Terapia Ocupacional 360°: Comparativa de los Principales Marcos y Modelos

Introducción

La terapia ocupacional (TO) se ha forjado, a lo largo de un siglo, como una profesión que sitúa la ocupación en el centro de la salud y el bienestar. Para entender su presente y proyectar su futuro, resulta esencial dominar los marcos teóricos y modelos de práctica que dan forma al razonamiento clínico, la investigación y la docencia. Estos constructos se distribuyen de manera jerárquica: marcos globales que proporcionan el horizonte filosófico y metodológico; marcos específicos que articulan la relación persona‑entorno‑ocupación en contextos concretos; y modelos propios que operacionalizan la teoría en instrumentos, guías de intervención y métricas de resultado. A lo largo de esta presentación ahondaremos en cada nivel, explorando orígenes, evoluciones, principios, evidencia científica, aportes a la práctica y controversias. El objetivo es ofrecer un recurso exhaustivo que facilite la planificación de contenidos académicos, la actualización profesional y el diseño de programas de intervención.


I. Marcos globales

1. Occupational Therapy Practice Framework (OTPF‑4)

El OTPF‑4, publicado por la American Occupational Therapy Association en 2020, surge como un mapa integrador que describe los dominios (ocupaciones, factores del cliente, desempeño, contextos y procesos) y los procesos (valoración, intervención y resultados) de la TO. Su proyección internacional radica en proveer un lenguaje común que facilita la colaboración interprofesional y el intercambio de datos de investigación. Una de las contribuciones más relevantes del OTPF‑4 es la inclusión explícita del entorno virtual, reconociendo el impacto de la tele‑salud, la realidad aumentada y las plataformas digitales en la participación. Además, refuerza conceptos como justicia ocupacional, subrayando la responsabilidad ética de los terapeutas de abordar inequidades en el acceso a ocupaciones significativas. Para la práctica clínica, el framework legitima la documentación enfocada en ocupación, lo que mejora la claridad de los objetivos y eleva la calidad comparativa de los registros. No obstante, críticas recientes apuntan a la dificultad de traducir su vocabulario del inglés a lenguas con menor tradición terminológica, lo que puede generar pérdida de matices y confusiones semánticas.

2. Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF)

Respaldada por la Organización Mundial de la Salud, la CIF se erige como la principal taxonomía de la salud funcional. A diferencia del OTPF, que surge desde la TO, la CIF es un marco transversal diseñado para todas las profesiones sanitarias y sociales. Sus componentes—funciones y estructuras corporales, actividades y participación, factores ambientales y personales—crean una matriz que permite describir la experiencia de salud más allá del diagnóstico médico. Para la TO, la CIF aporta legitimidad externa y posibilita la comunicación con decisores políticos y financiadores. Estudios comparativos revelan que la combinación OTPF‑CIF incrementa la precisión en la determinación de la necesidad de servicios y la evaluación de resultados a nivel poblacional. Sin embargo, la CIF ha sido cuestionada por su complejidad en entornos de recursos limitados y por reproducir una visión biomédica en la codificación de funciones y estructuras, lo que requiere la integración de otros marcos que acentúen la dimensión subjetiva y cultural de la ocupación.

3. Public Health Framework for Occupational Therapy

Este marco global traslada la mirada de la TO desde la intervención individual a la salud pública, promoviendo acciones de prevención primaria, secundaria y terciaria a nivel comunitario. Su enfoque de determinantes sociales de la salud invita a analizar cómo variables como educación, empleo y vivienda influyen en la participación ocupacional. La implementación de este marco ha impulsado programas de envejecimiento activo, promoción de salud mental en escuelas y diseño urbano inclusivo. La evidencia sugiere que las intervenciones estructuradas bajo este prisma obtienen mejoras sostenidas en calidad de vida y reducen costes sanitarios. Con todo, persiste el reto de integrar indicadores de resultado que capturen cambios a nivel comunitario y de justificar financieramente intervenciones cuyos beneficios se observan a largo plazo.

4. Marco de Justicia Ocupacional

Formulado por Elizabeth Townsend y Ann Wilcock, este marco introduce una dimensión ética y política al destacar el derecho de toda persona a participar en ocupaciones que promuevan su salud y desarrollo. Propone conceptos como marginación ocupacional, privación ocupacional y alienación ocupacional, que permiten visibilizar las inequidades estructurales. La adopción del marco de justicia ocupacional ha estimulado proyectos de TO comunitaria en cárceles, barrios desfavorecidos y comunidades indígenas, donde los terapeutas actúan como agentes de cambio social. No obstante, se requieren métricas validadas que permitan cuantificar la justicia ocupacional y demostrar su impacto ante organismos financiadores. Además, la praxis enfrenta tensiones entre la defensa de derechos y las limitaciones institucionales, lo que exige habilidades de abogacía y alianzas intersectoriales.


II. Marcos específicos

1. Persona‑Entorno‑Ocupación (PEO)

Desarrollado por Law y colaboradores en 1996, el PEO describe la interacción dinámica entre las dimensiones de la persona, el entorno y la ocupación. Su concepto central es la “bondad de ajuste” (fit): cuanto mayor sea la congruencia entre los componentes, mejor será el desempeño y la participación. El modelo ha sido aplicado extensamente en temas de accesibilidad arquitectónica, transición laboral y adaptación al envejecimiento. Su flexibilidad permite que terapeutas de distintos contextos—desde atención temprana hasta cuidados paliativos—analicen rápidamente barreras y facilitadores de la ocupación. Investigaciones longitudinales han mostrado que intervenciones basadas en la optimización del ajuste PEO se asocian con mayor permanencia comunitaria de adultos mayores y reducción de readmisiones hospitalarias. Sin embargo, medir objetivamente ese ajuste continúa siendo un reto, pues las variables de persona y entorno son altamente complejas y culturalmente moldeadas.

2. Persona‑Entorno‑Ocupación‑Desempeño (PEOP)

Inspirado en el PEO, el PEOP de Christiansen y Baum añade una capa de variables intrapersonales (competencias fisiológicas, psicológicas, emocionales) y extrínsecas (políticas, cultura, apoyo social) para detallar los procesos que conducen a resultados de salud. Esta integración facilita el diseño de intervenciones que consideren tanto factores biológicos como sociales, respondiendo a la necesidad de enfoques holísticos. Estudios de caso han documentado que los programas PEOP favorecen la reinserción laboral tras lesiones musculoesqueléticas y mejoran la autogestión de enfermedades crónicas. Su compatibilidad con la CIF lo convierte en un puente para la investigación comparativa. Aun así, su amplitud conceptual puede desalentar a clínicos que buscan guías operativas rápidas, razón por la cual se han desarrollado manuales abreviados y algoritmos de decisión.

3. Ecología del Desempeño Humano (EHP)

Presentado por Dunn, Brown y McGuigan en 1994, el EHP pone el énfasis en el contexto como modulador fundamental del desempeño. Propone cinco estrategias de intervención: establecer/restaurar, adaptar/modificar, alterar, prevenir y crear. Esta claridad operacional ha resultado valiosa para justificar adaptaciones ambientales ante aseguradoras o legisladores. Investigaciones recientes lo emplean para evaluar el impacto de barrios “caminables” en la participación de adultos mayores. Con la irrupción tecnológica, el EHP se ha expandido para contemplar entornos virtuales, domótica y realidad aumentada. Su desafío actual es desarrollar indicadores de resultado que capturen cambios contextuales de manera sensible y sostenible en el tiempo.

4. PEO‑Technology (PEO‑T)

La digitalización ha propiciado la necesidad de integrar la variable tecnológico‑digital en los modelos ocupacionales. El PEO‑T reinterpreta el ajuste triádico incorporando dimensiones como usabilidad, accesibilidad digital y ciberseguridad. Es particularmente relevante en tele‑rehabilitación, diseño de aplicaciones de salud y exergaming. Estudios piloto demuestran que los programas configurados con PEO‑T incrementan la adherencia a la tele‑TO y reducen la fatiga tecnológica al adaptar interfaces a necesidades cognitivas y sensoriales de los usuarios. Aun así, la evidencia aún es incipiente y requiere ensayos controlados que midan variables como satisfacción, eficacia y costo‑beneficio.

5. Do‑Live‑Well (DLW)

El DLW es un marco canadiense que relaciona patrones de actividad con salud y bienestar. Propone ocho dimensiones (ser activo, conectar, cuidar, entre otras) para evaluar y rediseñar agendas diarias. Su orientación a la promoción de la salud ha inspirado programas comunitarios que combaten la soledad y el sedentarismo. La literatura reporta efectos moderados en la mejora de bienestar psicológico y autonomía en adultos mayores. No obstante, los estudios se concentran mayoritariamente en contextos anglosajones, y se necesita explorar su validez en culturas con patrones de tiempo y significado distintos.

6. Enfoque Biomecánico

Aunque derivado de las ciencias del movimiento, el enfoque biomecánico se ha integrado como marco específico en la TO para restaurar fuerza, resistencia y rango articular. Su papel es crucial en la rehabilitación física, pero exige combinarse con modelos centrados en ocupación para evitar reduccionismo. Investigaciones han demostrado que las intervenciones que conjugan protocolos biomecánicos con metas basadas en ocupación logran mayores índices de transferencia funcional. El reto persiste en equilibrar el rigor cuantitativo de la biomecánica con la flexibilidad cualitativa de la experiencia ocupacional.

7. Enfoque Rehabilitador

También de origen interdisciplinario, el enfoque rehabilitador enfatiza la compensación de déficits persistentes mediante ayudas técnicas, adaptaciones ambientales y entrenamiento de técnicas de conservación de energía. Su vigencia radica en la búsqueda de independencia funcional cuando la restauración total no es posible. Estudios de implementación muestran que, cuando se combina con educación al usuario y seguimiento, reduce la carga del cuidador y los costes institucionales. Sin embargo, su éxito depende de la accesibilidad a dispositivos y de políticas que financien las ayudas técnicas, lo que exige al terapeuta habilidades de gestión y abogacía.


III. Modelos propios de Terapia Ocupacional

1. Modelo de Ocupación Humana (MOHO)

Gary Kielhofner introdujo el MOHO en 1980 para explicar cómo la interacción entre volición, habituación y capacidades de desempeño produce patrones de ocupación. Su carácter sistémico permite analizar cambios adaptativos y desajustes. Herramientas como la OSA y el MOHOST presentan alta fiabilidad y validez, posibilitando la medición de progreso y la comparación de programas. La investigación muestra que las intervenciones basadas en MOHO mejoran la participación en salud mental, rehabilitación física y contextos comunitarios. Pese a su robustez empírica, su complejidad teórica puede resultar desafiante para terapeutas noveles, por lo que se aconseja una formación escalonada acompañada de supervisión.

2. Modelo Canadiense de Desempeño y Compromiso Ocupacional (CMOP‑E)

El CMOP‑E introduce la espiritualidad como núcleo de la persona y distingue entre desempeño y compromiso (engagement), subrayando la importancia de la experiencia subjetiva. El COPM, su herramienta insignia, facilita la identificación de metas centradas en el cliente y detecta cambios clínicos significativos. La literatura evidencia que el uso sistemático del COPM potencia la colaboración terapeuta‑cliente y mejora la satisfacción terapéutica. Los debates actuales giran en torno a la operacionalización de la espiritualidad en contextos multiculturales y la necesidad de adaptar entrevistas a poblaciones con limitaciones cognitivas.

3. Modelo Kawa

El Kawa, propuesto por Michael Iwama, utiliza la metáfora del río para representar la vida, donde el cauce es el contexto, las rocas son obstáculos y la madera simboliza recursos. Esta narrativa facilita conversaciones culturalmente sensibles y promueve la co‑construcción de objetivos. Estudios cualitativos confirman que mejora la auto‑eficacia y la adherencia a la terapia en comunidades minoritarias. No obstante, la falta de instrumentos estandarizados limita la investigación cuantitativa, y se trabaja en el desarrollo de escalas visuales que midan la percepción del flujo vital.

4. Modelo de Adaptación Ocupacional (OA)

Schkade y Schultz concibieron el OA para describir la búsqueda de maestría ocupacional frente a demandas ambientales. La intervención se centra en provocar respuestas adaptativas que, tras ser evaluadas internamente, conduzcan a una sensación de eficacia. Investigaciones recientes en rehabilitación oncológica y salud mental relacionan el OA con el aumento de resiliencia y autoestima. Sin embargo, se necesitan ensayos controlados aleatorizados que comparen su efectividad con otros modelos para fortalecer su base empírica.

5. Intentional Relationship Model (IRM)

El IRM de Renee Taylor coloca la relación terapeuta‑cliente en el núcleo del proceso clínico y define seis modos de interacción (abogar, colaborar, empatizar, animar, instruir, resolver problemas). La evidencia indica que terapeutas que aplican el IRM reportan mejores índices de adherencia y satisfacción del cliente. Se han desarrollado rúbricas de evaluación que permiten medir la competencia interpersonal en estudiantes y profesionales. El principal desafío es mantener la autenticidad relacional mientras se utilizan marcos estructurados, evitando conversaciones mecanicistas.

6. Modelo de Discapacidades Cognitivas de Allen (CDM)

El CDM clasifica la cognición funcional en seis niveles que describen el potencial de aprendizaje y la capacidad para procesar información. Herramientas como la Allen Cognitive Level Screen y el Routine Task Inventory permiten adaptar el entorno y las actividades a la capacidad cognitiva real, reduciendo riesgos y frustración. Estudios de 2024 muestran alta confiabilidad interevaluador y utilidad en la planificación de altas hospitalarias. Críticas se centran en la necesidad de contextualizar los niveles a culturas con patrones de actividad diferentes y en desarrollar versiones digitales de las pruebas para entornos de tele‑salud.


Conclusión

El recorrido por marcos y modelos revela una disciplina vibrante, en constante diálogo entre tradición y renovación. Los marcos globales proporcionan la brújula ética y terminológica que orienta la profesión hacia metas de justicia y salud poblacional. Los marcos específicos funcionan como lentes ajustables que enfocan la interacción persona‑entorno‑ocupación en escenarios diversos, incorporando cada vez más la dimensión tecnológica. Finalmente, los modelos propios ofrecen las herramientas prácticas y métricas que permiten operacionalizar la teoría en la vida cotidiana de individuos y comunidades. El desafío contemporáneo de la TO consiste en integrar críticamente estos niveles, nutrirlos con investigación rigurosa y adaptarlos a contextos culturales plurales. Solo así podremos honrar la promesa fundacional de la profesión: facilitar que todas las personas participen en las ocupaciones que dan sentido y plenitud a sus vidas.

Maternidades diversas: un retrato desde la terapia ocupacional en el Día de la Madre

Enciendo la lámpara de la habitación cuando aún es de noche y el silencio me regala un raro privilegio: escuchar, sin interrupciones, las voces que habitan cada maternidad que hemos acompañado. Hoy, 4 de mayo, el calendario señala el Día de la Madre, pero bajo esa etiqueta yace un tapiz tan extenso que a veces parece infinito. Basta con cerrar los ojos para que desfilen, como en una película íntima, los rostros de mujeres y familias que han confiado en nosotras, terapeutas ocupacionales, su cotidianeidad más frágil y más valiosa.

Veo primero a Laura —nombre prestado, historia real—. Cada madrugada, antes de que amanezca, acomoda el cuerpo rígido de su hijo con parálisis cerebral en una postura que alivie la espasticidad; luego coloca la sonda de alimentación, revisa el respirador y repasa mentalmente una agenda que cabría en la novela de un atleta épico: fisioterapia a las nueve, logopedia a las once, atención temprana por la tarde, papeleo de la beca tal, una tutoría telemática con el colegio. Ese horario, que para otros resultaría inviable, es su rutina desde hace ocho años. Sin embargo, cuando llega a nuestra consulta, no es el cansancio lo que primero asoma, sino la duda: «¿Estoy haciéndolo bien?».

Nosotras —y subrayo el plural porque este oficio es siempre coral— nos sentamos junto a ella, no enfrente. Apenas hablamos al principio; dejamos que la libreta aún en blanco absorba su relato. Después, como quien desenreda despacio un ovillo, analizamos juntos cada tramo de su día: ¿Qué tareas son esenciales y cuáles podrían delegarse? ¿Qué productos de apoyo reducirían el esfuerzo de la bañera? ¿Cómo transformar los pasillos del hospital, donde inevitablemente espera, en un pequeño refugio de lectura o respiración consciente? Laura descubre que su tiempo puede volver a pertenecerle por minutos, y poco a poco esos minutos se convierten en espacios de vida propia: una llamada a una amiga sin culpa, un curso en línea que había postergado, un paseo bajo los árboles del bulevar mientras su hijo practica terapia acuática.

Casi al mismo tiempo, pero en otro escenario, transita Isabel. Llega con su silla de ruedas eléctrica y una determinación luminosa: quiere quedar embarazada. En el ascensor del centro de salud le han insinuado que quizá no sea buena idea; en las redes sociales se pierde entre relatos triunfalistas y advertencias catastrofistas. Isabel necesita certezas tangibles, no juicios. Por eso, la recibimos entre planos de mobiliario y muestras de tejidos antideslizantes. Medimos la altura exacta a la que resultará accesible colocar un cambiador; comprobamos si la fuerza de tríceps bastará para transferir al bebé a una cuna con baranda abatible; buscamos mochilas de porteo que repartan el peso sin comprimir la zona lumbar. Pero sobre todo, construimos alianzas: convocamos a obstetras, pediatras, fisioterapeutas y a la propia familia para dibujar un plan de parto que conserve la autonomía de Isabel minuto a minuto. No hay condescendencia, hay logística; no hay compasión, hay respeto técnico y humano. Cuando finalmente sostiene a su hija, descubrimos que las muchas manos que parecían imprescindibles se han convertido en un discreto andamiaje, porque Isabel —como tantas— es la arquitecta principal de su maternidad.

A veces, en ese mismo pasillo, nos cruzamos con Verónica, que ya es madre y vive con esclerosis múltiple. Su reto no es tanto criar, como lidiar con la sospecha ajena: la mirada del maestro que se ofrece a abrochar la chaqueta del niño «porque tu madre estará cansada», el comentario en el parque sobre la lentitud con la que empuja el columpio. Con Verónica ensayamos respuestas a medias entre la pedagogía y la firmeza; proyectamos charlas breves en la escuela donde ella misma explica cómo la fatiga crónica la obliga a dosificarse pero no la incapacita para amar ni para imponer límites; y salimos al barrio para verificar, metro a metro, qué rampas incumplen la normativa, qué semáforos carecen de señal acústica, cuál farmacia se presta a mantener los medicamentos en una taquilla externa para evitar colas innecesarias. Cada barrera superada se traduce en una dosis extra de identidad: su hijo ya no ve a una madre en desventaja, sino a una madre estratega que transforma el entorno en un tablero a su favor.

Sin aviso, la película interior introduce otro personaje: Marta, madre soltera por elección y con un trabajo por turnos que no respeta los relojes familiares. Llega a nosotros con un Excel exhausto que intenta casar guarderías, abuelos a 300 kilómetros, horas extra y esa franja gris que llaman «tiempo para una misma» y que el cursor se resiste a colorear. Cada celda del documento habla de supervivencia. Nosotros arremangamos la ciencia de la ocupación y ensayamos una orfebrería de minutos: proponemos cocinar por lotes el domingo para ganar noches libres, colocamos alarmas que marcan pausas corporales en jornadas nocturnas, enlazamos a Marta con un banco del tiempo que intercambia recogidas escolares por clases de inglés. La magia no consiste en multiplicar horas, sino en redistribuirlas según aquello que realmente importa. Tres meses después, Marta vuelve y nos cuenta, casi incrédula, que los miércoles a mediodía ahora asiste a una clase de danza contemporánea; dice que es su respiración. Esa hora no ha aparecido por arte de los hados: estaba ahí, oculta bajo la inercia productiva.

Hay, sin embargo, silencios más densos. Uno llega con Ana y Luis —otra pareja ficticia y real—, que llevan años intentando concebir. Cuando entran a la sala, el aire parece vibrar con una mezcla de esperanza y duelo anticipado. La palabra infertilidad se adhiere a la piel; el ciclo de pruebas y negativas devora la agenda tanto como la moral. Aquí nuestra intervención no se centra en cunas ni en mochilas, sino en algo más abstracto y, quizá, más profundo: redefinir la noción de proyecto vital. Les proponemos externalizar el dolor mediante escritura —cartas que quizá no se envíen nunca y cuyo valor es nacer—; exploramos ocupaciones generativas que devuelvan sensación de continuidad (mentorar a adolescentes en riesgo, coordinar un huerto comunitario, liderar un coro); y pactamos rituales mínimos, casi sagrados, para proteger la relación de pareja de la centrifugadora emocional de las hormonas. No borramos el deseo, lo colocamos en perspectiva; recordamos que la capacidad de cuidar excede la frontera biológica y que, si al final llegan a la adopción, el horizonte será otro río, no un pozo.

Junto a Ana, a veces se sienta Paula, que ha optado por no tener hijos. No llega con un dolor visible, sino con el cansancio de justificar su decisión. Nosotros abrimos la puerta sin interrogatorio. La conversación gira entonces sobre proyectos que piden espacio: un doctorado interrumpido, un viaje de voluntariado al sudeste asiático, una novela germinal. Paula teme la frase: «Cuando seas mayor te arrepentirás». Repasamos juntos datos sobre satisfacción vital, pero pronto entendemos que no es un debate estadístico; se trata de afirmar la soberanía sobre el cuerpo y el tiempo. Desde la terapia ocupacional la acompañamos a levantar un andamiaje con nombre y apellido: fechas, billetes, becas, colaboraciones. Cada paso planificado refuerza la legitimidad de su rumbo.

Y a lo largo de todo este desfile, mi madre aparece como un faro… pero también como un puerto azotado por tormentas. Su maternidad fue dura, a ratos casi imposible, porque nadie nos explicaba nada: ni qué significaba su diagnóstico en lo cotidiano, ni cómo se gestionaba la mezcla de ternura y rabia que nos asaltaba a mi hermana y a mí. Crecimos descifrando silencios y cargamos culpas que no tenían nombre, mientras ella —en su propia noche— se preguntaba si su cuerpo nos imponía una herida invisible. Las únicas terapeutas ocupacionales que conocimos entonces estaban detrás de una camilla, en la clínica de rehabilitación; daban indicaciones rápidas y desaparecían detrás del siguiente paciente. No había, para nosotros, ese trabajo familiar y comunitario que ahora defendemos con tanto ahínco: llegó años después, cuando yo mismo crucé la puerta de la universidad para estudiar Terapia Ocupacional, impulsado por la certeza de que debía haber otra forma de acompañar realidades como la nuestra. Hoy, desde esta perspectiva, las terapeutas “aparecen” retroactivamente: comprendo lo que habríamos necesitado —un puente entre su discapacidad y nuestra infancia, una guía que tradujera dudas en posibilidades— y transformo aquel vacío en compromiso profesional. Cuando me pregunto «¿Cómo le facilito los días?», en realidad estoy diciendo «¿Cómo honro, con esta profesión que ella inspiró, la lección de coraje que nos dejó su maternidad?».

Mientras paso las páginas imaginarias de este álbum —porque eso es, al fin, este ensayo: un álbum—, no puedo evitar detenerme en el hilo que las une. Cada maternidad —la que cuida con horarios quirúrgicos, la que gesta contra el prejuicio, la que cría con dolor crónico, la que cría sola, la que sueña sin conseguir, la que descarta la maternidad biológica— comparte una misma aspiración: habitar la vida diaria con dignidad y sentido. Y ese territorio es, precisamente, nuestro terreno de juego. Si otras profesiones sanitarias se centran en la enfermedad o la función, nosotros nos obsesionamos con la participación: que la mujer pueda bañarse sin ayuda si así lo desea, o aceptar ayuda sin sentirse menos; que pueda empujar el columpio, firmar el boletín, amamantar, viajar, teletrabajar, hacer voluntariado, escribir novelas o bailar danza contemporánea.

No es casual que la palabra ocupación se asocie a trabajo en algunos idiomas. Para nosotros, sin embargo, engloba todo aquello que hace que la vida valga la pena: trabajos, sí, pero también ocio, descanso, relaciones, espiritualidad, activismo. Cuando intervenimos, lo hacemos en plural porque la labor desborda la consulta individual; requiere conversaciones con urbanistas sobre pavimento accesible, con legisladores sobre permisos parentales reales, con diseñadores industriales sobre cunas pensadas para todos los cuerpos, con docentes sobre barreras invisibles. Nos toca, a menudo, navegar contra la corriente de la inercia cultural que coloca la maternidad en un pedestal tan estrecho que apenas caben unas pocas formas de ejercerla.

Y, sin embargo, en este Día de la Madre queremos mirar el cuadro entero. Pensemos en Laura, Isabel, Verónica, Marta, Ana, Paula… y en mi propia madre. Ninguna cabe en la postal de la madre perfecta, pero todas —con audacia, cansancio, ternura o disciplina— ensanchan la palabra maternidad. Nosotros, terapeutas ocupacionales, caminamos junto a ellas afinando bisagras, descosiendo culpas y tejiendo nuevas narrativas.

Al mismo tiempo, hoy felicitamos a todas las mujeres que cuidan desde otros vértices: a la tía que sostiene a sus sobrinos mientras la vida de su hermana se recompone; a la amiga que responde de madrugada; a quien rescata un perro y organiza sus días alrededor de ese vínculo; a las vecinas que hacen de la escalera una red segura. El eje común no es la biología, sino el cuidado: esa decisión cotidiana de hacerse responsable de otro ser y, en el acto, hacerse más humana.

Celebrar el Día de la Madre, entonces, es honrar cada forma de cuidado y comprometernos a que ninguna quede fuera. Que el día nos encuentre —como profesionales y como personas— escuchando, adaptando, defendiendo y, sobre todo, compartiendo ese café sin culpa que da sentido a la prisa. Porque es en esos gestos mínimos donde palpita la vida que vale la pena celebrar.

La Importancia de la Terapia Ocupacional en la Cirugía Ortopédica: Reflexiones a Partir del Estudio de Malka et al. (2024)

En el mundo de la medicina, la colaboración interdisciplinaria es fundamental para garantizar una atención integral a los pacientes, especialmente en áreas tan complejas como la cirugía ortopédica. Un artículo reciente de Malka et al. (2024) titulado «Orthopedic Surgery Residents: How Much Do They Know About Occupational Therapy?« pone de manifiesto una realidad inquietante pero también llena de oportunidades: los residentes de cirugía ortopédica, a pesar de reconocer la importancia de la terapia ocupacional (TO), tienen un conocimiento limitado sobre el papel fundamental que juega esta disciplina en la rehabilitación de los pacientes, particularmente aquellos que han pasado por cirugía de mano.

Este estudio, realizado en la Universidad de Columbia, expone las carencias en la formación de los residentes de cirugía ortopédica en relación con la TO y plantea la necesidad urgente de integrar mejor esta especialidad en los programas de residencia para optimizar la atención y recuperación de los pacientes. A continuación, profundizaré en los aspectos clave de este artículo y reflexionaré sobre sus implicaciones tanto en el ámbito educativo como en la práctica clínica.

Un Conocimiento Limitado: La Realidad de los Residentes de Cirugía Ortopédica

El estudio revela que los residentes de cirugía ortopédica, en su mayoría, tienen una comprensión superficial de la terapia ocupacional, a pesar de su evidente importancia en la rehabilitación postquirúrgica, especialmente en el contexto de las cirugías de mano. Con una puntuación media de 2.57 sobre 5 en términos de familiaridad con la TO, y un 21% de los residentes que jamás recibieron formación formal sobre el tema, el estudio muestra una alarmante brecha de conocimiento. Aunque los residentes valoran la TO y reconocen su relevancia para la recuperación de los pacientes, las respuestas reflejan una falta de preparación para integrarla de manera efectiva en su práctica diaria.

Este hallazgo subraya una contradicción inherente en la práctica médica moderna: mientras los residentes comprenden la necesidad de la TO, muchos carecen de la formación adecuada para hacer un uso óptimo de sus servicios. Es curioso, pero a la vez revelador, que el 85% de los residentes expresen su interés en pasar tiempo con un terapeuta ocupacional, algo que no se ve reflejado en sus prácticas diarias. Es un claro indicio de que, aunque se reconoce la relevancia de la TO, esta no se integra lo suficiente en los planes de estudio de los programas de residencia.

La Colaboración Multidisciplinaria: Un Pilar para la Rehabilitación

La cirugía ortopédica, especialmente la cirugía de mano, no es solo una cuestión de intervención quirúrgica. Las complicaciones postoperatorias, como la rigidez articular, la debilidad muscular y los trastornos en la movilidad, son comunes y requieren de un enfoque multidisciplinario para garantizar una recuperación exitosa. Aquí es donde la TO entra en juego de manera crucial. Los terapeutas ocupacionales tienen la experiencia para ayudar a los pacientes a recuperar su funcionalidad en las actividades de la vida diaria, desde tareas básicas como vestirse o cocinar, hasta la rehabilitación de movimientos finos esenciales para la vida profesional y personal.

Sin embargo, el estudio demuestra que existe una desconexión entre los conocimientos teóricos de los residentes y su aplicación práctica en los pacientes. A pesar de que la mayoría de los residentes refieren con frecuencia a sus pacientes a terapeutas ocupacionales, pocos entienden a fondo los métodos, protocolos y el valor agregado que estos profesionales pueden aportar. Este desajuste es algo que debe corregirse, no solo para mejorar la calidad del cuidado, sino también para reducir los tiempos de recuperación y evitar complicaciones que puedan alargar el proceso rehabilitador.

Propuestas para Mejorar la Educación de la TO en los Programas de Residencia

El artículo de Malka et al. plantea una posible solución a este déficit educativo: integrar la terapia ocupacional de manera más estructurada en los programas de residencia en cirugía ortopédica. Una de las sugerencias más acertadas es la posibilidad de incluir rotaciones dentro de los departamentos de TO, lo que permitiría a los residentes experimentar de primera mano cómo trabaja un terapeuta ocupacional y cómo pueden colaborar eficazmente en la rehabilitación de los pacientes. Otra propuesta sería la incorporación de módulos didácticos específicos sobre la TO en los planes de estudio, lo que proporcionaría a los residentes una base teórica sólida que complementaría su formación práctica.

Además, invitar a terapeutas ocupacionales a impartir conferencias y realizar sesiones interactivas con los residentes sería un paso positivo para desmitificar esta disciplina. Al comprender mejor el alcance y la especialización de la TO, los residentes podrían derivar con mayor seguridad y, lo más importante, de manera más eficiente, a los pacientes que realmente necesitan estos servicios.

Un Paso Hacia la Mejora: Beneficios para los Pacientes

El estudio de Malka et al. también sugiere que, a pesar de la falta de formación en TO, los residentes valoran positivamente su colaboración con los terapeutas ocupacionales. Este reconocimiento de la importancia de la TO, aunque insuficiente en términos de conocimiento práctico, ofrece una oportunidad para mejorar los procesos de enseñanza y fomentar una colaboración más estrecha entre ambas disciplinas.

Es esencial que los programas de residencia reconozcan que la rehabilitación de los pacientes no se limita a la intervención quirúrgica. El manejo postquirúrgico debe involucrar a un equipo interdisciplinario, donde la TO no sea vista como una especialidad secundaria, sino como una pieza clave en la recuperación funcional de los pacientes. Al integrar mejor la TO en la formación de los residentes de cirugía ortopédica, no solo se mejorará la calidad de la atención, sino que se optimizarán los resultados a largo plazo para los pacientes.

Conclusión: La Formación Interdisciplinaria es la Clave

El artículo de Malka et al. pone en evidencia una necesidad urgente de transformar la educación médica en lo que respecta a la colaboración interdisciplinaria. Los residentes de cirugía ortopédica deben entender que el tratamiento de los pacientes va más allá de la cirugía. La terapia ocupacional es fundamental para garantizar una recuperación completa, y es imperativo que los programas de residencia fomenten esta comprensión.

Es un hecho que la salud y el bienestar de los pacientes dependen de la sinergia entre diferentes especialidades. En este sentido, la educación sobre la TO debe ser una prioridad para los residentes de cirugía ortopédica, para que puedan ofrecer un tratamiento más completo y mejorar la calidad de vida de los pacientes a largo plazo. Integrar la TO de manera formal en los programas de formación es una inversión en el futuro de la cirugía ortopédica y, sobre todo, en la salud de los pacientes.

Llamada a la Acción para Terapeutas Ocupacionales, Residentes de Cirugía Ortopédica y Traumatológica, y Profesionales de Rehabilitación y Neurología en España

La colaboración entre disciplinas es crucial para ofrecer la mejor atención posible a nuestros pacientes, y la terapia ocupacional juega un papel fundamental en la rehabilitación postquirúrgica. Es esencial que, tanto los residentes de cirugía ortopédica y traumatológica, como los terapeutas ocupacionales y los profesionales de rehabilitación y neurología, reconozcan el valor de trabajar juntos para optimizar la recuperación de los pacientes, especialmente en las cirugías de mano y en contextos neurológicos.

Para los terapeutas ocupacionales: Este es un momento clave para que nuestra especialidad se haga más visible y se integre de manera activa en los procesos postquirúrgicos, especialmente en colaboración con los profesionales de cirugía ortopédica y rehabilitación. Los colegios profesionales de terapeutas ocupacionales deben ser vistos como baluartes esenciales en la promoción de esta colaboración interdisciplinaria, organizando talleres, formaciones y actividades de sensibilización que fortalezcan los lazos entre las distintas especialidades. ¡Es nuestra responsabilidad seguir formando y educando a otros profesionales sobre el impacto positivo que tiene la TO en la rehabilitación de los pacientes!

Para los residentes de cirugía ortopédica y traumatológica: El futuro de la atención a pacientes postquirúrgicos depende de nuestra capacidad para trabajar en equipo. Considerar la inclusión de la terapia ocupacional en su práctica diaria no solo enriquecerá su experiencia clínica, sino que también mejorará los resultados a largo plazo para los pacientes. Además, la especialidad de rehabilitación y neurología juega un rol crucial en la recuperación de muchos de estos pacientes, especialmente aquellos con afecciones neurológicas que requieren un enfoque más integral. Asegurémonos de que vuestros programas de residencia estén preparados para abordar esta brecha educativa, tanto a nivel teórico como práctico, involucrando a los terapeutas ocupacionales y a los profesionales de rehabilitación y neurología en las decisiones de tratamiento.

Juntos, podemos garantizar una atención de calidad, integral y centrada en el paciente. ¡La colaboración interdisciplinaria es el futuro de la medicina! ¡No esperemos más para dar ese paso hacia un cuidado más completo y efectivo!

Las Mondas como terapia ocupacional: lo que una fiesta milenaria puede enseñarte sobre la salud

Un ensayo desde la emoción, el barro y la ciencia de lo cotidiano
Por un terapeuta ocupacional talaverano que volvió a casa tras trece años sin ver a los carneros de las Mondas.

Una fiesta que se hereda

Las Mondas son una de las fiestas más antiguas de Europa. Se celebran en Talavera de la Reina durante la semana posterior a la Pascua y tienen un origen que mezcla la raíz romana con el fervor cristiano. Antiguamente eran ofrendas a Ceres, diosa de la agricultura, para pedir fertilidad en la tierra. Hoy son una expresión viva de cultura, identidad y afecto por lo comunitario. En el desfile principal, el Sábado de Mondas, más de setenta pueblos de la comarca y de fuera de ella acuden a Talavera para entregar sus caracolas florales engalanadas a la Virgen del Prado.

Lo más hermoso es que cada pueblo lleva sus trajes tradicionales: bordados, refajos, pañuelos, delantales y sombreros que no solo visten, sino que cuentan historias. Cada detalle tiene una razón, una memoria, una abuela que lo enseñó. Y esas personas que desfilan no vienen solas: traen dulces, productos típicos, flores y sonrisas. Detrás, la música: dulzainas, tamborileros, charangas. Es un festival de los sentidos que no se explica con teorías, se vive.

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Y en medio de todo eso, aparece el amor. Porque cuando una parte de la pareja nace en esta tierra y la otra la descubre, lo que se está compartiendo no es sólo una fiesta, sino una forma de estar en el mundo. Mostrar las Mondas a alguien que quieres es también una declaración de identidad y de futuro.

Volver y reconocer(se)

Trece años. Una vida entera cabe en ese tiempo. Cabe una carrera, mudanzas, alguna rupturas, muchas terapias y autoterapias, algún susto, y cientos de cafés. Y cabe también una ausencia que duele más cuando una ciudad como Talavera vuelve a vestirse de fiesta. Trece años después, volví a Las Mondas. Y no volví solo. Volví con mi cuadrilla y afiliados, con mi pareja, parte de un grupo de tres personas que no sabían lo que era aquello, mas allá de las historias y fotos, pero a las que me propuse enseñar con orgullo y cariño.

Volví como quien vuelve a casa pero con otros ojos. Con ojos de terapeuta ocupacional, sí, pero también con los ojos de quien ha aprendido que las ocupaciones —esas acciones cotidianas que dan sentido a nuestra vida— no son solo hacer la colada o ir a trabajar. También son celebrar, caminar entre banderines, explicar lo inexplicable, emocionarse con un tamboril y reencontrarse con una identidad que creías dormida.

Y es que Las Mondas no son solo una fiesta: son una forma de hacer terapia sin despacho. Son un patrimonio vivo que se cuela por los sentidos, por la memoria, por el cuerpo. Y este texto es mi intento de explicarlo. De hilar tradición y profesión. De unir la historia con la salud. De decir, sin miedo al ridículo académico, que en una caracola con flores puede haber tanta ocupación significativa como en una sesión de terapia manual.

Luis Sanchez Molina

Talavera como entorno terapéutico

Talavera de la Reina no necesita demasiados adornos para ser entendida como un entorno terapéutico. Tiene todo lo que buscamos en los espacios de intervención: identidad, comunidad, historia, paisaje, y sobre todo, un ritmo que sabe acompasar. Cuando uno camina por sus calles durante las Mondas, no solo ve flores, pendones, pasos y dulzainas; ve también un tejido social activo, una ciudad que se reconoce en lo colectivo, en lo que celebra.

Desde la Terapia Ocupacional hablamos del «entorno» como facilitador o barrera para la ocupación. Y en Talavera, cuando hay Mondas, todo parece dispuesto para facilitar. Se amplía el espacio peatonal, se recuperan rutas, se reorganiza el tiempo. Hasta los comercios, las panaderías, los bares y los escaparates hablan el idioma de la fiesta, invitando a participar desde donde se pueda.

En ese contexto, cualquiera puede sentirse parte. Incluso quien no entiende muy bien la historia. Incluso quien está de paso. Porque la ciudad se convierte en escenario de acogida, y eso, en términos terapéuticos, es oro: una ciudad que sostiene, que celebra, que involucra.

Las Mondas como ocupación colectiva

El corazón de la Terapia Ocupacional late con las ocupaciones significativas. Y pocas hay tan densas y compartidas como una fiesta que involucra barrios, pueblos, asociaciones, colegios, personas mayores, niños, vecinas, tamborileros y concejales. Las Mondas no se consumen, se viven. Y en esa vivencia, cada quien ocupa un lugar.

Las Mondas son una ocupación colectiva con componentes físicos (andar, cargar, preparar, ensayar), sensoriales (ruido, color, aromas, texturas), cognitivos (memoria, orientación, simbolismo) y sobre todo afectivos. Porque no hay desfile sin emoción. Y no hay emoción sin significado.

El valor terapéutico está en esa participación libre, voluntaria, pero cargada de sentido. Nadie va obligado, y sin embargo, pocos quieren perderse el momento. Y eso lo convierte en un espacio privilegiado para fortalecer el rol comunitario, para recuperar el sentimiento de pertenencia, para trabajar la autonomía desde la inclusión.

Luis Sanchez Molina

El simbolismo de la caracola: memoria, identidad y espiritualidad

Podría parecer que una caracola con flores es solo un adorno, una tradición visualmente atractiva. Pero en Terapia Ocupacional sabemos que los objetos tienen alma. Que un bastón puede ser independencia, que un cuaderno puede ser identidad, que una taza puede ser consuelo. Pues bien, una caracola es raíz, rito y memoria.

Llevar la caracola, como hacen los pueblos en el desfile, es ejercer un rol. Es ocupar un lugar simbólico dentro del tejido social. Es decir: aquí estamos. Todavía somos. Nos seguimos trayendo. Esa afirmación tiene un poder brutal en contextos de duelo, migración, exclusión o simplemente en la vida de quienes han sentido que ya no tienen lugar.

Desde lo espiritual, la ofrenda a la Virgen del Prado también conecta con esa dimensión profunda del ser humano que busca trascendencia. No hace falta ser creyente para reconocer que los rituales tienen una función organizadora del alma. Y en ese sentido, las Mondas son terapéuticas porque ofrece sentido, continuidad y consuelo.

Luis Sanchez Molina

Volver después de trece años: el valor del reencuentro

Volver no es fácil. Sobre todo cuando el lugar al que vuelves ha seguido celebrando sin ti. Pero eso también tiene su magia: la fiesta no te espera, pero tampoco te olvida. Cuando vuelves, simplemente te reincorporas. Y eso, como terapeuta ocupacional, me recordó lo importante que es dejar siempre una silla libre para quien está por volver.

Volver a las Mondas después de trece años fue reencontrarme con mi ciudad, sí, pero también conmigo mismo. Con el adolescente que se emocionaba con los tamborileros. Con el joven que quedaba a ver el pregón. Con el adulto que necesitaba recordar que todavía había un sitio para él entre los suyos. Y ese reencuentro tuvo valor terapéutico: me organizó emocionalmente, me reconectó con mi identidad, me devolvió un rol.

Volver es, muchas veces, sanarse.

La figura del guía: enseñar tradiciones como intervención significativa

Llevar a tres personas «nuevas» a vivir Las Mondas fue una experiencia inesperadamente potente. Porque en el intento de explicarles los cómos y los por qués, redescubrí yo mismo lo que esta fiesta significaba. Ser guía es una ocupación en sí misma. Exige comunicación, empatía, selección de información, atención plena. Pero también devuelve mucho: orgullo, sentido, alegría compartida.

Desde la Terapia Ocupacional lo llamamos «transmisión intergeneracional», «apoyo entre iguales» o incluso «rol de mentor». Pero en el fondo es algo simple y hermoso: enseñar lo que amas. Y hacerlo con amigos, con tu pareja, con gente que escucha, es una forma de reafirmarte. De poner en palabras lo que sentías pero no habías dicho nunca. De volverlo real.

La cuadrilla como grupo terapéutico natural

No hace falta una sala blanca ni sillas en círculo para tener un grupo terapéutico. A veces basta con una cuadrilla. Con gente que te quiere y con la que puedes reír, andar, callar, comer. Mi cuadrilla fue mi contención, mi impulso y mi espejo. Y eso no se paga con dinero.

Las relaciones significativas son uno de los pilares de la salud ocupacional. Son las que permiten que una persona mantenga sus rutinas, recupere su rol, se atreva a hacer cambios o simplemente se sostenga. Y las Mondas, al reunirnos, al facilitarnos estar juntos, al ofrecernos excusas para vernos, hacen una función profundamente terapéutica.

Emoción, pertenencia y salud mental

No hay salud mental sin pertenencia. Y no hay pertenencia sin rituales. Las Mondas permiten eso: que cada talaverano sienta que tiene un sitio. Da igual si llevas banderolas o solo miras desde la acera. Estás. Eres parte.

Y esa sensación, cuando se ha vivido duelo, migración, ansiedad, ruptura o simplemente alienación vital, es una medicina poderosa. Por eso defender las fiestas populares, mantenerlas vivas, adaptarlas, hacerlas inclusivas, es también una tarea terapéutica. Porque nos recuerdan que no estamos solos. Que somos parte de algo.

Lo que una fiesta enseña sobre el rol, la agencia y la comunidad

La terapia ocupacional habla mucho de «rol» y «agencia». Pues bien: en Las Mondas se ensayan, se recuperan, se transforman roles. Uno puede ser vecino, tamborilero, nieta de quien salía en procesión, amiga que sostiene el bolso, pareja que saca fotos, persona que explica, que escucha, que vive. Y en todos esos microroles, hay agencia: decisión, acción, participación.

Las Mondas nos enseñan que la comunidad no es un concepto abstracto. Es un desfile, un aplauso, un «mira, ahí va el pueblo de…». Es saber que hay una historia más grande que uno, y que sin embargo uno forma parte de ella.

Flores, tamboriles y ciencia con alma

No sé si alguien más se ha atrevido a escribir sobre Las Mondas desde la Terapia Ocupacional. Pero si no lo habían hecho, aquí va mi humilde aporte. Porque creo, de verdad, que hay salud en lo que nos emociona. Que hay terapia en lo que compartimos. Que hay rehabilitación en cada gesto que nos devuelve al centro de lo que somos.

Talavera, gracias por seguir esperándonos. Por seguir engalanándote. Por recordarnos que a veces basta con volver. Con andar. Con mirar. Con explicar.

Y por supuesto, con celebrar.

Ojete Calor tenía razón: extremismo mal, profesional peor

«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»

Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.

Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.

Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.

Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos

Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.

¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?

Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.

  • Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
  • Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
  • Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
  • Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”

Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?

Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.

La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.

Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.

No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)

En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.

Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.

Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?

Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.

No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.

La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.

Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.

“Vías establecidas”: la gran ficción profesional

“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?

¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?

Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?

El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo

Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.

Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.

Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.

Porque al final…

No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.

La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.

Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.

Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión (Segunda parte)

Escribir sobre lo que uno siente en relación con su profesión no siempre es fácil. Menos aún cuando esas palabras, escritas desde la honestidad y la experiencia, generan tanto agradecimiento como crítica. Tras la publicación de mi anterior entrada sobre colegiación, han llegado a mí múltiples mensajes. Algunos, agradeciendo que se haya puesto voz a una incomodidad compartida. Otros, señalando lo que consideran un juicio injusto o desinformado sobre el trabajo de los colegios profesionales. Este texto no es una réplica, ni un ajuste de cuentas. Es un intento de seguir conversando. Porque si algo necesitamos como colectivo profesional, es precisamente eso: conversación madura, crítica, y sobre todo, constructiva.

Lo que agradezco y reconozco

Lo digo alto y claro: los colegios profesionales de Terapia Ocupacional hacen un trabajo necesario. Y en muchos casos, lo hacen con recursos escasos, de forma voluntaria, y conciliando con vidas laborales y personales intensas. Hay personas que sostienen estos espacios con una generosidad y una implicación que merecen todo el respeto del mundo. Y muchas de las mejoras que tenemos hoy como colectivo —formación, visibilidad, normativas— existen gracias a esas personas que un día dieron un paso al frente.

No es justo ni ético desvalorizar ese trabajo. Y si alguien leyó en mi anterior texto una crítica generalizada a quienes están en los colegios, me gustaría pedir disculpas. Mi intención era otra: señalar que incluso dentro de ese esfuerzo hay límites, hay errores, hay rutinas que pueden ser revisadas. Porque lo importante no es quién trabaja más o menos, sino cómo hacemos que ese trabajo sea más inclusivo, más eficaz, más sostenible y más transparente para todas y todos.

La incomodidad también es un síntoma

Han sido muchos los mensajes que me han dicho: «Pedro, gracias por intentar despertar algo». Y también muchos otros que me han replicado: «Se hace buen trabajo, no hay problemas, siempre estáis criticando». Me detengo aquí: ¿cómo es posible que no haya problemas pero sí tantas quejas? ¿Por qué tantas personas se sienten fuera, incluso dentro del colegio?

Llevo 16 años en esta profesión. Y en 2009 ya escuchaba las mismas frases: «el colegio no escucha», «la formación es para unos pocos», «hay que mover esto desde dentro». Hemos avanzado, sí. Pero también hemos normalizado el cansancio, el desapego y la crítica desorganizada como parte del paisaje. ¿No será momento de hacer algo más que repetir las mismas respuestas defensivas de siempre?

Además, no podemos seguir hablando del colegio sin hablar de los colegios profesionales en plural, porque cada uno vive realidades distintas. Algunos mejor dotados, otros con más participación, algunos invisibles. Pero todos comparten una raíz común que no podemos ignorar: la precariedad profesional que arrastra a nuestra disciplina.

El sueldo, el centro del desapego

¿Cómo pedir implicación cuando la media salarial de un terapeuta ocupacional apenas roza la dignidad económica? ¿Cómo fomentar sentimiento de pertenencia si hay quien, tras años de experiencia, apenas sobrevive con contratos basura, autónomos precarios o rotaciones eternas?

Esto también explica por qué la colegiación no prende con la fuerza que nos gustaría. Porque muchos colegas, sencillamente, no tienen margen ni cabeza para más compromisos. Porque el discurso de la entrega voluntaria, por muy bien intencionado que sea, choca de frente con las dificultades reales del día a día.

¿Para quién es la formación?

Y luego está el eterno dilema: las formaciones. Buena parte de la oferta se orienta a lo público: bolsas, oposiciones, acreditaciones. Tiene sentido, claro. Pero… ¿y los que trabajamos —o trabajarán toda su vida— en lo privado o desde el autoempleo? Somos la mayoría silenciosa. ¿Dónde están las propuestas que piensen en esta realidad?

No hay un solo camino profesional, y sin embargo seguimos formando a todos como si el único horizonte fuese lo público. Y eso genera más distancia. Más desapego. Más sensación de que no hay lugar para ti.

Las voces que incomodan

Siempre somos las mismas voces disonantes —las que preguntan, las que señalan, las que no aplauden siempre— las que reciben el silencio o el modo mute. Nos hemos quedado en el clickbait emocional, en la purpurina de los logros, en una utopía profesional donde todo es brillante mientras nadie diga lo contrario.

Pero eso agota. Agota no poder señalar lo que no funciona sin ser tildado de desagradecido. Agota tener que justificar que se puede amar una profesión y aun así pedirle más. Agota que la crítica siempre tenga que ser amable para que sea escuchada.

Profesión en modo avión

Cuando pongo el título de este ensayo no lo hago por provocación. Lo hago porque siento que muchas veces nuestra profesión funciona en ese «modo avión»: seguimos trabajando, seguimos con la agenda del día, seguimos viajando… pero sin conexión. Sin conexión real entre profesionales. Sin conexión con una ética compartida. Sin conexión con nuestras estructuras colegiales. Sin conexión con la sociedad que apenas sabe qué hacemos.

Y cuando alguien se desconecta, el problema no es solo suyo. Es también del sistema que no supo mantenerlo dentro. Por eso, hablar de quienes estamos en la periferia —fuera del colegio, o dentro pero sintiéndonos al margen— no es una forma de romper, sino de tender puentes.

Objetivando el cambio.

  • Más espacios de diálogo sincero, incluso incómodo, dentro del colegio.
  • Menos miedo a la crítica, y más apertura a la diversidad de miradas.
  • Profesionalización paulatina de ciertas tareas colegiales: no podemos exigir excelencia a base solo de voluntarismo.
  • Reconocimiento explícito a quienes están fuera, pero suman desde otros lugares.
  • Campañas que no se centren solo en lo que somos, sino en cómo estamos cambiando y qué necesitamos para hacerlo mejor.
  • Formaciones inclusivas que tengan en cuenta tanto a lo público como a lo privado y el autoempleo.
  • Un debate abierto sobre salarios, condiciones y expectativas reales del ejercicio profesional.

Y por último…

No hay intención de dividir. Al contrario. Este texto quiere sumar. Porque una profesión madura es aquella que se atreve a mirarse al espejo y hablar con todas sus voces, incluso con las que no siempre coinciden. Si este texto despierta algo —molestia, reflexión, desacuerdo o impulso— ya habrá cumplido su función.

Seguimos volando, sí. Pero necesitamos conexión. Y eso, como siempre, empieza por escucharnos de verdad.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión.

Hace unos días, mientras escuchaba el capítulo 14 de «Hablando de TO» del compañero @elterapeutaocupacional, sentí una mezcla de emociones que me empujaron a escribir este ensayo. En este episodio, Inma Iñiguez, presidenta del CGCTO y del COTOV, pone sobre la mesa un debate que a muchos nos resulta familiar: la necesidad de una colegiación obligatoria. Para mí, esta idea resuena con fuerza, pero también con cicatrices. Este texto es una reflexión personal y crítica sobre la colegiación en Terapia Ocupacional en España, desde mi experiencia como terapeuta y como alguien que ha vivido en carne propia, las contradicciones de un sistema que, en lugar de acoger, muchas veces empuja.

La ilusión y el desencanto

Mis primeros años como terapeuta ocupacional estuvieron marcados por la ilusión. Formarme, incorporarme al colegio profesional, participar, aportar… era el camino lógico. Pero esa ilusión pronto empezó a tropezar con realidades menos amables. El primer presidente de mi colegio fue, sinceramente, un currante máximo. Un verdadero terapeuta ocupacional, con ideas y formación, que volcaba la empatía y la cercanía como núcleo de su trabajo. Aun así, el funcionamiento interno del colegio presentaba claroscuros: las vocalías existían, sí, pero muchas veces eran ocupadas por falta de otras opciones, o por un deseo sincero —aunque mal canalizado— de aportar. La formación, por ejemplo, era para todos, pero siempre parecía estar dirigida a «lo mismo». Las voces disonantes, las que no iban con lo «mainstream» o que pedían más seriedad y ciencia, a menudo eran silenciadas o ignoradas. Y eso, en una profesión que presume de inclusión, es profundamente contradictorio. No todo vale en Terapia Ocupacional, y el colegio debe estar ahí para recordarlo. ¿Estamos preparados para esa realidad? ¿Hablamos, por ejemplo, de intrusismo?, ¿De formación?, ¿De líneas rojas? … Si pensaste «otra vez el temita», lo siento. 

Entonces vino la desvinculación. Una vez dejé de pagar dos cuotas, tras muchas conversaciones sobre qué daba y qué no daba el colegio, simplemente dejaron de responder. Sin carta, sin correo, sin una llamada. Mutis por el foro. Me echaron. Así, sin más. Y con eso, algo en mí también se rompió. No era solo una cuestión económica; era la sensación de haber sido útil hasta que ya no convenía.

¿Para qué sirve un colegio profesional?

Esa es la gran pregunta que muchos compañeros se hacen. «¿Para qué sirve el colegio?» —preguntan con razón— cuando lo ven ausente en los temas relevantes, poco operante según qué crisis, y desdibujado en los debates públicos. En lugar de profesionalizar el discurso, muchas veces nos engorilamos repitiendo hasta la saciedad qué somos, sin avanzar hacia cómo ser mejores profesionales, cómo intervenir mejor, cómo construir desde la evidencia y la reflexión. Sin abrir la caja de pandora de porque lo público parece más importante que lo privado. Nos falta, quizás, una ética compartida que nos sirva de base. Y lo peor: cada vez más compañeros deciden no colegiarse porque no saben para qué sirve. Porque no sienten que su voz vaya a tener fuerza en esas estructuras que, a veces, parecen más un coto cerrado que un espacio de participación real.

Inma Iñiguez plantea que la colegiación debe ser obligatoria. Y aunque me escuece, estoy de acuerdo. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se articula, no se defiende. Pero ojo: una colegiación obligatoria sin reformas profundas puede ser un yugo más que una herramienta. ¿Queremos eso? ¿O queremos una organización que represente de verdad, que escuche, que articule, que forme, que visibilice, que defienda, que abrace?

Mirando alrededor: lo que hacen otros

Desde la ortopedia veo con cierta envidia cómo los fisioterapeutas, los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros, se forman continuamente en cursos ofertados por sus colegios. Tienen grupos de trabajo activos, posicionamientos ante temas de actualidad, campañas visibles. No se trata solo de tener más recursos o más colegiados; se trata de tener más implicación, más vocación de servicio público.

Y nosotros… nosotros a veces parecemos fantasmas. No por falta de capacidad, sino por desarticulación. Muchos compañeros están agotados, otros están volcados en otras cosas, algunos simplemente han desistido. Y eso también es una derrota. Cuando el cansancio gana, la profesión pierde. Aquí no se trata de desprestigiar el trabajo que hacen o han hecho los colegios; sería injusto. Hay personas comprometidas, hay logros, hay pasos dados. Pero también hay una desidia general, una sensación de lejanía, un desinterés que no podemos ignorar. Y si no lo abordamos, seguiremos fragmentados.

Además, debemos abrir el melón de la ética profesional, que es lo que nos hará salir del snobismo en lo sociosanitario. ¿Por qué reclamamos que no nos quiten funciones, pero al mismo tiempo participamos —consciente o inconscientemente— en prácticas que se alejan de nuestro marco competencial? ¿Qué papel tienen los colegios en todo esto? ¿Se están posicionando frente a formaciones que, por novedosas o ajenas, rozan el intrusismo? ¿Estamos, como colectivo, lo suficientemente cohesionados para dibujar esa línea roja? La respuesta no es sencilla, pero urge plantearla. Porque sin ética, no hay profesión. Y sin profesión, no hay futuro.

Nostalgia y esperanza

Recuerdo aquellos años en los que soñaba con cambiar el mundo desde la Terapia Ocupacional. Recuerdo también los primeros congresos, las primeras reuniones, las charlas con compañeros que, como yo, creían que podíamos hacer algo distinto. Y también recuerdo la frustración. Las puertas cerradas. Los correos sin respuesta. Las decisiones ya tomadas antes de abrir la boca.

Pero pese a todo, sigo creyendo. Sigo pensando que vale la pena. Que no todo está perdido. Que si nos organizamos, si exigimos, si pedimos explicaciones, si nos comprometemos, algo puede cambiar. No todo, pero algo. Y a veces, algo es todo lo que se necesita para empezar de nuevo.

¿Qué hacer entonces?

Primero, dejar de culpabilizar al que no se colegia. No es un traidor: es un síntoma. De desafección, de desencanto, de abandono. Segundo, abrir los colegios. Que no sean solo despachos cerrados, sino espacios vivos, con presencia digital, con cercanía, con capacidad de respuesta. Y tercero, generar comunidad. Formación, divulgación, activismo, cultura profesional, redes. Y por último, defender con claridad el marco ético y competencial de la Terapia Ocupacional. Hablar de intrusismo no debe ser tabú, sino ejercicio de identidad y responsabilidad colectiva.

Y aquí surge una pregunta que me han lanzado más veces de las que quisiera contar: «¿Y tú qué haces? ¿Te colegias? ¿Qué haces tú por la terapia ocupacional?«. Y es una pregunta incómoda, pero legítima. Porque quienes estamos fuera del sistema colegial no estamos fuera de la profesión. Seguimos atendiendo, formando, investigando, trabajando desde el compromiso y el rigor. Muchos de nosotros formamos redes informales, impulsamos proyectos independientes, colaboramos con entidades desde otros marcos. No todo pasa por estar dentro del colegio, aunque ojalá los colegios fueran lo suficientemente amplios y abiertos como para integrar esta diversidad.

Los «olvidados» también construimos Terapia Ocupacional, aunque desde los márgenes. Y quizás por eso tenemos más claro que nunca qué no queremos repetir, qué errores no deseamos perpetuar. Nuestra aportación no se mide en cuotas, sino en acciones. Y es desde ahí, desde esa otra orilla, que seguimos preguntando, pensando, proponiendo.

Este texto no es una denuncia anónima ni un ajuste de cuentas. Es una carta de amor frustrado a una profesión que sigo queriendo. Y es también una invitación: a pensar, a sentir, a exigir. Porque la Terapia Ocupacional lo vale. Porque nuestros pacientes lo merecen. Porque nuestros compañeros lo necesitan. Y porque nosotros, los que aún creemos, no podemos rendirnos del todo.

Espiritualidad sin religión: lo que el papa Francisco nos enseñó a los que acompañamos el dolor.

Hoy, 21 de abril, ha muerto el Papa Francisco. Y aunque no creo en Dios, sí creo que él ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Desde una posición laica, profesional, técnica y profundamente humana, quiero aprovechar este acontecimiento para pensar en cómo su figura y su mensaje pueden ayudarnos a mirar con otros ojos la discapacidad, la pobreza, las luchas del sur y, sobre todo, el lugar que ocupa la espiritualidad en la práctica cotidiana de la Terapia Ocupacional.

Francisco no fue solo el líder de una institución milenaria. Fue un testimonio viviente de que la espiritualidad no necesita dogmas, sino presencia. No necesita uniformidad, sino escucha. No necesita imponerse, sino ofrecer refugio. Su papado ha sido una invitación a volver a mirar el mundo desde los márgenes, desde los cuerpos heridos, desde lo que muchas veces en nuestra profesión llamamos «participación limitada» o «restricción en el desempeño ocupacional».

En estas líneas quiero explorar el entrelazamiento entre su legado y nuestro quehacer profesional. Y lo hago desde un lugar que también está en los bordes: el de quien no cree en Dios, pero cree en el valor de lo espiritual cuando se trata de vivir con dignidad.

La espiritualidad en Terapia Ocupacional

En el Marco de Trabajo de la AOTA (American Occupational Therapy Association), la espiritualidad se considera un «factor del cliente» fundamental. No es una ocupación en sí misma, pero influye transversalmente en todas las demás. La espiritualidad, definida como «una forma profundamente personal de experimentar el significado, el propósito y la conexión con uno mismo, los demás, la naturaleza y/o lo trascendente», es clave para entender cómo y por qué una persona realiza determinadas actividades.

Como terapeutas ocupacionales, no nos corresponde adoctrinar ni guiar la fe de nuestros pacientes. Pero sí nos corresponde reconocer cuándo una ocupación tiene un valor simbólico, espiritual o existencial. Para algunas personas, rezar o meditar es una actividad significativa. Para otras, cuidar de un nieto, cocinar un plato heredado o visitar una tumba tiene una dimensión trascendente. En todos esos casos, el abordaje terapéutico debe contemplar y respetar esa vivencia.

La espiritualidad es, en definitiva, una dimensión humana que atraviesa todas las edades, culturas y condiciones. En contextos de discapacidad, enfermedad, duelo o crisis vital, puede convertirse en una fuente de fuerza, de sentido o, al menos, de consuelo.

Francisco y la dignidad de los cuerpos vulnerables

Una de las claves del pontificado de Francisco ha sido su defensa incondicional de la dignidad humana, especialmente en los cuerpos vulnerables. Él habló reiteradamente de «la cultura del descarte»: una forma de organización social que descarta a quienes no producen, no consumen, no se ajustan al modelo de eficiencia. La cultura del descarte es, desde una mirada ocupacional, la negación de la participación significativa.

Podeis seguir las andanzas de super albis en @poralbitaconloesencial

Los gestos de Francisco han sido tan potentes como sus discursos. Lavó los pies a personas sin hogar, a presos, a personas con discapacidad. Besó las llagas de enfermos. Permitió que se acercaran a él personas que, tradicionalmente, no eran visibilizadas por la Iglesia. En una ocasión, abrazó a un hombre con neurofibromatosis en la Plaza de San Pedro, y aquella imagen recorrió el mundo como ejemplo de humanización del dolor.

Desde la Terapia Ocupacional, trabajamos cada día con cuerpos vulnerables. Adaptamos, acompañamos, damos herramientas para que esa vulnerabilidad no se traduzca en exclusión. En ese sentido, el mensaje de Francisco nos interpela. Nos recuerda que no basta con asistir técnicamente: hay que estar, hay que mirar, hay que acoger.

La mirada al sur y la justicia ocupacional

Francisco llegó al Vaticano desde Buenos Aires. Fue el primer papa latinoamericano. Y eso se notó desde el primer día. Su acento, su mirada, sus prioridades eran otras. No hablaba desde los pasillos dorados del poder, sino desde las villas miseria, desde los hospitales sin recursos, desde las parroquias de barrio.

Su papado puso en el centro la «mirada al sur»: una forma de entender el mundo desde los que menos tienen, desde los que están fuera del relato dominante. Habló de justicia social, de trabajo digno, de acceso a la salud, de migraciones, de crisis climática. Todos esos temas son también temas de la Terapia Ocupacional.

El concepto de «justicia ocupacional» surge precisamente de esa intersección. Habla de la necesidad de que todas las personas, sin importar su origen, discapacidad, clase social o situación legal, tengan acceso a ocupaciones significativas. Francisco, sin usar ese término, habló de lo mismo: de que cada persona tiene derecho a trabajar, a descansar, a jugar, a amar. Es decir, a vivir con dignidad.

Espiritualidad sin religión: sentido, vínculo y ocupación

Una de las paradojas de esta entrada es que parte desde la admiración por una figura religiosa, aunque no sea creyente. Pero es precisamente ahí donde se juega algo importante: la posibilidad de una espiritualidad laica, inclusiva, no dogmática.

Muchos pacientes con los que trabajamos no tienen una fe concreta, pero necesitan encontrar sentido. Necesitan reconstruir su historia tras un ictus, una amputación, un diagnóstico de enfermedad degenerativa. Necesitan volver a ocupar un lugar en el mundo, no solo funcional, sino simbólico. Y ahí, la Terapia Ocupacional puede ser el puente.

La ocupación humana (como acción significativa) es también un lugar espiritual. Cocinar para otros puede ser una forma de amor. Escribir una carta puede ser una forma de duelo. Tocar un instrumento puede ser una forma de oración. Cuidar de una planta puede ser una forma de resistir la tristeza. Acompañar a alguien en su última etapa de vida puede ser una forma de fe.

Francisco habló muchas veces del acompañar sin juzgar. De estar presente sin imponer. De escuchar antes que hablar. Esa es también la tarea del terapeuta ocupacional cuando trabaja con personas que transitan momentos de crisis existencial.

Lo que Francisco ha significado

A lo largo de mi carrera como terapeuta ocupacional y técnico ortopeda, he visto muchas formas de dolor y muchas formas de esperanza. He trabajado con niños que aprendían a caminar con productos de apoyo. Con personas mayores que redescubrían el valor de sentarse sin dolor. Con mujeres que, tras un cáncer de mama, volvían a mirarse al espejo gracias a una prótesis bien ajustada.

En todos esos casos, la dimensión espiritual aparecía. No necesariamente como religión, pero sí como deseo de sentido. Como necesidad de ser vistos, nombrados, respetados. Y muchas veces, en los momentos más difíciles, surgía el nombre de Francisco. «Ese papa sí entiende». «Ese hombre sí se acerca a los pobres». «Ese sí mira a los enfermos como personas».

Yo también lo sentí así. Francisco, sin conocerme, sin saber de la Terapia Ocupacional, fue un referente ético. Un recordatorio de que nuestra profesión no trata solo de ejercicios y ayudas técnicas, sino de humanizar lo cotidiano. De que cada intervención tiene que tener en cuenta el alma, aunque no creamos en ella.

Conclusión

Francisco ha muerto. Pero su legado sigue vivo en quienes intentamos cada día trabajar con dignidad, mirar con respeto y acompañar sin imponer. Su figura nos recuerda que la espiritualidad puede ser una forma de estar en el mundo. Que puede habitar también en lo técnico, en lo pequeño, en lo cotidiano.

Como terapeuta ocupacional, agradezco su mirada hacia los cuerpos vulnerables, hacia las periferias, hacia los descartados. Como persona, agradezco su coherencia, su humildad, su capacidad de escuchar.

No creo en Dios, pero creo que Francisco ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Y creo también que su ejemplo puede inspirar una Terapia Ocupacional más comprometida, más espiritual y, sobre todo, más humana.

Café, Mondas y ocupación: una historia que te va a emocionar

Hay ocupaciones que pasan desapercibidas por su aparente simplicidad, por lo asumidas que están en nuestra rutina, por lo poco que se les interroga. Y sin embargo, son esas mismas acciones, pequeñas y repetidas, las que tejen el entramado más profundo de nuestra salud, de nuestra identidad y de nuestras relaciones. Una de ellas —tan elemental como imprescindible— es tomar café.

En Talavera de la Reina, ciudad que me vio nacer y crecer, el café es más que una bebida: es un lugar de encuentro, una pausa que tiene sentido, un símbolo de vínculo. Y no es casualidad que en esta ciudad, famosa por su cerámica, por la tierra que se cuece y se transforma, también se imparta la formación de futuros terapeutas ocupacionales. Porque Talavera, sin pretenderlo, ha sido maestra en enseñarnos que lo importante no siempre hace ruido. A veces está en una taza humeante sobre una mesa de loza, entre palabras, silencios y costumbre.

En esta entrada quiero explorar esa conexión: entre el café como ocupación significativa, Talavera como territorio simbólico, y la Terapia Ocupacional como disciplina que mira el mundo desde el hacer. Lo haré desde la experiencia, el análisis y también desde el afecto. Porque para quienes trabajamos con la vida cotidiana, hablar de cafés compartidos no es perder el tiempo. Es reconocer que el tiempo compartido es, en sí mismo, un acto de salud.

Esta entrada va, además, por Dani Esteve y su hija Eva. Porque hace años, el café nos juntó. Y estos días, nos ha vuelto a juntar. Dani tuvo una de las cafeterías más brutales que ha tenido Talavera, y cuando tuvo que cerrar en 2019, el sabor quedó, pero también el vacío. Hoy, ha convertido esa pasión en una nueva aventura: su propia marca, Ceres Coffee, que no solo es café, sino una declaración de identidad. Conecta el nombre de la diosa con la ciudad, con su profesión, con su historia.

Y en el centro, su hija Eva. Una niña que inspira, que enseña, que transforma. La terapia aparece aquí no solo como profesión, sino como red: la que tejemos entre todos, entre Talavera, su gente, y los afectos que no se rinden. Acompañar a Dani y a su hermosa familia en su camino para que Eva tenga una vida mejor, pese a las circunstancias, también es terapia. También es ocupación con sentido. Por eso, este texto es para ellos.

Ceres, Talavera y el arte de sostener

Talavera lleva en su historia la fuerza de los oficios, el barro y las manos que dan forma. Cabe recordar que el propio nombre de Ceres —diosa de la agricultura, la fertilidad y la continuidad de los ciclos vitales— está profundamente vinculado a Talavera de la Reina a través de una de sus celebraciones más singulares: las Mondas. Esta festividad, que comienza cada año con el pregón del Leño Florido, tiene su origen en las ofrendas a Ceres por parte del pueblo romano y ha perdurado como símbolo del vínculo entre la tierra, la tradición y la comunidad. Aunque hoy las Mondas tienen una dimensión más festiva y cultural, su trasfondo sigue siendo el de una ciudad que celebra los ritmos de la vida desde lo colectivo, desde lo sencillo, desde el cuidado. El nombre de Ceres, diosa romana de la agricultura, la fertilidad y los ciclos de la vida, resuena en sus raíces. No se trata solo de una referencia mitológica: es una manera de entender la vida desde la conexión con la tierra, con el tiempo orgánico, con el cuidado. Ceres representa, en el fondo, todo aquello que la Terapia Ocupacional defiende: la transformación desde lo cotidiano, la capacidad de nutrir lo que parecía árido, el valor de los ritmos que sanan.

Y si Ceres es símbolo de alimento y continuidad, Talavera lo expresa en su paisaje cultural: desde la cerámica que se cuece con paciencia hasta la forma en que la gente se detiene en una terraza para mirar la vida pasar. La ciudad enseña, sin necesidad de discursos, que cuidar es también estar, acompañar, mirar. Que una ocupación puede no ser productiva en términos económicos y, sin embargo, ser esencial en términos vitales.

Por eso, cuando pienso en Talavera y en mi formación como terapeuta ocupacional, no pienso sólo en aulas o asignaturas. Pienso en el olor a café recién hecho, en las tazas pesadas de los bares de siempre, en las conversaciones de media mañana. Pienso en los cafés como nodos de una red invisible que sostiene la ciudad: donde se negocian afectos, se tramitan duelos, se celebran pequeñas alegrías. Cafés donde los tiempos no corren, sino que se sientan contigo.

El café como ocupación significativa

La Terapia Ocupacional entiende las ocupaciones significativas como aquellas actividades que dan sentido a la vida de las personas, que organizan su día, que sostienen su identidad. A menudo se piensa en actividades complejas, como trabajar, criar, estudiar o rehabilitarse. Pero el café —ese gesto simple y ritual— merece estar en la lista de ocupaciones clave.

Tomar café implica elección, preferencia, pertenencia. ¿Solo o acompañado? ¿Corto o largo? ¿Con azúcar o sin? ¿En taza de cerámica o de papel? Cada persona tiene su forma. Y en esa forma se reconoce. Pero más allá de lo sensorial o lo personal, está lo compartido: el café es una excusa para estar con otros, una forma de acompañamiento cotidiano. En la consulta, en la universidad, en la familia, en la calle. “Tomamos un café” no es sólo tomar un café. Es abrir una pausa para encontrarse.

Desde el punto de vista terapéutico, el café activa muchas dimensiones a la vez:

  • Estimula lo sensorial (olor, gusto, temperatura).
  • Estructura el tiempo (marcando momentos del día).
  • Refuerza roles sociales (compañero, amigo, anfitrión).
  • Promueve la interacción y el lenguaje.
  • Conecta con la memoria y la historia personal.

Y lo más importante: no exige. El café no pide productividad, solo presencia. No hay que ser hábil, rápido, fuerte. Basta con estar. Y ese “estar” tiene un valor incalculable cuando hablamos de salud mental, de envejecimiento, de inclusión.

Talavera: ciudad que forma y transforma

Talavera no es solo mi ciudad natal. Es también una ciudad que forma profesionales en Terapia Ocupacional. Que se ha convertido en semilla de cambio a través de una carrera universitaria que, aunque a menudo desconocida, trabaja en lo más profundo de las personas: sus hábitos, sus roles, sus rutinas, sus deseos.

Talavera enseña desde sus calles lo que después se aprende en los libros: que el entorno importa, que la identidad se construye en lo cotidiano, que la tradición puede ser herramienta de salud. La cerámica no es solo arte, es también ocupación: requiere planificación, repeticón, memoria, coordinación, paciencia. ¿No es acaso eso lo que trabajamos en rehabilitación?

En Talavera, el café se sirve sobre mesas que podrían haber salido del taller de un artesano local. Y mientras se toma, uno observa las manos de la persona que tiene enfrente. En esas manos hay historias. Algunas tiemblan. Otras están marcadas por el trabajo. Algunas acaban de salir de una cirugía. Y el café, en todos los casos, se convierte en mediador. En vínculo. En ritual de aceptación y compañía.

El café como mediador ocupacional en contextos de intervención

En muchos dispositivos de intervención, el café se convierte en una herramienta tan poderosa como invisible. En centros de día, en residencias, en talleres ocupacionales, la «hora del café» no es solo un recreo, sino un espacio estructurado de acción terapéutica.

La preparación del café implica tareas encadenadas que pueden adaptarse a distintos niveles de función: desde elegir la taza, llenar la jarra, calentar el agua, hasta servirlo y recoger. Cada paso puede ser una oportunidad de intervención en motricidad fina, planificación, memoria o comunicación.

Pero más allá de la tarea en sí, está la dimensión simbólica: servir café a otros es ejercer un rol activo, sentirse útil, recuperar agencia. Recibir un café con tu nombre, en tu taza, es también reconocimiento. El café se vuelve entonces mediador entre lo terapéutico y lo emocional, entre lo funcional y lo social.

Conclusión: el derecho a los pla-ceres cotidianos

Terminar un café es, a menudo, empezar otra cosa. Un paseo, una charla, un silencio compartido. Por eso, no es exagerado decir que el café estructura. Organiza. Vuelve a traer a tierra. Y en tiempos de prisa y ruido, eso es un acto casi revolucionario.

Desde la Terapia Ocupacional, defender el derecho al placer cotidiano es también una forma de cuidar. No todo es rehabilitar, ni todo es medir. A veces basta con sostener una taza caliente, con compartir una pausa, con dejar que el aroma del café nos recuerde que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos siendo.

Talavera, con su nombre mitológico y su barro que resiste, nos da lecciones en cada esquina. Y quienes trabajamos con personas, lo sabemos: que hay salud en el ritmo, belleza en lo simple, y esperanza en cada gesto que se hace con sentido.

Por eso, este café no es solo bebida. Es lugar. Es puente. Es presente. Y también es futuro

Cuando el pan duro se convierte en esperanza: lecciones ocupacionales con sabor a canela

Karlos Arguiñano

El pan duro no se tira: se resignifica

No es un secreto que los terapeutas ocupacionales tenemos cierta obsesión con la palabra significativo. Nos pasamos media vida hablando de actividades con sentido, de la importancia del hacer, del valor que tiene encender una radio, pelar una naranja o levantar la persiana. Pues bien: ¿cómo no íbamos a hablar de las torrijas?

Las torrijas son una especie de milagro cotidiano. Un acto humilde y glorioso a la vez: coger pan duro (símbolo universal de lo que ya no sirve) y devolverlo a la vida con leche, huevo, fuego y paciencia. Si esto no es una intervención terapéutica, que baje Florence Clark y lo vea. Porque no hablamos solo de cocinar, sino de intervenir sobre lo que fue útil y ahora está “caducado”, reinsertándolo en una experiencia cargada de sentido. En otras palabras, transformar lo descartable en algo que merece un altar.

Torrijas clásicas

Eso, en esencia, es también la Terapia Ocupacional: dignificar, adaptar, resignificar. Tomar la pérdida de una rutina y devolverle estructura; tomar la limitación de una mano y convertirla en un recurso; tomar el duelo y convertirlo en memoria. Y si la herramienta es la canela y no la plastilina, pues bienvenidas sean las especias.

Torrijas, tiempo y tacto

Cuando una persona prepara torrijas, entra en una dinámica rítmica, casi meditativa. Mojar el pan. Escurrir con cuidado. Pasar por huevo. Freír. Azucarar. Esa repetición estructurada, lejos de ser banal, tiene un enorme valor terapéutico: activa patrones motores, estimula la concentración, regula el sistema nervioso.

En un mundo que nos arrastra por la productividad sin alma, las torrijas nos devuelven al tiempo lento. El tiempo del cuidado, de la espera, del “a fuego medio”. Y ahí está el secreto: en el fuego medio. Ni quemado ni crudo. Ese equilibrio térmico se parece mucho a lo que buscamos en terapia: que la vida no sea ni agobio ni abandono, sino un término medio que se pueda saborear sin quemarse la lengua.

Memoria y miel

En Semana Santa, muchas personas mayores reviven sus recuerdos a través de los sentidos: el olor del anís, la textura del pan mojado, el crepitar de la sartén. Todo eso activa circuitos dormidos. Lo que no puede evocar una foto lo puede hacer una cucharada de torrija caliente.

Y aquí entra una de nuestras herramientas favoritas: la reminiscencia. Porque no se trata solo de recordar por recordar, sino de usar el recuerdo para reconstruir la identidad, reconectar con roles perdidos y fortalecer el sentido de continuidad. “Mi madre las hacía así”, “yo ayudaba a mi tía en la cocina”, “las vendíamos en el bar del pueblo”… Esos relatos surgen mientras se cocina. Y cuando uno habla de sí mientras hace, entonces está sanando. Porque la palabra y la acción, cuando van de la mano, curan más que cualquier crema.

Ocupaciones que pesan más que el incienso

Durante la Semana Santa, muchas personas se enfrentan a lo sagrado desde la procesión, el recogimiento o el ayuno. Pero otras lo hacen desde la cocina, la sobremesa o el silencio compartido en casa. Y en ambos casos, la ocupación es el puente.

La Veronica. Procesión del Santo Entierro. Talavera de la Reina

La torrija es una ocupación espiritual. Sí, como lo lees. No porque se rece al freírla (aunque hay quien lo hace), sino porque conecta con la trascendencia desde lo doméstico. Habla de la muerte (del pan), de la transformación (la leche y el fuego) y de la esperanza (el azúcar al final). Habla de cómo aceptar lo que ha sido y permitir que vuelva a ser.

Cuando en Terapia Ocupacional hablamos de espiritualidad no nos referimos a rezos, sino al sentido profundo que una persona encuentra en su hacer. A veces ese sentido está en cuidar a un nieto; otras, en colocar con mimo las torrijas en una bandeja y saber que ese gesto sostiene la tradición familiar. Hay semanas que se enfrentan con incienso, y otras, con cáscara de limón.

La vida también se digiere

Después de hacer torrijas, viene la segunda parte de la experiencia: comerlas. Pero no se trata solo de tragar calorías. Se trata de celebrar el proceso, de compartir lo hecho, de asumir que lo dulce también necesita un tiempo de digestión. Como el duelo, como la nostalgia.

Santo sepulcro. Procesión del santo entierro. Talavera de la Reina.

La Semana Santa tiene mucho de eso: de digerir lo que se ha perdido, de saborear lo que queda, de aceptar que no todo volverá igual pero sí puede transformarse. Y la cocina se convierte entonces en un laboratorio emocional. Las personas que no pueden ya asistir a una procesión, que no entienden bien el porqué del luto, sí entienden una torrija. Porque el cuerpo recuerda incluso cuando la mente se nubla. Porque hay ocupaciones que no necesitan ser comprendidas para ser sentidas.

Lo que enseñan las torrijas sobre la vida, la muerte y la rehabilitación

Quizás la metáfora sea evidente, pero no por ello menos potente: en terapia ocupacional, como en las torrijas, trabajamos con lo que la vida nos da. A veces el pan está fresco y todo fluye. Pero otras veces está duro, reseco, casi olvidado en el fondo del cajón. Y ahí entramos nosotros: a remojar, a reblandecer, a dar calor, a sacar lo mejor de lo que parecía acabado.

El proceso es lento, a veces incómodo. Se te manchan las manos, se te rompe la rebanada, se te quema una tanda. Y sí, también hay días en que no apetece seguir. Pero cuando una persona recupera el gusto por lo pequeño —por el ritual, por la repetición, por lo suyo— entonces aparece la ocupación significativa. Y eso, queridos, vale más que todos los planes individualizados de intervención del mundo.

Ingredientes de unas torrijas

Y si no salen bien, se mojan más

Porque esto también hay que decirlo: a veces las torrijas no salen bien. Se pasan, se rompen, se enfrían. Como en terapia. A veces el plan no funciona, la persona se frustra, el entorno no acompaña. Pero eso no significa que haya que tirar el pan. A lo mejor solo hay que dejarlo reposar un poco más. Mojarlo más tiempo. Cambiar la receta.

La flexibilidad es clave. En la cocina y en la vida. Y si al final las torrijas no se parecen a las de tu madre, no pasa nada. Son tuyas. Las hiciste tú. Eso también es sanador.