Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (III)

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Parte 3: Simular con las manos para planificar con el corazón

La magia de las manos: simulación de soporte postural

Tras el análisis en decúbito y la observación de la sedestación sin apoyo, llega el momento de recrear con nuestras manos la postura ideal que queremos lograr. Este paso, conocido como hand simulation, es quizás uno de los más potentes y subestimados en el proceso de evaluación.

Consiste en usar nuestras propias manos (y, a veces, el cuerpo entero) para posicionar la pelvis, el tronco, la cabeza, las piernas y los pies de la persona. De esta forma, podemos comprobar en tiempo real:

  • Si la postura es cómoda.
  • Si se mantiene estable.
  • Si la persona puede realizar actividades funcionales desde esa posición.
  • Si es realista reproducirla con un sistema postural estándar o a medida.

Esta simulación permite anticipar la configuración futura de la silla: tipo de respaldo, altura del soporte, necesidad de soportes laterales, ángulo asiento-respaldo, apoyos pélvicos, cabeceros, cinturones… pero sobre todo, permite comprobar si el cuerpo acepta y agradece esa posición.

Durante esta fase es clave preguntar y escuchar. No demos por sentado que una postura “alineada” será automáticamente preferida. Tal vez alinear la pelvis duela. Tal vez enderezar la columna genere fatiga. Tal vez ese ángulo que nos parece clínicamente perfecto, para la persona no tiene sentido. No lo sabremos si no lo preguntamos.

Acomodar no es rendirse

Una de las claves más poderosas que debemos interiorizar como profesionales es que acomodar no es claudicar. No todos los cuerpos pueden —ni deben— alcanzar la postura “ideal”. Hay personas con escoliosis estructural, con oblicuidades pélvicas fijas, con acortamientos musculares, con deformidades rígidas. Forzarlas a corregirse solo genera dolor, daño e incomodidad.

Acomodar una postura no reducible implica:

  • Respetar la forma del cuerpo.
  • Proteger las prominencias óseas.
  • Distribuir la presión de forma equitativa.
  • Encontrar un punto de equilibrio funcional, aunque no sea simétrico.

La tecnología ortopédica actual nos permite diseñar asientos asimétricos, respaldos moldeados, cojines con zonas de descarga específicas, y estructuras que respetan el cuerpo tal como es. El reto no es enderezar al usuario, sino ayudarle a vivir bien desde su postura real.

No hay postura sin función

Una buena postura no es un fin en sí mismo. Es un medio para alcanzar algo más importante: funcionalidad y participación. Una persona no necesita estar perfectamente erguida si eso le impide escribir, cocinar, conducir su silla, hablar, mirar el entorno o descansar.

Por eso, durante el proceso de simulación y evaluación postural, debemos plantearnos:

  • ¿Desde esta postura puede realizar las actividades que desea?
  • ¿Puede mirar al frente, a sus interlocutores, a la pantalla?
  • ¿Puede manipular objetos, dispositivos, controles?
  • ¿Puede realizar transferencias con seguridad?
  • ¿Puede descansar cuando lo necesita?

Es frecuente encontrar sillas diseñadas con obsesión por la simetría que, sin embargo, inhabilitan a la persona para tareas esenciales. Peor aún: que la incomodan, la castigan o la infantilizan. Repetimos: la postura tiene sentido si favorece la función, no si la sabotea.

El entorno como co-terapeuta

Una silla de ruedas no vive en el vacío. Habita el entorno: el hogar, la calle, el transporte, el trabajo, la escuela. Por eso, una evaluación incompleta del contexto puede arruinar un ajuste clínicamente impecable.

Preguntas esenciales:

  • ¿Cabe la silla por las puertas del hogar?
  • ¿Se puede maniobrar en la cocina, el baño, el dormitorio?
  • ¿La persona usa coche propio? ¿Cómo transporta la silla?
  • ¿Usa transporte público? ¿Hay espacio y accesibilidad?
  • ¿Cómo son los suelos, los bordillos, las pendientes habituales?

Por ejemplo, una silla perfectamente ajustada que no cabe en el ascensor obliga a la persona a usar otra silla distinta para salir de casa. O una silla tan pesada que no se puede cargar en el maletero genera dependencia de terceros. O una configuración demasiado voluminosa impide el acceso a mesas, escritorios o pupitres.

No olvidemos: la libertad se construye también desde los centímetros.

Evaluación interdisciplinar: equipo en red, usuario al centro

Una evaluación de sedestación no debería ser un acto solitario. Cuanto más interdisciplinario sea el enfoque, más rica y precisa será la solución. Idealmente, el proceso debería contar con:

  • Terapeuta ocupacional: especialista en función, posicionamiento, entorno y actividades significativas.
  • Fisioterapeuta: experto en biomecánica, movilidad, tono muscular y manejo postural.
  • Médico rehabilitador: supervisión clínica y coordinación de tratamientos.
  • Técnico ortoprotésico / proveedor de tecnología de apoyo: traduce las necesidades clínicas en productos reales, viables y seguros.
  • La propia persona usuaria y su entorno: la fuente primaria de conocimiento, experiencias, objetivos y preferencias.

Cuando todos estos actores trabajan en red, centrando la escucha en la persona, los resultados no solo son más efectivos… son más humanos.

Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (II)

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Parte 2: El cuerpo habla… si sabemos escucharlo

El cuerpo en reposo revela la verdad

Una vez que la persona ha sido situada en decúbito, comienza una de las fases más reveladoras del proceso clínico: la exploración de la pelvis. Aquí no hablamos solo de huesos, sino de una arquitectura fundamental para la postura y el movimiento. La pelvis es el cimiento de la sedestación. Si la base está mal posicionada, todo lo que se construya encima será inestable o perjudicial.

Durante la evaluación clínica se identifican tres elementos esenciales del posicionamiento pélvico:

  1. Basculación pélvica (tilt): ¿La pelvis está neutra, basculada hacia atrás (sacral sitting) o hacia delante?
  2. Oblicuidad pélvica: ¿Un lado de la pelvis está más alto que el otro?
  3. Rotación pélvica: ¿Un lado de la pelvis está adelantado respecto al otro?

Estas tres dimensiones deben ser observadas tanto en decúbito (donde la gravedad está «eliminada») como en sedestación. ¿La pelvis puede corregirse pasivamente? ¿O estamos ante una deformidad fija que debe ser acomodada con tecnología de apoyo?

Aquí, el juicio clínico es clave. Saber diferenciar entre una postura adoptada por mal hábito y una contractura estructural implica tomar decisiones muy distintas: una puede tratarse con terapia y apoyo progresivo; la otra requiere soluciones inmediatas de posicionamiento para prevenir daño.

Las caderas no mienten (pero los isquios pueden sabotearlas)

Una de las pruebas más críticas es la de flexión de cadera con pelvis en neutro, para valorar el ángulo muslo-tronco real. Es decir, no cuánta flexión de cadera aparenta tener la persona, sino cuánta puede alcanzar sin que la pelvis se incline hacia atrás.

Esto nos da el rango funcional de sedestación. Si ese ángulo es de solo 100 grados, forzar una silla con un respaldo a 90 grados será una sentencia de deslizamiento y presión sacra. Lo que sigue es muy habitual: la persona se resbala, se sienta “en retroceso”, se acomoda mal… y aparecen las úlceras.

De igual manera, debemos valorar la relación muslo-pierna (ángulo poplíteo). Si los isquiotibiales están acortados, forzar la extensión completa de rodillas en la silla provocará tracción de la pelvis hacia atrás y, otra vez, sacral sitting. La mayoría de los usuarios que “se escurren” no lo hacen por desidia, sino porque su cuerpo está tratando de encontrar alivio a una tensión insostenible.

Por eso, si queremos que una persona mantenga una postura saludable, debemos respetar lo que su cuerpo nos está diciendo. No se trata de “corregirlo”, sino de acompañarlo.

De “abducido” a “acomodado”: las caderas y sus misterios

Cuando una persona adopta una postura de “piernas abiertas” (abducción), de “piernas cruzadas” (aducción) o presenta una posición “windswept” o en ráfaga (ambas piernas orientadas hacia el mismo lado), debemos preguntarnos:

  • ¿Es una preferencia postural o una necesidad impuesta por el cuerpo?
  • ¿Hay dolor al intentar corregir la alineación?
  • ¿Existe una luxación o subluxación de cadera?

Una buena evaluación busca diferenciar entre posturas reducibles y fijas. No es lo mismo una abducción que se corrige con un leve movimiento, que una aducción rígida que provoca dolor. Forzar la corrección de una deformidad fija puede provocar más daño que beneficio.

Si el objetivo es la comodidad, la alineación funcional y la prevención de lesiones, a veces la respuesta no está en forzar al cuerpo a una postura “ideal”, sino en acomodar esa postura de manera estable, segura y digna.

¿Y los pies? Los grandes olvidados

El posicionamiento de los pies puede parecer un detalle menor, pero tiene un impacto directo en la postura, la estabilidad, la circulación e incluso el dolor.

  • Un pie en inversión o eversión puede condicionar la distribución de peso.
  • Un tobillo en flexión plantar fija impedirá que el pie repose bien sobre el reposapiés.
  • Una falta de soporte adecuado puede provocar deslizamientos o aumentar la presión en el sacro.

Si no se puede lograr un ángulo pie-pierna de 90 grados, tal vez sea necesario un reposapiés ajustable. O, en casos más complejos, considerar el uso de una órtesis tipo AFO para alinear y proteger el pie.

Los pies son el final de la cadena postural, pero no por eso son menos importantes. Una silla de ruedas bien ajustada debe considerar también este detalle.

Sentarse de verdad: la prueba de fuego

Después del mat assessment llega el momento clave: la sedestación sin apoyos. Aquí observamos cómo reacciona la persona ante la gravedad real. ¿Puede mantenerse erguida? ¿Requiere usar las manos para no caer? ¿Se desploma hacia un lado?

Existen tres categorías clínicas básicas para clasificar el tipo de control postural en sedestación:

  1. Sedestación con manos libres (hands-free sitter): Puede sentarse erguido sin usar las manos. Necesita mínimos apoyos posturales.
  2. Sedestación dependiente de manos (hands-dependent sitter): Solo se mantiene erguido usando las manos como apoyo. Requiere respaldo y soporte lateral.
  3. Sedestación propensa a colapsar (prop sitter): No puede mantener la sedestación ni siquiera con las manos. Requiere soporte total, a menudo a medida.

Saber en qué categoría se encuentra una persona permite planificar de forma mucho más precisa el sistema de respaldo, los apoyos laterales, cinturones, arneses o incluso el uso de respaldo moldeado.

La piel no olvida: integridad cutánea y riesgo de úlceras

Una evaluación de sedestación no puede ignorar el riesgo de lesiones por presión. A menudo, los primeros signos de alerta están en la piel:

  • Cambios de coloración persistentes.
  • Áreas de enrojecimiento que no desaparecen.
  • Zonas endurecidas, calientes o con dolor al tacto.

El uso de escalas como la Braden permite sistematizar el riesgo. Pero más allá de los números, hay dos variables clave a tener en cuenta:

  1. Sensibilidad alterada: Si la persona no siente incomodidad al estar mucho tiempo sentada, es más probable que no se mueva y genere presión continua.
  2. Capacidad de reposicionarse: Incluso con buena sensibilidad, si no puede moverse por sí sola, necesitará sistemas que le permitan hacerlo (por ejemplo, tilt o reclinación eléctrica).

Una silla de ruedas mal ajustada puede ser, literalmente, una fuente de daño. Pero también puede ser una herramienta terapéutica: distribuir presión, ofrecer descanso, mantener la piel sana.

Escuchar, ajustar, repetir

Una evaluación nunca es un evento único. Es un proceso continuo, en el que las necesidades cambian, el cuerpo evoluciona, y las preferencias personales también. Por eso, la escucha activa es el principio y el final del proceso.

Como profesionales, debemos evitar caer en el automatismo de “recetar” un tipo de silla según el diagnóstico. Dos personas con parálisis cerebral pueden tener necesidades radicalmente distintas. Un usuario con esclerosis múltiple puede requerir hoy un tipo de sistema y dentro de seis meses, otro.

El secreto está en construir soluciones vivas, flexibles, adaptadas al presente de la persona… y abiertas a su futuro.

Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (I)

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Parte 1: El punto de partida siempre es la persona

Hablar de sillas de ruedas es hablar de libertad. De límites que se negocian con inteligencia, y de cuerpos que buscan moverse, habitar, existir. Sin embargo, para que una silla de ruedas sea realmente una herramienta de participación y autonomía —y no un obstáculo o una fuente de dolor— necesitamos algo más que buena voluntad: necesitamos evaluación clínica precisa, criterio técnico y escucha activa. Mucha escucha activa.

¿Qué entendemos por evaluación de sedestación y movilidad?

Una evaluación de sedestación y movilidad es un proceso clínico completo en el que se analizan las capacidades, necesidades y riesgos de una persona que necesita utilizar una silla de ruedas o un sistema de apoyo postural. Esta evaluación contempla no solo aspectos físicos y posturales, sino también factores sociales, psicológicos, ambientales y de participación.

Desde la perspectiva clínica, sedestación y movilidad son elementos interdependientes. No podemos hablar de uno sin el otro: una mala sedestación puede impedir la movilidad, y una movilidad inadecuada puede derivar en posturas dañinas o en lesiones por presión. Por tanto, el objetivo no es solo “poner a alguien en una silla”, sino entender cómo esa persona se moverá, vivirá, trabajará o estudiará desde ella.

Las 4 etapas clave de la provisión de una silla de ruedas (según la OMS)

La Organización Mundial de la Salud (2023) resume el proceso de provisión de sillas de ruedas en cuatro pasos esenciales:

  1. Selección: Incluye la evaluación personalizada y la elección del dispositivo adecuado. No existen soluciones estándar. Cada cuerpo, cada vida, necesita una respuesta única.
  2. Ajuste (fitting): Es el ensamblaje y configuración del sistema para que ofrezca el mejor soporte postural, funcionalidad y confort.
  3. Entrenamiento: Abarca tanto al usuario como a quienes lo asisten. Instrucción en habilidades de manejo, transferencias, mantenimiento y estrategias de posicionamiento.
  4. Seguimiento: Revisión periódica y resolución de problemas. La silla de ruedas debe seguir respondiendo a los cambios en la vida y en el cuerpo de la persona.

Estas etapas no siempre son lineales. A menudo, como en un rompecabezas, hay que retroceder un paso, ajustar una pieza, observar una nueva variable. Pero lo esencial es tener la imagen completa siempre en mente: el bienestar y la funcionalidad del usuario.

La entrevista clínica: empezar por preguntar (y escuchar)

Un error frecuente en los procesos de evaluación es comenzar observando sin preguntar. Pero si queremos conocer realmente a la persona, necesitamos abrir un espacio de diálogo sincero. La entrevista clínica es una herramienta terapéutica en sí misma. Nos permite entender no solo lo que físicamente puede o no puede hacer una persona, sino cómo vive su movilidad, qué desea cambiar, qué teme, qué espera.

Algunas preguntas clave que nunca deberían faltar en una evaluación:

  • ¿Cuál es tu condición de salud principal y cómo afecta a tu movilidad?
  • ¿Qué sabes sobre tu diagnóstico y su evolución?
  • ¿Cómo te mueves actualmente? ¿Cómo lo hacías hace un año?
  • ¿Qué lugares frecuentas? ¿Tu entorno es accesible?
  • ¿Tienes dolor al sentarte? ¿Notas enrojecimientos o heridas en la piel?
  • ¿Puedes recolocarte solo/a si te deslizas o estás incómodo/a?

Estas preguntas no son meros trámites. Son puertas. Nos ayudan a comprender si estamos ante un caso de movilidad reducida sin alteración postural (una señora mayor con diabetes y fatiga), o si estamos ante situaciones más complejas (con parálisis cerebral y necesidad de soporte postural o lesión medular y riesgo de úlceras por presión).

La entrevista también nos revela aspectos fundamentales sobre la motivación, la aceptación de ayudas, la experiencia previa con dispositivos, y las expectativas del usuario. Porque no es lo mismo quien desea mantener su independencia a toda costa, que quien necesita recuperar un sentido de control sobre su día a día después de un largo ingreso hospitalario.

Categorizar para individualizar: tres niveles de evaluación

La evaluación clínica no es igual para todos. El grado de profundidad dependerá del tipo de necesidades del usuario. En el modelo propuesto por Minkel y Lange (2025), se plantean tres categorías prácticas que ayudan a organizar el proceso:

  1. Evaluación de movilidad solamente: Para personas con equilibrio de tronco preservado, sin riesgo de lesiones cutáneas y con necesidad de desplazamiento (por fatiga, caídas, etc.).
  2. Evaluación de movilidad + soporte postural: Para quienes tienen dificultad para mantenerse sentados sin apoyo, pero no presentan riesgo cutáneo grave.
  3. Evaluación completa (movilidad + postura + integridad cutánea): Para personas con asimetrías pélvicas, lesiones por presión previas o actuales, sensibilidad alterada y necesidad de posturas acomodadas.

Cada categoría implica un nivel distinto de observación y valoración. En la práctica, estas clasificaciones nos permiten distribuir recursos, anticipar necesidades y priorizar intervenciones. Pero siempre —siempre— deben ser entendidas como guías, no como moldes cerrados.

Evaluar no es sólo medir, es observar en contexto

Una evaluación rigurosa incluye la observación directa del movimiento, las transferencias, la postura al estar sentado sin soporte, y la respuesta de la persona ante diferentes estímulos (como el dolor o la incomodidad). Se evalúan componentes como:

  • Equilibrio en sedestación sin apoyo.
  • Capacidad de recolocarse.
  • Rango articular de caderas, rodillas, tobillos.
  • Tono muscular y control del tronco.
  • Integridad de la piel.
  • Respuesta ante distintas configuraciones de silla.

Pero también debemos observar algo más difícil de medir: el ajuste entre el cuerpo, la mente, el entorno y el dispositivo. Por eso es importante salir del consultorio, preguntar por la casa, los trayectos habituales, el vehículo familiar, los lugares de trabajo o estudio.

Una silla que es perfecta en una sala de rehabilitación puede resultar inútil en la casa del usuario si no cabe por la puerta del baño, si no se adapta al coche o si el usuario no logra cargarla en la maleta.

La importancia del mat assessment

Una de las herramientas más potentes, y tristemente más olvidadas (@rubenserrano_TO va por ti), es la evaluación en camilla o mat assessment. Consiste en pedir a la persona que se transfiera fuera de la silla (si es posible), y evaluar su postura en decúbito (supino) y sedestación sin soporte. Esta observación nos permite entender cómo se comporta el cuerpo sin la interferencia de la gravedad o del propio dispositivo.

Durante esta evaluación se valora:

  • El tipo de control de tronco: ¿manos libres, dependiente o de soporte total?
  • El tipo de alineación pélvica: ¿hay inclinaciones, rotaciones o basculaciones?
  • La movilidad articular: ¿hasta qué ángulo puede flexionar las caderas manteniendo la pelvis neutra?
  • La tensión de músculos como los isquiotibiales: ¿afectará a la postura sentada?
  • La posición de los pies: ¿pueden descansar en un reposapiés o requieren ortesis?

Este momento es ideal también para inspeccionar la piel. Un simple vistazo a las tuberosidades isquiáticas, al sacro y a las zonas de apoyo nos puede alertar de lesiones previas o de riesgos inminentes. La piel habla. Hay que aprender a leerla.

Autocuidado vs Vínculos: Una mirada crítica desde la Terapia Ocupacional

Nos enseñan a poner límites, pero no a sostener vínculos. Como terapeuta ocupacional, esta frase me perfora el cuerpo cada vez que escucho a alguien hablar de autocuidado como sinónimo de desvinculación. Porque en nuestra práctica, día tras día, vemos personas que se han quedado solas no por falta de recursos físicos, sino por la desconexión afectiva que el discurso contemporáneo del bienestar muchas veces justifica. Nos enseñan a decir que no, a protegernos, a priorizarnos. Pero poco se habla de cómo sostener lo que vale la pena, de cómo quedarnos a pesar del cansancio, de cómo reparar sin desaparecer.

La terapia ocupacional es una profesión que, por definición, trabaja con lo humano en su dimensión más compleja: la ocupación. Pero no cualquier ocupación. Hablamos de las que dan sentido, de las que nos conectan con otros, de las que sostienen la identidad. No se trata sólo de vestirse, cocinar o trabajar. Se trata también de estar, de vincularse, de compartir. Y ahí está el peligro del discurso individualista del autocuidado: en que promueve una visión de la persona como un ser aislado, que debe autorregularse constantemente, que sólo debe ocuparse de lo que lo «suma». Una visión que, en última instancia, nos deshumaniza.

Como terapeutas ocupacionales, no podemos mirar para otro lado. El sufrimiento psicosocial se ha vuelto estructural, y nuestras intervenciones deben estar a la altura. No basta con favorecer la independencia funcional si dejamos intacto el aislamiento. No basta con mejorar la adherencia a una rutina si esa rutina no incluye a nadie más que al propio sujeto. La independencia no es lo contrario de la interdependencia. No es madurez emocional vivir solo, hacer todo solo, sostenerse solo. A veces, eso es sólo desesperación disfrazada de fortaleza.

El discurso del autocuidado, si se vuelve absoluto, nos convierte en consumidores emocionales. Elegimos personas como quien elige productos: ¿me nutre?, ¿me aporta?, ¿me potencia? Si no cumple con esas expectativas, lo descarto. ¿Y el otro? ¿Dónde queda el otro? ¿Quién se hace cargo de lo que dejamos atrás cada vez que priorizamos nuestra comodidad por encima del vínculo? Estas preguntas no son filosóficas: son profundamente terapéuticas. Porque una persona no se reinserta socialmente sólo con prótesis o adaptaciones. Se reinserta cuando vuelve a confiar, cuando siente que puede formar parte sin miedo al rechazo, cuando siente que tiene algo que dar, no sólo algo que recibir.

En nuestros abordajes comunitarios, lo vemos a diario. Gente que vive sola, que no tiene con quién hablar, que repite frases como mantras: «yo me cuido a mí mismo porque nadie más lo va a hacer». Y claro que hay verdades en eso. Pero también hay heridas. Detrás de cada «yo primero» hay una historia de abandono, de negligencia, de relaciones fallidas. Y si no intervenimos ahí, si no miramos también esas biografías rotas, nos volvemos técnicos del síntoma y no del sufrimiento. Nos volvemos reproductores del sistema, no agentes de transformación.

Recuperar lo relacional como eje de la terapia ocupacional no es una moda: es una urgencia. El mundo se está desmoronando en vínculos. Vivimos en ciudades llenas de gente sola, en redes sociales donde todo se muestra y nada se comparte, en trabajos donde el burnout es más común que el almuerzo. Y mientras tanto, seguimos enseñando a los estudiantes de terapia ocupacional a medir, clasificar y estructurar ocupaciones como si fueran actividades mecánicas, desconectadas del deseo, del otro, del contexto.

Pero un verdadero enfoque ocupacional exige una ética del vínculo. Exige preguntarse no sólo qué hace la persona, sino con quién, para quién, desde dónde. Exige detenerse ante lo invisible: la mirada del otro, el silencio compartido, la carga emocional de cada acción cotidiana. Exige revisar también nuestras propias prácticas profesionales: ¿qué tipo de relaciones generamos con quienes acompañamos?, ¿cómo gestionamos nuestras frustraciones cuando el proceso no avanza?, ¿a quién cuidamos cuando decimos que cuidamos?

No hay intervención ocupacional que valga si no se sostiene en un vínculo ético, afectivo y político. No hay protocolo que reemplace la presencia. No hay escala que mida la confianza. Y sin embargo, eso es lo que más transforma: saberse visto, saberse parte, saberse acompañado incluso cuando no se tienen las palabras.

Por eso debemos revisar nuestros marcos. Hablar de salud desde la ocupación significa hablar de redes, de interacciones, de apoyos. Significa construir prácticas donde el otro no sea sólo un destinatario, sino un interlocutor. Donde el terapeuta no sea sólo un facilitador, sino alguien que también se afecta, que también se involucra. Porque sí, nos han enseñado a protegernos. Pero tal vez, lo verdaderamente revolucionario hoy sea aprender a quedarnos. A sostener. A comprometernos.

El desafío está planteado. Podemos seguir defendiendo una terapia ocupacional de escritorio, segura, medible, predecible. O podemos asumir el riesgo de una terapia ocupacional que incomoda, que interpela, que se mete en la carne viva del mundo. Una terapia que no se conforme con mejorar desempeños, sino que aspire a reconstruir vínculos. Una terapia que no tema decir que el autocuidado también puede ser una trampa. Una terapia, en fin, que no olvide que lo humano es, ante todo, relacional.

No será fácil. Porque nada fluye sin más. Porque el entendimiento se trabaja. Porque el amor, sea en la forma que sea, se crea. Y en ese trabajo de creación, los terapeutas ocupacionales tenemos mucho que decir. Y mucho más que hacer.

Marco de Trabajo en Terapia Ocupacional, 4.ª edición (OTPF‑4)

Introducción

El Occupational Therapy Practice Framework: Domain & Process (OTPF‑4), publicado por la American Occupational Therapy Association (AOTA) en agosto de 2020, constituye la cuarta redación del documento que define de manera oficial el campo de acción y el proceso profesional de la terapia ocupacional (TO) en Norteamérica y, por extensión, en buena parte del mundo. En cerca de 200 páginas, el OTPF‑4 provee un lenguaje estructurado —compartido entre clínicos, investigadores, docentes y estudiantes— que describe las dimensiones de la práctica, los pasos del razonamiento clínico y los resultados esperados. Su relevancia trasciende la geografía estadounidense porque ofrece un esquema coherente que facilita la comunicación interprofesional y se alinea con marcos globales como la Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF).


1. Génesis y evolución del Framework

La génesis del OTPF se remonta a 1996 con la publicación de la Uniform Terminology for Occupational Therapy, 3rd Edition, un intento de estandarizar la nomenclatura de la profesión. Aquella terminología evolucionó rápidamente hacia el Occupational Therapy Practice Framework (2002), reeditado en 2008 (OTPF‑2) y 2014 (OTPF‑3). Cada nueva versión ha respondido a cambios sociales, avances científicos y necesidades emergentes: la inclusión explícita de la justicia ocupacional, la expansión de la práctica a entornos virtuales, la integración de poblaciones colectivas —grupos y comunidades— y la atención a diversidad cultural y lingüística. El OTPF‑4 cristaliza dichas transformaciones, extendiendo la definición de ocupación, revisando los contextos y refinando ejemplos para reflejar realidades contemporáneas: teletrabajo, plataformas de ocio digital, identidades de género diversas y crisis sanitarias globales.


2. Estructura general del OTPF‑4

El documento se organiza en dos grandes secciones: Dominio y Proceso. El Dominio clarifica qué abarca la TO; el Proceso describe cómo se lleva a cabo la práctica. Ambos componentes son inseparables: el dominio otorga sustancia al proceso y el proceso da vida al dominio.

2.1. El Dominio

El Dominio incluye cinco categorías interrelacionadas:

  1. Ocupaciones
  2. Factores del cliente
  3. Destrezas de desempeño
  4. Patrones de desempeño
  5. Contextos

Estas categorías forman un sistema dinámico; el cambio en cualquiera de ellas reverbera sobre las demás, afectando participación y salud. Esta visión sistémica es coherente con teorías contemporáneas como el Modelo de Ocupación Humana (MOHO) y el Modelo PEO.

2.2. El Proceso

El Proceso consta de tres fases no lineales:

  1. Valoración (Evaluation)
  2. Intervención (Intervention)
  3. Resultados (Outcomes)

Cada fase se sustenta en el razonamiento clínico, la teoría y la evidencia, y exige la colaboración continua entre terapeuta y cliente. El proceso se repite cíclicamente, ya que los resultados informan nuevas valoraciones y ajustes de intervención.


3. Desglose del Dominio

3.1. Ocupaciones

El OTPF‑4 define ocho categorías de ocupación:

  1. Actividades de la vida diaria (AVD): cuidado personal, higiene, vestirse.
  2. Actividades instrumentales de la vida diaria (AIVD): manejo del hogar, finanzas, cuidado de otros.
  3. Descanso y sueño.
  4. Educación.
  5. Trabajo.
  6. Juego.
  7. Ocio.
  8. Participación social.

Novedades: se han ampliado ejemplos dentro de cada categoría para reflejar realidades digitales (p.ej., videojuegos en línea como juego, teletrabajo dentro de trabajo) y diversidades culturales. Además, el marco enfatiza que las ocupaciones se analizan no solo por su forma (actividad) sino por su significado, contexto, secuencia y co‑ocupación.

3.2. Factores del cliente

Engloban:

  • Valores, creencias y espiritualidad: reconocen la pluralidad cultural y religiosa.
  • Funciones corporales: aspectos fisiológicos y psicológicos (p.ej., memoria, movilidad articular).
  • Estructuras corporales: anatomía relevante.

El OTPF‑4 clarifica que estos factores son recursos o limitaciones que influyen en la participación pero no definen a la persona; por ello deben considerarse junto con contexto y significado.

3.3. Destrezas de desempeño

Se dividen en tres grupos:

  • Destrezas motoras: estabilizar, alcanzar, manipular.
  • Destrezas de procesamiento: elegir, organizar, adaptar.
  • Destrezas sociales: iniciar, preguntar, agradecer.

Una novedad es la reordenación de ejemplos para alinearlos con herramientas de evaluación estandarizadas, favoreciendo la coherencia en documentación.

3.4. Patrones de desempeño

Incluyen:

  • Hábitos (automáticos, específicos).
  • Rutinas (secuencias estructuradas).
  • Roles (conjuntos de comportamientos esperados).
  • Rituales (acciones simbólicas con identidad cultural o espiritual).
    La cuarta edición refuerza la descripción de rituales digitales y sociales emergentes (p.ej., videollamadas familiares dominicales).

3.5. Contextos

Antiguamente llamados contexto y entorno, ahora se dividen en contextos (ambientales y personales) y se sub‑categorizan como físicos, sociales, culturales, personales, temporales y —por primera vez— virtuales. Se reconocen rápidamente los escenarios híbridos donde la ocupación sucede: aulas virtuales, redes sociales, comunidades de videojuegos. Este reconocimiento legitima intervenciones que abordan barreras de usabilidad digital o fatiga de Zoom, expandiendo la práctica a la ergonomía virtual.


4. Desglose del Proceso

4.1. Valoración (Evaluation)

  • Obtención del historial ocupacional: incluye prioridades, patrones y metas.
  • Análisis del desempeño ocupacional: observación, medidas estandarizadas y pruebas específicas.
  • Síntesis: identificar barreras y facilitadores.

El OTPF‑4 insiste en la colaboración activa con el cliente, la familia y otros profesionales desde la primera entrevista para garantizar una visión holística y culturalmente pertinente.

4.2. Intervención

Se divide en plan, implementación y revisión. Las intervenciones se agrupan en:

  1. Intervenciones basadas en ocupación.
  2. Intervenciones dirigidas a la actividad y al ejercicio.
  3. Entrenamiento y educación.
  4. Apoyo y coaching.
  5. Modificación del entorno y la ocupación.
  6. Preparación (p.ej., modalidades físicas).
  7. Abogacía y política.

En OTPF‑4 se ha expandido la categoría de intervenciones grupales y poblacionales para incluir campañas de salud pública, desarrollo comunitario y asesoría institucional.

4.3. Resultados (Outcomes)

El marco destaca doce tipos de resultado, entre ellos: participación, bienestar, salud ocupacional, rol social, prevención, justicia ocupacional y adaptación. La novedad es la definición más precisa de calidad de vida y la inserción de ejemplos de medición (p.ej., WHOQOL‑BREF), fomentando documentación basada en evidencia.


5. Principales novedades del OTPF‑4 respecto a OTPF‑3

  1. Contexto virtual: reconocimiento formal del entorno digital.
  2. Perspectiva de grupos y poblaciones: se amplían ejemplos y guías para intervenciones comunitarias.
  3. Énfasis en justicia ocupacional: se inserta como outcome y principio ético transversal.
  4. Claridad en definiciones: se revisan destrezas y patrones para consistencia terminológica.
  5. Actualización de ejemplos: se añaden actividades propias de la era digital y culturalmente diversas.

6. Aplicación del OTPF‑4 a la práctica clínica

6.1. Valoración centrada en la ocupación

Utilizar el OTPF‑4 como checklist estructurado permite recopilar información que de otro modo podría pasarse por alto: contextos virtuales, rituales y roles emergentes. Por ejemplo, en rehabilitación de un trabajador remoto con dolor cervical, la valoración contempla ergonomía digital, rutinas laborales, pausas activas y participación social on‑line.

6.2. Planificación de la intervención

El desglose de tipos de intervención ayuda a justificar servicios ante aseguradoras: una intervención de modificación del entorno (ajuste de mobiliario) puede combinarse con educación (posturas saludables) y abogacía (solicitud de software ergonómico). Documentarlo con la misma terminología facilita auditorías y comparaciones inter‑centro.

6.3. Medición de resultados

Seleccionar outcomes alineados con el OTPF‑4 (p.ej., participación o adaptación) obliga a mirar más allá de ROM y fuerza, integrando escalas como COPM o PAQ (Participation Assessment Questionnaire). Esto respalda la efectividad de la TO centrada en ocupación y legitima la profesión ante financiadores.

6.4. Trabajo interprofesional

Compartir el marco con fisioterapeutas, logopedas y enfermeras reduce la ambigüedad de roles, previene solapamientos y fortalece planes de alta. Por ejemplo, al abordar la rehabilitación de un ictus, la OT explica que su foco es optimizar ocupaciones significativas y contextualiza los ejercicios de fuerza (realizados por fisioterapia) dentro de rutinas matutinas del paciente.

6.5. Educación y supervisión

En docencia, el OTPF‑4 actúa como columna vertebral curricular: los estudiantes aprenden a mapear casos clínicos dentro del dominio y a redactar objetivos SMART que reflejen el proceso. En supervisión, se utiliza para feedback estructurado, señalando fortalezas y áreas de mejora en cada fase.


7. OTPF‑4 y tecnologías emergentes

La incorporación del contexto virtual legitima intervenciones en tele‑TO. Ejemplos:

  • Evaluación del desempeño en la cocina mediante video en tiempo real.
  • Uso de aplicaciones móviles para recordatorios de medicación, etiquetado de objetos con NFC.
  • Realidad aumentada para entrenamiento de AVD complejas.

Además, el marco posibilita reconocer barreras digital‑cognitivas (fatiga de pantalla, usabilidad) y diseñar soluciones: rediseño de interfaces, rutinas de descanso visual, coaching en alfabetización digital.


8. OTPF‑4 en la investigación

Al ofrecer un vocabulario consensuado, el framework facilita la codificación de variables y la replicabilidad de estudios. Investigadores pueden mapear intervenciones en la matriz Dominio‑Proceso‑Outcome, comparando protocolos y meta‑analizando resultados. Asimismo, la inclusión de justicia ocupacional abre líneas de investigación en disparidades de salud y abogacía.


9. Críticas y desafíos del OTPF‑4

Aunque potente, el Framework enfrenta desafíos:

  1. Complejidad terminológica: puede resultar abrumador para profesionales fuera de la TO y estudiantes noveles.
  2. Regionalismo: aunque la AOTA busca inclusividad, parte de la terminología es anglocéntrica; la traducción a otros idiomas puede diluir conceptos.
  3. Foco en ejemplos individualistas: algunas culturas colectivistas podrían no verse plenamente representadas.
  4. Escasez de métricas propias: el OTPF‑4 describe outcomes, pero no impone instrumentos, lo que deja espacio a variabilidad y dificulta la comparación.

10. Resumen ejecutivo de los elementos clave

  • Dominio: cinco categorías interdependientes —ocupaciones, factores del cliente, destrezas, patrones y contextos— que fundamentan la intervención.
  • Proceso: evaluación, intervención, resultados, en ciclo de mejora continua guiado por razonamiento clínico.
  • Novedades OTPF‑4: incorporación del contexto virtual, ampliación de ejemplos culturales, justicia ocupacional como outcome, enfoque en grupos y poblaciones.
  • Aplicación práctica: valoración holística, documentación estandarizada, selección de outcomes significativos, colaboración interprofesional y abogacía.
  • Oportunidades: investigación comparativa, diseño de tecnologías accesibles, programas de salud pública.
  • Desafíos: accesibilidad lingüística, métricas uniformes y adaptación cultural.

Conclusión

El OTPF‑4 consolida la terapia ocupacional como disciplina centrada en la ocupación y comprometida con la equidad y la innovación. Al desglosar las dimensiones de la práctica y articular un proceso flexible pero sistemático, el Framework sirve de brújula para clínicos, educadores e investigadores. Su adopción rigurosa posibilita intervenciones más efectivas, investigaciones más comparables y políticas más pertinentes. El reto inmediato es difundir su contenido en lenguas y contextos diversos, construir métricas que midan la justicia ocupacional y profundizar en la integración de la tecnología digital. En última instancia, el OTPF‑4 invita a los terapeutas ocupacionales a reflexionar críticamente sobre su quehacer y a seguir evolucionando junto con las sociedades a las que sirven.

Terapia Ocupacional 360°: Comparativa de los Principales Marcos y Modelos

Introducción

La terapia ocupacional (TO) se ha forjado, a lo largo de un siglo, como una profesión que sitúa la ocupación en el centro de la salud y el bienestar. Para entender su presente y proyectar su futuro, resulta esencial dominar los marcos teóricos y modelos de práctica que dan forma al razonamiento clínico, la investigación y la docencia. Estos constructos se distribuyen de manera jerárquica: marcos globales que proporcionan el horizonte filosófico y metodológico; marcos específicos que articulan la relación persona‑entorno‑ocupación en contextos concretos; y modelos propios que operacionalizan la teoría en instrumentos, guías de intervención y métricas de resultado. A lo largo de esta presentación ahondaremos en cada nivel, explorando orígenes, evoluciones, principios, evidencia científica, aportes a la práctica y controversias. El objetivo es ofrecer un recurso exhaustivo que facilite la planificación de contenidos académicos, la actualización profesional y el diseño de programas de intervención.


I. Marcos globales

1. Occupational Therapy Practice Framework (OTPF‑4)

El OTPF‑4, publicado por la American Occupational Therapy Association en 2020, surge como un mapa integrador que describe los dominios (ocupaciones, factores del cliente, desempeño, contextos y procesos) y los procesos (valoración, intervención y resultados) de la TO. Su proyección internacional radica en proveer un lenguaje común que facilita la colaboración interprofesional y el intercambio de datos de investigación. Una de las contribuciones más relevantes del OTPF‑4 es la inclusión explícita del entorno virtual, reconociendo el impacto de la tele‑salud, la realidad aumentada y las plataformas digitales en la participación. Además, refuerza conceptos como justicia ocupacional, subrayando la responsabilidad ética de los terapeutas de abordar inequidades en el acceso a ocupaciones significativas. Para la práctica clínica, el framework legitima la documentación enfocada en ocupación, lo que mejora la claridad de los objetivos y eleva la calidad comparativa de los registros. No obstante, críticas recientes apuntan a la dificultad de traducir su vocabulario del inglés a lenguas con menor tradición terminológica, lo que puede generar pérdida de matices y confusiones semánticas.

2. Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF)

Respaldada por la Organización Mundial de la Salud, la CIF se erige como la principal taxonomía de la salud funcional. A diferencia del OTPF, que surge desde la TO, la CIF es un marco transversal diseñado para todas las profesiones sanitarias y sociales. Sus componentes—funciones y estructuras corporales, actividades y participación, factores ambientales y personales—crean una matriz que permite describir la experiencia de salud más allá del diagnóstico médico. Para la TO, la CIF aporta legitimidad externa y posibilita la comunicación con decisores políticos y financiadores. Estudios comparativos revelan que la combinación OTPF‑CIF incrementa la precisión en la determinación de la necesidad de servicios y la evaluación de resultados a nivel poblacional. Sin embargo, la CIF ha sido cuestionada por su complejidad en entornos de recursos limitados y por reproducir una visión biomédica en la codificación de funciones y estructuras, lo que requiere la integración de otros marcos que acentúen la dimensión subjetiva y cultural de la ocupación.

3. Public Health Framework for Occupational Therapy

Este marco global traslada la mirada de la TO desde la intervención individual a la salud pública, promoviendo acciones de prevención primaria, secundaria y terciaria a nivel comunitario. Su enfoque de determinantes sociales de la salud invita a analizar cómo variables como educación, empleo y vivienda influyen en la participación ocupacional. La implementación de este marco ha impulsado programas de envejecimiento activo, promoción de salud mental en escuelas y diseño urbano inclusivo. La evidencia sugiere que las intervenciones estructuradas bajo este prisma obtienen mejoras sostenidas en calidad de vida y reducen costes sanitarios. Con todo, persiste el reto de integrar indicadores de resultado que capturen cambios a nivel comunitario y de justificar financieramente intervenciones cuyos beneficios se observan a largo plazo.

4. Marco de Justicia Ocupacional

Formulado por Elizabeth Townsend y Ann Wilcock, este marco introduce una dimensión ética y política al destacar el derecho de toda persona a participar en ocupaciones que promuevan su salud y desarrollo. Propone conceptos como marginación ocupacional, privación ocupacional y alienación ocupacional, que permiten visibilizar las inequidades estructurales. La adopción del marco de justicia ocupacional ha estimulado proyectos de TO comunitaria en cárceles, barrios desfavorecidos y comunidades indígenas, donde los terapeutas actúan como agentes de cambio social. No obstante, se requieren métricas validadas que permitan cuantificar la justicia ocupacional y demostrar su impacto ante organismos financiadores. Además, la praxis enfrenta tensiones entre la defensa de derechos y las limitaciones institucionales, lo que exige habilidades de abogacía y alianzas intersectoriales.


II. Marcos específicos

1. Persona‑Entorno‑Ocupación (PEO)

Desarrollado por Law y colaboradores en 1996, el PEO describe la interacción dinámica entre las dimensiones de la persona, el entorno y la ocupación. Su concepto central es la “bondad de ajuste” (fit): cuanto mayor sea la congruencia entre los componentes, mejor será el desempeño y la participación. El modelo ha sido aplicado extensamente en temas de accesibilidad arquitectónica, transición laboral y adaptación al envejecimiento. Su flexibilidad permite que terapeutas de distintos contextos—desde atención temprana hasta cuidados paliativos—analicen rápidamente barreras y facilitadores de la ocupación. Investigaciones longitudinales han mostrado que intervenciones basadas en la optimización del ajuste PEO se asocian con mayor permanencia comunitaria de adultos mayores y reducción de readmisiones hospitalarias. Sin embargo, medir objetivamente ese ajuste continúa siendo un reto, pues las variables de persona y entorno son altamente complejas y culturalmente moldeadas.

2. Persona‑Entorno‑Ocupación‑Desempeño (PEOP)

Inspirado en el PEO, el PEOP de Christiansen y Baum añade una capa de variables intrapersonales (competencias fisiológicas, psicológicas, emocionales) y extrínsecas (políticas, cultura, apoyo social) para detallar los procesos que conducen a resultados de salud. Esta integración facilita el diseño de intervenciones que consideren tanto factores biológicos como sociales, respondiendo a la necesidad de enfoques holísticos. Estudios de caso han documentado que los programas PEOP favorecen la reinserción laboral tras lesiones musculoesqueléticas y mejoran la autogestión de enfermedades crónicas. Su compatibilidad con la CIF lo convierte en un puente para la investigación comparativa. Aun así, su amplitud conceptual puede desalentar a clínicos que buscan guías operativas rápidas, razón por la cual se han desarrollado manuales abreviados y algoritmos de decisión.

3. Ecología del Desempeño Humano (EHP)

Presentado por Dunn, Brown y McGuigan en 1994, el EHP pone el énfasis en el contexto como modulador fundamental del desempeño. Propone cinco estrategias de intervención: establecer/restaurar, adaptar/modificar, alterar, prevenir y crear. Esta claridad operacional ha resultado valiosa para justificar adaptaciones ambientales ante aseguradoras o legisladores. Investigaciones recientes lo emplean para evaluar el impacto de barrios “caminables” en la participación de adultos mayores. Con la irrupción tecnológica, el EHP se ha expandido para contemplar entornos virtuales, domótica y realidad aumentada. Su desafío actual es desarrollar indicadores de resultado que capturen cambios contextuales de manera sensible y sostenible en el tiempo.

4. PEO‑Technology (PEO‑T)

La digitalización ha propiciado la necesidad de integrar la variable tecnológico‑digital en los modelos ocupacionales. El PEO‑T reinterpreta el ajuste triádico incorporando dimensiones como usabilidad, accesibilidad digital y ciberseguridad. Es particularmente relevante en tele‑rehabilitación, diseño de aplicaciones de salud y exergaming. Estudios piloto demuestran que los programas configurados con PEO‑T incrementan la adherencia a la tele‑TO y reducen la fatiga tecnológica al adaptar interfaces a necesidades cognitivas y sensoriales de los usuarios. Aun así, la evidencia aún es incipiente y requiere ensayos controlados que midan variables como satisfacción, eficacia y costo‑beneficio.

5. Do‑Live‑Well (DLW)

El DLW es un marco canadiense que relaciona patrones de actividad con salud y bienestar. Propone ocho dimensiones (ser activo, conectar, cuidar, entre otras) para evaluar y rediseñar agendas diarias. Su orientación a la promoción de la salud ha inspirado programas comunitarios que combaten la soledad y el sedentarismo. La literatura reporta efectos moderados en la mejora de bienestar psicológico y autonomía en adultos mayores. No obstante, los estudios se concentran mayoritariamente en contextos anglosajones, y se necesita explorar su validez en culturas con patrones de tiempo y significado distintos.

6. Enfoque Biomecánico

Aunque derivado de las ciencias del movimiento, el enfoque biomecánico se ha integrado como marco específico en la TO para restaurar fuerza, resistencia y rango articular. Su papel es crucial en la rehabilitación física, pero exige combinarse con modelos centrados en ocupación para evitar reduccionismo. Investigaciones han demostrado que las intervenciones que conjugan protocolos biomecánicos con metas basadas en ocupación logran mayores índices de transferencia funcional. El reto persiste en equilibrar el rigor cuantitativo de la biomecánica con la flexibilidad cualitativa de la experiencia ocupacional.

7. Enfoque Rehabilitador

También de origen interdisciplinario, el enfoque rehabilitador enfatiza la compensación de déficits persistentes mediante ayudas técnicas, adaptaciones ambientales y entrenamiento de técnicas de conservación de energía. Su vigencia radica en la búsqueda de independencia funcional cuando la restauración total no es posible. Estudios de implementación muestran que, cuando se combina con educación al usuario y seguimiento, reduce la carga del cuidador y los costes institucionales. Sin embargo, su éxito depende de la accesibilidad a dispositivos y de políticas que financien las ayudas técnicas, lo que exige al terapeuta habilidades de gestión y abogacía.


III. Modelos propios de Terapia Ocupacional

1. Modelo de Ocupación Humana (MOHO)

Gary Kielhofner introdujo el MOHO en 1980 para explicar cómo la interacción entre volición, habituación y capacidades de desempeño produce patrones de ocupación. Su carácter sistémico permite analizar cambios adaptativos y desajustes. Herramientas como la OSA y el MOHOST presentan alta fiabilidad y validez, posibilitando la medición de progreso y la comparación de programas. La investigación muestra que las intervenciones basadas en MOHO mejoran la participación en salud mental, rehabilitación física y contextos comunitarios. Pese a su robustez empírica, su complejidad teórica puede resultar desafiante para terapeutas noveles, por lo que se aconseja una formación escalonada acompañada de supervisión.

2. Modelo Canadiense de Desempeño y Compromiso Ocupacional (CMOP‑E)

El CMOP‑E introduce la espiritualidad como núcleo de la persona y distingue entre desempeño y compromiso (engagement), subrayando la importancia de la experiencia subjetiva. El COPM, su herramienta insignia, facilita la identificación de metas centradas en el cliente y detecta cambios clínicos significativos. La literatura evidencia que el uso sistemático del COPM potencia la colaboración terapeuta‑cliente y mejora la satisfacción terapéutica. Los debates actuales giran en torno a la operacionalización de la espiritualidad en contextos multiculturales y la necesidad de adaptar entrevistas a poblaciones con limitaciones cognitivas.

3. Modelo Kawa

El Kawa, propuesto por Michael Iwama, utiliza la metáfora del río para representar la vida, donde el cauce es el contexto, las rocas son obstáculos y la madera simboliza recursos. Esta narrativa facilita conversaciones culturalmente sensibles y promueve la co‑construcción de objetivos. Estudios cualitativos confirman que mejora la auto‑eficacia y la adherencia a la terapia en comunidades minoritarias. No obstante, la falta de instrumentos estandarizados limita la investigación cuantitativa, y se trabaja en el desarrollo de escalas visuales que midan la percepción del flujo vital.

4. Modelo de Adaptación Ocupacional (OA)

Schkade y Schultz concibieron el OA para describir la búsqueda de maestría ocupacional frente a demandas ambientales. La intervención se centra en provocar respuestas adaptativas que, tras ser evaluadas internamente, conduzcan a una sensación de eficacia. Investigaciones recientes en rehabilitación oncológica y salud mental relacionan el OA con el aumento de resiliencia y autoestima. Sin embargo, se necesitan ensayos controlados aleatorizados que comparen su efectividad con otros modelos para fortalecer su base empírica.

5. Intentional Relationship Model (IRM)

El IRM de Renee Taylor coloca la relación terapeuta‑cliente en el núcleo del proceso clínico y define seis modos de interacción (abogar, colaborar, empatizar, animar, instruir, resolver problemas). La evidencia indica que terapeutas que aplican el IRM reportan mejores índices de adherencia y satisfacción del cliente. Se han desarrollado rúbricas de evaluación que permiten medir la competencia interpersonal en estudiantes y profesionales. El principal desafío es mantener la autenticidad relacional mientras se utilizan marcos estructurados, evitando conversaciones mecanicistas.

6. Modelo de Discapacidades Cognitivas de Allen (CDM)

El CDM clasifica la cognición funcional en seis niveles que describen el potencial de aprendizaje y la capacidad para procesar información. Herramientas como la Allen Cognitive Level Screen y el Routine Task Inventory permiten adaptar el entorno y las actividades a la capacidad cognitiva real, reduciendo riesgos y frustración. Estudios de 2024 muestran alta confiabilidad interevaluador y utilidad en la planificación de altas hospitalarias. Críticas se centran en la necesidad de contextualizar los niveles a culturas con patrones de actividad diferentes y en desarrollar versiones digitales de las pruebas para entornos de tele‑salud.


Conclusión

El recorrido por marcos y modelos revela una disciplina vibrante, en constante diálogo entre tradición y renovación. Los marcos globales proporcionan la brújula ética y terminológica que orienta la profesión hacia metas de justicia y salud poblacional. Los marcos específicos funcionan como lentes ajustables que enfocan la interacción persona‑entorno‑ocupación en escenarios diversos, incorporando cada vez más la dimensión tecnológica. Finalmente, los modelos propios ofrecen las herramientas prácticas y métricas que permiten operacionalizar la teoría en la vida cotidiana de individuos y comunidades. El desafío contemporáneo de la TO consiste en integrar críticamente estos niveles, nutrirlos con investigación rigurosa y adaptarlos a contextos culturales plurales. Solo así podremos honrar la promesa fundacional de la profesión: facilitar que todas las personas participen en las ocupaciones que dan sentido y plenitud a sus vidas.

Maternidades diversas: un retrato desde la terapia ocupacional en el Día de la Madre

Enciendo la lámpara de la habitación cuando aún es de noche y el silencio me regala un raro privilegio: escuchar, sin interrupciones, las voces que habitan cada maternidad que hemos acompañado. Hoy, 4 de mayo, el calendario señala el Día de la Madre, pero bajo esa etiqueta yace un tapiz tan extenso que a veces parece infinito. Basta con cerrar los ojos para que desfilen, como en una película íntima, los rostros de mujeres y familias que han confiado en nosotras, terapeutas ocupacionales, su cotidianeidad más frágil y más valiosa.

Veo primero a Laura —nombre prestado, historia real—. Cada madrugada, antes de que amanezca, acomoda el cuerpo rígido de su hijo con parálisis cerebral en una postura que alivie la espasticidad; luego coloca la sonda de alimentación, revisa el respirador y repasa mentalmente una agenda que cabría en la novela de un atleta épico: fisioterapia a las nueve, logopedia a las once, atención temprana por la tarde, papeleo de la beca tal, una tutoría telemática con el colegio. Ese horario, que para otros resultaría inviable, es su rutina desde hace ocho años. Sin embargo, cuando llega a nuestra consulta, no es el cansancio lo que primero asoma, sino la duda: «¿Estoy haciéndolo bien?».

Nosotras —y subrayo el plural porque este oficio es siempre coral— nos sentamos junto a ella, no enfrente. Apenas hablamos al principio; dejamos que la libreta aún en blanco absorba su relato. Después, como quien desenreda despacio un ovillo, analizamos juntos cada tramo de su día: ¿Qué tareas son esenciales y cuáles podrían delegarse? ¿Qué productos de apoyo reducirían el esfuerzo de la bañera? ¿Cómo transformar los pasillos del hospital, donde inevitablemente espera, en un pequeño refugio de lectura o respiración consciente? Laura descubre que su tiempo puede volver a pertenecerle por minutos, y poco a poco esos minutos se convierten en espacios de vida propia: una llamada a una amiga sin culpa, un curso en línea que había postergado, un paseo bajo los árboles del bulevar mientras su hijo practica terapia acuática.

Casi al mismo tiempo, pero en otro escenario, transita Isabel. Llega con su silla de ruedas eléctrica y una determinación luminosa: quiere quedar embarazada. En el ascensor del centro de salud le han insinuado que quizá no sea buena idea; en las redes sociales se pierde entre relatos triunfalistas y advertencias catastrofistas. Isabel necesita certezas tangibles, no juicios. Por eso, la recibimos entre planos de mobiliario y muestras de tejidos antideslizantes. Medimos la altura exacta a la que resultará accesible colocar un cambiador; comprobamos si la fuerza de tríceps bastará para transferir al bebé a una cuna con baranda abatible; buscamos mochilas de porteo que repartan el peso sin comprimir la zona lumbar. Pero sobre todo, construimos alianzas: convocamos a obstetras, pediatras, fisioterapeutas y a la propia familia para dibujar un plan de parto que conserve la autonomía de Isabel minuto a minuto. No hay condescendencia, hay logística; no hay compasión, hay respeto técnico y humano. Cuando finalmente sostiene a su hija, descubrimos que las muchas manos que parecían imprescindibles se han convertido en un discreto andamiaje, porque Isabel —como tantas— es la arquitecta principal de su maternidad.

A veces, en ese mismo pasillo, nos cruzamos con Verónica, que ya es madre y vive con esclerosis múltiple. Su reto no es tanto criar, como lidiar con la sospecha ajena: la mirada del maestro que se ofrece a abrochar la chaqueta del niño «porque tu madre estará cansada», el comentario en el parque sobre la lentitud con la que empuja el columpio. Con Verónica ensayamos respuestas a medias entre la pedagogía y la firmeza; proyectamos charlas breves en la escuela donde ella misma explica cómo la fatiga crónica la obliga a dosificarse pero no la incapacita para amar ni para imponer límites; y salimos al barrio para verificar, metro a metro, qué rampas incumplen la normativa, qué semáforos carecen de señal acústica, cuál farmacia se presta a mantener los medicamentos en una taquilla externa para evitar colas innecesarias. Cada barrera superada se traduce en una dosis extra de identidad: su hijo ya no ve a una madre en desventaja, sino a una madre estratega que transforma el entorno en un tablero a su favor.

Sin aviso, la película interior introduce otro personaje: Marta, madre soltera por elección y con un trabajo por turnos que no respeta los relojes familiares. Llega a nosotros con un Excel exhausto que intenta casar guarderías, abuelos a 300 kilómetros, horas extra y esa franja gris que llaman «tiempo para una misma» y que el cursor se resiste a colorear. Cada celda del documento habla de supervivencia. Nosotros arremangamos la ciencia de la ocupación y ensayamos una orfebrería de minutos: proponemos cocinar por lotes el domingo para ganar noches libres, colocamos alarmas que marcan pausas corporales en jornadas nocturnas, enlazamos a Marta con un banco del tiempo que intercambia recogidas escolares por clases de inglés. La magia no consiste en multiplicar horas, sino en redistribuirlas según aquello que realmente importa. Tres meses después, Marta vuelve y nos cuenta, casi incrédula, que los miércoles a mediodía ahora asiste a una clase de danza contemporánea; dice que es su respiración. Esa hora no ha aparecido por arte de los hados: estaba ahí, oculta bajo la inercia productiva.

Hay, sin embargo, silencios más densos. Uno llega con Ana y Luis —otra pareja ficticia y real—, que llevan años intentando concebir. Cuando entran a la sala, el aire parece vibrar con una mezcla de esperanza y duelo anticipado. La palabra infertilidad se adhiere a la piel; el ciclo de pruebas y negativas devora la agenda tanto como la moral. Aquí nuestra intervención no se centra en cunas ni en mochilas, sino en algo más abstracto y, quizá, más profundo: redefinir la noción de proyecto vital. Les proponemos externalizar el dolor mediante escritura —cartas que quizá no se envíen nunca y cuyo valor es nacer—; exploramos ocupaciones generativas que devuelvan sensación de continuidad (mentorar a adolescentes en riesgo, coordinar un huerto comunitario, liderar un coro); y pactamos rituales mínimos, casi sagrados, para proteger la relación de pareja de la centrifugadora emocional de las hormonas. No borramos el deseo, lo colocamos en perspectiva; recordamos que la capacidad de cuidar excede la frontera biológica y que, si al final llegan a la adopción, el horizonte será otro río, no un pozo.

Junto a Ana, a veces se sienta Paula, que ha optado por no tener hijos. No llega con un dolor visible, sino con el cansancio de justificar su decisión. Nosotros abrimos la puerta sin interrogatorio. La conversación gira entonces sobre proyectos que piden espacio: un doctorado interrumpido, un viaje de voluntariado al sudeste asiático, una novela germinal. Paula teme la frase: «Cuando seas mayor te arrepentirás». Repasamos juntos datos sobre satisfacción vital, pero pronto entendemos que no es un debate estadístico; se trata de afirmar la soberanía sobre el cuerpo y el tiempo. Desde la terapia ocupacional la acompañamos a levantar un andamiaje con nombre y apellido: fechas, billetes, becas, colaboraciones. Cada paso planificado refuerza la legitimidad de su rumbo.

Y a lo largo de todo este desfile, mi madre aparece como un faro… pero también como un puerto azotado por tormentas. Su maternidad fue dura, a ratos casi imposible, porque nadie nos explicaba nada: ni qué significaba su diagnóstico en lo cotidiano, ni cómo se gestionaba la mezcla de ternura y rabia que nos asaltaba a mi hermana y a mí. Crecimos descifrando silencios y cargamos culpas que no tenían nombre, mientras ella —en su propia noche— se preguntaba si su cuerpo nos imponía una herida invisible. Las únicas terapeutas ocupacionales que conocimos entonces estaban detrás de una camilla, en la clínica de rehabilitación; daban indicaciones rápidas y desaparecían detrás del siguiente paciente. No había, para nosotros, ese trabajo familiar y comunitario que ahora defendemos con tanto ahínco: llegó años después, cuando yo mismo crucé la puerta de la universidad para estudiar Terapia Ocupacional, impulsado por la certeza de que debía haber otra forma de acompañar realidades como la nuestra. Hoy, desde esta perspectiva, las terapeutas “aparecen” retroactivamente: comprendo lo que habríamos necesitado —un puente entre su discapacidad y nuestra infancia, una guía que tradujera dudas en posibilidades— y transformo aquel vacío en compromiso profesional. Cuando me pregunto «¿Cómo le facilito los días?», en realidad estoy diciendo «¿Cómo honro, con esta profesión que ella inspiró, la lección de coraje que nos dejó su maternidad?».

Mientras paso las páginas imaginarias de este álbum —porque eso es, al fin, este ensayo: un álbum—, no puedo evitar detenerme en el hilo que las une. Cada maternidad —la que cuida con horarios quirúrgicos, la que gesta contra el prejuicio, la que cría con dolor crónico, la que cría sola, la que sueña sin conseguir, la que descarta la maternidad biológica— comparte una misma aspiración: habitar la vida diaria con dignidad y sentido. Y ese territorio es, precisamente, nuestro terreno de juego. Si otras profesiones sanitarias se centran en la enfermedad o la función, nosotros nos obsesionamos con la participación: que la mujer pueda bañarse sin ayuda si así lo desea, o aceptar ayuda sin sentirse menos; que pueda empujar el columpio, firmar el boletín, amamantar, viajar, teletrabajar, hacer voluntariado, escribir novelas o bailar danza contemporánea.

No es casual que la palabra ocupación se asocie a trabajo en algunos idiomas. Para nosotros, sin embargo, engloba todo aquello que hace que la vida valga la pena: trabajos, sí, pero también ocio, descanso, relaciones, espiritualidad, activismo. Cuando intervenimos, lo hacemos en plural porque la labor desborda la consulta individual; requiere conversaciones con urbanistas sobre pavimento accesible, con legisladores sobre permisos parentales reales, con diseñadores industriales sobre cunas pensadas para todos los cuerpos, con docentes sobre barreras invisibles. Nos toca, a menudo, navegar contra la corriente de la inercia cultural que coloca la maternidad en un pedestal tan estrecho que apenas caben unas pocas formas de ejercerla.

Y, sin embargo, en este Día de la Madre queremos mirar el cuadro entero. Pensemos en Laura, Isabel, Verónica, Marta, Ana, Paula… y en mi propia madre. Ninguna cabe en la postal de la madre perfecta, pero todas —con audacia, cansancio, ternura o disciplina— ensanchan la palabra maternidad. Nosotros, terapeutas ocupacionales, caminamos junto a ellas afinando bisagras, descosiendo culpas y tejiendo nuevas narrativas.

Al mismo tiempo, hoy felicitamos a todas las mujeres que cuidan desde otros vértices: a la tía que sostiene a sus sobrinos mientras la vida de su hermana se recompone; a la amiga que responde de madrugada; a quien rescata un perro y organiza sus días alrededor de ese vínculo; a las vecinas que hacen de la escalera una red segura. El eje común no es la biología, sino el cuidado: esa decisión cotidiana de hacerse responsable de otro ser y, en el acto, hacerse más humana.

Celebrar el Día de la Madre, entonces, es honrar cada forma de cuidado y comprometernos a que ninguna quede fuera. Que el día nos encuentre —como profesionales y como personas— escuchando, adaptando, defendiendo y, sobre todo, compartiendo ese café sin culpa que da sentido a la prisa. Porque es en esos gestos mínimos donde palpita la vida que vale la pena celebrar.

La Importancia de la Terapia Ocupacional en la Cirugía Ortopédica: Reflexiones a Partir del Estudio de Malka et al. (2024)

En el mundo de la medicina, la colaboración interdisciplinaria es fundamental para garantizar una atención integral a los pacientes, especialmente en áreas tan complejas como la cirugía ortopédica. Un artículo reciente de Malka et al. (2024) titulado «Orthopedic Surgery Residents: How Much Do They Know About Occupational Therapy?« pone de manifiesto una realidad inquietante pero también llena de oportunidades: los residentes de cirugía ortopédica, a pesar de reconocer la importancia de la terapia ocupacional (TO), tienen un conocimiento limitado sobre el papel fundamental que juega esta disciplina en la rehabilitación de los pacientes, particularmente aquellos que han pasado por cirugía de mano.

Este estudio, realizado en la Universidad de Columbia, expone las carencias en la formación de los residentes de cirugía ortopédica en relación con la TO y plantea la necesidad urgente de integrar mejor esta especialidad en los programas de residencia para optimizar la atención y recuperación de los pacientes. A continuación, profundizaré en los aspectos clave de este artículo y reflexionaré sobre sus implicaciones tanto en el ámbito educativo como en la práctica clínica.

Un Conocimiento Limitado: La Realidad de los Residentes de Cirugía Ortopédica

El estudio revela que los residentes de cirugía ortopédica, en su mayoría, tienen una comprensión superficial de la terapia ocupacional, a pesar de su evidente importancia en la rehabilitación postquirúrgica, especialmente en el contexto de las cirugías de mano. Con una puntuación media de 2.57 sobre 5 en términos de familiaridad con la TO, y un 21% de los residentes que jamás recibieron formación formal sobre el tema, el estudio muestra una alarmante brecha de conocimiento. Aunque los residentes valoran la TO y reconocen su relevancia para la recuperación de los pacientes, las respuestas reflejan una falta de preparación para integrarla de manera efectiva en su práctica diaria.

Este hallazgo subraya una contradicción inherente en la práctica médica moderna: mientras los residentes comprenden la necesidad de la TO, muchos carecen de la formación adecuada para hacer un uso óptimo de sus servicios. Es curioso, pero a la vez revelador, que el 85% de los residentes expresen su interés en pasar tiempo con un terapeuta ocupacional, algo que no se ve reflejado en sus prácticas diarias. Es un claro indicio de que, aunque se reconoce la relevancia de la TO, esta no se integra lo suficiente en los planes de estudio de los programas de residencia.

La Colaboración Multidisciplinaria: Un Pilar para la Rehabilitación

La cirugía ortopédica, especialmente la cirugía de mano, no es solo una cuestión de intervención quirúrgica. Las complicaciones postoperatorias, como la rigidez articular, la debilidad muscular y los trastornos en la movilidad, son comunes y requieren de un enfoque multidisciplinario para garantizar una recuperación exitosa. Aquí es donde la TO entra en juego de manera crucial. Los terapeutas ocupacionales tienen la experiencia para ayudar a los pacientes a recuperar su funcionalidad en las actividades de la vida diaria, desde tareas básicas como vestirse o cocinar, hasta la rehabilitación de movimientos finos esenciales para la vida profesional y personal.

Sin embargo, el estudio demuestra que existe una desconexión entre los conocimientos teóricos de los residentes y su aplicación práctica en los pacientes. A pesar de que la mayoría de los residentes refieren con frecuencia a sus pacientes a terapeutas ocupacionales, pocos entienden a fondo los métodos, protocolos y el valor agregado que estos profesionales pueden aportar. Este desajuste es algo que debe corregirse, no solo para mejorar la calidad del cuidado, sino también para reducir los tiempos de recuperación y evitar complicaciones que puedan alargar el proceso rehabilitador.

Propuestas para Mejorar la Educación de la TO en los Programas de Residencia

El artículo de Malka et al. plantea una posible solución a este déficit educativo: integrar la terapia ocupacional de manera más estructurada en los programas de residencia en cirugía ortopédica. Una de las sugerencias más acertadas es la posibilidad de incluir rotaciones dentro de los departamentos de TO, lo que permitiría a los residentes experimentar de primera mano cómo trabaja un terapeuta ocupacional y cómo pueden colaborar eficazmente en la rehabilitación de los pacientes. Otra propuesta sería la incorporación de módulos didácticos específicos sobre la TO en los planes de estudio, lo que proporcionaría a los residentes una base teórica sólida que complementaría su formación práctica.

Además, invitar a terapeutas ocupacionales a impartir conferencias y realizar sesiones interactivas con los residentes sería un paso positivo para desmitificar esta disciplina. Al comprender mejor el alcance y la especialización de la TO, los residentes podrían derivar con mayor seguridad y, lo más importante, de manera más eficiente, a los pacientes que realmente necesitan estos servicios.

Un Paso Hacia la Mejora: Beneficios para los Pacientes

El estudio de Malka et al. también sugiere que, a pesar de la falta de formación en TO, los residentes valoran positivamente su colaboración con los terapeutas ocupacionales. Este reconocimiento de la importancia de la TO, aunque insuficiente en términos de conocimiento práctico, ofrece una oportunidad para mejorar los procesos de enseñanza y fomentar una colaboración más estrecha entre ambas disciplinas.

Es esencial que los programas de residencia reconozcan que la rehabilitación de los pacientes no se limita a la intervención quirúrgica. El manejo postquirúrgico debe involucrar a un equipo interdisciplinario, donde la TO no sea vista como una especialidad secundaria, sino como una pieza clave en la recuperación funcional de los pacientes. Al integrar mejor la TO en la formación de los residentes de cirugía ortopédica, no solo se mejorará la calidad de la atención, sino que se optimizarán los resultados a largo plazo para los pacientes.

Conclusión: La Formación Interdisciplinaria es la Clave

El artículo de Malka et al. pone en evidencia una necesidad urgente de transformar la educación médica en lo que respecta a la colaboración interdisciplinaria. Los residentes de cirugía ortopédica deben entender que el tratamiento de los pacientes va más allá de la cirugía. La terapia ocupacional es fundamental para garantizar una recuperación completa, y es imperativo que los programas de residencia fomenten esta comprensión.

Es un hecho que la salud y el bienestar de los pacientes dependen de la sinergia entre diferentes especialidades. En este sentido, la educación sobre la TO debe ser una prioridad para los residentes de cirugía ortopédica, para que puedan ofrecer un tratamiento más completo y mejorar la calidad de vida de los pacientes a largo plazo. Integrar la TO de manera formal en los programas de formación es una inversión en el futuro de la cirugía ortopédica y, sobre todo, en la salud de los pacientes.

Llamada a la Acción para Terapeutas Ocupacionales, Residentes de Cirugía Ortopédica y Traumatológica, y Profesionales de Rehabilitación y Neurología en España

La colaboración entre disciplinas es crucial para ofrecer la mejor atención posible a nuestros pacientes, y la terapia ocupacional juega un papel fundamental en la rehabilitación postquirúrgica. Es esencial que, tanto los residentes de cirugía ortopédica y traumatológica, como los terapeutas ocupacionales y los profesionales de rehabilitación y neurología, reconozcan el valor de trabajar juntos para optimizar la recuperación de los pacientes, especialmente en las cirugías de mano y en contextos neurológicos.

Para los terapeutas ocupacionales: Este es un momento clave para que nuestra especialidad se haga más visible y se integre de manera activa en los procesos postquirúrgicos, especialmente en colaboración con los profesionales de cirugía ortopédica y rehabilitación. Los colegios profesionales de terapeutas ocupacionales deben ser vistos como baluartes esenciales en la promoción de esta colaboración interdisciplinaria, organizando talleres, formaciones y actividades de sensibilización que fortalezcan los lazos entre las distintas especialidades. ¡Es nuestra responsabilidad seguir formando y educando a otros profesionales sobre el impacto positivo que tiene la TO en la rehabilitación de los pacientes!

Para los residentes de cirugía ortopédica y traumatológica: El futuro de la atención a pacientes postquirúrgicos depende de nuestra capacidad para trabajar en equipo. Considerar la inclusión de la terapia ocupacional en su práctica diaria no solo enriquecerá su experiencia clínica, sino que también mejorará los resultados a largo plazo para los pacientes. Además, la especialidad de rehabilitación y neurología juega un rol crucial en la recuperación de muchos de estos pacientes, especialmente aquellos con afecciones neurológicas que requieren un enfoque más integral. Asegurémonos de que vuestros programas de residencia estén preparados para abordar esta brecha educativa, tanto a nivel teórico como práctico, involucrando a los terapeutas ocupacionales y a los profesionales de rehabilitación y neurología en las decisiones de tratamiento.

Juntos, podemos garantizar una atención de calidad, integral y centrada en el paciente. ¡La colaboración interdisciplinaria es el futuro de la medicina! ¡No esperemos más para dar ese paso hacia un cuidado más completo y efectivo!

Las Mondas como terapia ocupacional: lo que una fiesta milenaria puede enseñarte sobre la salud

Un ensayo desde la emoción, el barro y la ciencia de lo cotidiano
Por un terapeuta ocupacional talaverano que volvió a casa tras trece años sin ver a los carneros de las Mondas.

Una fiesta que se hereda

Las Mondas son una de las fiestas más antiguas de Europa. Se celebran en Talavera de la Reina durante la semana posterior a la Pascua y tienen un origen que mezcla la raíz romana con el fervor cristiano. Antiguamente eran ofrendas a Ceres, diosa de la agricultura, para pedir fertilidad en la tierra. Hoy son una expresión viva de cultura, identidad y afecto por lo comunitario. En el desfile principal, el Sábado de Mondas, más de setenta pueblos de la comarca y de fuera de ella acuden a Talavera para entregar sus caracolas florales engalanadas a la Virgen del Prado.

Lo más hermoso es que cada pueblo lleva sus trajes tradicionales: bordados, refajos, pañuelos, delantales y sombreros que no solo visten, sino que cuentan historias. Cada detalle tiene una razón, una memoria, una abuela que lo enseñó. Y esas personas que desfilan no vienen solas: traen dulces, productos típicos, flores y sonrisas. Detrás, la música: dulzainas, tamborileros, charangas. Es un festival de los sentidos que no se explica con teorías, se vive.

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Y en medio de todo eso, aparece el amor. Porque cuando una parte de la pareja nace en esta tierra y la otra la descubre, lo que se está compartiendo no es sólo una fiesta, sino una forma de estar en el mundo. Mostrar las Mondas a alguien que quieres es también una declaración de identidad y de futuro.

Volver y reconocer(se)

Trece años. Una vida entera cabe en ese tiempo. Cabe una carrera, mudanzas, alguna rupturas, muchas terapias y autoterapias, algún susto, y cientos de cafés. Y cabe también una ausencia que duele más cuando una ciudad como Talavera vuelve a vestirse de fiesta. Trece años después, volví a Las Mondas. Y no volví solo. Volví con mi cuadrilla y afiliados, con mi pareja, parte de un grupo de tres personas que no sabían lo que era aquello, mas allá de las historias y fotos, pero a las que me propuse enseñar con orgullo y cariño.

Volví como quien vuelve a casa pero con otros ojos. Con ojos de terapeuta ocupacional, sí, pero también con los ojos de quien ha aprendido que las ocupaciones —esas acciones cotidianas que dan sentido a nuestra vida— no son solo hacer la colada o ir a trabajar. También son celebrar, caminar entre banderines, explicar lo inexplicable, emocionarse con un tamboril y reencontrarse con una identidad que creías dormida.

Y es que Las Mondas no son solo una fiesta: son una forma de hacer terapia sin despacho. Son un patrimonio vivo que se cuela por los sentidos, por la memoria, por el cuerpo. Y este texto es mi intento de explicarlo. De hilar tradición y profesión. De unir la historia con la salud. De decir, sin miedo al ridículo académico, que en una caracola con flores puede haber tanta ocupación significativa como en una sesión de terapia manual.

Luis Sanchez Molina

Talavera como entorno terapéutico

Talavera de la Reina no necesita demasiados adornos para ser entendida como un entorno terapéutico. Tiene todo lo que buscamos en los espacios de intervención: identidad, comunidad, historia, paisaje, y sobre todo, un ritmo que sabe acompasar. Cuando uno camina por sus calles durante las Mondas, no solo ve flores, pendones, pasos y dulzainas; ve también un tejido social activo, una ciudad que se reconoce en lo colectivo, en lo que celebra.

Desde la Terapia Ocupacional hablamos del «entorno» como facilitador o barrera para la ocupación. Y en Talavera, cuando hay Mondas, todo parece dispuesto para facilitar. Se amplía el espacio peatonal, se recuperan rutas, se reorganiza el tiempo. Hasta los comercios, las panaderías, los bares y los escaparates hablan el idioma de la fiesta, invitando a participar desde donde se pueda.

En ese contexto, cualquiera puede sentirse parte. Incluso quien no entiende muy bien la historia. Incluso quien está de paso. Porque la ciudad se convierte en escenario de acogida, y eso, en términos terapéuticos, es oro: una ciudad que sostiene, que celebra, que involucra.

Las Mondas como ocupación colectiva

El corazón de la Terapia Ocupacional late con las ocupaciones significativas. Y pocas hay tan densas y compartidas como una fiesta que involucra barrios, pueblos, asociaciones, colegios, personas mayores, niños, vecinas, tamborileros y concejales. Las Mondas no se consumen, se viven. Y en esa vivencia, cada quien ocupa un lugar.

Las Mondas son una ocupación colectiva con componentes físicos (andar, cargar, preparar, ensayar), sensoriales (ruido, color, aromas, texturas), cognitivos (memoria, orientación, simbolismo) y sobre todo afectivos. Porque no hay desfile sin emoción. Y no hay emoción sin significado.

El valor terapéutico está en esa participación libre, voluntaria, pero cargada de sentido. Nadie va obligado, y sin embargo, pocos quieren perderse el momento. Y eso lo convierte en un espacio privilegiado para fortalecer el rol comunitario, para recuperar el sentimiento de pertenencia, para trabajar la autonomía desde la inclusión.

Luis Sanchez Molina

El simbolismo de la caracola: memoria, identidad y espiritualidad

Podría parecer que una caracola con flores es solo un adorno, una tradición visualmente atractiva. Pero en Terapia Ocupacional sabemos que los objetos tienen alma. Que un bastón puede ser independencia, que un cuaderno puede ser identidad, que una taza puede ser consuelo. Pues bien, una caracola es raíz, rito y memoria.

Llevar la caracola, como hacen los pueblos en el desfile, es ejercer un rol. Es ocupar un lugar simbólico dentro del tejido social. Es decir: aquí estamos. Todavía somos. Nos seguimos trayendo. Esa afirmación tiene un poder brutal en contextos de duelo, migración, exclusión o simplemente en la vida de quienes han sentido que ya no tienen lugar.

Desde lo espiritual, la ofrenda a la Virgen del Prado también conecta con esa dimensión profunda del ser humano que busca trascendencia. No hace falta ser creyente para reconocer que los rituales tienen una función organizadora del alma. Y en ese sentido, las Mondas son terapéuticas porque ofrece sentido, continuidad y consuelo.

Luis Sanchez Molina

Volver después de trece años: el valor del reencuentro

Volver no es fácil. Sobre todo cuando el lugar al que vuelves ha seguido celebrando sin ti. Pero eso también tiene su magia: la fiesta no te espera, pero tampoco te olvida. Cuando vuelves, simplemente te reincorporas. Y eso, como terapeuta ocupacional, me recordó lo importante que es dejar siempre una silla libre para quien está por volver.

Volver a las Mondas después de trece años fue reencontrarme con mi ciudad, sí, pero también conmigo mismo. Con el adolescente que se emocionaba con los tamborileros. Con el joven que quedaba a ver el pregón. Con el adulto que necesitaba recordar que todavía había un sitio para él entre los suyos. Y ese reencuentro tuvo valor terapéutico: me organizó emocionalmente, me reconectó con mi identidad, me devolvió un rol.

Volver es, muchas veces, sanarse.

La figura del guía: enseñar tradiciones como intervención significativa

Llevar a tres personas «nuevas» a vivir Las Mondas fue una experiencia inesperadamente potente. Porque en el intento de explicarles los cómos y los por qués, redescubrí yo mismo lo que esta fiesta significaba. Ser guía es una ocupación en sí misma. Exige comunicación, empatía, selección de información, atención plena. Pero también devuelve mucho: orgullo, sentido, alegría compartida.

Desde la Terapia Ocupacional lo llamamos «transmisión intergeneracional», «apoyo entre iguales» o incluso «rol de mentor». Pero en el fondo es algo simple y hermoso: enseñar lo que amas. Y hacerlo con amigos, con tu pareja, con gente que escucha, es una forma de reafirmarte. De poner en palabras lo que sentías pero no habías dicho nunca. De volverlo real.

La cuadrilla como grupo terapéutico natural

No hace falta una sala blanca ni sillas en círculo para tener un grupo terapéutico. A veces basta con una cuadrilla. Con gente que te quiere y con la que puedes reír, andar, callar, comer. Mi cuadrilla fue mi contención, mi impulso y mi espejo. Y eso no se paga con dinero.

Las relaciones significativas son uno de los pilares de la salud ocupacional. Son las que permiten que una persona mantenga sus rutinas, recupere su rol, se atreva a hacer cambios o simplemente se sostenga. Y las Mondas, al reunirnos, al facilitarnos estar juntos, al ofrecernos excusas para vernos, hacen una función profundamente terapéutica.

Emoción, pertenencia y salud mental

No hay salud mental sin pertenencia. Y no hay pertenencia sin rituales. Las Mondas permiten eso: que cada talaverano sienta que tiene un sitio. Da igual si llevas banderolas o solo miras desde la acera. Estás. Eres parte.

Y esa sensación, cuando se ha vivido duelo, migración, ansiedad, ruptura o simplemente alienación vital, es una medicina poderosa. Por eso defender las fiestas populares, mantenerlas vivas, adaptarlas, hacerlas inclusivas, es también una tarea terapéutica. Porque nos recuerdan que no estamos solos. Que somos parte de algo.

Lo que una fiesta enseña sobre el rol, la agencia y la comunidad

La terapia ocupacional habla mucho de «rol» y «agencia». Pues bien: en Las Mondas se ensayan, se recuperan, se transforman roles. Uno puede ser vecino, tamborilero, nieta de quien salía en procesión, amiga que sostiene el bolso, pareja que saca fotos, persona que explica, que escucha, que vive. Y en todos esos microroles, hay agencia: decisión, acción, participación.

Las Mondas nos enseñan que la comunidad no es un concepto abstracto. Es un desfile, un aplauso, un «mira, ahí va el pueblo de…». Es saber que hay una historia más grande que uno, y que sin embargo uno forma parte de ella.

Flores, tamboriles y ciencia con alma

No sé si alguien más se ha atrevido a escribir sobre Las Mondas desde la Terapia Ocupacional. Pero si no lo habían hecho, aquí va mi humilde aporte. Porque creo, de verdad, que hay salud en lo que nos emociona. Que hay terapia en lo que compartimos. Que hay rehabilitación en cada gesto que nos devuelve al centro de lo que somos.

Talavera, gracias por seguir esperándonos. Por seguir engalanándote. Por recordarnos que a veces basta con volver. Con andar. Con mirar. Con explicar.

Y por supuesto, con celebrar.

Ojete Calor tenía razón: extremismo mal, profesional peor

«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»

Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.

Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.

Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.

Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos

Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.

¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?

Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.

  • Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
  • Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
  • Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
  • Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”

Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?

Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.

La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.

Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.

No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)

En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.

Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.

Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?

Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.

No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.

La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.

Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.

“Vías establecidas”: la gran ficción profesional

“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?

¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?

Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?

El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo

Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.

Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.

Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.

Porque al final…

No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.

La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.

Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.

Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.