Manifiesto para el 28 de Octubre: De la Apatía Ocupacional a la Insurrección Científica

Por qué debemos demoler el espejo del 27 de octubre y empezar a construir nuestra ciencia

A todo terapeuta ocupacional que alguna vez haya sentido una punzada de frustración al intentar explicar qué hace.

A todo estudiante al que le hayan preguntado si lo suyo es «hacer manualidades».

A todo académico que sienta el divorcio entre la teoría y la trinchera.

A todo clínico ahogado en burocracia que haya olvidado por qué empezó.

Este texto es para vosotros. Pero no es una felicitación. Es una acusación.

Se acerca el 27 de octubre. Como un mecanismo de relojería biológico, tan predecible como exasperante, la maquinaria global de la Terapia Ocupacional (TO) se pone en marcha. Se inflan los globos, se desempolvan los logos de la WFOT y, puntualmente, lanzamos al éter digital la misma, agotada y patética pregunta: «Y para ti, ¿qué es la Terapia Ocupacional?»

Dieciséis años, o más, celebrando esta jornada. Dieciséis años atrapados en el Día de la Marmota de nuestra propia identidad. Dieciséis años repitiendo un mantra que, lejos de ser un grito de orgullo colectivo, se ha osificado en el síntoma más evidente de nuestra inseguridad crónica. Es la pregunta de quien necesita desesperadamente que el otro le defina para confirmar que existe.

Imaginemos por un segundo este escenario en otras disciplinas. ¿Se imaginan a los ingenieros civiles celebrando su día mundial con una campaña en Instagram preguntando: «Define en una palabra qué significa para ti un puente»? ¿Visualizan a la comunidad médica lanzando un hashtag en Twitter: «¿Qué es curar?»? Suena absurdo. Suena a una inseguridad fundamental en el valor intrínseco de su praxis.

Pues bien, esa es exactamente la imagen que proyectamos al mundo.

Este ensayo no es una elegía por lo que pudimos ser. Es una llamada a las armas. Es un manifiesto feroz y audaz para que el próximo 28 de octubre, cuando la resaca de las fotos sonrientes y los eslóganes vacíos se haya disipado, empecemos a construir un paradigma radicalmente diferente. Un futuro donde la pregunta en nuestros labios no sea «¿Quién soy?», sino «¿Qué barrera ocupacional has demolido hoy con la ciencia?».

Parte 1: Anatomía de un Espejismo: El Bucle Infinito de la Autodefinición

Nuestra necesidad compulsiva de definirnos no es un ejercicio de introspección filosófica; es una bandera blanca. Es la confesión pública de que, tras más de un siglo de existencia formal, aún sentimos que nuestra silla en la mesa de las ciencias (de la salud, de lo social, de la educación) no está asegurada. Es la justificación perpetua de nuestra propia existencia.

El problema de este bucle es que nos condena a la superficie. Nos hemos conformado con ser la profesión «bonita», la «humana», la que pone «calidad de vida». Hemos pulido la portada de nuestro libro hasta dejarla brillante, pero hemos invitado al mundo a juzgarnos solo por ella. Y la portada es fácil de malinterpretar.

En esa superficie, nuestras complejas intervenciones se diluyen en frases digeribles para el gran público: «Ayudamos a la gente a hacer lo que quiere y necesita hacer», «la ocupación es vida», «devolvemos la independencia». Son verdades, sí, pero son verdades tan edulcoradas que se vuelven inofensivas. Son el tráiler de una película de mil capas de ciencia, evidencia y complejidad.

Y el mundo, por supuesto, nos juzga por el tráiler.

Así, nos convertimos en «los de las manualidades». En los «que entretienen a los abuelos». En el mejor de los casos, en unos facilitadores de buena voluntad, carentes del peso científico y la autoridad de otras disciplinas. Este ciclo de autodefinición nos agota, diluye nuestro mensaje y, lo que es infinitamente peor, nos distrae de nuestra verdadera misión: la acción.

Mientras gastamos energía vital en explicar qué es la Terapia Ocupacional, el mundo sigue erigiendo entornos discapacitantes. Las políticas públicas siguen legislando de espaldas a la justicia ocupacional. Las personas siguen enfrentándose a barreras físicas, sociales y actitudinales que les impiden vivir una vida con significado.

Y mientras nosotros dudamos, nos están comiendo el terreno.

Duele, con un dolor visceral, ver cómo otras profesiones, con un marketing más agresivo y sin una pizca de nuestro complejo de inferioridad, se apropian de nuestro núcleo conceptual. Vemos al fisioterapeuta descubrir de repente que sus «ejercicios» (que no ocupaciones) sirven para las Actividades de la Vida Diaria (AVDs). Vemos a la enfermería hablar, legítimamente, de «comunidad» y «acompañamiento», solapando el terreno que la TO comunitaria lleva décadas intentando labrar.

Ellos no tienen miedo. Toman el concepto, lo empaquetan y lo venden. Y lo venden bien. Mientras tanto, el terapeuta ocupacional sigue en su rincón, en silencio, siendo, como se ha dicho, «una de las profesiones más silenciosas y desprestigiadas».

Parte 2: El Apartheid Ocupacional Empieza en Casa

La crítica más afilada y certera que resuena en los textos fundacionales de este manifiesto es la del «apartheid ocupacional del propio maestro». La falta de reconocimiento externo no es una agresión que venga de fuera; es el reflejo especular de nuestras propias incongruencias y divisiones internas.

Paseamos por nuestras antiguas universidades y vemos la verdad en la mirada de esos maestros que nos formaron. Una tristeza nostálgica que no es por el pasado, sino por un futuro que ven estancado. Es la pena de haber entregado una vida a una disciplina revolucionaria y verla atrapada en un baile de salón, educada y cortés, cuando debería estar liderando una revolución en las calles.

Este «apartheid» es la incongruencia de una profesión que habla del «hacer» (doing) y que, a menudo, se ve paralizada por el «ser» (being) burocrático o académico. Es el teórico de la ocupación que, por las inercias del sistema, se ve relegado a enseñar sin ejercer. A predicar una revolución que él mismo no puede practicar en la trinchera.

No podemos pedir al mundo que entienda nuestra complejidad si nosotros mismos la fragmentamos.

Existe un cisma profundo, una herida abierta, entre la academia y la clínica. Por un lado, académicos que teorizan sobre modelos de ocupación desde despachos climatizados, sin sentir el pulso de la realidad asistencial, sin oler la orina, la desinfección y la desesperanza de una planta de hospital. Por otro, clínicos que, ahogados por la precariedad, la burocracia y los ratios imposibles, sobreviven a base de intuición y experiencia, completamente desconectados de la última evidencia científica publicada en revistas que no tienen tiempo de leer.

Esta brecha genera una Terapia Ocupacional de dos velocidades que destruye nuestro discurso colectivo.

Pero la fragmentación no termina ahí. Existe un clasismo repugnante entre nuestras propias especialidades. Los terapeutas del ámbito neurológico que miran por encima del hombro a los de geriatría («esos solo ponen barras»). Los de salud mental que se sienten intelectualmente superiores a los de pediatría («esos solo juegan»).

Nos encerramos en silos. Con nuestros congresos exclusivos, nuestra jerga críptica y nuestras técnicas fetichizadas, olvidando que el hilo de oro que nos une a todos, sin excepción, es la Ocupación. Sea cual sea el diagnóstico, la edad o el contexto, nuestro objetivo es el mismo: analizar y habilitar la participación en la ocupación.

Y existe, finalmente, una cobardía profesional. Nos sentimos cómodos en los roles tradicionales (el hospital, la residencia, la clínica) y nos da un pavor cerval explorar nuevos territorios. ¿Dónde están los terapeutas ocupacionales en los departamentos de urbanismo, planificando ciudades ocupacionalmente justas? ¿Dónde estamos en los ministerios, diseñando políticas públicas de vivienda, dependencia o educación? ¿Dónde estamos en los departamentos de recursos humanos, creando entornos de trabajo saludables? ¿Dónde estamos en el desarrollo de tecnología y videojuegos, garantizando el diseño universal desde la concepción?

Nos quejamos amargamente de que no nos conocen, pero rara vez nos atrevemos a salir de los lugares donde siempre nos han buscado.

Parte 3: La Joya en el Barro: Abanderar la Ciencia Ocupacional

«La gente está muy perdida», repiten nuestros mentores. Y es verdad. Estamos perdidos en nuestra propia definición. Pero la salida de este laberinto no está en encontrar un eslogan más brillante o un hashtag más viral.

La salida está en cambiar de arma. Debemos dejar de usar el diccionario y empezar a empuñar la Ciencia.

Hay que decirlo claro y sin complejos: «No somos buenos porque somos. Somos buenos por la Ciencia. Por el peso de lo que hacemos.» Esta frase debe ser nuestro nuevo mantra.

Tenemos que atrevernos, de una vez por todas, a «bajarnos al barro del fondo» para sacar a la luz la «joya» de lo que hacemos. Hemos temido mancharnos, hemos temido que, si rascamos la superficie «bonita», el mundo no entienda la complejidad que hay debajo. Es hora de asumir ese riesgo.

¿Y qué es «el barro»? El barro es nuestra ciencia.

El barro no es «darle plastilina a un señor». El barro es la neurociencia. Es entender cómo la práctica repetitiva, graduada y basada en una ocupación significativa (como intentar volver a cocinar) activa las neuronas espejo y promueve la neuroplasticidad cortical en la rehabilitación de una mano post-ACV. Es infinitamente más complejo y poderoso que un «ejercicio» de flexo-extensión.

El barro no es «jugar con un niño». El barro es el profundo conocimiento de la integración sensorial. Es analizar cómo el caos en el procesamiento vestibular, propioceptivo y táctil de un niño en el espectro autista le impide regularse, y cómo, a través de una intervención precisa, podemos modular su sistema nervioso para que pueda, por fin, aprender en un aula ruidosa o jugar en un recreo.

El barro no es «entretener a una persona con demencia». El barro es la ciencia de la adaptación del entorno. Es la aplicación de principios de diseño universal y facilitación cognitiva para reducir la carga alostática, minimizar los trastornos conductuales y preservar la identidad de esa persona, permitiéndole seguir «siendo» en su propio hogar.

El barro no es «charlar con una persona con depresión». El barro es la activación conductual a través de la ocupación. Es el análisis ocupacional para identificar la anhedonia y la apatía, y usar la estructuración de rutinas significativas como una herramienta terapéutica que, literalmente, puede salvar una vida combatiendo la desesperanza.

Nuestra joya no es la actividad. Es el Análisis Ocupacional. Es esa capacidad casi alquímica de descomponer una tarea (vestirse, cocinar, trabajar, jugar) en sus componentes motores, cognitivos, sensoriales, emocionales y socioculturales para identificar la barrera exacta y diseñar una intervención precisa.

Nuestra joya es la Ciencia de la Ocupación (Occupational Science), ese campo de estudio que nos da el «porqué» de lo que hacemos. Es la fusión de la neurociencia, la biomecánica, la psicología, la sociología y la antropología en una perspectiva única e insustituible: la del ser humano como un ser ocupacional.

Somos una ciencia. Y es hora de que empecemos a actuar, y sobre todo, a hablar como tal.

Parte 4: Abriendo el Melón: El Manifiesto de la Evidencia Económica

Y aquí llegamos al núcleo de nuestra cobardía. Al «melón» que nunca nos atrevemos a abrir en público.

Hemos basado nuestro valor en lo «humano», en la «calidad de vida», en el «bienestar». Y eso es correcto, es nuestro core business. No «damos» calidad de vida; construimos los cimientos para que la persona pueda ejercerla. Ahorramos sufrimiento.

Ahorramos el sufrimiento del aislamiento en salud mental. Ahorramos el sufrimiento de la identidad perdida en el daño cerebral. Ahorramos el sufrimiento del bullying al niño con dispraxia. Ahorramos el sufrimiento de la institucionalización traumática en la geriatría.

Este es nuestro valor humano. Pero en el mundo en que vivimos, un mundo gobernado por hojas de cálculo y presupuestos, este argumento, tristemente, no es suficiente.

Hemos sido imperdonablemente silenciosos en el argumento más poderoso que tenemos. Es hora de gritarlo desde los tejados, en los despachos de los políticos y en las portadas de los periódicos.

LA TERAPIA OCUPACIONAL AHORRA DINERO.

No somos un gasto. No somos un lujo «bonito» que se añade si sobra presupuesto. Somos una de las inversiones más inteligentes, eficientes y rentables que un sistema de bienestar puede hacer.

Y debemos demostrarlo con datos.

En Promoción y Prevención Primaria:

  • Prevención de Caídas: ¿Sabemos cuánto cuesta una fractura de cadera? La hospitalización, la cirugía, la rehabilitación, la probable dependencia generada. Un programa de TO en atención primaria que adapta domicilios y entrena el equilibrio durante las ocupaciones reales (no en un gimnasio) ahorra millones de euros al erario público. Cada caída prevenida es una victoria económica y humana.
  • Salud Laboral: Un terapeuta ocupacional en una empresa que realiza análisis ergonómicos y adapta puestos de trabajo no solo previene la baja por trastorno musculoesquelético; optimiza la productividad. Ahorra dinero a la Seguridad Social y genera impuestos.
  • Ergonomía Escolar: Un TO en un equipo de orientación que previene futuras patologías de espalda en niños. Eso son miles de euros ahorrados en tratamientos crónicos y bajas laborales dentro de veinte años.

En Mantenimiento y Prevención Secundaria:

  • Dependencia (Nuestra Gran Batalla): Este es el argumento definitivo. Cada día que una intervención de Terapia Ocupacional (adaptación, entrenamiento en AVDs, producto de apoyo) permite que una persona mayor o con diversidad funcional permanezca en su domicilio, es un ahorro directo y masivo frente al coste de una plaza residencial pública (que puede superar los 2.000€ mensuales). Somos la política más eficaz contra la institucionalización masiva.
  • Enfermedad Crónica (Diabetes, EPOC, Dolor Crónico): El TO es el experto en la autogestión y el autocuidado. Entrenar a un paciente en la gestión de su vida integrado en su rutina real (cocina saludable, gestión de la energía, monitorización) previene ingresos por descompensaciones. Cada ingreso evitado son miles de euros.

En Recuperación y Prevención Terciaria:

  • Alta Hospitalaria: Un TO que asegura que el paciente puede volver a casa de forma segura y funcional (no solo «clínicamente estable») reduce drásticamente los reingresos hospitalarios, uno de los mayores sumideros de dinero del sistema sanitario.
  • Reinserción Sociolaboral: Un TO en el sistema penitenciario o en recursos de exclusión social que trabaja habilidades laborales, rutinas y gestión del tiempo. Cada persona que no reincide es un ahorro gigantesco en costes policiales, judiciales y penitenciarios.

Se dice que no hay «mesuras» (medidas) porque no nos han puesto a investigar. Falso. Es porque no hemos exigido investigar. No hemos presentado proyectos a los Ministerios de Economía o Trabajo. Hemos esperado, humildemente, que el Ministerio de Sanidad o el de Asuntos Sociales nos dé las migajas.

Debemos liderar estudios de coste-efectividad. Necesitamos nuestros propios economistas de la salud. «Somos una ciencia», sí, pero la ciencia del siglo XXI exige demostrar el valor económico además del clínico.

Parte 5: Una Insurrección para el 27 de Octubre (Y un Plan para el 28)

Entonces, ¿qué hacemos este 27 de octubre?

Lo incendiamos todo. Metafóricamente.

  1. 1.
    JUBILEMOS LA PREGUNTA. DE FORMA PERMANENTE.
    Abandonamos el «¿Qué es para ti la TO?». La enterramos con honores por los servicios prestados. Se acabó la autodefinición. Empieza la demostración.
  2. 2.
    CAMBIEMOS LA PREGUNTA POR LA AFIRMACIÓN CIENTÍFICA Y ECONÓMICA.
    Nuestras redes sociales, pasillos y conversaciones deben inundarse de afirmaciones audaces basadas en la evidencia:
    • «Hoy, mi intervención de TO se basó en la neurociencia de las neuronas espejo para rehabilitar una mano. #SoyTerapeutaOcupacional #CienciaOcupacional»
    • «Hoy, mi trabajo evitó que un anciano se rompiera la cadera. Ahorramos 30.000€ al sistema y meses de sufrimiento. #SoyTerapeutaOcupacional #Ahorro»
    • «Hoy, mi trabajo adaptó un puesto para que un trabajador con dolor de espalda siga siendo productivo. Ahorramos meses de baja. #SoyTerapeutaOcupacional #Valor»
    • «Hoy, mi análisis de integración sensorial permitió a un niño participar en su clase. #SoyTerapeutaOcupacional #CienciaOcupacional»
    • «Hoy, mi plan de rutinas significativas ayudó a una persona con esquizofrenia a evitar un ingreso. Ahorramos 15.000€ y una crisis vital. #SoyTerapeutaOcupacional #Impacto»
  3. 3.
    EXIJAMOS UN CAMBIO EN LA FORMACIÓN.
    Las universidades deben dejar de formar técnicos y empezar a formar agentes de cambio. Un estudiante de TO debe salir de la carrera sabiendo exactamente cuánto ahorra su intervención. Debe saber defender su puesto no solo desde la «humanidad», sino desde el «retorno de la inversión» (ROI).
  4. 4.
    SEAMOS POLÍTICAMENTE INCÓMODOS.
    Nuestros colegios profesionales y asociaciones no deben limitarse a enviar una nota de prensa felicitando al colectivo. Deben enviar un informe de impacto económico al Ministerio de Economía, al de Trabajo, al de Derechos Sociales. Una carta con datos: «Podríamos ahorrar un X% del gasto en dependencia si hubiera terapeutas ocupacionales en cada centro de Atención Primaria. Esta es la evidencia. Reúnanse con nosotros.»

Conclusión: El Límite que No Existe

La tristeza en los ojos de nuestros profesores es la tristeza de un potencial colosal desperdiciado. Vieron la revolución en los libros de Kielhofner, de Townsend, de Wilcock. Y ahora ven la inercia de las instituciones.

«Si nos quitásemos los miedos, ¿cuál sería el límite?»

El límite no existiría.

Porque la Terapia Ocupacional no es una profesión sanitaria más. No es una profesión social más. Es la única profesión en la faz de la tierra cuyo objeto de estudio y herramienta de trabajo es la Ocupación Humana, la esencia misma de la experiencia, el propósito y el significado.

Somos, por definición, la respuesta a las grandes crisis del siglo XXI: el envejecimiento poblacional, la epidemia de soledad no deseada, la cronicidad de las enfermedades, la crisis de propósito y la salud mental.

Este 27 de octubre, no respondamos a la pregunta de siempre. No celebremos el Día de la Marmota. Iniciemos una conversación incómoda. Abramos el melón. Manchémonos de barro científico. Saquemos la joya a la luz y pongámosle un precio. No para vendernos, sino para que el mundo entienda, de una vez por todas, que no somos un lujo «bonito».

Somos la inversión más inteligente que un sistema de bienestar puede hacer.

Somos la Ciencia de la Vida Diaria.

Y ya no estamos en silencio. El día que nuestro impacto sea tan visible, tan medible y tan ruidoso que nadie necesite preguntar quiénes somos, ese día, habremos ganado.

Que empiece el 28 de octubre.

Narcisismo encubierto: una mirada desde la terapia ocupacional

#TerapiaOcupacional #Narcisismo #PsicopatiaFuncional #SaludMental #IdentidadOcupacional #ElizabethCalpes #TúNoEresElProblema #OcupacionesSignificativas #Autocuidado #ElTerapeutaElectrónico

🧠💥 ¿Y si te dijera que hay personas que pueden mermar tu vida sin levantar la voz?

👀 No hablamos de criminales, sino de esos narcisistas funcionales y psicópatas cotidianos que se cruzan en nuestra vida y minan, poco a poco, nuestras ocupaciones, decisiones, identidad.

🎨 Desde dejar de pintar hasta abandonar amistades. Desde cambiar la ropa hasta dudar de nuestro criterio.
💬 ¿Te suena? A mí también. Y como terapeuta ocupacional, no podía mirar para otro lado.

📖 Inspirado por el libro Tú no eres el problema de Elizabeth Calpes, he escrito un ensayo que explora cómo la terapia ocupacional puede acompañar, sanar y empoderar en estas situaciones.

💚 No todo abuso es visible. Acompañemos desde el hacer, desde la escucha, desde la ocupación.

👉 Léelo completo en el blog de El Terapeuta Electrónico. https://elterapeutaelectronico.com/2025/06/29/narcisismo-encubierto-una-mirada-desde-la-terapia-ocupacional/

A veces uno se sienta frente al ordenador con una taza de café caliente, dispuesto a escribir sobre participación, sobre rutinas significativas o sobre la eterna discusión entre modelos centrados en la persona y modelos centrados en la comunidad. Pero de pronto, una idea distinta asoma la cabeza, empujada por las vivencias, las lecturas recientes y las cicatrices profesionales: ¿qué pasa con esas personas que, sin ser criminales, arrasan con la vida cotidiana de los demás?

Me refiero a los narcisistas. A los psicópatas no criminales. A esas personas que nunca levantarían sospechas en un juicio, pero que en lo cotidiano pueden romper familias, desgastar equipos de trabajo, aislar a una compañera, hacer dudar a un profesional de su criterio o hundir a una pareja hasta dejarla rota en sus ocupaciones más básicas.

Y ahí es donde entra la terapia ocupacional.

Porque si algo aprendemos como terapeutas ocupacionales es que las ocupaciones no son actos neutros. Están cargadas de sentido, de historia, de relaciones. Y cuando alguien, desde el control emocional o la manipulación relacional, interfiere en ellas… eso también es un campo de trabajo para nuestra disciplina.

La vida entre líneas torcidas

La primera vez que escuché la expresión “narcisista encubierto” pensé que se trataba de alguna exageración de la psicología pop. Pero no tardé mucho en entender que no era así. En sesiones con personas que habían perdido la capacidad de disfrutar su ocio, que habían dejado de cocinar para sí mismas o que no se sentían capaces de elegir una prenda sin pensar qué pensaría él o ella, había un patrón. Uno que muchas veces pasaba desapercibido porque no tenía nombre, ni diagnóstico, ni gritos, ni denuncias. Solo una sensación constante de estar en falta, de que algo no estaba bien, de no ser suficiente.

Como terapeutas ocupacionales, nos centramos muchas veces en ayudar a las personas a reconstruir sus ocupaciones tras una lesión, un ictus, un diagnóstico de salud mental. Pero… ¿qué pasa cuando las ocupaciones se ven afectadas por vínculos tóxicos? ¿Y si el problema no es la persona, sino las relaciones que ha construido o que le han impuesto?

Una pequeña revelación

Hace poco leí el libro de Elizabeth Clapes, Tú no eres el problema, y me vi reflejado en más de una página. Y no porque yo haya sido el objetivo directo de un narcisista, aunque alguna herida arrastro como cualquiera, sino porque reconocí historias de pacientes, de colegas, incluso de familiares. Personas que, sin saberlo, habían estado años bajo la influencia de una figura que utilizaba la culpa como herramienta, el silencio como castigo y el elogio como moneda de cambio.

Y esa lectura me hizo pensar: ¿hasta qué punto nuestras ocupaciones pueden quedar secuestradas por un narcisista?

La respuesta, lamentablemente, es: mucho.

Quien ha vivido con una persona narcisista o psicopática sabe de lo que hablo. Las ocupaciones empiezan a perder sentido, a moldearse a los deseos del otro. La persona deja de bailar porque “le parece ridículo”. O deja de maquillarse porque “ya no tiene edad”. O abandona su carrera porque “eso no es un trabajo de verdad”. Todo esto no dicho abiertamente, claro. Siempre envuelto en frases dulces, miradas condescendientes, ironías disfrazadas de consejos. Y poco a poco, la persona va cediendo.

Y lo más triste: deja de verse.

La terapia ocupacional como espacio de reencuentro

Ahí es donde creo que nuestra profesión puede hacer una diferencia enorme. Porque no trabajamos desde el juicio, sino desde la ocupación. No preguntamos “¿por qué sigues con esa persona?”, sino “¿qué has dejado de hacer desde que estás con esa persona?”

Y ese simple cambio de foco abre puertas. Nos permite mirar la vida de quien tenemos delante no como un cúmulo de errores, sino como una red de decisiones condicionadas. Nos permite detectar patrones sin culpabilizar. Y nos da herramientas para empezar a reconstruir.

Recuerdo el caso de una mujer que acudió a consulta derivada desde salud mental. No podía dormir bien, tenía episodios de ansiedad y había desarrollado un cuadro de colon irritable. Pero no tenía depresión, ni trastorno de pánico, ni trauma claro. Solo un cansancio vital. Un día, hablando sobre qué hacía en su tiempo libre, se quedó en silencio. Dijo: “Antes me gustaba pintar… pero hace años que no lo hago”. ¿Por qué? “Él decía que era una pérdida de tiempo”.

Y ahí se encendió la alarma.

Ese “él” era su pareja. Llevaban más de 20 años juntos. En todo ese tiempo, había dejado de ver a sus amigas, de viajar sola, de salir a caminar por la tarde. Incluso su forma de vestir había cambiado. Pero ella no se sentía maltratada. No había violencia física, ni insultos. Solo un goteo constante de desaprobación, de control emocional, de manipulación sutil.

Esa mujer volvió a pintar. No fue fácil. Le costó creerse con derecho a comprar material, a reservar un espacio en casa, a decirle a su pareja “voy a pintar, no me molestes”. Pero lo hizo. Y en ese gesto hubo una ocupación recuperada… y una identidad rescatada.

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Psicopatía funcional y desgaste profesional

Los narcisistas y psicópatas no siempre están en relaciones de pareja. A veces están en los equipos de trabajo. En las familias. En los puestos de poder. Y eso, como terapeutas ocupacionales, también nos puede afectar.

¿Quién no ha tenido un compañero o una jefa que te hace sentir siempre en deuda, que no tolera el éxito ajeno, que manipula los errores para que parezcan tuyos?

A veces normalizamos tanto esas dinámicas que no nos damos cuenta del daño que hacen. Empezamos a dudar de nuestra competencia, dejamos de proponer ideas, evitamos destacar para no despertar su ira disfrazada de sarcasmo.

Y lo más doloroso: dejamos de disfrutar nuestra profesión.

Pero hay salida. La clave, creo, está en nombrar. En poner palabras a esas dinámicas. En crear espacios donde podamos hablar de esto sin miedo a parecer débiles o exagerados. Y también en generar redes de cuidado profesional, donde podamos sostenernos cuando el entorno nos desgasta.

Lo cotidiano también es político

Desde la terapia ocupacional, muchas veces hablamos del hacer, del ser, del pertenecer. Pero quizá no hablamos lo suficiente del sufrir. Porque sí: muchas personas sufren ocupacionalmente. No porque no tengan actividades, sino porque esas actividades están colonizadas por la culpa, por el miedo, por la aprobación ajena.

En ese sentido, trabajar con víctimas de personas narcisistas o psicopáticas es también una forma de militancia. Es decirle al mundo: “Tu vida es tuya. Tus ocupaciones son tuyas. Nadie tiene derecho a arrebatártelas”. Es devolver a las personas la posibilidad de elegir qué hacen, cómo lo hacen y con quién lo hacen. Y en esa elección, recuperar la dignidad.

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Cuidarse para cuidar

Y aquí viene una parte difícil: los terapeutas también debemos cuidarnos. Porque quienes trabajamos con personas, quienes escuchamos relatos dolorosos, quienes empatizamos hasta la médula… también estamos expuestos.

Los narcisistas se sienten atraídos por quienes cuidan. Porque pueden manipular mejor a quien duda de sí mismo, a quien se cuestiona constantemente. Por eso es fundamental que aprendamos a detectar estos perfiles, no solo para ayudar a otros, sino para protegernos.

¿Dónde están nuestras alarmas? ¿Qué sentimos cuando alguien nos hace sentir siempre culpables, poco válidos, inseguros? ¿Cuántas veces decimos “sí” por miedo al conflicto y no por convicción?

Es necesario que nos formemos, que compartamos herramientas, que hablemos entre colegas. Porque la salud ocupacional también empieza por casa.

Epílogo: ocupar el espacio propio

Este ensayo no pretende dar respuestas cerradas. Solo abrir preguntas. Invitar a mirar con otros ojos esas relaciones que parecen normales pero que hacen daño. Recordar que no todo abuso es visible. Que no todo dolor tiene una cicatriz. Y que a veces, la mejor forma de ayudar a alguien es acompañarle a recuperar eso que dejó de hacer porque alguien le convenció de que no valía la pena.

La terapia ocupacional tiene un rol clave en este proceso. Porque no juzga. Porque no empuja. Porque propone desde el hacer. Y en ese hacer, muchas veces, está el comienzo de la libertad.

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Autocuidado vs Vínculos: Una mirada crítica desde la Terapia Ocupacional

Nos enseñan a poner límites, pero no a sostener vínculos. Como terapeuta ocupacional, esta frase me perfora el cuerpo cada vez que escucho a alguien hablar de autocuidado como sinónimo de desvinculación. Porque en nuestra práctica, día tras día, vemos personas que se han quedado solas no por falta de recursos físicos, sino por la desconexión afectiva que el discurso contemporáneo del bienestar muchas veces justifica. Nos enseñan a decir que no, a protegernos, a priorizarnos. Pero poco se habla de cómo sostener lo que vale la pena, de cómo quedarnos a pesar del cansancio, de cómo reparar sin desaparecer.

La terapia ocupacional es una profesión que, por definición, trabaja con lo humano en su dimensión más compleja: la ocupación. Pero no cualquier ocupación. Hablamos de las que dan sentido, de las que nos conectan con otros, de las que sostienen la identidad. No se trata sólo de vestirse, cocinar o trabajar. Se trata también de estar, de vincularse, de compartir. Y ahí está el peligro del discurso individualista del autocuidado: en que promueve una visión de la persona como un ser aislado, que debe autorregularse constantemente, que sólo debe ocuparse de lo que lo «suma». Una visión que, en última instancia, nos deshumaniza.

Como terapeutas ocupacionales, no podemos mirar para otro lado. El sufrimiento psicosocial se ha vuelto estructural, y nuestras intervenciones deben estar a la altura. No basta con favorecer la independencia funcional si dejamos intacto el aislamiento. No basta con mejorar la adherencia a una rutina si esa rutina no incluye a nadie más que al propio sujeto. La independencia no es lo contrario de la interdependencia. No es madurez emocional vivir solo, hacer todo solo, sostenerse solo. A veces, eso es sólo desesperación disfrazada de fortaleza.

El discurso del autocuidado, si se vuelve absoluto, nos convierte en consumidores emocionales. Elegimos personas como quien elige productos: ¿me nutre?, ¿me aporta?, ¿me potencia? Si no cumple con esas expectativas, lo descarto. ¿Y el otro? ¿Dónde queda el otro? ¿Quién se hace cargo de lo que dejamos atrás cada vez que priorizamos nuestra comodidad por encima del vínculo? Estas preguntas no son filosóficas: son profundamente terapéuticas. Porque una persona no se reinserta socialmente sólo con prótesis o adaptaciones. Se reinserta cuando vuelve a confiar, cuando siente que puede formar parte sin miedo al rechazo, cuando siente que tiene algo que dar, no sólo algo que recibir.

En nuestros abordajes comunitarios, lo vemos a diario. Gente que vive sola, que no tiene con quién hablar, que repite frases como mantras: «yo me cuido a mí mismo porque nadie más lo va a hacer». Y claro que hay verdades en eso. Pero también hay heridas. Detrás de cada «yo primero» hay una historia de abandono, de negligencia, de relaciones fallidas. Y si no intervenimos ahí, si no miramos también esas biografías rotas, nos volvemos técnicos del síntoma y no del sufrimiento. Nos volvemos reproductores del sistema, no agentes de transformación.

Recuperar lo relacional como eje de la terapia ocupacional no es una moda: es una urgencia. El mundo se está desmoronando en vínculos. Vivimos en ciudades llenas de gente sola, en redes sociales donde todo se muestra y nada se comparte, en trabajos donde el burnout es más común que el almuerzo. Y mientras tanto, seguimos enseñando a los estudiantes de terapia ocupacional a medir, clasificar y estructurar ocupaciones como si fueran actividades mecánicas, desconectadas del deseo, del otro, del contexto.

Pero un verdadero enfoque ocupacional exige una ética del vínculo. Exige preguntarse no sólo qué hace la persona, sino con quién, para quién, desde dónde. Exige detenerse ante lo invisible: la mirada del otro, el silencio compartido, la carga emocional de cada acción cotidiana. Exige revisar también nuestras propias prácticas profesionales: ¿qué tipo de relaciones generamos con quienes acompañamos?, ¿cómo gestionamos nuestras frustraciones cuando el proceso no avanza?, ¿a quién cuidamos cuando decimos que cuidamos?

No hay intervención ocupacional que valga si no se sostiene en un vínculo ético, afectivo y político. No hay protocolo que reemplace la presencia. No hay escala que mida la confianza. Y sin embargo, eso es lo que más transforma: saberse visto, saberse parte, saberse acompañado incluso cuando no se tienen las palabras.

Por eso debemos revisar nuestros marcos. Hablar de salud desde la ocupación significa hablar de redes, de interacciones, de apoyos. Significa construir prácticas donde el otro no sea sólo un destinatario, sino un interlocutor. Donde el terapeuta no sea sólo un facilitador, sino alguien que también se afecta, que también se involucra. Porque sí, nos han enseñado a protegernos. Pero tal vez, lo verdaderamente revolucionario hoy sea aprender a quedarnos. A sostener. A comprometernos.

El desafío está planteado. Podemos seguir defendiendo una terapia ocupacional de escritorio, segura, medible, predecible. O podemos asumir el riesgo de una terapia ocupacional que incomoda, que interpela, que se mete en la carne viva del mundo. Una terapia que no se conforme con mejorar desempeños, sino que aspire a reconstruir vínculos. Una terapia que no tema decir que el autocuidado también puede ser una trampa. Una terapia, en fin, que no olvide que lo humano es, ante todo, relacional.

No será fácil. Porque nada fluye sin más. Porque el entendimiento se trabaja. Porque el amor, sea en la forma que sea, se crea. Y en ese trabajo de creación, los terapeutas ocupacionales tenemos mucho que decir. Y mucho más que hacer.

FOMO vs. Bienestar: Lecciones desde la perspectiva ocupacional

Introducción 
En un mundo cada vez más conectado y digitalizado, el término «FOMO» o «Fear of Missing Out» se ha convertido en un concepto ampliamente reconocido. Este fenómeno, que puede traducirse como «miedo a perderse algo», describe una sensación persistente de ansiedad o inquietud derivada de la percepción de estar excluido de experiencias sociales, actividades significativas o eventos importantes. Aunque el FOMO es a menudo asociado con el uso de redes sociales, su impacto puede ir mucho más allá, influyendo en la salud mental y emocional de las personas. 

La terapia ocupacional, como disciplina centrada en la promoción de la participación significativa en la vida diaria, ofrece herramientas y perspectivas únicas para abordar el FOMO. A través de la intervención ocupacional, se pueden implementar estrategias que no solo reduzcan el impacto negativo de este fenómeno, sino que también empoderen a las personas para participar plenamente en sus ocupaciones diarias y mantener un equilibrio saludable. 

Contexto y definición del FOMO 

En un mundo cada vez más conectado y digitalizado, el término «FOMO» o «Fear of Missing Out» se ha convertido en un concepto ampliamente reconocido. Este fenómeno, que puede traducirse como «miedo a perderse algo», describe una sensación persistente de ansiedad o inquietud derivada de la percepción de estar excluido de experiencias sociales, actividades significativas o eventos importantes. Aunque el FOMO es a menudo asociado con el uso de redes sociales, su impacto puede ir mucho más allá, influyendo en la salud mental y emocional de las personas. 

La terapia ocupacional, como disciplina centrada en la promoción de la participación significativa en la vida diaria, ofrece herramientas y perspectivas únicas para abordar el FOMO. A través de la intervención ocupacional, se pueden implementar estrategias que no solo reduzcan el impacto negativo de este fenómeno, sino que también empoderen a las personas para participar plenamente en sus ocupaciones diarias y mantener un equilibrio saludable. 


Contexto y definición del FOMO 

El FOMO fue acuñado originalmente como un término psicológico para describir la sensación de angustia experimentada al percibir que otros están disfrutando actividades deseables de las cuales uno está ausente. Investigaciones han mostrado que el FOMO está relacionado con el uso excesivo de redes sociales, dado que estas plataformas permiten observar constantemente las vidas de otros, realzando un sentido de comparación y exclusión. 

Desde un punto de vista psicológico, el FOMO puede estar asociado con baja autoestima, insatisfacción personal, ansiedad e incluso depresión. Las constantes notificaciones y la visualización de momentos «perfectos» en línea exacerban la sensación de que otros están viviendo experiencias más significativas o emocionantes. 


Impacto del FOMO en la ocupación 

En la terapia ocupacional, las ocupaciones son actividades cotidianas significativas que dan sentido y estructura a la vida. El FOMO puede tener efectos directos en las ocupaciones de una persona, alterando rutinas, prioridades y perspectivas. 

Por ejemplo: 

– Desequilibrio ocupacional: Las personas con FOMO pueden dedicar más tiempo a actividades digitales (como revisar redes sociales) en detrimento de otras ocupaciones esenciales, como el autocuidado o el sueño. 

– Desconexión emocional: Las preocupaciones constantes sobre el «qué están haciendo los demás» pueden dificultar la atención plena y la satisfacción en actividades propias. 

– Impacto en la productividad: La atención dividida y la ansiedad pueden reducir la capacidad para participar eficazmente en el trabajo o el estudio. 


Rol de la terapia ocupacional en el abordaje del FOMO 

La terapia ocupacional se enfoca en la promoción de la salud y el bienestar a través de la participación ocupacional significativa. Frente al FOMO, esta disciplina tiene un papel crucial en: 

1. Evaluación integral del impacto: Comprender cómo el FOMO afecta las ocupaciones y el bienestar de una persona. Esto implica analizar las rutinas, intereses, metas y áreas de insatisfacción. 

2. Intervenciones centradas en la ocupación: Diseñar estrategias que fomenten la participación activa en ocupaciones gratificantes, ayudando a las personas a redescubrir lo que es significativo para ellas. 

3. Fomento del equilibrio ocupacional: Ayudar a las personas a equilibrar sus actividades diarias, estableciendo límites en el uso de tecnología y promoviendo actividades presenciales que fortalezcan las conexiones sociales reales. 

4. Terapia basada en mindfulness: Integrar prácticas de atención plena para cultivar la conciencia y aceptación del momento presente, reduciendo la preocupación por lo que sucede en otros lugares. 


Estrategias específicas de intervención 

Los terapeutas ocupacionales pueden implementar una variedad de estrategias para abordar el FOMO, tales como: 

Educación y concienciación: Proveer información sobre el impacto del FOMO y ayudar a las personas a identificar cómo este fenómeno influye en su bienestar. 

Desarrollo de habilidades digitales saludables: Enseñar a gestionar el uso de las redes sociales y establecer límites para evitar el exceso de exposición a contenido potencialmente desencadenante. 

Reconexión con valores personales: Facilitar ejercicios que ayuden a las personas a explorar lo que verdaderamente valoran y desean, enfocándose en actividades alineadas con sus metas. 

Promoción de experiencias offline: Fomentar la participación en actividades grupales, hobbies y eventos en el mundo real que fortalezcan las relaciones interpersonales y proporcionen satisfacción inmediata. 


Resultados esperados y beneficios 

La intervención desde la terapia ocupacional puede tener numerosos beneficios para las personas que experimentan FOMO, tales como: 
– Mejora de la autoestima y la autopercepción. 
– Reducción de la ansiedad y el estrés. 
– Aumento del compromiso y disfrute en actividades significativas. 
– Mejora en la calidad de las relaciones interpersonales. 


Conclusión 

En conclusión, el FOMO es un fenómeno que puede tener un impacto profundo en la salud mental y ocupacional de las personas. Sin embargo, con el enfoque holístico y personalizado que ofrece la terapia ocupacional, es posible abordar este desafío de manera eficaz, ayudando a las personas a recuperar el control sobre sus vidas y encontrar satisfacción en sus propias experiencias. 

La clave radica en redirigir la atención del «temor de perderse algo» hacia la gratitud y el aprecio por las ocupaciones presentes, logrando así un equilibrio que promueva el bienestar y la felicidad.

Trabajo para discapacitados. El caso de Luis Castro. ¿Nos hará reflexionar?

Hola terapeutas

Como primera entrada «seria» del blog, quería dejaros el testimonio audiovisual de Luis Castro, un hombre con Síndrome de Down, de 35 años de edad que hace su curriculum vitae en un video de youtube.

La peculiaridad del hecho y la valentía mostrada por Luis no deja limites en el horizonte de la diversidad funcional, intelectual y como bien él dice, sensorial. Además me saca de la cabeza una reflexión que todos deberíamos tener en cuenta para crecer como personas y como sociedad.

¿Los empresarios contratan a personas con diversidad funcional/discapacidad por las bonificaciones, descuentos, etc…? O ¿Realmente piensan en un mundo mejor con integración por y para todas las personas que formamos parte de este mundo?

La vía fácil de respuesta será la primera, el interés, la vía mínima en la totalidad de casos será la segunda.

¿Cual eliges tú?

Ayuda a Luis a encontrar trabajo.

Via @Kurioso