Introducción
La terapia ocupacional (TO) se ha forjado, a lo largo de un siglo, como una profesión que sitúa la ocupación en el centro de la salud y el bienestar. Para entender su presente y proyectar su futuro, resulta esencial dominar los marcos teóricos y modelos de práctica que dan forma al razonamiento clínico, la investigación y la docencia. Estos constructos se distribuyen de manera jerárquica: marcos globales que proporcionan el horizonte filosófico y metodológico; marcos específicos que articulan la relación persona‑entorno‑ocupación en contextos concretos; y modelos propios que operacionalizan la teoría en instrumentos, guías de intervención y métricas de resultado. A lo largo de esta presentación ahondaremos en cada nivel, explorando orígenes, evoluciones, principios, evidencia científica, aportes a la práctica y controversias. El objetivo es ofrecer un recurso exhaustivo que facilite la planificación de contenidos académicos, la actualización profesional y el diseño de programas de intervención.
I. Marcos globales
1. Occupational Therapy Practice Framework (OTPF‑4)
El OTPF‑4, publicado por la American Occupational Therapy Association en 2020, surge como un mapa integrador que describe los dominios (ocupaciones, factores del cliente, desempeño, contextos y procesos) y los procesos (valoración, intervención y resultados) de la TO. Su proyección internacional radica en proveer un lenguaje común que facilita la colaboración interprofesional y el intercambio de datos de investigación. Una de las contribuciones más relevantes del OTPF‑4 es la inclusión explícita del entorno virtual, reconociendo el impacto de la tele‑salud, la realidad aumentada y las plataformas digitales en la participación. Además, refuerza conceptos como justicia ocupacional, subrayando la responsabilidad ética de los terapeutas de abordar inequidades en el acceso a ocupaciones significativas. Para la práctica clínica, el framework legitima la documentación enfocada en ocupación, lo que mejora la claridad de los objetivos y eleva la calidad comparativa de los registros. No obstante, críticas recientes apuntan a la dificultad de traducir su vocabulario del inglés a lenguas con menor tradición terminológica, lo que puede generar pérdida de matices y confusiones semánticas.
2. Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF)
Respaldada por la Organización Mundial de la Salud, la CIF se erige como la principal taxonomía de la salud funcional. A diferencia del OTPF, que surge desde la TO, la CIF es un marco transversal diseñado para todas las profesiones sanitarias y sociales. Sus componentes—funciones y estructuras corporales, actividades y participación, factores ambientales y personales—crean una matriz que permite describir la experiencia de salud más allá del diagnóstico médico. Para la TO, la CIF aporta legitimidad externa y posibilita la comunicación con decisores políticos y financiadores. Estudios comparativos revelan que la combinación OTPF‑CIF incrementa la precisión en la determinación de la necesidad de servicios y la evaluación de resultados a nivel poblacional. Sin embargo, la CIF ha sido cuestionada por su complejidad en entornos de recursos limitados y por reproducir una visión biomédica en la codificación de funciones y estructuras, lo que requiere la integración de otros marcos que acentúen la dimensión subjetiva y cultural de la ocupación.
3. Public Health Framework for Occupational Therapy
Este marco global traslada la mirada de la TO desde la intervención individual a la salud pública, promoviendo acciones de prevención primaria, secundaria y terciaria a nivel comunitario. Su enfoque de determinantes sociales de la salud invita a analizar cómo variables como educación, empleo y vivienda influyen en la participación ocupacional. La implementación de este marco ha impulsado programas de envejecimiento activo, promoción de salud mental en escuelas y diseño urbano inclusivo. La evidencia sugiere que las intervenciones estructuradas bajo este prisma obtienen mejoras sostenidas en calidad de vida y reducen costes sanitarios. Con todo, persiste el reto de integrar indicadores de resultado que capturen cambios a nivel comunitario y de justificar financieramente intervenciones cuyos beneficios se observan a largo plazo.
4. Marco de Justicia Ocupacional
Formulado por Elizabeth Townsend y Ann Wilcock, este marco introduce una dimensión ética y política al destacar el derecho de toda persona a participar en ocupaciones que promuevan su salud y desarrollo. Propone conceptos como marginación ocupacional, privación ocupacional y alienación ocupacional, que permiten visibilizar las inequidades estructurales. La adopción del marco de justicia ocupacional ha estimulado proyectos de TO comunitaria en cárceles, barrios desfavorecidos y comunidades indígenas, donde los terapeutas actúan como agentes de cambio social. No obstante, se requieren métricas validadas que permitan cuantificar la justicia ocupacional y demostrar su impacto ante organismos financiadores. Además, la praxis enfrenta tensiones entre la defensa de derechos y las limitaciones institucionales, lo que exige habilidades de abogacía y alianzas intersectoriales.
II. Marcos específicos
1. Persona‑Entorno‑Ocupación (PEO)
Desarrollado por Law y colaboradores en 1996, el PEO describe la interacción dinámica entre las dimensiones de la persona, el entorno y la ocupación. Su concepto central es la “bondad de ajuste” (fit): cuanto mayor sea la congruencia entre los componentes, mejor será el desempeño y la participación. El modelo ha sido aplicado extensamente en temas de accesibilidad arquitectónica, transición laboral y adaptación al envejecimiento. Su flexibilidad permite que terapeutas de distintos contextos—desde atención temprana hasta cuidados paliativos—analicen rápidamente barreras y facilitadores de la ocupación. Investigaciones longitudinales han mostrado que intervenciones basadas en la optimización del ajuste PEO se asocian con mayor permanencia comunitaria de adultos mayores y reducción de readmisiones hospitalarias. Sin embargo, medir objetivamente ese ajuste continúa siendo un reto, pues las variables de persona y entorno son altamente complejas y culturalmente moldeadas.
2. Persona‑Entorno‑Ocupación‑Desempeño (PEOP)
Inspirado en el PEO, el PEOP de Christiansen y Baum añade una capa de variables intrapersonales (competencias fisiológicas, psicológicas, emocionales) y extrínsecas (políticas, cultura, apoyo social) para detallar los procesos que conducen a resultados de salud. Esta integración facilita el diseño de intervenciones que consideren tanto factores biológicos como sociales, respondiendo a la necesidad de enfoques holísticos. Estudios de caso han documentado que los programas PEOP favorecen la reinserción laboral tras lesiones musculoesqueléticas y mejoran la autogestión de enfermedades crónicas. Su compatibilidad con la CIF lo convierte en un puente para la investigación comparativa. Aun así, su amplitud conceptual puede desalentar a clínicos que buscan guías operativas rápidas, razón por la cual se han desarrollado manuales abreviados y algoritmos de decisión.
3. Ecología del Desempeño Humano (EHP)
Presentado por Dunn, Brown y McGuigan en 1994, el EHP pone el énfasis en el contexto como modulador fundamental del desempeño. Propone cinco estrategias de intervención: establecer/restaurar, adaptar/modificar, alterar, prevenir y crear. Esta claridad operacional ha resultado valiosa para justificar adaptaciones ambientales ante aseguradoras o legisladores. Investigaciones recientes lo emplean para evaluar el impacto de barrios “caminables” en la participación de adultos mayores. Con la irrupción tecnológica, el EHP se ha expandido para contemplar entornos virtuales, domótica y realidad aumentada. Su desafío actual es desarrollar indicadores de resultado que capturen cambios contextuales de manera sensible y sostenible en el tiempo.
4. PEO‑Technology (PEO‑T)
La digitalización ha propiciado la necesidad de integrar la variable tecnológico‑digital en los modelos ocupacionales. El PEO‑T reinterpreta el ajuste triádico incorporando dimensiones como usabilidad, accesibilidad digital y ciberseguridad. Es particularmente relevante en tele‑rehabilitación, diseño de aplicaciones de salud y exergaming. Estudios piloto demuestran que los programas configurados con PEO‑T incrementan la adherencia a la tele‑TO y reducen la fatiga tecnológica al adaptar interfaces a necesidades cognitivas y sensoriales de los usuarios. Aun así, la evidencia aún es incipiente y requiere ensayos controlados que midan variables como satisfacción, eficacia y costo‑beneficio.
5. Do‑Live‑Well (DLW)
El DLW es un marco canadiense que relaciona patrones de actividad con salud y bienestar. Propone ocho dimensiones (ser activo, conectar, cuidar, entre otras) para evaluar y rediseñar agendas diarias. Su orientación a la promoción de la salud ha inspirado programas comunitarios que combaten la soledad y el sedentarismo. La literatura reporta efectos moderados en la mejora de bienestar psicológico y autonomía en adultos mayores. No obstante, los estudios se concentran mayoritariamente en contextos anglosajones, y se necesita explorar su validez en culturas con patrones de tiempo y significado distintos.
6. Enfoque Biomecánico
Aunque derivado de las ciencias del movimiento, el enfoque biomecánico se ha integrado como marco específico en la TO para restaurar fuerza, resistencia y rango articular. Su papel es crucial en la rehabilitación física, pero exige combinarse con modelos centrados en ocupación para evitar reduccionismo. Investigaciones han demostrado que las intervenciones que conjugan protocolos biomecánicos con metas basadas en ocupación logran mayores índices de transferencia funcional. El reto persiste en equilibrar el rigor cuantitativo de la biomecánica con la flexibilidad cualitativa de la experiencia ocupacional.
7. Enfoque Rehabilitador
También de origen interdisciplinario, el enfoque rehabilitador enfatiza la compensación de déficits persistentes mediante ayudas técnicas, adaptaciones ambientales y entrenamiento de técnicas de conservación de energía. Su vigencia radica en la búsqueda de independencia funcional cuando la restauración total no es posible. Estudios de implementación muestran que, cuando se combina con educación al usuario y seguimiento, reduce la carga del cuidador y los costes institucionales. Sin embargo, su éxito depende de la accesibilidad a dispositivos y de políticas que financien las ayudas técnicas, lo que exige al terapeuta habilidades de gestión y abogacía.
III. Modelos propios de Terapia Ocupacional
1. Modelo de Ocupación Humana (MOHO)
Gary Kielhofner introdujo el MOHO en 1980 para explicar cómo la interacción entre volición, habituación y capacidades de desempeño produce patrones de ocupación. Su carácter sistémico permite analizar cambios adaptativos y desajustes. Herramientas como la OSA y el MOHOST presentan alta fiabilidad y validez, posibilitando la medición de progreso y la comparación de programas. La investigación muestra que las intervenciones basadas en MOHO mejoran la participación en salud mental, rehabilitación física y contextos comunitarios. Pese a su robustez empírica, su complejidad teórica puede resultar desafiante para terapeutas noveles, por lo que se aconseja una formación escalonada acompañada de supervisión.
2. Modelo Canadiense de Desempeño y Compromiso Ocupacional (CMOP‑E)
El CMOP‑E introduce la espiritualidad como núcleo de la persona y distingue entre desempeño y compromiso (engagement), subrayando la importancia de la experiencia subjetiva. El COPM, su herramienta insignia, facilita la identificación de metas centradas en el cliente y detecta cambios clínicos significativos. La literatura evidencia que el uso sistemático del COPM potencia la colaboración terapeuta‑cliente y mejora la satisfacción terapéutica. Los debates actuales giran en torno a la operacionalización de la espiritualidad en contextos multiculturales y la necesidad de adaptar entrevistas a poblaciones con limitaciones cognitivas.
3. Modelo Kawa
El Kawa, propuesto por Michael Iwama, utiliza la metáfora del río para representar la vida, donde el cauce es el contexto, las rocas son obstáculos y la madera simboliza recursos. Esta narrativa facilita conversaciones culturalmente sensibles y promueve la co‑construcción de objetivos. Estudios cualitativos confirman que mejora la auto‑eficacia y la adherencia a la terapia en comunidades minoritarias. No obstante, la falta de instrumentos estandarizados limita la investigación cuantitativa, y se trabaja en el desarrollo de escalas visuales que midan la percepción del flujo vital.
4. Modelo de Adaptación Ocupacional (OA)
Schkade y Schultz concibieron el OA para describir la búsqueda de maestría ocupacional frente a demandas ambientales. La intervención se centra en provocar respuestas adaptativas que, tras ser evaluadas internamente, conduzcan a una sensación de eficacia. Investigaciones recientes en rehabilitación oncológica y salud mental relacionan el OA con el aumento de resiliencia y autoestima. Sin embargo, se necesitan ensayos controlados aleatorizados que comparen su efectividad con otros modelos para fortalecer su base empírica.
5. Intentional Relationship Model (IRM)
El IRM de Renee Taylor coloca la relación terapeuta‑cliente en el núcleo del proceso clínico y define seis modos de interacción (abogar, colaborar, empatizar, animar, instruir, resolver problemas). La evidencia indica que terapeutas que aplican el IRM reportan mejores índices de adherencia y satisfacción del cliente. Se han desarrollado rúbricas de evaluación que permiten medir la competencia interpersonal en estudiantes y profesionales. El principal desafío es mantener la autenticidad relacional mientras se utilizan marcos estructurados, evitando conversaciones mecanicistas.
6. Modelo de Discapacidades Cognitivas de Allen (CDM)
El CDM clasifica la cognición funcional en seis niveles que describen el potencial de aprendizaje y la capacidad para procesar información. Herramientas como la Allen Cognitive Level Screen y el Routine Task Inventory permiten adaptar el entorno y las actividades a la capacidad cognitiva real, reduciendo riesgos y frustración. Estudios de 2024 muestran alta confiabilidad interevaluador y utilidad en la planificación de altas hospitalarias. Críticas se centran en la necesidad de contextualizar los niveles a culturas con patrones de actividad diferentes y en desarrollar versiones digitales de las pruebas para entornos de tele‑salud.
Conclusión
El recorrido por marcos y modelos revela una disciplina vibrante, en constante diálogo entre tradición y renovación. Los marcos globales proporcionan la brújula ética y terminológica que orienta la profesión hacia metas de justicia y salud poblacional. Los marcos específicos funcionan como lentes ajustables que enfocan la interacción persona‑entorno‑ocupación en escenarios diversos, incorporando cada vez más la dimensión tecnológica. Finalmente, los modelos propios ofrecen las herramientas prácticas y métricas que permiten operacionalizar la teoría en la vida cotidiana de individuos y comunidades. El desafío contemporáneo de la TO consiste en integrar críticamente estos niveles, nutrirlos con investigación rigurosa y adaptarlos a contextos culturales plurales. Solo así podremos honrar la promesa fundacional de la profesión: facilitar que todas las personas participen en las ocupaciones que dan sentido y plenitud a sus vidas.





































