficiando a millones de personas en todo el mundo.

Constructores de esperanza: Los nombres detrás de la Terapia Ocupacional

La Terapia Ocupacional se instituyó oficialmente el 15 de marzo de 1917 en Clifton Springs, Nueva York, con la creación de «The National Society for the Promotion of Occupational Therapy». Este evento representó la formalización de una práctica que ya se venía gestando desde décadas anteriores, gracias al trabajo y la visión de seis pioneros clave.

George Edward Barton (1871-1923) fue una figura central y el principal promotor inicial del término «terapia ocupacional». Arquitecto de formación, Barton vivió experiencias personales intensas con la discapacidad y enfermedad, lo cual transformó profundamente su enfoque hacia la rehabilitación. Después de contraer tuberculosis y posteriormente experimentar amputaciones parciales y parálisis temporal, Barton decidió convertir su sufrimiento en acción positiva. Viajó a Inglaterra, donde conoció el Movimiento de Artes y Oficios, especialmente influenciado por las ideas de William Morris, que valoraban enormemente el trabajo manual y artesanal como medios para restaurar la dignidad y la autonomía humana. De regreso en Estados Unidos, Barton fundó en 1914 la «Consolation House», una instalación pionera diseñada específicamente para ayudar a pacientes en recuperación mediante actividades ocupacionales. Su enfoque destacaba por enfatizar que las ocupaciones terapéuticas debían ser significativas y adaptadas a cada individuo, viendo cada actividad como una forma específica de terapia equivalente a una medicina.

William Rush Dunton Jr. (1868-1966), reconocido como el «padre de la Terapia Ocupacional», era psiquiatra de profesión y trabajó en el «Sheppard and Enoch Pratt Hospital» en Maryland. Dunton aplicó por primera vez la ocupación como tratamiento psiquiátrico formal, influido directamente por el Tratamiento Moral de Benjamin Rush, de quien era descendiente. Dunton escribió numerosos textos fundamentales en los que subrayaba el valor de la ocupación tanto en la recuperación física como mental. Entre sus aportaciones más notables está la publicación «Reconstruction Therapy», en la que detalló cómo la ocupación podría contribuir a la recuperación funcional post-guerra, anticipando lo que sería luego la rehabilitación física moderna. Dunton promovía la necesidad de una estrecha relación entre la terapia ocupacional y la medicina, destacando la importancia de diagnósticos ocupacionales individualizados como base para planes de tratamiento efectivos.

Eleanor Clarke Slagle (1870-1942), denominada frecuentemente la «madre de la Terapia Ocupacional», fue esencial en la formación de la disciplina. Trabajadora social de formación en la famosa Hull House de Jane Addams en Chicago, Slagle recibió influencias del movimiento «Settlement House», que combinaba atención social y educación en hábitos saludables. Sus programas en el hospital Johns Hopkins bajo la dirección del psiquiatra Adolf Meyer marcaron la importancia del entrenamiento en hábitos, enfocándose en establecer rutinas estructuradas para pacientes psiquiátricos, contribuyendo así a su estabilidad emocional y social. Su legado se mantiene vivo en la profesión hasta el punto de que la Asociación Americana de Terapia Ocupacional otorga cada año la prestigiosa «Lectura Eleanor Clarke Slagle» en su honor.

Susan Cox Johnson (1876-1932) aportó al nacimiento de la profesión desde su formación en Artes y Oficios, enfatizando que la calidad estética y funcional del producto realizado por los pacientes reflejaba directamente su salud mental y física. Su perspectiva destacaba el trabajo artesanal como medio para recuperar la dignidad del individuo, promoviendo así un método terapéutico basado en la calidad y utilidad social del trabajo realizado. Johnson enseñaba que el valor terapéutico estaba no solo en la actividad en sí, sino en su resultado, fomentando una valoración social positiva que influía favorablemente en el estado anímico y la autoestima del paciente.

Thomas Bissell Kidner (1866-1932), arquitecto canadiense, aportó una perspectiva crucial centrada en la rehabilitación vocacional. Kidner dirigió programas de rehabilitación vocacional para soldados durante y después de la Primera Guerra Mundial, subrayando la importancia de la ocupación como medio de reincorporar a los individuos a la vida productiva tras lesiones graves. Kidner también destacó la necesidad de adaptar los espacios físicos y laborales a las necesidades específicas de las personas con discapacidades, sentando así bases tempranas para la ergonomía moderna y la accesibilidad universal. Su trabajo enfatizaba que la ocupación debía adaptarse al paciente y no al revés, planteando ideas avanzadas sobre el diseño universal y la adaptación del entorno como medio terapéutico esencial.

Isabel Gladwin Newton fue una figura menos visible en la historia temprana, pero igualmente fundamental. Esposa de George Barton, Newton desempeñó un rol clave en la consolidación administrativa y organizacional de la profesión. Fue la primera secretaria de la «National Society for the Promotion of Occupational Therapy», rol desde el cual facilitó la comunicación, organización y promoción del nuevo campo profesional. Aunque su trabajo no fue tan visible clínicamente como el de sus colegas, Newton aseguró que las ideas innovadoras fueran sistematizadas, documentadas y promovidas adecuadamente, dando estabilidad y visibilidad a la profesión desde sus primeros pasos.

Cada uno de estos fundadores aportó perspectivas únicas que en conjunto formaron una base diversa y sólida para la terapia ocupacional. Desde el énfasis de Barton en la individualización terapéutica, pasando por la visión médica integral de Dunton, la importancia de los hábitos en Slagle, la valoración estética de Johnson, el enfoque ergonómico y vocacional de Kidner y la sistematización administrativa de Newton, estos pioneros sentaron las bases para una disciplina multifacética que ha perdurado y se ha expandido durante más de un siglo.

La terapia ocupacional desde entonces se ha desarrollado enormemente, ampliando sus horizontes hacia diversas áreas como pediatría, geriatría, salud mental comunitaria, discapacidad intelectual y física, manteniendo vivo el legado de estos visionarios que reconocieron la ocupación como un medio esencial para la salud, la independencia y la dignidad humana.