Las Mondas como terapia ocupacional: lo que una fiesta milenaria puede enseñarte sobre la salud

Un ensayo desde la emoción, el barro y la ciencia de lo cotidiano
Por un terapeuta ocupacional talaverano que volvió a casa tras trece años sin ver a los carneros de las Mondas.

Una fiesta que se hereda

Las Mondas son una de las fiestas más antiguas de Europa. Se celebran en Talavera de la Reina durante la semana posterior a la Pascua y tienen un origen que mezcla la raíz romana con el fervor cristiano. Antiguamente eran ofrendas a Ceres, diosa de la agricultura, para pedir fertilidad en la tierra. Hoy son una expresión viva de cultura, identidad y afecto por lo comunitario. En el desfile principal, el Sábado de Mondas, más de setenta pueblos de la comarca y de fuera de ella acuden a Talavera para entregar sus caracolas florales engalanadas a la Virgen del Prado.

Lo más hermoso es que cada pueblo lleva sus trajes tradicionales: bordados, refajos, pañuelos, delantales y sombreros que no solo visten, sino que cuentan historias. Cada detalle tiene una razón, una memoria, una abuela que lo enseñó. Y esas personas que desfilan no vienen solas: traen dulces, productos típicos, flores y sonrisas. Detrás, la música: dulzainas, tamborileros, charangas. Es un festival de los sentidos que no se explica con teorías, se vive.

@dgrafica1

Y en medio de todo eso, aparece el amor. Porque cuando una parte de la pareja nace en esta tierra y la otra la descubre, lo que se está compartiendo no es sólo una fiesta, sino una forma de estar en el mundo. Mostrar las Mondas a alguien que quieres es también una declaración de identidad y de futuro.

Volver y reconocer(se)

Trece años. Una vida entera cabe en ese tiempo. Cabe una carrera, mudanzas, alguna rupturas, muchas terapias y autoterapias, algún susto, y cientos de cafés. Y cabe también una ausencia que duele más cuando una ciudad como Talavera vuelve a vestirse de fiesta. Trece años después, volví a Las Mondas. Y no volví solo. Volví con mi cuadrilla y afiliados, con mi pareja, parte de un grupo de tres personas que no sabían lo que era aquello, mas allá de las historias y fotos, pero a las que me propuse enseñar con orgullo y cariño.

Volví como quien vuelve a casa pero con otros ojos. Con ojos de terapeuta ocupacional, sí, pero también con los ojos de quien ha aprendido que las ocupaciones —esas acciones cotidianas que dan sentido a nuestra vida— no son solo hacer la colada o ir a trabajar. También son celebrar, caminar entre banderines, explicar lo inexplicable, emocionarse con un tamboril y reencontrarse con una identidad que creías dormida.

Y es que Las Mondas no son solo una fiesta: son una forma de hacer terapia sin despacho. Son un patrimonio vivo que se cuela por los sentidos, por la memoria, por el cuerpo. Y este texto es mi intento de explicarlo. De hilar tradición y profesión. De unir la historia con la salud. De decir, sin miedo al ridículo académico, que en una caracola con flores puede haber tanta ocupación significativa como en una sesión de terapia manual.

Luis Sanchez Molina

Talavera como entorno terapéutico

Talavera de la Reina no necesita demasiados adornos para ser entendida como un entorno terapéutico. Tiene todo lo que buscamos en los espacios de intervención: identidad, comunidad, historia, paisaje, y sobre todo, un ritmo que sabe acompasar. Cuando uno camina por sus calles durante las Mondas, no solo ve flores, pendones, pasos y dulzainas; ve también un tejido social activo, una ciudad que se reconoce en lo colectivo, en lo que celebra.

Desde la Terapia Ocupacional hablamos del «entorno» como facilitador o barrera para la ocupación. Y en Talavera, cuando hay Mondas, todo parece dispuesto para facilitar. Se amplía el espacio peatonal, se recuperan rutas, se reorganiza el tiempo. Hasta los comercios, las panaderías, los bares y los escaparates hablan el idioma de la fiesta, invitando a participar desde donde se pueda.

En ese contexto, cualquiera puede sentirse parte. Incluso quien no entiende muy bien la historia. Incluso quien está de paso. Porque la ciudad se convierte en escenario de acogida, y eso, en términos terapéuticos, es oro: una ciudad que sostiene, que celebra, que involucra.

Las Mondas como ocupación colectiva

El corazón de la Terapia Ocupacional late con las ocupaciones significativas. Y pocas hay tan densas y compartidas como una fiesta que involucra barrios, pueblos, asociaciones, colegios, personas mayores, niños, vecinas, tamborileros y concejales. Las Mondas no se consumen, se viven. Y en esa vivencia, cada quien ocupa un lugar.

Las Mondas son una ocupación colectiva con componentes físicos (andar, cargar, preparar, ensayar), sensoriales (ruido, color, aromas, texturas), cognitivos (memoria, orientación, simbolismo) y sobre todo afectivos. Porque no hay desfile sin emoción. Y no hay emoción sin significado.

El valor terapéutico está en esa participación libre, voluntaria, pero cargada de sentido. Nadie va obligado, y sin embargo, pocos quieren perderse el momento. Y eso lo convierte en un espacio privilegiado para fortalecer el rol comunitario, para recuperar el sentimiento de pertenencia, para trabajar la autonomía desde la inclusión.

Luis Sanchez Molina

El simbolismo de la caracola: memoria, identidad y espiritualidad

Podría parecer que una caracola con flores es solo un adorno, una tradición visualmente atractiva. Pero en Terapia Ocupacional sabemos que los objetos tienen alma. Que un bastón puede ser independencia, que un cuaderno puede ser identidad, que una taza puede ser consuelo. Pues bien, una caracola es raíz, rito y memoria.

Llevar la caracola, como hacen los pueblos en el desfile, es ejercer un rol. Es ocupar un lugar simbólico dentro del tejido social. Es decir: aquí estamos. Todavía somos. Nos seguimos trayendo. Esa afirmación tiene un poder brutal en contextos de duelo, migración, exclusión o simplemente en la vida de quienes han sentido que ya no tienen lugar.

Desde lo espiritual, la ofrenda a la Virgen del Prado también conecta con esa dimensión profunda del ser humano que busca trascendencia. No hace falta ser creyente para reconocer que los rituales tienen una función organizadora del alma. Y en ese sentido, las Mondas son terapéuticas porque ofrece sentido, continuidad y consuelo.

Luis Sanchez Molina

Volver después de trece años: el valor del reencuentro

Volver no es fácil. Sobre todo cuando el lugar al que vuelves ha seguido celebrando sin ti. Pero eso también tiene su magia: la fiesta no te espera, pero tampoco te olvida. Cuando vuelves, simplemente te reincorporas. Y eso, como terapeuta ocupacional, me recordó lo importante que es dejar siempre una silla libre para quien está por volver.

Volver a las Mondas después de trece años fue reencontrarme con mi ciudad, sí, pero también conmigo mismo. Con el adolescente que se emocionaba con los tamborileros. Con el joven que quedaba a ver el pregón. Con el adulto que necesitaba recordar que todavía había un sitio para él entre los suyos. Y ese reencuentro tuvo valor terapéutico: me organizó emocionalmente, me reconectó con mi identidad, me devolvió un rol.

Volver es, muchas veces, sanarse.

La figura del guía: enseñar tradiciones como intervención significativa

Llevar a tres personas «nuevas» a vivir Las Mondas fue una experiencia inesperadamente potente. Porque en el intento de explicarles los cómos y los por qués, redescubrí yo mismo lo que esta fiesta significaba. Ser guía es una ocupación en sí misma. Exige comunicación, empatía, selección de información, atención plena. Pero también devuelve mucho: orgullo, sentido, alegría compartida.

Desde la Terapia Ocupacional lo llamamos «transmisión intergeneracional», «apoyo entre iguales» o incluso «rol de mentor». Pero en el fondo es algo simple y hermoso: enseñar lo que amas. Y hacerlo con amigos, con tu pareja, con gente que escucha, es una forma de reafirmarte. De poner en palabras lo que sentías pero no habías dicho nunca. De volverlo real.

La cuadrilla como grupo terapéutico natural

No hace falta una sala blanca ni sillas en círculo para tener un grupo terapéutico. A veces basta con una cuadrilla. Con gente que te quiere y con la que puedes reír, andar, callar, comer. Mi cuadrilla fue mi contención, mi impulso y mi espejo. Y eso no se paga con dinero.

Las relaciones significativas son uno de los pilares de la salud ocupacional. Son las que permiten que una persona mantenga sus rutinas, recupere su rol, se atreva a hacer cambios o simplemente se sostenga. Y las Mondas, al reunirnos, al facilitarnos estar juntos, al ofrecernos excusas para vernos, hacen una función profundamente terapéutica.

Emoción, pertenencia y salud mental

No hay salud mental sin pertenencia. Y no hay pertenencia sin rituales. Las Mondas permiten eso: que cada talaverano sienta que tiene un sitio. Da igual si llevas banderolas o solo miras desde la acera. Estás. Eres parte.

Y esa sensación, cuando se ha vivido duelo, migración, ansiedad, ruptura o simplemente alienación vital, es una medicina poderosa. Por eso defender las fiestas populares, mantenerlas vivas, adaptarlas, hacerlas inclusivas, es también una tarea terapéutica. Porque nos recuerdan que no estamos solos. Que somos parte de algo.

Lo que una fiesta enseña sobre el rol, la agencia y la comunidad

La terapia ocupacional habla mucho de «rol» y «agencia». Pues bien: en Las Mondas se ensayan, se recuperan, se transforman roles. Uno puede ser vecino, tamborilero, nieta de quien salía en procesión, amiga que sostiene el bolso, pareja que saca fotos, persona que explica, que escucha, que vive. Y en todos esos microroles, hay agencia: decisión, acción, participación.

Las Mondas nos enseñan que la comunidad no es un concepto abstracto. Es un desfile, un aplauso, un «mira, ahí va el pueblo de…». Es saber que hay una historia más grande que uno, y que sin embargo uno forma parte de ella.

Flores, tamboriles y ciencia con alma

No sé si alguien más se ha atrevido a escribir sobre Las Mondas desde la Terapia Ocupacional. Pero si no lo habían hecho, aquí va mi humilde aporte. Porque creo, de verdad, que hay salud en lo que nos emociona. Que hay terapia en lo que compartimos. Que hay rehabilitación en cada gesto que nos devuelve al centro de lo que somos.

Talavera, gracias por seguir esperándonos. Por seguir engalanándote. Por recordarnos que a veces basta con volver. Con andar. Con mirar. Con explicar.

Y por supuesto, con celebrar.

Café, Mondas y ocupación: una historia que te va a emocionar

Hay ocupaciones que pasan desapercibidas por su aparente simplicidad, por lo asumidas que están en nuestra rutina, por lo poco que se les interroga. Y sin embargo, son esas mismas acciones, pequeñas y repetidas, las que tejen el entramado más profundo de nuestra salud, de nuestra identidad y de nuestras relaciones. Una de ellas —tan elemental como imprescindible— es tomar café.

En Talavera de la Reina, ciudad que me vio nacer y crecer, el café es más que una bebida: es un lugar de encuentro, una pausa que tiene sentido, un símbolo de vínculo. Y no es casualidad que en esta ciudad, famosa por su cerámica, por la tierra que se cuece y se transforma, también se imparta la formación de futuros terapeutas ocupacionales. Porque Talavera, sin pretenderlo, ha sido maestra en enseñarnos que lo importante no siempre hace ruido. A veces está en una taza humeante sobre una mesa de loza, entre palabras, silencios y costumbre.

En esta entrada quiero explorar esa conexión: entre el café como ocupación significativa, Talavera como territorio simbólico, y la Terapia Ocupacional como disciplina que mira el mundo desde el hacer. Lo haré desde la experiencia, el análisis y también desde el afecto. Porque para quienes trabajamos con la vida cotidiana, hablar de cafés compartidos no es perder el tiempo. Es reconocer que el tiempo compartido es, en sí mismo, un acto de salud.

Esta entrada va, además, por Dani Esteve y su hija Eva. Porque hace años, el café nos juntó. Y estos días, nos ha vuelto a juntar. Dani tuvo una de las cafeterías más brutales que ha tenido Talavera, y cuando tuvo que cerrar en 2019, el sabor quedó, pero también el vacío. Hoy, ha convertido esa pasión en una nueva aventura: su propia marca, Ceres Coffee, que no solo es café, sino una declaración de identidad. Conecta el nombre de la diosa con la ciudad, con su profesión, con su historia.

Y en el centro, su hija Eva. Una niña que inspira, que enseña, que transforma. La terapia aparece aquí no solo como profesión, sino como red: la que tejemos entre todos, entre Talavera, su gente, y los afectos que no se rinden. Acompañar a Dani y a su hermosa familia en su camino para que Eva tenga una vida mejor, pese a las circunstancias, también es terapia. También es ocupación con sentido. Por eso, este texto es para ellos.

Ceres, Talavera y el arte de sostener

Talavera lleva en su historia la fuerza de los oficios, el barro y las manos que dan forma. Cabe recordar que el propio nombre de Ceres —diosa de la agricultura, la fertilidad y la continuidad de los ciclos vitales— está profundamente vinculado a Talavera de la Reina a través de una de sus celebraciones más singulares: las Mondas. Esta festividad, que comienza cada año con el pregón del Leño Florido, tiene su origen en las ofrendas a Ceres por parte del pueblo romano y ha perdurado como símbolo del vínculo entre la tierra, la tradición y la comunidad. Aunque hoy las Mondas tienen una dimensión más festiva y cultural, su trasfondo sigue siendo el de una ciudad que celebra los ritmos de la vida desde lo colectivo, desde lo sencillo, desde el cuidado. El nombre de Ceres, diosa romana de la agricultura, la fertilidad y los ciclos de la vida, resuena en sus raíces. No se trata solo de una referencia mitológica: es una manera de entender la vida desde la conexión con la tierra, con el tiempo orgánico, con el cuidado. Ceres representa, en el fondo, todo aquello que la Terapia Ocupacional defiende: la transformación desde lo cotidiano, la capacidad de nutrir lo que parecía árido, el valor de los ritmos que sanan.

Y si Ceres es símbolo de alimento y continuidad, Talavera lo expresa en su paisaje cultural: desde la cerámica que se cuece con paciencia hasta la forma en que la gente se detiene en una terraza para mirar la vida pasar. La ciudad enseña, sin necesidad de discursos, que cuidar es también estar, acompañar, mirar. Que una ocupación puede no ser productiva en términos económicos y, sin embargo, ser esencial en términos vitales.

Por eso, cuando pienso en Talavera y en mi formación como terapeuta ocupacional, no pienso sólo en aulas o asignaturas. Pienso en el olor a café recién hecho, en las tazas pesadas de los bares de siempre, en las conversaciones de media mañana. Pienso en los cafés como nodos de una red invisible que sostiene la ciudad: donde se negocian afectos, se tramitan duelos, se celebran pequeñas alegrías. Cafés donde los tiempos no corren, sino que se sientan contigo.

El café como ocupación significativa

La Terapia Ocupacional entiende las ocupaciones significativas como aquellas actividades que dan sentido a la vida de las personas, que organizan su día, que sostienen su identidad. A menudo se piensa en actividades complejas, como trabajar, criar, estudiar o rehabilitarse. Pero el café —ese gesto simple y ritual— merece estar en la lista de ocupaciones clave.

Tomar café implica elección, preferencia, pertenencia. ¿Solo o acompañado? ¿Corto o largo? ¿Con azúcar o sin? ¿En taza de cerámica o de papel? Cada persona tiene su forma. Y en esa forma se reconoce. Pero más allá de lo sensorial o lo personal, está lo compartido: el café es una excusa para estar con otros, una forma de acompañamiento cotidiano. En la consulta, en la universidad, en la familia, en la calle. “Tomamos un café” no es sólo tomar un café. Es abrir una pausa para encontrarse.

Desde el punto de vista terapéutico, el café activa muchas dimensiones a la vez:

  • Estimula lo sensorial (olor, gusto, temperatura).
  • Estructura el tiempo (marcando momentos del día).
  • Refuerza roles sociales (compañero, amigo, anfitrión).
  • Promueve la interacción y el lenguaje.
  • Conecta con la memoria y la historia personal.

Y lo más importante: no exige. El café no pide productividad, solo presencia. No hay que ser hábil, rápido, fuerte. Basta con estar. Y ese “estar” tiene un valor incalculable cuando hablamos de salud mental, de envejecimiento, de inclusión.

Talavera: ciudad que forma y transforma

Talavera no es solo mi ciudad natal. Es también una ciudad que forma profesionales en Terapia Ocupacional. Que se ha convertido en semilla de cambio a través de una carrera universitaria que, aunque a menudo desconocida, trabaja en lo más profundo de las personas: sus hábitos, sus roles, sus rutinas, sus deseos.

Talavera enseña desde sus calles lo que después se aprende en los libros: que el entorno importa, que la identidad se construye en lo cotidiano, que la tradición puede ser herramienta de salud. La cerámica no es solo arte, es también ocupación: requiere planificación, repeticón, memoria, coordinación, paciencia. ¿No es acaso eso lo que trabajamos en rehabilitación?

En Talavera, el café se sirve sobre mesas que podrían haber salido del taller de un artesano local. Y mientras se toma, uno observa las manos de la persona que tiene enfrente. En esas manos hay historias. Algunas tiemblan. Otras están marcadas por el trabajo. Algunas acaban de salir de una cirugía. Y el café, en todos los casos, se convierte en mediador. En vínculo. En ritual de aceptación y compañía.

El café como mediador ocupacional en contextos de intervención

En muchos dispositivos de intervención, el café se convierte en una herramienta tan poderosa como invisible. En centros de día, en residencias, en talleres ocupacionales, la «hora del café» no es solo un recreo, sino un espacio estructurado de acción terapéutica.

La preparación del café implica tareas encadenadas que pueden adaptarse a distintos niveles de función: desde elegir la taza, llenar la jarra, calentar el agua, hasta servirlo y recoger. Cada paso puede ser una oportunidad de intervención en motricidad fina, planificación, memoria o comunicación.

Pero más allá de la tarea en sí, está la dimensión simbólica: servir café a otros es ejercer un rol activo, sentirse útil, recuperar agencia. Recibir un café con tu nombre, en tu taza, es también reconocimiento. El café se vuelve entonces mediador entre lo terapéutico y lo emocional, entre lo funcional y lo social.

Conclusión: el derecho a los pla-ceres cotidianos

Terminar un café es, a menudo, empezar otra cosa. Un paseo, una charla, un silencio compartido. Por eso, no es exagerado decir que el café estructura. Organiza. Vuelve a traer a tierra. Y en tiempos de prisa y ruido, eso es un acto casi revolucionario.

Desde la Terapia Ocupacional, defender el derecho al placer cotidiano es también una forma de cuidar. No todo es rehabilitar, ni todo es medir. A veces basta con sostener una taza caliente, con compartir una pausa, con dejar que el aroma del café nos recuerde que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos siendo.

Talavera, con su nombre mitológico y su barro que resiste, nos da lecciones en cada esquina. Y quienes trabajamos con personas, lo sabemos: que hay salud en el ritmo, belleza en lo simple, y esperanza en cada gesto que se hace con sentido.

Por eso, este café no es solo bebida. Es lugar. Es puente. Es presente. Y también es futuro

Cuando el pan duro se convierte en esperanza: lecciones ocupacionales con sabor a canela

Karlos Arguiñano

El pan duro no se tira: se resignifica

No es un secreto que los terapeutas ocupacionales tenemos cierta obsesión con la palabra significativo. Nos pasamos media vida hablando de actividades con sentido, de la importancia del hacer, del valor que tiene encender una radio, pelar una naranja o levantar la persiana. Pues bien: ¿cómo no íbamos a hablar de las torrijas?

Las torrijas son una especie de milagro cotidiano. Un acto humilde y glorioso a la vez: coger pan duro (símbolo universal de lo que ya no sirve) y devolverlo a la vida con leche, huevo, fuego y paciencia. Si esto no es una intervención terapéutica, que baje Florence Clark y lo vea. Porque no hablamos solo de cocinar, sino de intervenir sobre lo que fue útil y ahora está “caducado”, reinsertándolo en una experiencia cargada de sentido. En otras palabras, transformar lo descartable en algo que merece un altar.

Torrijas clásicas

Eso, en esencia, es también la Terapia Ocupacional: dignificar, adaptar, resignificar. Tomar la pérdida de una rutina y devolverle estructura; tomar la limitación de una mano y convertirla en un recurso; tomar el duelo y convertirlo en memoria. Y si la herramienta es la canela y no la plastilina, pues bienvenidas sean las especias.

Torrijas, tiempo y tacto

Cuando una persona prepara torrijas, entra en una dinámica rítmica, casi meditativa. Mojar el pan. Escurrir con cuidado. Pasar por huevo. Freír. Azucarar. Esa repetición estructurada, lejos de ser banal, tiene un enorme valor terapéutico: activa patrones motores, estimula la concentración, regula el sistema nervioso.

En un mundo que nos arrastra por la productividad sin alma, las torrijas nos devuelven al tiempo lento. El tiempo del cuidado, de la espera, del “a fuego medio”. Y ahí está el secreto: en el fuego medio. Ni quemado ni crudo. Ese equilibrio térmico se parece mucho a lo que buscamos en terapia: que la vida no sea ni agobio ni abandono, sino un término medio que se pueda saborear sin quemarse la lengua.

Memoria y miel

En Semana Santa, muchas personas mayores reviven sus recuerdos a través de los sentidos: el olor del anís, la textura del pan mojado, el crepitar de la sartén. Todo eso activa circuitos dormidos. Lo que no puede evocar una foto lo puede hacer una cucharada de torrija caliente.

Y aquí entra una de nuestras herramientas favoritas: la reminiscencia. Porque no se trata solo de recordar por recordar, sino de usar el recuerdo para reconstruir la identidad, reconectar con roles perdidos y fortalecer el sentido de continuidad. “Mi madre las hacía así”, “yo ayudaba a mi tía en la cocina”, “las vendíamos en el bar del pueblo”… Esos relatos surgen mientras se cocina. Y cuando uno habla de sí mientras hace, entonces está sanando. Porque la palabra y la acción, cuando van de la mano, curan más que cualquier crema.

Ocupaciones que pesan más que el incienso

Durante la Semana Santa, muchas personas se enfrentan a lo sagrado desde la procesión, el recogimiento o el ayuno. Pero otras lo hacen desde la cocina, la sobremesa o el silencio compartido en casa. Y en ambos casos, la ocupación es el puente.

La Veronica. Procesión del Santo Entierro. Talavera de la Reina

La torrija es una ocupación espiritual. Sí, como lo lees. No porque se rece al freírla (aunque hay quien lo hace), sino porque conecta con la trascendencia desde lo doméstico. Habla de la muerte (del pan), de la transformación (la leche y el fuego) y de la esperanza (el azúcar al final). Habla de cómo aceptar lo que ha sido y permitir que vuelva a ser.

Cuando en Terapia Ocupacional hablamos de espiritualidad no nos referimos a rezos, sino al sentido profundo que una persona encuentra en su hacer. A veces ese sentido está en cuidar a un nieto; otras, en colocar con mimo las torrijas en una bandeja y saber que ese gesto sostiene la tradición familiar. Hay semanas que se enfrentan con incienso, y otras, con cáscara de limón.

La vida también se digiere

Después de hacer torrijas, viene la segunda parte de la experiencia: comerlas. Pero no se trata solo de tragar calorías. Se trata de celebrar el proceso, de compartir lo hecho, de asumir que lo dulce también necesita un tiempo de digestión. Como el duelo, como la nostalgia.

Santo sepulcro. Procesión del santo entierro. Talavera de la Reina.

La Semana Santa tiene mucho de eso: de digerir lo que se ha perdido, de saborear lo que queda, de aceptar que no todo volverá igual pero sí puede transformarse. Y la cocina se convierte entonces en un laboratorio emocional. Las personas que no pueden ya asistir a una procesión, que no entienden bien el porqué del luto, sí entienden una torrija. Porque el cuerpo recuerda incluso cuando la mente se nubla. Porque hay ocupaciones que no necesitan ser comprendidas para ser sentidas.

Lo que enseñan las torrijas sobre la vida, la muerte y la rehabilitación

Quizás la metáfora sea evidente, pero no por ello menos potente: en terapia ocupacional, como en las torrijas, trabajamos con lo que la vida nos da. A veces el pan está fresco y todo fluye. Pero otras veces está duro, reseco, casi olvidado en el fondo del cajón. Y ahí entramos nosotros: a remojar, a reblandecer, a dar calor, a sacar lo mejor de lo que parecía acabado.

El proceso es lento, a veces incómodo. Se te manchan las manos, se te rompe la rebanada, se te quema una tanda. Y sí, también hay días en que no apetece seguir. Pero cuando una persona recupera el gusto por lo pequeño —por el ritual, por la repetición, por lo suyo— entonces aparece la ocupación significativa. Y eso, queridos, vale más que todos los planes individualizados de intervención del mundo.

Ingredientes de unas torrijas

Y si no salen bien, se mojan más

Porque esto también hay que decirlo: a veces las torrijas no salen bien. Se pasan, se rompen, se enfrían. Como en terapia. A veces el plan no funciona, la persona se frustra, el entorno no acompaña. Pero eso no significa que haya que tirar el pan. A lo mejor solo hay que dejarlo reposar un poco más. Mojarlo más tiempo. Cambiar la receta.

La flexibilidad es clave. En la cocina y en la vida. Y si al final las torrijas no se parecen a las de tu madre, no pasa nada. Son tuyas. Las hiciste tú. Eso también es sanador.

De historias y ocupaciones: el legado del puente romano en Talavera.

El alma de Talavera y su puente: un nexo que trasciende generaciones

El día 23 de marzo quedará marcado en la memoria de los talaveranos como el día en que el puente de Santa Catalina, o el puente romano, dejó de existir como lo conocíamos. Su colapso no es solo el desplome de una infraestructura; es el eco de un adiós colectivo a un símbolo que nos unía a través del tiempo. Desde sus sólidas piedras, guardó las historias y ocupaciones de quienes nacimos y crecimos en esta ciudad bañada por el Tajo.

El puente era más que una vía de paso; era un testigo silencioso del palpitar diario de Talavera. Fue cruzado por generaciones de talaveranos en sus rutinas diarias, sueños y momentos decisivos. Las familias paseaban al atardecer con el puente como fondo, las procesiones lo cruzaban con devoción, y los mercados resonaban en sus cercanías. Este lugar, impregnado de historia, era un lugar de encuentro entre nuestra identidad como pueblo y nuestra conexión con el entorno.

Además de su papel para los ciudadanos, el puente romano adquirió una dimensión especial para los terapeutas ocupacionales de toda España que estudiaron en Talavera. Ser sede de una de las primeras escuelas de esta profesión no fue casualidad: la ciudad ofrecía un entorno propicio, cargado de contexto cultural e historia, que resonaba con los valores que buscamos como profesionales. Cruzar el puente era casi un rito de paso, un gesto cotidiano que simbolizaba el vínculo entre nuestras raíces humanas y los principios que estudiábamos: la importancia del entorno en el desempeño humano.

Sin embargo, este evento trasciende el ámbito profesional. Para quienes han caminado, vivido y estudiado por Talavera, el sentimiento talaverano es algo que se lleva muy dentro, incluso lejos de la ciudad. La pérdida del puente de Santa Catalina nos duele porque era un trozo del alma de Talavera, un recordatorio de todo lo que somos y lo que compartimos, tanto quienes hemos emigrado como quienes permanecen.

Hoy, el río Tajo corre con una fuerza distinta, llevándose consigo un fragmento de nuestra historia, pero dejándonos también la tarea de recordar y reconstruir. Porque aunque el puente haya caído, el espíritu de Talavera persiste en cada uno de sus hijos, quienes, como tú y como yo, mantenemos viva la esencia de nuestro hogar dondequiera que estemos.

Talavera no es solo un lugar, es un sentimiento, y su historia sigue escribiéndose en cada uno de nosotros.

El entorno como catalizador del desempeño ocupacional

Los entornos y los contextos ocupacionales moldean las vivencias y acciones de las personas. El puente romano no solo era una infraestructura útil, era un espacio que albergaba recuerdos y conexiones. Para quienes cruzaban de la Ronda del Cañillo a los Sifones, cada paso traía consigo un diálogo con el pasado, con los ritmos diarios de la ciudad y con las interacciones humanas que definen nuestro sentido de pertenencia. Es en estos espacios significativos donde se desarrollan las ocupaciones humanas: desde el paseo relajado hasta el cruce apresurado camino al trabajo o estudio.

Un entorno como el puente romano fomentaba el compromiso ocupacional. Su presencia no era solo una parte del paisaje, sino un elemento activo en las trayectorias ocupacionales de los talaveranos. Representaba accesibilidad, conexión y oportunidad, pilares fundamentales del desempeño ocupacional.

Historia y contexto como pilares de identidad

Para quienes estudiaron, vivieron y crecieron en Talavera, el puente romano es más que piedra y estructura. Es un símbolo de la continuidad, del arraigo cultural y del diálogo entre generaciones. Cada persona que cruzó el puente no solo lo hacía físicamente; también, en cada paso, hilaba su propia historia con las de otros que compartieron el mismo acto.

Desde la perspectiva de la terapia ocupacional, los espacios como el puente romano de Santa Catalina permiten desarrollar ocupaciones que construyen identidad y sentido. Cruzarlo de un lado al otro integraba la rutina con la historia, reforzando una conexión entre el lugar y el individuo. Esa conexión, ahora interrumpida, provoca una ruptura simbólica y emocional para quienes lo tenían como un ícono de su vida cotidiana.

La pérdida y el impacto en la comunidad.

La desaparición de este entorno representa una pérdida tanto ocupacional como emocional. Implica una interrupción en los patrones ocupacionales de quienes lo usaban, pero también afecta los recuerdos y la narrativa colectiva de Talavera. Este evento refuerza la importancia de los entornos en la salud y bienestar humanos, destacando la necesidad de preservar y cuidar los espacios que sirven de vínculo entre las personas y su historia.

En definitiva, para quienes sienten el peso de esta pérdida, el puente romano era más que un simple lugar: era una pieza central de sus ocupaciones, sus historias y su identidad. La caída de este símbolo recuerda la importancia de los entornos que definen quiénes somos y cómo vivimos, llevándonos a reflexionar sobre la relación íntima que tenemos con los contextos que nos rodean.