Hay días en los que, al cerrar la puerta de la ortopedia, me invade una sensación de extrañeza que difícilmente se explica con los manuales de diagnóstico tradicionales. Como terapeuta ocupacional, mi mirada está entrenada para observar cómo el ser humano se desenvuelve en su entorno, pero el entorno actual ha dejado de ser un espacio de desarrollo para convertirse en una trampa de cristal. Vivimos en una sociedad que corre a una velocidad que nuestra biología no puede procesar, y en ese sprint desesperado, hemos perdido la perspectiva de lo que significa una ocupación significativa. No es solo que el tiempo pase rápido; es que el tiempo se ha vaciado de contenido real para llenarse de representaciones digitales de una vida que, a menudo, ni siquiera nos pertenece.
Desde la Terapia Ocupacional, entendemos que la ocupación es el motor de la salud. Hacer, ser y llegar a ser. Sin embargo, lo que observo hoy es un proceso de degeneración ocupacional sin precedentes. La actividad humana se está desplazando desde la interacción física y sensorial con el mundo hacia un consumo pasivo y una proyección narcisista en las redes. Este desplazamiento no es inocuo. Tiene un impacto directo en nuestra estructura cerebral, en nuestra cohesión social y, lo que es más grave, en nuestra esperanza de futuro. Estamos ante una sociedad que parece haber olvidado cómo aburrirse, cómo fracasar y, sobre todo, cómo existir sin la validación de un algoritmo.
El Contrato Roto: La Herida de los 70 y 80
Para analizar dónde estamos, debemos mirar de dónde venimos. Los que nacimos entre los 70 y los 80 crecimos bajo un paradigma de meritocracia casi religiosa. Se nos vendió un mapa del tesoro: «Si estudias, si te sacrificas, si eres el mejor, tendrás una vida estable». Fue el apogeo del american dream adaptado a nuestra realidad. Éramos la generación que iba a superar a sus padres en estatus y bienestar. Pero el sistema cambió las reglas del juego a mitad de la partida. La tecnología irrumpió no como una herramienta de liberación, sino como una cadena de montaje global que precarizó nuestras profesiones.
Nuestra herida es la de la traición. Tenemos títulos universitarios que sirven para poco más que decorar paredes en pisos de alquiler que no podemos pagar. Pero, al menos, conservamos el recuerdo de un mundo donde el esfuerzo tenía una correlación directa con la realidad física. Vimos nacer el mundo digital y lo adoptamos, pero aún sabemos qué es el olor de un libro nuevo o la frustración de esperar una semana para ver el siguiente episodio de una serie. Ese «retraso de la gratificación» fue nuestro mejor entrenamiento terapéutico, aunque entonces no lo supiéramos.
En el otro lado del espejo está la Generación Z y los nativos del ecosistema 3.0. A menudo escucho críticas feroces hacia ellos, tachándolos de frágiles o perezosos. Pero como especialista clínico, mi diagnóstico es distinto: no son una generación engañada porque las expectativas hacia ellos nunca fueron altas. Ellos han nacido en las ruinas del contrato social que a nosotros se nos rompió en la cara. Saben, desde que tienen uso de razón, que el sistema es inestable, que el clima se agota y que el mercado laboral es una picadora de carne.
La tragedia de los nacidos a partir de los 2000 no es la falta de futuro, sino el exceso de presente. Viven en una tiranía de la inmediatez donde su identidad debe ser construida, editada y publicada en tiempo real. Si los millennials sufrimos por no alcanzar nuestras metas, la Generación Z sufre por la angustia de ser constantemente observados y evaluados. Es una existencia hiperperfeccionista que no deja margen para el error, y sin error, compañeros, no hay aprendizaje motor, ni emocional, ni social.
La Neuroquímica del Like: El Secuestro de la Dopamina
Para profundizar en por qué nos sentimos así, hay que bajar al nivel de los neurotransmisores. El cerebro humano evolucionó en entornos de escasez. La dopamina, ese neurotransmisor del deseo y la búsqueda, nos impulsaba a buscar alimento o pareja. Estaba diseñada para recompensar esfuerzos físicos reales. Pero el diseño de las redes sociales (Facebook, Instagram, TikTok) ha hackeado este sistema.
Análisis Clínico: Las plataformas digitales utilizan sistemas de «recompensa variable», el mismo mecanismo que hace que las máquinas tragaperras sean adictivas. No saber si el próximo scroll te traerá un vídeo gracioso o una notificación genera picos de dopamina fásica que agotan nuestros receptores.
El resultado es el desequilibrio ocupacional: invertimos más energía mental en gestionar la dopamina digital que en realizar actividades de la vida diaria (AVD) que realmente nutren nuestro bienestar a largo plazo, como el autocuidado, el descanso reparador o la interacción social rica en oxitocina.
Esta angustia digital se manifiesta como una niebla mental. Nos sentimos cansados pero no podemos dormir; nos sentimos solos pero estamos hiperconectados. Es lo que en Terapia Ocupacional llamamos alienación ocupacional. La persona participa en tareas que carecen de significado personal pero que son obligatorias para mantener su estatus social digital. Estamos trabajando gratis para grandes corporaciones, entregando nuestra atención —que es el recurso más valioso que tenemos— a cambio de una validación efímera que nos deja más vacíos que antes de empezar.
Capitalismo de Vigilancia: ¿Quién puede permitirse la salud?
No podemos hablar de esta degeneración sin mencionar el contexto económico. El capitalismo tardío ha encontrado en nuestra psique el último territorio a conquistar. Ya no basta con vendernos productos; ahora nosotros somos el producto. Y aquí es donde la brecha de clase se vuelve más sangrante. Los dueños de estas tecnologías, los magnates de Silicon Valley, protegen a sus hijos de las pantallas, los llevan a colegios analógicos y les permiten el lujo del silencio.
La privacidad y la desconexión se han convertido en los nuevos símbolos de estatus. El rico puede permitirse apagar el móvil porque su supervivencia no depende de un algoritmo de reparto o de la visibilidad en redes para vender su trabajo. La clase trabajadora, en cambio, está obligada a estar disponible 24/7. Vemos con dolor cómo la precariedad empuja a jóvenes a la mercantilización total de su imagen y su cuerpo. No es una elección libre cuando el mercado laboral tradicional es un desierto de salarios de miseria. Es una estrategia de supervivencia en un entorno hostil.
«En mi ortopedia, he visto cómo la autoestima de jóvenes brillantes se desmorona porque su ‘marca personal’ no recibe tracción. Hemos convertido el alma humana en una unidad de negocio, y eso es una patología social de proporciones épicas.»
La Realidad Líquida: Cuando el Suelo Desaparece
La desinformación es otro pilar de esta angustia vital. Recientemente, los sucesos en Minnesota nos mostraron una cara aterradora del poder: la capacidad de usar la narrativa oficial para deshumanizar a las víctimas, tildando de terrorismo lo que era, en esencia, un grito de desesperación. Cuando las instituciones que deberían protegernos manipulan la verdad, el impacto en la salud mental comunitaria es devastador. Se rompe el sentido de coherencia, ese factor que Antonovsky identificó como clave para la resiliencia. Si no podemos confiar en lo que vemos o escuchamos, nuestro sistema nervioso entra en un estado de alerta permanente (lucha o huida).
A esto se suma la Inteligencia Artificial generativa. Estamos inundados de vídeos, voces y rostros que parecen reales pero son sintéticos. ¿Para qué se hacen estos vídeos? En el mejor de los casos, para monetizar un click; en el peor, para desestabilizar la psique colectiva. Como terapeutas, sabemos que la identidad se construye en relación con la realidad. Si la realidad se vuelve líquida, la identidad se disuelve. La pregunta que muchos jóvenes se hacen hoy de forma inconsciente es: «¿Para qué voy a esforzarme en ser alguien real si lo falso es más perfecto y genera más éxito?»
Continuando con este descenso a las profundidades de nuestra crisis sistémica, debemos detenernos en el alimento del espíritu: la cultura. Como terapeuta ocupacional, utilizo a menudo el análisis de la actividad artística para evaluar el estado de una sociedad. El arte no es solo adorno; es una función cognitiva superior que requiere atención sostenida, abstracción y simbolismo. Sin embargo, estamos asistiendo a la
era de la simplificación obligatoria. Observen la música que domina las listas de éxitos de la Generación Z. No se trata de un conflicto generacional de gustos (el eterno «la música de antes era mejor»), sino de una mutación estructural en la forma de crear y consumir.
La música actual está diseñada para el algoritmo. Los temas deben tener un hook o gancho inmediato en los primeros tres segundos para evitar el skip. Las estructuras armónicas se han aplanado; la disonancia, que es lo que genera tensión y resolución emocional en el cerebro, ha sido eliminada en favor de una homogeneidad predecible. Esto, desde la neurociencia ocupacional, es preocupante. Si privamos al cerebro de estímulos complejos, atrofiamos nuestra capacidad de procesar la frustración y la ambigüedad en la vida real. Una canción de 15 segundos para un trend de TikTok es el equivalente nutricional a una gominola: te da un pico de azúcar (dopamina), pero te deja desnutrido.
El Concepto TO: «Deprivación Sensorial Estética»
Hablamos de deprivación cuando el entorno no ofrece los desafíos necesarios para el desarrollo. Al consumir solo arte ultrarrápido y simplificado, estamos perdiendo la atención profunda (deep work). El cerebro se acostumbra a la recompensa inmediata y, cuando intentamos leer un libro denso o ver una película que requiere reflexión, el sistema nervioso reacciona con ansiedad. No es falta de inteligencia; es una falta de entrenamiento funcional de la atención.
Lo mismo ocurre con el deporte y el cine. Todo debe ser un «evento», algo efímero, un contenido transconsumible que se olvida a los cinco minutos. Hemos pasado del deporte como superación y comunidad a un espectáculo de datos y apuestas donde lo que importa es el clip viral. Las películas ya no buscan el riesgo narrativo; buscan no ofender al algoritmo para asegurar la rentabilidad. Esta ausencia de riesgo es letal para la salud mental. Una sociedad que no se atreve a errar, que no permite la imperfección en su arte, es una sociedad que se vuelve rígida, miedosa y, en última instancia, profundamente triste.
La Mercantilización del Ser: De la Persona al Producto
Quizás uno de los puntos más dolorosos de este análisis es la desvergonzada mercantilización del cuerpo humano. En las redes sociales, vemos un desfile constante de cuerpos perfectos, retocados por cirugías o filtros de IA, que se venden como el único estándar de éxito. A veces, navegando por plataformas como Instagram o TikTok, uno siente que está en un mercado de carne digital. Hombres que consumen cuerpos de forma compulsiva y mujeres que, ante la falta de salidas laborales dignas, se ven empujadas a vender su intimidad sin ningún tipo de pudor protector.
Como terapeutas ocupacionales, trabajamos la imagen corporal como parte fundamental de la identidad. Pero, ¿cómo trabajar la autoaceptación en un mundo donde la «perfección» es generada por una Inteligencia Artificial? Los vídeos deepfake y los modelos generados por ordenador están creando dismorfias colectivas. Ya no competimos con el vecino, competimos con una simulación matemática de la belleza que es físicamente inalcanzable. Esto genera una angustia vital, una sensación de que nuestro cuerpo físico siempre es «insuficiente».
Esta misma tecnología se utiliza para la desinformación política. Volvemos al caso de los asesinatos de Minnesota. Cuando el gobierno o grupos de poder lanzan campañas donde las personas asesinadas son tildadas de terroristas domésticos mediante vídeos manipulados o noticias falsas, están hackeando nuestra empatía. La empatía requiere verdad. Si no podemos estar seguros de quién sufre o quién es la víctima, nuestro sistema social de cuidados se colapsa. La angustia digital es también una angustia ética: el miedo a estar apoyando una mentira o a ser indiferentes ante una injusticia fabricada.
Un Llamamiento a la Acción: El Derecho a la Imperfección
Llegados a este punto, la pregunta es: ¿hay salida? ¿Podemos dejar de ser esclavos de esta montaña de likes y de esta angustia vital? La respuesta, desde el corazón de la Terapia Ocupacional, es un rotundo SÍ. Pero no será fácil. Requiere un acto de voluntad consciente, una resistencia ocupacional que nos devuelva la soberanía sobre nuestro tiempo y nuestro cuerpo.
Prescripción Ética para el Siglo XXI
«La verdadera terapia no es adaptarte a un mundo enfermo, sino recuperar tu capacidad de ser humano en él.»
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Recupera la Complejidad: Fuerza a tu cerebro a realizar actividades largas. Lee un ensayo, aprende a tocar un instrumento físico, teje, construye algo con madera. Actividades que no tengan un botón de «deshacer» y que requieran paciencia.
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Abraza el Error: No publiques todo lo que haces. Haz cosas «feas». Permítete ser un principiante. El éxito digital es una cárcel; el error analógico es la libertad de aprender.
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Desconexión Solidaria: No solo te desconectes tú; fomenta espacios comunitarios sin pantallas. Vuelve al parque, a la plaza, a la charla de café donde no hay una cámara grabando para un story.
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Critica el Consumo: Antes de dar un like o consumir un contenido, pregunta: ¿esto me nutre o solo me distrae? ¿Quién se está haciendo rico con mi angustia?
Me despido con una mezcla de melancolía por lo perdido y esperanza por lo que podemos rescatar. A las futuras generaciones les estamos dejando un mundo complejo, sí, pero también les dejamos nuestra capacidad de resistencia. No tengáis miedo a parar. No tengáis miedo a ser irrelevantes para el algoritmo. La relevancia que importa es la que tienes en el corazón de las personas que te rodean, en la calidad de tus cuidados y en la sinceridad de tus actos.
La música volverá a ser música cuando dejemos de pedirle que sea perfecta. El arte volverá a ser arte cuando nos permitamos volver a sangrar en él. Y nosotros volveremos a ser comunidad cuando entendamos que un like es una sombra, pero un abrazo es la luz. Sigamos trabajando, sigamos sintiendo, y sobre todo, no dejéis de buscar la ocupación que dé sentido a vuestra existencia, lejos de los cables y las pantallas.