Un ensayo desde la emoción, el barro y la ciencia de lo cotidiano
Por un terapeuta ocupacional talaverano que volvió a casa tras trece años sin ver a los carneros de las Mondas.
Una fiesta que se hereda
Las Mondas son una de las fiestas más antiguas de Europa. Se celebran en Talavera de la Reina durante la semana posterior a la Pascua y tienen un origen que mezcla la raíz romana con el fervor cristiano. Antiguamente eran ofrendas a Ceres, diosa de la agricultura, para pedir fertilidad en la tierra. Hoy son una expresión viva de cultura, identidad y afecto por lo comunitario. En el desfile principal, el Sábado de Mondas, más de setenta pueblos de la comarca y de fuera de ella acuden a Talavera para entregar sus caracolas florales engalanadas a la Virgen del Prado.
Lo más hermoso es que cada pueblo lleva sus trajes tradicionales: bordados, refajos, pañuelos, delantales y sombreros que no solo visten, sino que cuentan historias. Cada detalle tiene una razón, una memoria, una abuela que lo enseñó. Y esas personas que desfilan no vienen solas: traen dulces, productos típicos, flores y sonrisas. Detrás, la música: dulzainas, tamborileros, charangas. Es un festival de los sentidos que no se explica con teorías, se vive.

Y en medio de todo eso, aparece el amor. Porque cuando una parte de la pareja nace en esta tierra y la otra la descubre, lo que se está compartiendo no es sólo una fiesta, sino una forma de estar en el mundo. Mostrar las Mondas a alguien que quieres es también una declaración de identidad y de futuro.
Volver y reconocer(se)
Trece años. Una vida entera cabe en ese tiempo. Cabe una carrera, mudanzas, alguna rupturas, muchas terapias y autoterapias, algún susto, y cientos de cafés. Y cabe también una ausencia que duele más cuando una ciudad como Talavera vuelve a vestirse de fiesta. Trece años después, volví a Las Mondas. Y no volví solo. Volví con mi cuadrilla y afiliados, con mi pareja, parte de un grupo de tres personas que no sabían lo que era aquello, mas allá de las historias y fotos, pero a las que me propuse enseñar con orgullo y cariño.
Volví como quien vuelve a casa pero con otros ojos. Con ojos de terapeuta ocupacional, sí, pero también con los ojos de quien ha aprendido que las ocupaciones —esas acciones cotidianas que dan sentido a nuestra vida— no son solo hacer la colada o ir a trabajar. También son celebrar, caminar entre banderines, explicar lo inexplicable, emocionarse con un tamboril y reencontrarse con una identidad que creías dormida.
Y es que Las Mondas no son solo una fiesta: son una forma de hacer terapia sin despacho. Son un patrimonio vivo que se cuela por los sentidos, por la memoria, por el cuerpo. Y este texto es mi intento de explicarlo. De hilar tradición y profesión. De unir la historia con la salud. De decir, sin miedo al ridículo académico, que en una caracola con flores puede haber tanta ocupación significativa como en una sesión de terapia manual.

Talavera como entorno terapéutico
Talavera de la Reina no necesita demasiados adornos para ser entendida como un entorno terapéutico. Tiene todo lo que buscamos en los espacios de intervención: identidad, comunidad, historia, paisaje, y sobre todo, un ritmo que sabe acompasar. Cuando uno camina por sus calles durante las Mondas, no solo ve flores, pendones, pasos y dulzainas; ve también un tejido social activo, una ciudad que se reconoce en lo colectivo, en lo que celebra.
Desde la Terapia Ocupacional hablamos del «entorno» como facilitador o barrera para la ocupación. Y en Talavera, cuando hay Mondas, todo parece dispuesto para facilitar. Se amplía el espacio peatonal, se recuperan rutas, se reorganiza el tiempo. Hasta los comercios, las panaderías, los bares y los escaparates hablan el idioma de la fiesta, invitando a participar desde donde se pueda.
En ese contexto, cualquiera puede sentirse parte. Incluso quien no entiende muy bien la historia. Incluso quien está de paso. Porque la ciudad se convierte en escenario de acogida, y eso, en términos terapéuticos, es oro: una ciudad que sostiene, que celebra, que involucra.

Las Mondas como ocupación colectiva
El corazón de la Terapia Ocupacional late con las ocupaciones significativas. Y pocas hay tan densas y compartidas como una fiesta que involucra barrios, pueblos, asociaciones, colegios, personas mayores, niños, vecinas, tamborileros y concejales. Las Mondas no se consumen, se viven. Y en esa vivencia, cada quien ocupa un lugar.
Las Mondas son una ocupación colectiva con componentes físicos (andar, cargar, preparar, ensayar), sensoriales (ruido, color, aromas, texturas), cognitivos (memoria, orientación, simbolismo) y sobre todo afectivos. Porque no hay desfile sin emoción. Y no hay emoción sin significado.
El valor terapéutico está en esa participación libre, voluntaria, pero cargada de sentido. Nadie va obligado, y sin embargo, pocos quieren perderse el momento. Y eso lo convierte en un espacio privilegiado para fortalecer el rol comunitario, para recuperar el sentimiento de pertenencia, para trabajar la autonomía desde la inclusión.

El simbolismo de la caracola: memoria, identidad y espiritualidad
Podría parecer que una caracola con flores es solo un adorno, una tradición visualmente atractiva. Pero en Terapia Ocupacional sabemos que los objetos tienen alma. Que un bastón puede ser independencia, que un cuaderno puede ser identidad, que una taza puede ser consuelo. Pues bien, una caracola es raíz, rito y memoria.
Llevar la caracola, como hacen los pueblos en el desfile, es ejercer un rol. Es ocupar un lugar simbólico dentro del tejido social. Es decir: aquí estamos. Todavía somos. Nos seguimos trayendo. Esa afirmación tiene un poder brutal en contextos de duelo, migración, exclusión o simplemente en la vida de quienes han sentido que ya no tienen lugar.
Desde lo espiritual, la ofrenda a la Virgen del Prado también conecta con esa dimensión profunda del ser humano que busca trascendencia. No hace falta ser creyente para reconocer que los rituales tienen una función organizadora del alma. Y en ese sentido, las Mondas son terapéuticas porque ofrece sentido, continuidad y consuelo.

Volver después de trece años: el valor del reencuentro
Volver no es fácil. Sobre todo cuando el lugar al que vuelves ha seguido celebrando sin ti. Pero eso también tiene su magia: la fiesta no te espera, pero tampoco te olvida. Cuando vuelves, simplemente te reincorporas. Y eso, como terapeuta ocupacional, me recordó lo importante que es dejar siempre una silla libre para quien está por volver.
Volver a las Mondas después de trece años fue reencontrarme con mi ciudad, sí, pero también conmigo mismo. Con el adolescente que se emocionaba con los tamborileros. Con el joven que quedaba a ver el pregón. Con el adulto que necesitaba recordar que todavía había un sitio para él entre los suyos. Y ese reencuentro tuvo valor terapéutico: me organizó emocionalmente, me reconectó con mi identidad, me devolvió un rol.
Volver es, muchas veces, sanarse.
La figura del guía: enseñar tradiciones como intervención significativa
Llevar a tres personas «nuevas» a vivir Las Mondas fue una experiencia inesperadamente potente. Porque en el intento de explicarles los cómos y los por qués, redescubrí yo mismo lo que esta fiesta significaba. Ser guía es una ocupación en sí misma. Exige comunicación, empatía, selección de información, atención plena. Pero también devuelve mucho: orgullo, sentido, alegría compartida.
Desde la Terapia Ocupacional lo llamamos «transmisión intergeneracional», «apoyo entre iguales» o incluso «rol de mentor». Pero en el fondo es algo simple y hermoso: enseñar lo que amas. Y hacerlo con amigos, con tu pareja, con gente que escucha, es una forma de reafirmarte. De poner en palabras lo que sentías pero no habías dicho nunca. De volverlo real.
La cuadrilla como grupo terapéutico natural
No hace falta una sala blanca ni sillas en círculo para tener un grupo terapéutico. A veces basta con una cuadrilla. Con gente que te quiere y con la que puedes reír, andar, callar, comer. Mi cuadrilla fue mi contención, mi impulso y mi espejo. Y eso no se paga con dinero.
Las relaciones significativas son uno de los pilares de la salud ocupacional. Son las que permiten que una persona mantenga sus rutinas, recupere su rol, se atreva a hacer cambios o simplemente se sostenga. Y las Mondas, al reunirnos, al facilitarnos estar juntos, al ofrecernos excusas para vernos, hacen una función profundamente terapéutica.

Emoción, pertenencia y salud mental
No hay salud mental sin pertenencia. Y no hay pertenencia sin rituales. Las Mondas permiten eso: que cada talaverano sienta que tiene un sitio. Da igual si llevas banderolas o solo miras desde la acera. Estás. Eres parte.
Y esa sensación, cuando se ha vivido duelo, migración, ansiedad, ruptura o simplemente alienación vital, es una medicina poderosa. Por eso defender las fiestas populares, mantenerlas vivas, adaptarlas, hacerlas inclusivas, es también una tarea terapéutica. Porque nos recuerdan que no estamos solos. Que somos parte de algo.
Lo que una fiesta enseña sobre el rol, la agencia y la comunidad
La terapia ocupacional habla mucho de «rol» y «agencia». Pues bien: en Las Mondas se ensayan, se recuperan, se transforman roles. Uno puede ser vecino, tamborilero, nieta de quien salía en procesión, amiga que sostiene el bolso, pareja que saca fotos, persona que explica, que escucha, que vive. Y en todos esos microroles, hay agencia: decisión, acción, participación.
Las Mondas nos enseñan que la comunidad no es un concepto abstracto. Es un desfile, un aplauso, un «mira, ahí va el pueblo de…». Es saber que hay una historia más grande que uno, y que sin embargo uno forma parte de ella.
Flores, tamboriles y ciencia con alma
No sé si alguien más se ha atrevido a escribir sobre Las Mondas desde la Terapia Ocupacional. Pero si no lo habían hecho, aquí va mi humilde aporte. Porque creo, de verdad, que hay salud en lo que nos emociona. Que hay terapia en lo que compartimos. Que hay rehabilitación en cada gesto que nos devuelve al centro de lo que somos.
Talavera, gracias por seguir esperándonos. Por seguir engalanándote. Por recordarnos que a veces basta con volver. Con andar. Con mirar. Con explicar.
Y por supuesto, con celebrar.
