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Parte 1: El punto de partida siempre es la persona
Hablar de sillas de ruedas es hablar de libertad. De límites que se negocian con inteligencia, y de cuerpos que buscan moverse, habitar, existir. Sin embargo, para que una silla de ruedas sea realmente una herramienta de participación y autonomía —y no un obstáculo o una fuente de dolor— necesitamos algo más que buena voluntad: necesitamos evaluación clínica precisa, criterio técnico y escucha activa. Mucha escucha activa.
¿Qué entendemos por evaluación de sedestación y movilidad?
Una evaluación de sedestación y movilidad es un proceso clínico completo en el que se analizan las capacidades, necesidades y riesgos de una persona que necesita utilizar una silla de ruedas o un sistema de apoyo postural. Esta evaluación contempla no solo aspectos físicos y posturales, sino también factores sociales, psicológicos, ambientales y de participación.
Desde la perspectiva clínica, sedestación y movilidad son elementos interdependientes. No podemos hablar de uno sin el otro: una mala sedestación puede impedir la movilidad, y una movilidad inadecuada puede derivar en posturas dañinas o en lesiones por presión. Por tanto, el objetivo no es solo “poner a alguien en una silla”, sino entender cómo esa persona se moverá, vivirá, trabajará o estudiará desde ella.
Las 4 etapas clave de la provisión de una silla de ruedas (según la OMS)
La Organización Mundial de la Salud (2023) resume el proceso de provisión de sillas de ruedas en cuatro pasos esenciales:
- Selección: Incluye la evaluación personalizada y la elección del dispositivo adecuado. No existen soluciones estándar. Cada cuerpo, cada vida, necesita una respuesta única.
- Ajuste (fitting): Es el ensamblaje y configuración del sistema para que ofrezca el mejor soporte postural, funcionalidad y confort.
- Entrenamiento: Abarca tanto al usuario como a quienes lo asisten. Instrucción en habilidades de manejo, transferencias, mantenimiento y estrategias de posicionamiento.
- Seguimiento: Revisión periódica y resolución de problemas. La silla de ruedas debe seguir respondiendo a los cambios en la vida y en el cuerpo de la persona.
Estas etapas no siempre son lineales. A menudo, como en un rompecabezas, hay que retroceder un paso, ajustar una pieza, observar una nueva variable. Pero lo esencial es tener la imagen completa siempre en mente: el bienestar y la funcionalidad del usuario.

La entrevista clínica: empezar por preguntar (y escuchar)
Un error frecuente en los procesos de evaluación es comenzar observando sin preguntar. Pero si queremos conocer realmente a la persona, necesitamos abrir un espacio de diálogo sincero. La entrevista clínica es una herramienta terapéutica en sí misma. Nos permite entender no solo lo que físicamente puede o no puede hacer una persona, sino cómo vive su movilidad, qué desea cambiar, qué teme, qué espera.
Algunas preguntas clave que nunca deberían faltar en una evaluación:
- ¿Cuál es tu condición de salud principal y cómo afecta a tu movilidad?
- ¿Qué sabes sobre tu diagnóstico y su evolución?
- ¿Cómo te mueves actualmente? ¿Cómo lo hacías hace un año?
- ¿Qué lugares frecuentas? ¿Tu entorno es accesible?
- ¿Tienes dolor al sentarte? ¿Notas enrojecimientos o heridas en la piel?
- ¿Puedes recolocarte solo/a si te deslizas o estás incómodo/a?
Estas preguntas no son meros trámites. Son puertas. Nos ayudan a comprender si estamos ante un caso de movilidad reducida sin alteración postural (una señora mayor con diabetes y fatiga), o si estamos ante situaciones más complejas (con parálisis cerebral y necesidad de soporte postural o lesión medular y riesgo de úlceras por presión).
La entrevista también nos revela aspectos fundamentales sobre la motivación, la aceptación de ayudas, la experiencia previa con dispositivos, y las expectativas del usuario. Porque no es lo mismo quien desea mantener su independencia a toda costa, que quien necesita recuperar un sentido de control sobre su día a día después de un largo ingreso hospitalario.
Categorizar para individualizar: tres niveles de evaluación
La evaluación clínica no es igual para todos. El grado de profundidad dependerá del tipo de necesidades del usuario. En el modelo propuesto por Minkel y Lange (2025), se plantean tres categorías prácticas que ayudan a organizar el proceso:
- Evaluación de movilidad solamente: Para personas con equilibrio de tronco preservado, sin riesgo de lesiones cutáneas y con necesidad de desplazamiento (por fatiga, caídas, etc.).
- Evaluación de movilidad + soporte postural: Para quienes tienen dificultad para mantenerse sentados sin apoyo, pero no presentan riesgo cutáneo grave.
- Evaluación completa (movilidad + postura + integridad cutánea): Para personas con asimetrías pélvicas, lesiones por presión previas o actuales, sensibilidad alterada y necesidad de posturas acomodadas.
Cada categoría implica un nivel distinto de observación y valoración. En la práctica, estas clasificaciones nos permiten distribuir recursos, anticipar necesidades y priorizar intervenciones. Pero siempre —siempre— deben ser entendidas como guías, no como moldes cerrados.
Evaluar no es sólo medir, es observar en contexto
Una evaluación rigurosa incluye la observación directa del movimiento, las transferencias, la postura al estar sentado sin soporte, y la respuesta de la persona ante diferentes estímulos (como el dolor o la incomodidad). Se evalúan componentes como:
- Equilibrio en sedestación sin apoyo.
- Capacidad de recolocarse.
- Rango articular de caderas, rodillas, tobillos.
- Tono muscular y control del tronco.
- Integridad de la piel.
- Respuesta ante distintas configuraciones de silla.
Pero también debemos observar algo más difícil de medir: el ajuste entre el cuerpo, la mente, el entorno y el dispositivo. Por eso es importante salir del consultorio, preguntar por la casa, los trayectos habituales, el vehículo familiar, los lugares de trabajo o estudio.
Una silla que es perfecta en una sala de rehabilitación puede resultar inútil en la casa del usuario si no cabe por la puerta del baño, si no se adapta al coche o si el usuario no logra cargarla en la maleta.
La importancia del mat assessment
Una de las herramientas más potentes, y tristemente más olvidadas (@rubenserrano_TO va por ti), es la evaluación en camilla o mat assessment. Consiste en pedir a la persona que se transfiera fuera de la silla (si es posible), y evaluar su postura en decúbito (supino) y sedestación sin soporte. Esta observación nos permite entender cómo se comporta el cuerpo sin la interferencia de la gravedad o del propio dispositivo.
Durante esta evaluación se valora:
- El tipo de control de tronco: ¿manos libres, dependiente o de soporte total?
- El tipo de alineación pélvica: ¿hay inclinaciones, rotaciones o basculaciones?
- La movilidad articular: ¿hasta qué ángulo puede flexionar las caderas manteniendo la pelvis neutra?
- La tensión de músculos como los isquiotibiales: ¿afectará a la postura sentada?
- La posición de los pies: ¿pueden descansar en un reposapiés o requieren ortesis?
Este momento es ideal también para inspeccionar la piel. Un simple vistazo a las tuberosidades isquiáticas, al sacro y a las zonas de apoyo nos puede alertar de lesiones previas o de riesgos inminentes. La piel habla. Hay que aprender a leerla.












