Programar, evaluar y otras cosas que «joden»

Como dice la canción de uno de mis grupos de retaguardia “en la vida hay que hacer cosas que joden, por ejemplo: joder, pisar una mierda… o trabajar”. Y nosotros somos Terapeutas Ocupacionales y tenemos esas necesidad o “jodienda” de programar y evaluar (reconócelo, es tedioso). En mi corta experiencia laboral y en mis años de universidad siempre me dijeron que los terapeutas ocupacionales somos gestores de casos y gestores de programas y actividades (con diferente nivel de significación)

En el trabajo en salud mental, la estructuración de hábitos y rutinas saludables son fundamentales para huir de los procesos sintomáticos, asociados tanto a la sintomatología positiva como negativa. Para esta estructuración necesitamos ofrecer programas y actividades atractivas, inclusivas, con perspectiva de género y con participación activa de la población a la que vamos a ofertarla.

Para conseguir esa oferta es necesario previamente todo un armazón teórico basado en información cualitativa y cuantitativa sobre la población con la que trabajamos, el análisis de la realidad (problemas/objetivos). ¡Alright!

La teoría nos puede decir que un club de lectura es genial en la población X de una asociación de enfermos mentales Y o en un centro de rehabilitación Z, pero si a nivel cualitativo tu población diana no ve esa necesidad o no va a participar en dicha actividad, vamos avocados a una proceso de alienación ocupacional de ocupar el tiempo porque si (no, nosotros no entrenemos…) o a un proceso de encontrarnos en un espacio sin personas con las que trabajar. ¡Y cuantas actividades están puestas ahí por años y años!

En este punto, en una experiencia que he tenido en mi puesto de trabajo algo durilla por tirar de escalas sin analizarlas a fondo. Se pasó junto a una alumna de prácticas un listado de intereses (sin modificar) a un grupo de 40 personas con enfermedad mental para valorar su nivel de interés y participación en un conjunto de 66 actividades. Nuestro error, y el mío como profesor de prácticas, fue no valorar las actividades del listado de intereses recogido del MOHO (que se planteó en una era no digital y a una población americana), y no adaptarlo a la población diana o, por el contrario, utilizar algún otro listado como por ejemplo el Perfil Ocupacional Sobre Ocio (POO) recogido en el libro de “Terapia Ocupacional en Salud Mental” de Panamericana, escrito por Oscar Sánchez, Begoña Polonio y Mariel Pellegrini. Aun así, pese a no haber adaptado el listado, lo que nuestro grupo nos dijo en su análisis posterior es que, aunque quieren realizar actividades en el futuro que están realizando actualmente, su nivel de satisfacción con ellas es menor del esperado y así mismo, surgen un número elevado de actividades que no se realizan que pueden plantearse en un futuro a corto/medio plazo y que tiene ciertos aspectos motivaciones y significativos para ellos. Por lo que tenemos dos niveles de análisis, satisfacción o gusto por la realización de la actividad y un conjunto de actividades nuevas que la propia población demanda.

Tras toda esta parrafada sobre el análisis de la realidad pasaremos a valorar objetivos/indicadores (por el método que mejor os venga, yo prefiero la matriz de marco lógico de la que hablaré otro día), paso crucial en la planificación de programas (y proyectos) ya que a la hora de evaluaciones intermedias/finales, sobre todo cuando dependen de subvenciones, son los que van a decirnos si lo hicimos bien o mal lo que hemos planteado, o por la contra si tenemos que darle una vuelta a todo lo que creíamos que era y no surgió así.

Tras todo esto, debemos plantear nuestro enfoque (que determina nuestra realidad como bien decía el maestro Yoda), es decir, para qué estamos haciendo esta actividad, que vamos a recuperar, mantener, etc… con ella. Darle un valor profesional a la misma (a tirar de libros y de experiencia).

En el caso de tratarse de programas globales (psicomotricidad, empleo, etc.) debemos reflejar los subprogramas o actividades subyacentes para explicar que vamos a conseguir con ello. Los más puristas, como es mi caso, analizarían incluso cada subactividad al nivel del programa global, pero esto ya va como la sal en las comidas, al gusto, o a lo que la salud (laboral) te deje.

A la hora de plantear los programas y actividades, debemos tirar de manual y de experiencia, ya que podemos creer que nuestro programa/actividad va a ser un Ferrari y nos encontramos con un seat panda de 1992 que sí, tira, pero poquito, llegar vamos a llegar pero a lo mejor en vez de en un año, en dos y hay que plantearlo y reflejar esa opción para salvaguardar la salud laboral del TO, el ritmo de grupo y la continuidad del programa. En resumen, yo en mi actividad de nuevas tecnologías me gustaría que todos fueran youtubers de éxito, pero tengo que ajustar y al menos el primer año conformarme con que sepan utilizar Outlook, Gmail, Facebook, Twitter y Spotify.

Temporalizar una intervención de este calibre va supeditado siempre a la diversidad y alternativas del grupo base, podemos tener una temporalidad fijada a principio de año/curso pero debemos plantear diversas alternativas para que llegue a término el programa/actividad.

Y para terminar, debemos tener un nivel de análisis del entorno bastante elaborado ya que también determina muchos puntos positivos o negativos en cuanto a nuestra intervención. Un ejemplo de nuevo en mi trabajo en asociación, para plantear la actividad de nuevas tecnologías nos cedió un espacio público de la administración local. A la hora de plantear la actividad me encontré varias piedras en el camino, una de ellas… un servidor único de internet, te tira atrás registros en masa (más de 5 personas) sobre cualquier plataforma digital o de redes sociales… ¡Sorpresa!

Y para terminar todo programa y/o actividad y que hasta nuestra madre nos dé el visto bueno necesitamos un departamento de RRHH o administrativo bueno que nos haga eso “de los dineros” y de las personas que van a trabajar ahí (que deberías ser tú, pero al ser el piltrafa que tienes que programar, seguro que no te toca).

Y sin más… espero que os haya gustado un poco (o un mucho) esta entrada que ha sido casi penalti y expulsión.

Para terminar, os dejo un esquemita en el que me he basado sobre la programación en terapia ocupacional, extraída del libro “Manual práctico de salud mental en Terapia Ocupacional” coordinado por el maestro Sergio Guzmán Lozano.

  1. Titulo
  2. Introducción o descripción de la propuesta.
  3. Contexto y población.
  4. Justificación y/o fundamentación.
  5. Objetivos
  6. Indicadores de inclusión y efectividad.
  7. Enfoques de la intervención.
  8. Descripción de programas globales y específicos (subprogramas o subactividades)
  9. Diversidad y alternativas.
  10. Temporalidad de las intervenciones.
  11. Cronograma de intervención y dinamismo del programa.
  12. Dinamismo del programa.
  13. Estructuración y organización de entornos.
  14. Recursos humanos, materiales y financieros.