Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (I)

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Parte 1: El punto de partida siempre es la persona

Hablar de sillas de ruedas es hablar de libertad. De límites que se negocian con inteligencia, y de cuerpos que buscan moverse, habitar, existir. Sin embargo, para que una silla de ruedas sea realmente una herramienta de participación y autonomía —y no un obstáculo o una fuente de dolor— necesitamos algo más que buena voluntad: necesitamos evaluación clínica precisa, criterio técnico y escucha activa. Mucha escucha activa.

¿Qué entendemos por evaluación de sedestación y movilidad?

Una evaluación de sedestación y movilidad es un proceso clínico completo en el que se analizan las capacidades, necesidades y riesgos de una persona que necesita utilizar una silla de ruedas o un sistema de apoyo postural. Esta evaluación contempla no solo aspectos físicos y posturales, sino también factores sociales, psicológicos, ambientales y de participación.

Desde la perspectiva clínica, sedestación y movilidad son elementos interdependientes. No podemos hablar de uno sin el otro: una mala sedestación puede impedir la movilidad, y una movilidad inadecuada puede derivar en posturas dañinas o en lesiones por presión. Por tanto, el objetivo no es solo “poner a alguien en una silla”, sino entender cómo esa persona se moverá, vivirá, trabajará o estudiará desde ella.

Las 4 etapas clave de la provisión de una silla de ruedas (según la OMS)

La Organización Mundial de la Salud (2023) resume el proceso de provisión de sillas de ruedas en cuatro pasos esenciales:

  1. Selección: Incluye la evaluación personalizada y la elección del dispositivo adecuado. No existen soluciones estándar. Cada cuerpo, cada vida, necesita una respuesta única.
  2. Ajuste (fitting): Es el ensamblaje y configuración del sistema para que ofrezca el mejor soporte postural, funcionalidad y confort.
  3. Entrenamiento: Abarca tanto al usuario como a quienes lo asisten. Instrucción en habilidades de manejo, transferencias, mantenimiento y estrategias de posicionamiento.
  4. Seguimiento: Revisión periódica y resolución de problemas. La silla de ruedas debe seguir respondiendo a los cambios en la vida y en el cuerpo de la persona.

Estas etapas no siempre son lineales. A menudo, como en un rompecabezas, hay que retroceder un paso, ajustar una pieza, observar una nueva variable. Pero lo esencial es tener la imagen completa siempre en mente: el bienestar y la funcionalidad del usuario.

La entrevista clínica: empezar por preguntar (y escuchar)

Un error frecuente en los procesos de evaluación es comenzar observando sin preguntar. Pero si queremos conocer realmente a la persona, necesitamos abrir un espacio de diálogo sincero. La entrevista clínica es una herramienta terapéutica en sí misma. Nos permite entender no solo lo que físicamente puede o no puede hacer una persona, sino cómo vive su movilidad, qué desea cambiar, qué teme, qué espera.

Algunas preguntas clave que nunca deberían faltar en una evaluación:

  • ¿Cuál es tu condición de salud principal y cómo afecta a tu movilidad?
  • ¿Qué sabes sobre tu diagnóstico y su evolución?
  • ¿Cómo te mueves actualmente? ¿Cómo lo hacías hace un año?
  • ¿Qué lugares frecuentas? ¿Tu entorno es accesible?
  • ¿Tienes dolor al sentarte? ¿Notas enrojecimientos o heridas en la piel?
  • ¿Puedes recolocarte solo/a si te deslizas o estás incómodo/a?

Estas preguntas no son meros trámites. Son puertas. Nos ayudan a comprender si estamos ante un caso de movilidad reducida sin alteración postural (una señora mayor con diabetes y fatiga), o si estamos ante situaciones más complejas (con parálisis cerebral y necesidad de soporte postural o lesión medular y riesgo de úlceras por presión).

La entrevista también nos revela aspectos fundamentales sobre la motivación, la aceptación de ayudas, la experiencia previa con dispositivos, y las expectativas del usuario. Porque no es lo mismo quien desea mantener su independencia a toda costa, que quien necesita recuperar un sentido de control sobre su día a día después de un largo ingreso hospitalario.

Categorizar para individualizar: tres niveles de evaluación

La evaluación clínica no es igual para todos. El grado de profundidad dependerá del tipo de necesidades del usuario. En el modelo propuesto por Minkel y Lange (2025), se plantean tres categorías prácticas que ayudan a organizar el proceso:

  1. Evaluación de movilidad solamente: Para personas con equilibrio de tronco preservado, sin riesgo de lesiones cutáneas y con necesidad de desplazamiento (por fatiga, caídas, etc.).
  2. Evaluación de movilidad + soporte postural: Para quienes tienen dificultad para mantenerse sentados sin apoyo, pero no presentan riesgo cutáneo grave.
  3. Evaluación completa (movilidad + postura + integridad cutánea): Para personas con asimetrías pélvicas, lesiones por presión previas o actuales, sensibilidad alterada y necesidad de posturas acomodadas.

Cada categoría implica un nivel distinto de observación y valoración. En la práctica, estas clasificaciones nos permiten distribuir recursos, anticipar necesidades y priorizar intervenciones. Pero siempre —siempre— deben ser entendidas como guías, no como moldes cerrados.

Evaluar no es sólo medir, es observar en contexto

Una evaluación rigurosa incluye la observación directa del movimiento, las transferencias, la postura al estar sentado sin soporte, y la respuesta de la persona ante diferentes estímulos (como el dolor o la incomodidad). Se evalúan componentes como:

  • Equilibrio en sedestación sin apoyo.
  • Capacidad de recolocarse.
  • Rango articular de caderas, rodillas, tobillos.
  • Tono muscular y control del tronco.
  • Integridad de la piel.
  • Respuesta ante distintas configuraciones de silla.

Pero también debemos observar algo más difícil de medir: el ajuste entre el cuerpo, la mente, el entorno y el dispositivo. Por eso es importante salir del consultorio, preguntar por la casa, los trayectos habituales, el vehículo familiar, los lugares de trabajo o estudio.

Una silla que es perfecta en una sala de rehabilitación puede resultar inútil en la casa del usuario si no cabe por la puerta del baño, si no se adapta al coche o si el usuario no logra cargarla en la maleta.

La importancia del mat assessment

Una de las herramientas más potentes, y tristemente más olvidadas (@rubenserrano_TO va por ti), es la evaluación en camilla o mat assessment. Consiste en pedir a la persona que se transfiera fuera de la silla (si es posible), y evaluar su postura en decúbito (supino) y sedestación sin soporte. Esta observación nos permite entender cómo se comporta el cuerpo sin la interferencia de la gravedad o del propio dispositivo.

Durante esta evaluación se valora:

  • El tipo de control de tronco: ¿manos libres, dependiente o de soporte total?
  • El tipo de alineación pélvica: ¿hay inclinaciones, rotaciones o basculaciones?
  • La movilidad articular: ¿hasta qué ángulo puede flexionar las caderas manteniendo la pelvis neutra?
  • La tensión de músculos como los isquiotibiales: ¿afectará a la postura sentada?
  • La posición de los pies: ¿pueden descansar en un reposapiés o requieren ortesis?

Este momento es ideal también para inspeccionar la piel. Un simple vistazo a las tuberosidades isquiáticas, al sacro y a las zonas de apoyo nos puede alertar de lesiones previas o de riesgos inminentes. La piel habla. Hay que aprender a leerla.

Autocuidado vs Vínculos: Una mirada crítica desde la Terapia Ocupacional

Nos enseñan a poner límites, pero no a sostener vínculos. Como terapeuta ocupacional, esta frase me perfora el cuerpo cada vez que escucho a alguien hablar de autocuidado como sinónimo de desvinculación. Porque en nuestra práctica, día tras día, vemos personas que se han quedado solas no por falta de recursos físicos, sino por la desconexión afectiva que el discurso contemporáneo del bienestar muchas veces justifica. Nos enseñan a decir que no, a protegernos, a priorizarnos. Pero poco se habla de cómo sostener lo que vale la pena, de cómo quedarnos a pesar del cansancio, de cómo reparar sin desaparecer.

La terapia ocupacional es una profesión que, por definición, trabaja con lo humano en su dimensión más compleja: la ocupación. Pero no cualquier ocupación. Hablamos de las que dan sentido, de las que nos conectan con otros, de las que sostienen la identidad. No se trata sólo de vestirse, cocinar o trabajar. Se trata también de estar, de vincularse, de compartir. Y ahí está el peligro del discurso individualista del autocuidado: en que promueve una visión de la persona como un ser aislado, que debe autorregularse constantemente, que sólo debe ocuparse de lo que lo «suma». Una visión que, en última instancia, nos deshumaniza.

Como terapeutas ocupacionales, no podemos mirar para otro lado. El sufrimiento psicosocial se ha vuelto estructural, y nuestras intervenciones deben estar a la altura. No basta con favorecer la independencia funcional si dejamos intacto el aislamiento. No basta con mejorar la adherencia a una rutina si esa rutina no incluye a nadie más que al propio sujeto. La independencia no es lo contrario de la interdependencia. No es madurez emocional vivir solo, hacer todo solo, sostenerse solo. A veces, eso es sólo desesperación disfrazada de fortaleza.

El discurso del autocuidado, si se vuelve absoluto, nos convierte en consumidores emocionales. Elegimos personas como quien elige productos: ¿me nutre?, ¿me aporta?, ¿me potencia? Si no cumple con esas expectativas, lo descarto. ¿Y el otro? ¿Dónde queda el otro? ¿Quién se hace cargo de lo que dejamos atrás cada vez que priorizamos nuestra comodidad por encima del vínculo? Estas preguntas no son filosóficas: son profundamente terapéuticas. Porque una persona no se reinserta socialmente sólo con prótesis o adaptaciones. Se reinserta cuando vuelve a confiar, cuando siente que puede formar parte sin miedo al rechazo, cuando siente que tiene algo que dar, no sólo algo que recibir.

En nuestros abordajes comunitarios, lo vemos a diario. Gente que vive sola, que no tiene con quién hablar, que repite frases como mantras: «yo me cuido a mí mismo porque nadie más lo va a hacer». Y claro que hay verdades en eso. Pero también hay heridas. Detrás de cada «yo primero» hay una historia de abandono, de negligencia, de relaciones fallidas. Y si no intervenimos ahí, si no miramos también esas biografías rotas, nos volvemos técnicos del síntoma y no del sufrimiento. Nos volvemos reproductores del sistema, no agentes de transformación.

Recuperar lo relacional como eje de la terapia ocupacional no es una moda: es una urgencia. El mundo se está desmoronando en vínculos. Vivimos en ciudades llenas de gente sola, en redes sociales donde todo se muestra y nada se comparte, en trabajos donde el burnout es más común que el almuerzo. Y mientras tanto, seguimos enseñando a los estudiantes de terapia ocupacional a medir, clasificar y estructurar ocupaciones como si fueran actividades mecánicas, desconectadas del deseo, del otro, del contexto.

Pero un verdadero enfoque ocupacional exige una ética del vínculo. Exige preguntarse no sólo qué hace la persona, sino con quién, para quién, desde dónde. Exige detenerse ante lo invisible: la mirada del otro, el silencio compartido, la carga emocional de cada acción cotidiana. Exige revisar también nuestras propias prácticas profesionales: ¿qué tipo de relaciones generamos con quienes acompañamos?, ¿cómo gestionamos nuestras frustraciones cuando el proceso no avanza?, ¿a quién cuidamos cuando decimos que cuidamos?

No hay intervención ocupacional que valga si no se sostiene en un vínculo ético, afectivo y político. No hay protocolo que reemplace la presencia. No hay escala que mida la confianza. Y sin embargo, eso es lo que más transforma: saberse visto, saberse parte, saberse acompañado incluso cuando no se tienen las palabras.

Por eso debemos revisar nuestros marcos. Hablar de salud desde la ocupación significa hablar de redes, de interacciones, de apoyos. Significa construir prácticas donde el otro no sea sólo un destinatario, sino un interlocutor. Donde el terapeuta no sea sólo un facilitador, sino alguien que también se afecta, que también se involucra. Porque sí, nos han enseñado a protegernos. Pero tal vez, lo verdaderamente revolucionario hoy sea aprender a quedarnos. A sostener. A comprometernos.

El desafío está planteado. Podemos seguir defendiendo una terapia ocupacional de escritorio, segura, medible, predecible. O podemos asumir el riesgo de una terapia ocupacional que incomoda, que interpela, que se mete en la carne viva del mundo. Una terapia que no se conforme con mejorar desempeños, sino que aspire a reconstruir vínculos. Una terapia que no tema decir que el autocuidado también puede ser una trampa. Una terapia, en fin, que no olvide que lo humano es, ante todo, relacional.

No será fácil. Porque nada fluye sin más. Porque el entendimiento se trabaja. Porque el amor, sea en la forma que sea, se crea. Y en ese trabajo de creación, los terapeutas ocupacionales tenemos mucho que decir. Y mucho más que hacer.

Marco de Trabajo en Terapia Ocupacional, 4.ª edición (OTPF‑4)

Introducción

El Occupational Therapy Practice Framework: Domain & Process (OTPF‑4), publicado por la American Occupational Therapy Association (AOTA) en agosto de 2020, constituye la cuarta redación del documento que define de manera oficial el campo de acción y el proceso profesional de la terapia ocupacional (TO) en Norteamérica y, por extensión, en buena parte del mundo. En cerca de 200 páginas, el OTPF‑4 provee un lenguaje estructurado —compartido entre clínicos, investigadores, docentes y estudiantes— que describe las dimensiones de la práctica, los pasos del razonamiento clínico y los resultados esperados. Su relevancia trasciende la geografía estadounidense porque ofrece un esquema coherente que facilita la comunicación interprofesional y se alinea con marcos globales como la Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF).


1. Génesis y evolución del Framework

La génesis del OTPF se remonta a 1996 con la publicación de la Uniform Terminology for Occupational Therapy, 3rd Edition, un intento de estandarizar la nomenclatura de la profesión. Aquella terminología evolucionó rápidamente hacia el Occupational Therapy Practice Framework (2002), reeditado en 2008 (OTPF‑2) y 2014 (OTPF‑3). Cada nueva versión ha respondido a cambios sociales, avances científicos y necesidades emergentes: la inclusión explícita de la justicia ocupacional, la expansión de la práctica a entornos virtuales, la integración de poblaciones colectivas —grupos y comunidades— y la atención a diversidad cultural y lingüística. El OTPF‑4 cristaliza dichas transformaciones, extendiendo la definición de ocupación, revisando los contextos y refinando ejemplos para reflejar realidades contemporáneas: teletrabajo, plataformas de ocio digital, identidades de género diversas y crisis sanitarias globales.


2. Estructura general del OTPF‑4

El documento se organiza en dos grandes secciones: Dominio y Proceso. El Dominio clarifica qué abarca la TO; el Proceso describe cómo se lleva a cabo la práctica. Ambos componentes son inseparables: el dominio otorga sustancia al proceso y el proceso da vida al dominio.

2.1. El Dominio

El Dominio incluye cinco categorías interrelacionadas:

  1. Ocupaciones
  2. Factores del cliente
  3. Destrezas de desempeño
  4. Patrones de desempeño
  5. Contextos

Estas categorías forman un sistema dinámico; el cambio en cualquiera de ellas reverbera sobre las demás, afectando participación y salud. Esta visión sistémica es coherente con teorías contemporáneas como el Modelo de Ocupación Humana (MOHO) y el Modelo PEO.

2.2. El Proceso

El Proceso consta de tres fases no lineales:

  1. Valoración (Evaluation)
  2. Intervención (Intervention)
  3. Resultados (Outcomes)

Cada fase se sustenta en el razonamiento clínico, la teoría y la evidencia, y exige la colaboración continua entre terapeuta y cliente. El proceso se repite cíclicamente, ya que los resultados informan nuevas valoraciones y ajustes de intervención.


3. Desglose del Dominio

3.1. Ocupaciones

El OTPF‑4 define ocho categorías de ocupación:

  1. Actividades de la vida diaria (AVD): cuidado personal, higiene, vestirse.
  2. Actividades instrumentales de la vida diaria (AIVD): manejo del hogar, finanzas, cuidado de otros.
  3. Descanso y sueño.
  4. Educación.
  5. Trabajo.
  6. Juego.
  7. Ocio.
  8. Participación social.

Novedades: se han ampliado ejemplos dentro de cada categoría para reflejar realidades digitales (p.ej., videojuegos en línea como juego, teletrabajo dentro de trabajo) y diversidades culturales. Además, el marco enfatiza que las ocupaciones se analizan no solo por su forma (actividad) sino por su significado, contexto, secuencia y co‑ocupación.

3.2. Factores del cliente

Engloban:

  • Valores, creencias y espiritualidad: reconocen la pluralidad cultural y religiosa.
  • Funciones corporales: aspectos fisiológicos y psicológicos (p.ej., memoria, movilidad articular).
  • Estructuras corporales: anatomía relevante.

El OTPF‑4 clarifica que estos factores son recursos o limitaciones que influyen en la participación pero no definen a la persona; por ello deben considerarse junto con contexto y significado.

3.3. Destrezas de desempeño

Se dividen en tres grupos:

  • Destrezas motoras: estabilizar, alcanzar, manipular.
  • Destrezas de procesamiento: elegir, organizar, adaptar.
  • Destrezas sociales: iniciar, preguntar, agradecer.

Una novedad es la reordenación de ejemplos para alinearlos con herramientas de evaluación estandarizadas, favoreciendo la coherencia en documentación.

3.4. Patrones de desempeño

Incluyen:

  • Hábitos (automáticos, específicos).
  • Rutinas (secuencias estructuradas).
  • Roles (conjuntos de comportamientos esperados).
  • Rituales (acciones simbólicas con identidad cultural o espiritual).
    La cuarta edición refuerza la descripción de rituales digitales y sociales emergentes (p.ej., videollamadas familiares dominicales).

3.5. Contextos

Antiguamente llamados contexto y entorno, ahora se dividen en contextos (ambientales y personales) y se sub‑categorizan como físicos, sociales, culturales, personales, temporales y —por primera vez— virtuales. Se reconocen rápidamente los escenarios híbridos donde la ocupación sucede: aulas virtuales, redes sociales, comunidades de videojuegos. Este reconocimiento legitima intervenciones que abordan barreras de usabilidad digital o fatiga de Zoom, expandiendo la práctica a la ergonomía virtual.


4. Desglose del Proceso

4.1. Valoración (Evaluation)

  • Obtención del historial ocupacional: incluye prioridades, patrones y metas.
  • Análisis del desempeño ocupacional: observación, medidas estandarizadas y pruebas específicas.
  • Síntesis: identificar barreras y facilitadores.

El OTPF‑4 insiste en la colaboración activa con el cliente, la familia y otros profesionales desde la primera entrevista para garantizar una visión holística y culturalmente pertinente.

4.2. Intervención

Se divide en plan, implementación y revisión. Las intervenciones se agrupan en:

  1. Intervenciones basadas en ocupación.
  2. Intervenciones dirigidas a la actividad y al ejercicio.
  3. Entrenamiento y educación.
  4. Apoyo y coaching.
  5. Modificación del entorno y la ocupación.
  6. Preparación (p.ej., modalidades físicas).
  7. Abogacía y política.

En OTPF‑4 se ha expandido la categoría de intervenciones grupales y poblacionales para incluir campañas de salud pública, desarrollo comunitario y asesoría institucional.

4.3. Resultados (Outcomes)

El marco destaca doce tipos de resultado, entre ellos: participación, bienestar, salud ocupacional, rol social, prevención, justicia ocupacional y adaptación. La novedad es la definición más precisa de calidad de vida y la inserción de ejemplos de medición (p.ej., WHOQOL‑BREF), fomentando documentación basada en evidencia.


5. Principales novedades del OTPF‑4 respecto a OTPF‑3

  1. Contexto virtual: reconocimiento formal del entorno digital.
  2. Perspectiva de grupos y poblaciones: se amplían ejemplos y guías para intervenciones comunitarias.
  3. Énfasis en justicia ocupacional: se inserta como outcome y principio ético transversal.
  4. Claridad en definiciones: se revisan destrezas y patrones para consistencia terminológica.
  5. Actualización de ejemplos: se añaden actividades propias de la era digital y culturalmente diversas.

6. Aplicación del OTPF‑4 a la práctica clínica

6.1. Valoración centrada en la ocupación

Utilizar el OTPF‑4 como checklist estructurado permite recopilar información que de otro modo podría pasarse por alto: contextos virtuales, rituales y roles emergentes. Por ejemplo, en rehabilitación de un trabajador remoto con dolor cervical, la valoración contempla ergonomía digital, rutinas laborales, pausas activas y participación social on‑line.

6.2. Planificación de la intervención

El desglose de tipos de intervención ayuda a justificar servicios ante aseguradoras: una intervención de modificación del entorno (ajuste de mobiliario) puede combinarse con educación (posturas saludables) y abogacía (solicitud de software ergonómico). Documentarlo con la misma terminología facilita auditorías y comparaciones inter‑centro.

6.3. Medición de resultados

Seleccionar outcomes alineados con el OTPF‑4 (p.ej., participación o adaptación) obliga a mirar más allá de ROM y fuerza, integrando escalas como COPM o PAQ (Participation Assessment Questionnaire). Esto respalda la efectividad de la TO centrada en ocupación y legitima la profesión ante financiadores.

6.4. Trabajo interprofesional

Compartir el marco con fisioterapeutas, logopedas y enfermeras reduce la ambigüedad de roles, previene solapamientos y fortalece planes de alta. Por ejemplo, al abordar la rehabilitación de un ictus, la OT explica que su foco es optimizar ocupaciones significativas y contextualiza los ejercicios de fuerza (realizados por fisioterapia) dentro de rutinas matutinas del paciente.

6.5. Educación y supervisión

En docencia, el OTPF‑4 actúa como columna vertebral curricular: los estudiantes aprenden a mapear casos clínicos dentro del dominio y a redactar objetivos SMART que reflejen el proceso. En supervisión, se utiliza para feedback estructurado, señalando fortalezas y áreas de mejora en cada fase.


7. OTPF‑4 y tecnologías emergentes

La incorporación del contexto virtual legitima intervenciones en tele‑TO. Ejemplos:

  • Evaluación del desempeño en la cocina mediante video en tiempo real.
  • Uso de aplicaciones móviles para recordatorios de medicación, etiquetado de objetos con NFC.
  • Realidad aumentada para entrenamiento de AVD complejas.

Además, el marco posibilita reconocer barreras digital‑cognitivas (fatiga de pantalla, usabilidad) y diseñar soluciones: rediseño de interfaces, rutinas de descanso visual, coaching en alfabetización digital.


8. OTPF‑4 en la investigación

Al ofrecer un vocabulario consensuado, el framework facilita la codificación de variables y la replicabilidad de estudios. Investigadores pueden mapear intervenciones en la matriz Dominio‑Proceso‑Outcome, comparando protocolos y meta‑analizando resultados. Asimismo, la inclusión de justicia ocupacional abre líneas de investigación en disparidades de salud y abogacía.


9. Críticas y desafíos del OTPF‑4

Aunque potente, el Framework enfrenta desafíos:

  1. Complejidad terminológica: puede resultar abrumador para profesionales fuera de la TO y estudiantes noveles.
  2. Regionalismo: aunque la AOTA busca inclusividad, parte de la terminología es anglocéntrica; la traducción a otros idiomas puede diluir conceptos.
  3. Foco en ejemplos individualistas: algunas culturas colectivistas podrían no verse plenamente representadas.
  4. Escasez de métricas propias: el OTPF‑4 describe outcomes, pero no impone instrumentos, lo que deja espacio a variabilidad y dificulta la comparación.

10. Resumen ejecutivo de los elementos clave

  • Dominio: cinco categorías interdependientes —ocupaciones, factores del cliente, destrezas, patrones y contextos— que fundamentan la intervención.
  • Proceso: evaluación, intervención, resultados, en ciclo de mejora continua guiado por razonamiento clínico.
  • Novedades OTPF‑4: incorporación del contexto virtual, ampliación de ejemplos culturales, justicia ocupacional como outcome, enfoque en grupos y poblaciones.
  • Aplicación práctica: valoración holística, documentación estandarizada, selección de outcomes significativos, colaboración interprofesional y abogacía.
  • Oportunidades: investigación comparativa, diseño de tecnologías accesibles, programas de salud pública.
  • Desafíos: accesibilidad lingüística, métricas uniformes y adaptación cultural.

Conclusión

El OTPF‑4 consolida la terapia ocupacional como disciplina centrada en la ocupación y comprometida con la equidad y la innovación. Al desglosar las dimensiones de la práctica y articular un proceso flexible pero sistemático, el Framework sirve de brújula para clínicos, educadores e investigadores. Su adopción rigurosa posibilita intervenciones más efectivas, investigaciones más comparables y políticas más pertinentes. El reto inmediato es difundir su contenido en lenguas y contextos diversos, construir métricas que midan la justicia ocupacional y profundizar en la integración de la tecnología digital. En última instancia, el OTPF‑4 invita a los terapeutas ocupacionales a reflexionar críticamente sobre su quehacer y a seguir evolucionando junto con las sociedades a las que sirven.

Terapia Ocupacional 360°: Comparativa de los Principales Marcos y Modelos

Introducción

La terapia ocupacional (TO) se ha forjado, a lo largo de un siglo, como una profesión que sitúa la ocupación en el centro de la salud y el bienestar. Para entender su presente y proyectar su futuro, resulta esencial dominar los marcos teóricos y modelos de práctica que dan forma al razonamiento clínico, la investigación y la docencia. Estos constructos se distribuyen de manera jerárquica: marcos globales que proporcionan el horizonte filosófico y metodológico; marcos específicos que articulan la relación persona‑entorno‑ocupación en contextos concretos; y modelos propios que operacionalizan la teoría en instrumentos, guías de intervención y métricas de resultado. A lo largo de esta presentación ahondaremos en cada nivel, explorando orígenes, evoluciones, principios, evidencia científica, aportes a la práctica y controversias. El objetivo es ofrecer un recurso exhaustivo que facilite la planificación de contenidos académicos, la actualización profesional y el diseño de programas de intervención.


I. Marcos globales

1. Occupational Therapy Practice Framework (OTPF‑4)

El OTPF‑4, publicado por la American Occupational Therapy Association en 2020, surge como un mapa integrador que describe los dominios (ocupaciones, factores del cliente, desempeño, contextos y procesos) y los procesos (valoración, intervención y resultados) de la TO. Su proyección internacional radica en proveer un lenguaje común que facilita la colaboración interprofesional y el intercambio de datos de investigación. Una de las contribuciones más relevantes del OTPF‑4 es la inclusión explícita del entorno virtual, reconociendo el impacto de la tele‑salud, la realidad aumentada y las plataformas digitales en la participación. Además, refuerza conceptos como justicia ocupacional, subrayando la responsabilidad ética de los terapeutas de abordar inequidades en el acceso a ocupaciones significativas. Para la práctica clínica, el framework legitima la documentación enfocada en ocupación, lo que mejora la claridad de los objetivos y eleva la calidad comparativa de los registros. No obstante, críticas recientes apuntan a la dificultad de traducir su vocabulario del inglés a lenguas con menor tradición terminológica, lo que puede generar pérdida de matices y confusiones semánticas.

2. Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF)

Respaldada por la Organización Mundial de la Salud, la CIF se erige como la principal taxonomía de la salud funcional. A diferencia del OTPF, que surge desde la TO, la CIF es un marco transversal diseñado para todas las profesiones sanitarias y sociales. Sus componentes—funciones y estructuras corporales, actividades y participación, factores ambientales y personales—crean una matriz que permite describir la experiencia de salud más allá del diagnóstico médico. Para la TO, la CIF aporta legitimidad externa y posibilita la comunicación con decisores políticos y financiadores. Estudios comparativos revelan que la combinación OTPF‑CIF incrementa la precisión en la determinación de la necesidad de servicios y la evaluación de resultados a nivel poblacional. Sin embargo, la CIF ha sido cuestionada por su complejidad en entornos de recursos limitados y por reproducir una visión biomédica en la codificación de funciones y estructuras, lo que requiere la integración de otros marcos que acentúen la dimensión subjetiva y cultural de la ocupación.

3. Public Health Framework for Occupational Therapy

Este marco global traslada la mirada de la TO desde la intervención individual a la salud pública, promoviendo acciones de prevención primaria, secundaria y terciaria a nivel comunitario. Su enfoque de determinantes sociales de la salud invita a analizar cómo variables como educación, empleo y vivienda influyen en la participación ocupacional. La implementación de este marco ha impulsado programas de envejecimiento activo, promoción de salud mental en escuelas y diseño urbano inclusivo. La evidencia sugiere que las intervenciones estructuradas bajo este prisma obtienen mejoras sostenidas en calidad de vida y reducen costes sanitarios. Con todo, persiste el reto de integrar indicadores de resultado que capturen cambios a nivel comunitario y de justificar financieramente intervenciones cuyos beneficios se observan a largo plazo.

4. Marco de Justicia Ocupacional

Formulado por Elizabeth Townsend y Ann Wilcock, este marco introduce una dimensión ética y política al destacar el derecho de toda persona a participar en ocupaciones que promuevan su salud y desarrollo. Propone conceptos como marginación ocupacional, privación ocupacional y alienación ocupacional, que permiten visibilizar las inequidades estructurales. La adopción del marco de justicia ocupacional ha estimulado proyectos de TO comunitaria en cárceles, barrios desfavorecidos y comunidades indígenas, donde los terapeutas actúan como agentes de cambio social. No obstante, se requieren métricas validadas que permitan cuantificar la justicia ocupacional y demostrar su impacto ante organismos financiadores. Además, la praxis enfrenta tensiones entre la defensa de derechos y las limitaciones institucionales, lo que exige habilidades de abogacía y alianzas intersectoriales.


II. Marcos específicos

1. Persona‑Entorno‑Ocupación (PEO)

Desarrollado por Law y colaboradores en 1996, el PEO describe la interacción dinámica entre las dimensiones de la persona, el entorno y la ocupación. Su concepto central es la “bondad de ajuste” (fit): cuanto mayor sea la congruencia entre los componentes, mejor será el desempeño y la participación. El modelo ha sido aplicado extensamente en temas de accesibilidad arquitectónica, transición laboral y adaptación al envejecimiento. Su flexibilidad permite que terapeutas de distintos contextos—desde atención temprana hasta cuidados paliativos—analicen rápidamente barreras y facilitadores de la ocupación. Investigaciones longitudinales han mostrado que intervenciones basadas en la optimización del ajuste PEO se asocian con mayor permanencia comunitaria de adultos mayores y reducción de readmisiones hospitalarias. Sin embargo, medir objetivamente ese ajuste continúa siendo un reto, pues las variables de persona y entorno son altamente complejas y culturalmente moldeadas.

2. Persona‑Entorno‑Ocupación‑Desempeño (PEOP)

Inspirado en el PEO, el PEOP de Christiansen y Baum añade una capa de variables intrapersonales (competencias fisiológicas, psicológicas, emocionales) y extrínsecas (políticas, cultura, apoyo social) para detallar los procesos que conducen a resultados de salud. Esta integración facilita el diseño de intervenciones que consideren tanto factores biológicos como sociales, respondiendo a la necesidad de enfoques holísticos. Estudios de caso han documentado que los programas PEOP favorecen la reinserción laboral tras lesiones musculoesqueléticas y mejoran la autogestión de enfermedades crónicas. Su compatibilidad con la CIF lo convierte en un puente para la investigación comparativa. Aun así, su amplitud conceptual puede desalentar a clínicos que buscan guías operativas rápidas, razón por la cual se han desarrollado manuales abreviados y algoritmos de decisión.

3. Ecología del Desempeño Humano (EHP)

Presentado por Dunn, Brown y McGuigan en 1994, el EHP pone el énfasis en el contexto como modulador fundamental del desempeño. Propone cinco estrategias de intervención: establecer/restaurar, adaptar/modificar, alterar, prevenir y crear. Esta claridad operacional ha resultado valiosa para justificar adaptaciones ambientales ante aseguradoras o legisladores. Investigaciones recientes lo emplean para evaluar el impacto de barrios “caminables” en la participación de adultos mayores. Con la irrupción tecnológica, el EHP se ha expandido para contemplar entornos virtuales, domótica y realidad aumentada. Su desafío actual es desarrollar indicadores de resultado que capturen cambios contextuales de manera sensible y sostenible en el tiempo.

4. PEO‑Technology (PEO‑T)

La digitalización ha propiciado la necesidad de integrar la variable tecnológico‑digital en los modelos ocupacionales. El PEO‑T reinterpreta el ajuste triádico incorporando dimensiones como usabilidad, accesibilidad digital y ciberseguridad. Es particularmente relevante en tele‑rehabilitación, diseño de aplicaciones de salud y exergaming. Estudios piloto demuestran que los programas configurados con PEO‑T incrementan la adherencia a la tele‑TO y reducen la fatiga tecnológica al adaptar interfaces a necesidades cognitivas y sensoriales de los usuarios. Aun así, la evidencia aún es incipiente y requiere ensayos controlados que midan variables como satisfacción, eficacia y costo‑beneficio.

5. Do‑Live‑Well (DLW)

El DLW es un marco canadiense que relaciona patrones de actividad con salud y bienestar. Propone ocho dimensiones (ser activo, conectar, cuidar, entre otras) para evaluar y rediseñar agendas diarias. Su orientación a la promoción de la salud ha inspirado programas comunitarios que combaten la soledad y el sedentarismo. La literatura reporta efectos moderados en la mejora de bienestar psicológico y autonomía en adultos mayores. No obstante, los estudios se concentran mayoritariamente en contextos anglosajones, y se necesita explorar su validez en culturas con patrones de tiempo y significado distintos.

6. Enfoque Biomecánico

Aunque derivado de las ciencias del movimiento, el enfoque biomecánico se ha integrado como marco específico en la TO para restaurar fuerza, resistencia y rango articular. Su papel es crucial en la rehabilitación física, pero exige combinarse con modelos centrados en ocupación para evitar reduccionismo. Investigaciones han demostrado que las intervenciones que conjugan protocolos biomecánicos con metas basadas en ocupación logran mayores índices de transferencia funcional. El reto persiste en equilibrar el rigor cuantitativo de la biomecánica con la flexibilidad cualitativa de la experiencia ocupacional.

7. Enfoque Rehabilitador

También de origen interdisciplinario, el enfoque rehabilitador enfatiza la compensación de déficits persistentes mediante ayudas técnicas, adaptaciones ambientales y entrenamiento de técnicas de conservación de energía. Su vigencia radica en la búsqueda de independencia funcional cuando la restauración total no es posible. Estudios de implementación muestran que, cuando se combina con educación al usuario y seguimiento, reduce la carga del cuidador y los costes institucionales. Sin embargo, su éxito depende de la accesibilidad a dispositivos y de políticas que financien las ayudas técnicas, lo que exige al terapeuta habilidades de gestión y abogacía.


III. Modelos propios de Terapia Ocupacional

1. Modelo de Ocupación Humana (MOHO)

Gary Kielhofner introdujo el MOHO en 1980 para explicar cómo la interacción entre volición, habituación y capacidades de desempeño produce patrones de ocupación. Su carácter sistémico permite analizar cambios adaptativos y desajustes. Herramientas como la OSA y el MOHOST presentan alta fiabilidad y validez, posibilitando la medición de progreso y la comparación de programas. La investigación muestra que las intervenciones basadas en MOHO mejoran la participación en salud mental, rehabilitación física y contextos comunitarios. Pese a su robustez empírica, su complejidad teórica puede resultar desafiante para terapeutas noveles, por lo que se aconseja una formación escalonada acompañada de supervisión.

2. Modelo Canadiense de Desempeño y Compromiso Ocupacional (CMOP‑E)

El CMOP‑E introduce la espiritualidad como núcleo de la persona y distingue entre desempeño y compromiso (engagement), subrayando la importancia de la experiencia subjetiva. El COPM, su herramienta insignia, facilita la identificación de metas centradas en el cliente y detecta cambios clínicos significativos. La literatura evidencia que el uso sistemático del COPM potencia la colaboración terapeuta‑cliente y mejora la satisfacción terapéutica. Los debates actuales giran en torno a la operacionalización de la espiritualidad en contextos multiculturales y la necesidad de adaptar entrevistas a poblaciones con limitaciones cognitivas.

3. Modelo Kawa

El Kawa, propuesto por Michael Iwama, utiliza la metáfora del río para representar la vida, donde el cauce es el contexto, las rocas son obstáculos y la madera simboliza recursos. Esta narrativa facilita conversaciones culturalmente sensibles y promueve la co‑construcción de objetivos. Estudios cualitativos confirman que mejora la auto‑eficacia y la adherencia a la terapia en comunidades minoritarias. No obstante, la falta de instrumentos estandarizados limita la investigación cuantitativa, y se trabaja en el desarrollo de escalas visuales que midan la percepción del flujo vital.

4. Modelo de Adaptación Ocupacional (OA)

Schkade y Schultz concibieron el OA para describir la búsqueda de maestría ocupacional frente a demandas ambientales. La intervención se centra en provocar respuestas adaptativas que, tras ser evaluadas internamente, conduzcan a una sensación de eficacia. Investigaciones recientes en rehabilitación oncológica y salud mental relacionan el OA con el aumento de resiliencia y autoestima. Sin embargo, se necesitan ensayos controlados aleatorizados que comparen su efectividad con otros modelos para fortalecer su base empírica.

5. Intentional Relationship Model (IRM)

El IRM de Renee Taylor coloca la relación terapeuta‑cliente en el núcleo del proceso clínico y define seis modos de interacción (abogar, colaborar, empatizar, animar, instruir, resolver problemas). La evidencia indica que terapeutas que aplican el IRM reportan mejores índices de adherencia y satisfacción del cliente. Se han desarrollado rúbricas de evaluación que permiten medir la competencia interpersonal en estudiantes y profesionales. El principal desafío es mantener la autenticidad relacional mientras se utilizan marcos estructurados, evitando conversaciones mecanicistas.

6. Modelo de Discapacidades Cognitivas de Allen (CDM)

El CDM clasifica la cognición funcional en seis niveles que describen el potencial de aprendizaje y la capacidad para procesar información. Herramientas como la Allen Cognitive Level Screen y el Routine Task Inventory permiten adaptar el entorno y las actividades a la capacidad cognitiva real, reduciendo riesgos y frustración. Estudios de 2024 muestran alta confiabilidad interevaluador y utilidad en la planificación de altas hospitalarias. Críticas se centran en la necesidad de contextualizar los niveles a culturas con patrones de actividad diferentes y en desarrollar versiones digitales de las pruebas para entornos de tele‑salud.


Conclusión

El recorrido por marcos y modelos revela una disciplina vibrante, en constante diálogo entre tradición y renovación. Los marcos globales proporcionan la brújula ética y terminológica que orienta la profesión hacia metas de justicia y salud poblacional. Los marcos específicos funcionan como lentes ajustables que enfocan la interacción persona‑entorno‑ocupación en escenarios diversos, incorporando cada vez más la dimensión tecnológica. Finalmente, los modelos propios ofrecen las herramientas prácticas y métricas que permiten operacionalizar la teoría en la vida cotidiana de individuos y comunidades. El desafío contemporáneo de la TO consiste en integrar críticamente estos niveles, nutrirlos con investigación rigurosa y adaptarlos a contextos culturales plurales. Solo así podremos honrar la promesa fundacional de la profesión: facilitar que todas las personas participen en las ocupaciones que dan sentido y plenitud a sus vidas.

La Importancia de la Terapia Ocupacional en la Cirugía Ortopédica: Reflexiones a Partir del Estudio de Malka et al. (2024)

En el mundo de la medicina, la colaboración interdisciplinaria es fundamental para garantizar una atención integral a los pacientes, especialmente en áreas tan complejas como la cirugía ortopédica. Un artículo reciente de Malka et al. (2024) titulado «Orthopedic Surgery Residents: How Much Do They Know About Occupational Therapy?« pone de manifiesto una realidad inquietante pero también llena de oportunidades: los residentes de cirugía ortopédica, a pesar de reconocer la importancia de la terapia ocupacional (TO), tienen un conocimiento limitado sobre el papel fundamental que juega esta disciplina en la rehabilitación de los pacientes, particularmente aquellos que han pasado por cirugía de mano.

Este estudio, realizado en la Universidad de Columbia, expone las carencias en la formación de los residentes de cirugía ortopédica en relación con la TO y plantea la necesidad urgente de integrar mejor esta especialidad en los programas de residencia para optimizar la atención y recuperación de los pacientes. A continuación, profundizaré en los aspectos clave de este artículo y reflexionaré sobre sus implicaciones tanto en el ámbito educativo como en la práctica clínica.

Un Conocimiento Limitado: La Realidad de los Residentes de Cirugía Ortopédica

El estudio revela que los residentes de cirugía ortopédica, en su mayoría, tienen una comprensión superficial de la terapia ocupacional, a pesar de su evidente importancia en la rehabilitación postquirúrgica, especialmente en el contexto de las cirugías de mano. Con una puntuación media de 2.57 sobre 5 en términos de familiaridad con la TO, y un 21% de los residentes que jamás recibieron formación formal sobre el tema, el estudio muestra una alarmante brecha de conocimiento. Aunque los residentes valoran la TO y reconocen su relevancia para la recuperación de los pacientes, las respuestas reflejan una falta de preparación para integrarla de manera efectiva en su práctica diaria.

Este hallazgo subraya una contradicción inherente en la práctica médica moderna: mientras los residentes comprenden la necesidad de la TO, muchos carecen de la formación adecuada para hacer un uso óptimo de sus servicios. Es curioso, pero a la vez revelador, que el 85% de los residentes expresen su interés en pasar tiempo con un terapeuta ocupacional, algo que no se ve reflejado en sus prácticas diarias. Es un claro indicio de que, aunque se reconoce la relevancia de la TO, esta no se integra lo suficiente en los planes de estudio de los programas de residencia.

La Colaboración Multidisciplinaria: Un Pilar para la Rehabilitación

La cirugía ortopédica, especialmente la cirugía de mano, no es solo una cuestión de intervención quirúrgica. Las complicaciones postoperatorias, como la rigidez articular, la debilidad muscular y los trastornos en la movilidad, son comunes y requieren de un enfoque multidisciplinario para garantizar una recuperación exitosa. Aquí es donde la TO entra en juego de manera crucial. Los terapeutas ocupacionales tienen la experiencia para ayudar a los pacientes a recuperar su funcionalidad en las actividades de la vida diaria, desde tareas básicas como vestirse o cocinar, hasta la rehabilitación de movimientos finos esenciales para la vida profesional y personal.

Sin embargo, el estudio demuestra que existe una desconexión entre los conocimientos teóricos de los residentes y su aplicación práctica en los pacientes. A pesar de que la mayoría de los residentes refieren con frecuencia a sus pacientes a terapeutas ocupacionales, pocos entienden a fondo los métodos, protocolos y el valor agregado que estos profesionales pueden aportar. Este desajuste es algo que debe corregirse, no solo para mejorar la calidad del cuidado, sino también para reducir los tiempos de recuperación y evitar complicaciones que puedan alargar el proceso rehabilitador.

Propuestas para Mejorar la Educación de la TO en los Programas de Residencia

El artículo de Malka et al. plantea una posible solución a este déficit educativo: integrar la terapia ocupacional de manera más estructurada en los programas de residencia en cirugía ortopédica. Una de las sugerencias más acertadas es la posibilidad de incluir rotaciones dentro de los departamentos de TO, lo que permitiría a los residentes experimentar de primera mano cómo trabaja un terapeuta ocupacional y cómo pueden colaborar eficazmente en la rehabilitación de los pacientes. Otra propuesta sería la incorporación de módulos didácticos específicos sobre la TO en los planes de estudio, lo que proporcionaría a los residentes una base teórica sólida que complementaría su formación práctica.

Además, invitar a terapeutas ocupacionales a impartir conferencias y realizar sesiones interactivas con los residentes sería un paso positivo para desmitificar esta disciplina. Al comprender mejor el alcance y la especialización de la TO, los residentes podrían derivar con mayor seguridad y, lo más importante, de manera más eficiente, a los pacientes que realmente necesitan estos servicios.

Un Paso Hacia la Mejora: Beneficios para los Pacientes

El estudio de Malka et al. también sugiere que, a pesar de la falta de formación en TO, los residentes valoran positivamente su colaboración con los terapeutas ocupacionales. Este reconocimiento de la importancia de la TO, aunque insuficiente en términos de conocimiento práctico, ofrece una oportunidad para mejorar los procesos de enseñanza y fomentar una colaboración más estrecha entre ambas disciplinas.

Es esencial que los programas de residencia reconozcan que la rehabilitación de los pacientes no se limita a la intervención quirúrgica. El manejo postquirúrgico debe involucrar a un equipo interdisciplinario, donde la TO no sea vista como una especialidad secundaria, sino como una pieza clave en la recuperación funcional de los pacientes. Al integrar mejor la TO en la formación de los residentes de cirugía ortopédica, no solo se mejorará la calidad de la atención, sino que se optimizarán los resultados a largo plazo para los pacientes.

Conclusión: La Formación Interdisciplinaria es la Clave

El artículo de Malka et al. pone en evidencia una necesidad urgente de transformar la educación médica en lo que respecta a la colaboración interdisciplinaria. Los residentes de cirugía ortopédica deben entender que el tratamiento de los pacientes va más allá de la cirugía. La terapia ocupacional es fundamental para garantizar una recuperación completa, y es imperativo que los programas de residencia fomenten esta comprensión.

Es un hecho que la salud y el bienestar de los pacientes dependen de la sinergia entre diferentes especialidades. En este sentido, la educación sobre la TO debe ser una prioridad para los residentes de cirugía ortopédica, para que puedan ofrecer un tratamiento más completo y mejorar la calidad de vida de los pacientes a largo plazo. Integrar la TO de manera formal en los programas de formación es una inversión en el futuro de la cirugía ortopédica y, sobre todo, en la salud de los pacientes.

Llamada a la Acción para Terapeutas Ocupacionales, Residentes de Cirugía Ortopédica y Traumatológica, y Profesionales de Rehabilitación y Neurología en España

La colaboración entre disciplinas es crucial para ofrecer la mejor atención posible a nuestros pacientes, y la terapia ocupacional juega un papel fundamental en la rehabilitación postquirúrgica. Es esencial que, tanto los residentes de cirugía ortopédica y traumatológica, como los terapeutas ocupacionales y los profesionales de rehabilitación y neurología, reconozcan el valor de trabajar juntos para optimizar la recuperación de los pacientes, especialmente en las cirugías de mano y en contextos neurológicos.

Para los terapeutas ocupacionales: Este es un momento clave para que nuestra especialidad se haga más visible y se integre de manera activa en los procesos postquirúrgicos, especialmente en colaboración con los profesionales de cirugía ortopédica y rehabilitación. Los colegios profesionales de terapeutas ocupacionales deben ser vistos como baluartes esenciales en la promoción de esta colaboración interdisciplinaria, organizando talleres, formaciones y actividades de sensibilización que fortalezcan los lazos entre las distintas especialidades. ¡Es nuestra responsabilidad seguir formando y educando a otros profesionales sobre el impacto positivo que tiene la TO en la rehabilitación de los pacientes!

Para los residentes de cirugía ortopédica y traumatológica: El futuro de la atención a pacientes postquirúrgicos depende de nuestra capacidad para trabajar en equipo. Considerar la inclusión de la terapia ocupacional en su práctica diaria no solo enriquecerá su experiencia clínica, sino que también mejorará los resultados a largo plazo para los pacientes. Además, la especialidad de rehabilitación y neurología juega un rol crucial en la recuperación de muchos de estos pacientes, especialmente aquellos con afecciones neurológicas que requieren un enfoque más integral. Asegurémonos de que vuestros programas de residencia estén preparados para abordar esta brecha educativa, tanto a nivel teórico como práctico, involucrando a los terapeutas ocupacionales y a los profesionales de rehabilitación y neurología en las decisiones de tratamiento.

Juntos, podemos garantizar una atención de calidad, integral y centrada en el paciente. ¡La colaboración interdisciplinaria es el futuro de la medicina! ¡No esperemos más para dar ese paso hacia un cuidado más completo y efectivo!

Ojete Calor tenía razón: extremismo mal, profesional peor

«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»

Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.

Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.

Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.

Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos

Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.

¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?

Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.

  • Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
  • Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
  • Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
  • Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”

Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?

Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.

La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.

Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.

No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)

En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.

Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.

Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?

Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.

No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.

La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.

Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.

“Vías establecidas”: la gran ficción profesional

“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?

¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?

Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?

El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo

Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.

Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.

Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.

Porque al final…

No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.

La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.

Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.

Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión (Segunda parte)

Escribir sobre lo que uno siente en relación con su profesión no siempre es fácil. Menos aún cuando esas palabras, escritas desde la honestidad y la experiencia, generan tanto agradecimiento como crítica. Tras la publicación de mi anterior entrada sobre colegiación, han llegado a mí múltiples mensajes. Algunos, agradeciendo que se haya puesto voz a una incomodidad compartida. Otros, señalando lo que consideran un juicio injusto o desinformado sobre el trabajo de los colegios profesionales. Este texto no es una réplica, ni un ajuste de cuentas. Es un intento de seguir conversando. Porque si algo necesitamos como colectivo profesional, es precisamente eso: conversación madura, crítica, y sobre todo, constructiva.

Lo que agradezco y reconozco

Lo digo alto y claro: los colegios profesionales de Terapia Ocupacional hacen un trabajo necesario. Y en muchos casos, lo hacen con recursos escasos, de forma voluntaria, y conciliando con vidas laborales y personales intensas. Hay personas que sostienen estos espacios con una generosidad y una implicación que merecen todo el respeto del mundo. Y muchas de las mejoras que tenemos hoy como colectivo —formación, visibilidad, normativas— existen gracias a esas personas que un día dieron un paso al frente.

No es justo ni ético desvalorizar ese trabajo. Y si alguien leyó en mi anterior texto una crítica generalizada a quienes están en los colegios, me gustaría pedir disculpas. Mi intención era otra: señalar que incluso dentro de ese esfuerzo hay límites, hay errores, hay rutinas que pueden ser revisadas. Porque lo importante no es quién trabaja más o menos, sino cómo hacemos que ese trabajo sea más inclusivo, más eficaz, más sostenible y más transparente para todas y todos.

La incomodidad también es un síntoma

Han sido muchos los mensajes que me han dicho: «Pedro, gracias por intentar despertar algo». Y también muchos otros que me han replicado: «Se hace buen trabajo, no hay problemas, siempre estáis criticando». Me detengo aquí: ¿cómo es posible que no haya problemas pero sí tantas quejas? ¿Por qué tantas personas se sienten fuera, incluso dentro del colegio?

Llevo 16 años en esta profesión. Y en 2009 ya escuchaba las mismas frases: «el colegio no escucha», «la formación es para unos pocos», «hay que mover esto desde dentro». Hemos avanzado, sí. Pero también hemos normalizado el cansancio, el desapego y la crítica desorganizada como parte del paisaje. ¿No será momento de hacer algo más que repetir las mismas respuestas defensivas de siempre?

Además, no podemos seguir hablando del colegio sin hablar de los colegios profesionales en plural, porque cada uno vive realidades distintas. Algunos mejor dotados, otros con más participación, algunos invisibles. Pero todos comparten una raíz común que no podemos ignorar: la precariedad profesional que arrastra a nuestra disciplina.

El sueldo, el centro del desapego

¿Cómo pedir implicación cuando la media salarial de un terapeuta ocupacional apenas roza la dignidad económica? ¿Cómo fomentar sentimiento de pertenencia si hay quien, tras años de experiencia, apenas sobrevive con contratos basura, autónomos precarios o rotaciones eternas?

Esto también explica por qué la colegiación no prende con la fuerza que nos gustaría. Porque muchos colegas, sencillamente, no tienen margen ni cabeza para más compromisos. Porque el discurso de la entrega voluntaria, por muy bien intencionado que sea, choca de frente con las dificultades reales del día a día.

¿Para quién es la formación?

Y luego está el eterno dilema: las formaciones. Buena parte de la oferta se orienta a lo público: bolsas, oposiciones, acreditaciones. Tiene sentido, claro. Pero… ¿y los que trabajamos —o trabajarán toda su vida— en lo privado o desde el autoempleo? Somos la mayoría silenciosa. ¿Dónde están las propuestas que piensen en esta realidad?

No hay un solo camino profesional, y sin embargo seguimos formando a todos como si el único horizonte fuese lo público. Y eso genera más distancia. Más desapego. Más sensación de que no hay lugar para ti.

Las voces que incomodan

Siempre somos las mismas voces disonantes —las que preguntan, las que señalan, las que no aplauden siempre— las que reciben el silencio o el modo mute. Nos hemos quedado en el clickbait emocional, en la purpurina de los logros, en una utopía profesional donde todo es brillante mientras nadie diga lo contrario.

Pero eso agota. Agota no poder señalar lo que no funciona sin ser tildado de desagradecido. Agota tener que justificar que se puede amar una profesión y aun así pedirle más. Agota que la crítica siempre tenga que ser amable para que sea escuchada.

Profesión en modo avión

Cuando pongo el título de este ensayo no lo hago por provocación. Lo hago porque siento que muchas veces nuestra profesión funciona en ese «modo avión»: seguimos trabajando, seguimos con la agenda del día, seguimos viajando… pero sin conexión. Sin conexión real entre profesionales. Sin conexión con una ética compartida. Sin conexión con nuestras estructuras colegiales. Sin conexión con la sociedad que apenas sabe qué hacemos.

Y cuando alguien se desconecta, el problema no es solo suyo. Es también del sistema que no supo mantenerlo dentro. Por eso, hablar de quienes estamos en la periferia —fuera del colegio, o dentro pero sintiéndonos al margen— no es una forma de romper, sino de tender puentes.

Objetivando el cambio.

  • Más espacios de diálogo sincero, incluso incómodo, dentro del colegio.
  • Menos miedo a la crítica, y más apertura a la diversidad de miradas.
  • Profesionalización paulatina de ciertas tareas colegiales: no podemos exigir excelencia a base solo de voluntarismo.
  • Reconocimiento explícito a quienes están fuera, pero suman desde otros lugares.
  • Campañas que no se centren solo en lo que somos, sino en cómo estamos cambiando y qué necesitamos para hacerlo mejor.
  • Formaciones inclusivas que tengan en cuenta tanto a lo público como a lo privado y el autoempleo.
  • Un debate abierto sobre salarios, condiciones y expectativas reales del ejercicio profesional.

Y por último…

No hay intención de dividir. Al contrario. Este texto quiere sumar. Porque una profesión madura es aquella que se atreve a mirarse al espejo y hablar con todas sus voces, incluso con las que no siempre coinciden. Si este texto despierta algo —molestia, reflexión, desacuerdo o impulso— ya habrá cumplido su función.

Seguimos volando, sí. Pero necesitamos conexión. Y eso, como siempre, empieza por escucharnos de verdad.

Terapia Ocupacional: profesión en modo avión.

Hace unos días, mientras escuchaba el capítulo 14 de «Hablando de TO» del compañero @elterapeutaocupacional, sentí una mezcla de emociones que me empujaron a escribir este ensayo. En este episodio, Inma Iñiguez, presidenta del CGCTO y del COTOV, pone sobre la mesa un debate que a muchos nos resulta familiar: la necesidad de una colegiación obligatoria. Para mí, esta idea resuena con fuerza, pero también con cicatrices. Este texto es una reflexión personal y crítica sobre la colegiación en Terapia Ocupacional en España, desde mi experiencia como terapeuta y como alguien que ha vivido en carne propia, las contradicciones de un sistema que, en lugar de acoger, muchas veces empuja.

La ilusión y el desencanto

Mis primeros años como terapeuta ocupacional estuvieron marcados por la ilusión. Formarme, incorporarme al colegio profesional, participar, aportar… era el camino lógico. Pero esa ilusión pronto empezó a tropezar con realidades menos amables. El primer presidente de mi colegio fue, sinceramente, un currante máximo. Un verdadero terapeuta ocupacional, con ideas y formación, que volcaba la empatía y la cercanía como núcleo de su trabajo. Aun así, el funcionamiento interno del colegio presentaba claroscuros: las vocalías existían, sí, pero muchas veces eran ocupadas por falta de otras opciones, o por un deseo sincero —aunque mal canalizado— de aportar. La formación, por ejemplo, era para todos, pero siempre parecía estar dirigida a «lo mismo». Las voces disonantes, las que no iban con lo «mainstream» o que pedían más seriedad y ciencia, a menudo eran silenciadas o ignoradas. Y eso, en una profesión que presume de inclusión, es profundamente contradictorio. No todo vale en Terapia Ocupacional, y el colegio debe estar ahí para recordarlo. ¿Estamos preparados para esa realidad? ¿Hablamos, por ejemplo, de intrusismo?, ¿De formación?, ¿De líneas rojas? … Si pensaste «otra vez el temita», lo siento. 

Entonces vino la desvinculación. Una vez dejé de pagar dos cuotas, tras muchas conversaciones sobre qué daba y qué no daba el colegio, simplemente dejaron de responder. Sin carta, sin correo, sin una llamada. Mutis por el foro. Me echaron. Así, sin más. Y con eso, algo en mí también se rompió. No era solo una cuestión económica; era la sensación de haber sido útil hasta que ya no convenía.

¿Para qué sirve un colegio profesional?

Esa es la gran pregunta que muchos compañeros se hacen. «¿Para qué sirve el colegio?» —preguntan con razón— cuando lo ven ausente en los temas relevantes, poco operante según qué crisis, y desdibujado en los debates públicos. En lugar de profesionalizar el discurso, muchas veces nos engorilamos repitiendo hasta la saciedad qué somos, sin avanzar hacia cómo ser mejores profesionales, cómo intervenir mejor, cómo construir desde la evidencia y la reflexión. Sin abrir la caja de pandora de porque lo público parece más importante que lo privado. Nos falta, quizás, una ética compartida que nos sirva de base. Y lo peor: cada vez más compañeros deciden no colegiarse porque no saben para qué sirve. Porque no sienten que su voz vaya a tener fuerza en esas estructuras que, a veces, parecen más un coto cerrado que un espacio de participación real.

Inma Iñiguez plantea que la colegiación debe ser obligatoria. Y aunque me escuece, estoy de acuerdo. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se articula, no se defiende. Pero ojo: una colegiación obligatoria sin reformas profundas puede ser un yugo más que una herramienta. ¿Queremos eso? ¿O queremos una organización que represente de verdad, que escuche, que articule, que forme, que visibilice, que defienda, que abrace?

Mirando alrededor: lo que hacen otros

Desde la ortopedia veo con cierta envidia cómo los fisioterapeutas, los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros, se forman continuamente en cursos ofertados por sus colegios. Tienen grupos de trabajo activos, posicionamientos ante temas de actualidad, campañas visibles. No se trata solo de tener más recursos o más colegiados; se trata de tener más implicación, más vocación de servicio público.

Y nosotros… nosotros a veces parecemos fantasmas. No por falta de capacidad, sino por desarticulación. Muchos compañeros están agotados, otros están volcados en otras cosas, algunos simplemente han desistido. Y eso también es una derrota. Cuando el cansancio gana, la profesión pierde. Aquí no se trata de desprestigiar el trabajo que hacen o han hecho los colegios; sería injusto. Hay personas comprometidas, hay logros, hay pasos dados. Pero también hay una desidia general, una sensación de lejanía, un desinterés que no podemos ignorar. Y si no lo abordamos, seguiremos fragmentados.

Además, debemos abrir el melón de la ética profesional, que es lo que nos hará salir del snobismo en lo sociosanitario. ¿Por qué reclamamos que no nos quiten funciones, pero al mismo tiempo participamos —consciente o inconscientemente— en prácticas que se alejan de nuestro marco competencial? ¿Qué papel tienen los colegios en todo esto? ¿Se están posicionando frente a formaciones que, por novedosas o ajenas, rozan el intrusismo? ¿Estamos, como colectivo, lo suficientemente cohesionados para dibujar esa línea roja? La respuesta no es sencilla, pero urge plantearla. Porque sin ética, no hay profesión. Y sin profesión, no hay futuro.

Nostalgia y esperanza

Recuerdo aquellos años en los que soñaba con cambiar el mundo desde la Terapia Ocupacional. Recuerdo también los primeros congresos, las primeras reuniones, las charlas con compañeros que, como yo, creían que podíamos hacer algo distinto. Y también recuerdo la frustración. Las puertas cerradas. Los correos sin respuesta. Las decisiones ya tomadas antes de abrir la boca.

Pero pese a todo, sigo creyendo. Sigo pensando que vale la pena. Que no todo está perdido. Que si nos organizamos, si exigimos, si pedimos explicaciones, si nos comprometemos, algo puede cambiar. No todo, pero algo. Y a veces, algo es todo lo que se necesita para empezar de nuevo.

¿Qué hacer entonces?

Primero, dejar de culpabilizar al que no se colegia. No es un traidor: es un síntoma. De desafección, de desencanto, de abandono. Segundo, abrir los colegios. Que no sean solo despachos cerrados, sino espacios vivos, con presencia digital, con cercanía, con capacidad de respuesta. Y tercero, generar comunidad. Formación, divulgación, activismo, cultura profesional, redes. Y por último, defender con claridad el marco ético y competencial de la Terapia Ocupacional. Hablar de intrusismo no debe ser tabú, sino ejercicio de identidad y responsabilidad colectiva.

Y aquí surge una pregunta que me han lanzado más veces de las que quisiera contar: «¿Y tú qué haces? ¿Te colegias? ¿Qué haces tú por la terapia ocupacional?«. Y es una pregunta incómoda, pero legítima. Porque quienes estamos fuera del sistema colegial no estamos fuera de la profesión. Seguimos atendiendo, formando, investigando, trabajando desde el compromiso y el rigor. Muchos de nosotros formamos redes informales, impulsamos proyectos independientes, colaboramos con entidades desde otros marcos. No todo pasa por estar dentro del colegio, aunque ojalá los colegios fueran lo suficientemente amplios y abiertos como para integrar esta diversidad.

Los «olvidados» también construimos Terapia Ocupacional, aunque desde los márgenes. Y quizás por eso tenemos más claro que nunca qué no queremos repetir, qué errores no deseamos perpetuar. Nuestra aportación no se mide en cuotas, sino en acciones. Y es desde ahí, desde esa otra orilla, que seguimos preguntando, pensando, proponiendo.

Este texto no es una denuncia anónima ni un ajuste de cuentas. Es una carta de amor frustrado a una profesión que sigo queriendo. Y es también una invitación: a pensar, a sentir, a exigir. Porque la Terapia Ocupacional lo vale. Porque nuestros pacientes lo merecen. Porque nuestros compañeros lo necesitan. Y porque nosotros, los que aún creemos, no podemos rendirnos del todo.

Espiritualidad sin religión: lo que el papa Francisco nos enseñó a los que acompañamos el dolor.

Hoy, 21 de abril, ha muerto el Papa Francisco. Y aunque no creo en Dios, sí creo que él ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Desde una posición laica, profesional, técnica y profundamente humana, quiero aprovechar este acontecimiento para pensar en cómo su figura y su mensaje pueden ayudarnos a mirar con otros ojos la discapacidad, la pobreza, las luchas del sur y, sobre todo, el lugar que ocupa la espiritualidad en la práctica cotidiana de la Terapia Ocupacional.

Francisco no fue solo el líder de una institución milenaria. Fue un testimonio viviente de que la espiritualidad no necesita dogmas, sino presencia. No necesita uniformidad, sino escucha. No necesita imponerse, sino ofrecer refugio. Su papado ha sido una invitación a volver a mirar el mundo desde los márgenes, desde los cuerpos heridos, desde lo que muchas veces en nuestra profesión llamamos «participación limitada» o «restricción en el desempeño ocupacional».

En estas líneas quiero explorar el entrelazamiento entre su legado y nuestro quehacer profesional. Y lo hago desde un lugar que también está en los bordes: el de quien no cree en Dios, pero cree en el valor de lo espiritual cuando se trata de vivir con dignidad.

La espiritualidad en Terapia Ocupacional

En el Marco de Trabajo de la AOTA (American Occupational Therapy Association), la espiritualidad se considera un «factor del cliente» fundamental. No es una ocupación en sí misma, pero influye transversalmente en todas las demás. La espiritualidad, definida como «una forma profundamente personal de experimentar el significado, el propósito y la conexión con uno mismo, los demás, la naturaleza y/o lo trascendente», es clave para entender cómo y por qué una persona realiza determinadas actividades.

Como terapeutas ocupacionales, no nos corresponde adoctrinar ni guiar la fe de nuestros pacientes. Pero sí nos corresponde reconocer cuándo una ocupación tiene un valor simbólico, espiritual o existencial. Para algunas personas, rezar o meditar es una actividad significativa. Para otras, cuidar de un nieto, cocinar un plato heredado o visitar una tumba tiene una dimensión trascendente. En todos esos casos, el abordaje terapéutico debe contemplar y respetar esa vivencia.

La espiritualidad es, en definitiva, una dimensión humana que atraviesa todas las edades, culturas y condiciones. En contextos de discapacidad, enfermedad, duelo o crisis vital, puede convertirse en una fuente de fuerza, de sentido o, al menos, de consuelo.

Francisco y la dignidad de los cuerpos vulnerables

Una de las claves del pontificado de Francisco ha sido su defensa incondicional de la dignidad humana, especialmente en los cuerpos vulnerables. Él habló reiteradamente de «la cultura del descarte»: una forma de organización social que descarta a quienes no producen, no consumen, no se ajustan al modelo de eficiencia. La cultura del descarte es, desde una mirada ocupacional, la negación de la participación significativa.

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Los gestos de Francisco han sido tan potentes como sus discursos. Lavó los pies a personas sin hogar, a presos, a personas con discapacidad. Besó las llagas de enfermos. Permitió que se acercaran a él personas que, tradicionalmente, no eran visibilizadas por la Iglesia. En una ocasión, abrazó a un hombre con neurofibromatosis en la Plaza de San Pedro, y aquella imagen recorrió el mundo como ejemplo de humanización del dolor.

Desde la Terapia Ocupacional, trabajamos cada día con cuerpos vulnerables. Adaptamos, acompañamos, damos herramientas para que esa vulnerabilidad no se traduzca en exclusión. En ese sentido, el mensaje de Francisco nos interpela. Nos recuerda que no basta con asistir técnicamente: hay que estar, hay que mirar, hay que acoger.

La mirada al sur y la justicia ocupacional

Francisco llegó al Vaticano desde Buenos Aires. Fue el primer papa latinoamericano. Y eso se notó desde el primer día. Su acento, su mirada, sus prioridades eran otras. No hablaba desde los pasillos dorados del poder, sino desde las villas miseria, desde los hospitales sin recursos, desde las parroquias de barrio.

Su papado puso en el centro la «mirada al sur»: una forma de entender el mundo desde los que menos tienen, desde los que están fuera del relato dominante. Habló de justicia social, de trabajo digno, de acceso a la salud, de migraciones, de crisis climática. Todos esos temas son también temas de la Terapia Ocupacional.

El concepto de «justicia ocupacional» surge precisamente de esa intersección. Habla de la necesidad de que todas las personas, sin importar su origen, discapacidad, clase social o situación legal, tengan acceso a ocupaciones significativas. Francisco, sin usar ese término, habló de lo mismo: de que cada persona tiene derecho a trabajar, a descansar, a jugar, a amar. Es decir, a vivir con dignidad.

Espiritualidad sin religión: sentido, vínculo y ocupación

Una de las paradojas de esta entrada es que parte desde la admiración por una figura religiosa, aunque no sea creyente. Pero es precisamente ahí donde se juega algo importante: la posibilidad de una espiritualidad laica, inclusiva, no dogmática.

Muchos pacientes con los que trabajamos no tienen una fe concreta, pero necesitan encontrar sentido. Necesitan reconstruir su historia tras un ictus, una amputación, un diagnóstico de enfermedad degenerativa. Necesitan volver a ocupar un lugar en el mundo, no solo funcional, sino simbólico. Y ahí, la Terapia Ocupacional puede ser el puente.

La ocupación humana (como acción significativa) es también un lugar espiritual. Cocinar para otros puede ser una forma de amor. Escribir una carta puede ser una forma de duelo. Tocar un instrumento puede ser una forma de oración. Cuidar de una planta puede ser una forma de resistir la tristeza. Acompañar a alguien en su última etapa de vida puede ser una forma de fe.

Francisco habló muchas veces del acompañar sin juzgar. De estar presente sin imponer. De escuchar antes que hablar. Esa es también la tarea del terapeuta ocupacional cuando trabaja con personas que transitan momentos de crisis existencial.

Lo que Francisco ha significado

A lo largo de mi carrera como terapeuta ocupacional y técnico ortopeda, he visto muchas formas de dolor y muchas formas de esperanza. He trabajado con niños que aprendían a caminar con productos de apoyo. Con personas mayores que redescubrían el valor de sentarse sin dolor. Con mujeres que, tras un cáncer de mama, volvían a mirarse al espejo gracias a una prótesis bien ajustada.

En todos esos casos, la dimensión espiritual aparecía. No necesariamente como religión, pero sí como deseo de sentido. Como necesidad de ser vistos, nombrados, respetados. Y muchas veces, en los momentos más difíciles, surgía el nombre de Francisco. «Ese papa sí entiende». «Ese hombre sí se acerca a los pobres». «Ese sí mira a los enfermos como personas».

Yo también lo sentí así. Francisco, sin conocerme, sin saber de la Terapia Ocupacional, fue un referente ético. Un recordatorio de que nuestra profesión no trata solo de ejercicios y ayudas técnicas, sino de humanizar lo cotidiano. De que cada intervención tiene que tener en cuenta el alma, aunque no creamos en ella.

Conclusión

Francisco ha muerto. Pero su legado sigue vivo en quienes intentamos cada día trabajar con dignidad, mirar con respeto y acompañar sin imponer. Su figura nos recuerda que la espiritualidad puede ser una forma de estar en el mundo. Que puede habitar también en lo técnico, en lo pequeño, en lo cotidiano.

Como terapeuta ocupacional, agradezco su mirada hacia los cuerpos vulnerables, hacia las periferias, hacia los descartados. Como persona, agradezco su coherencia, su humildad, su capacidad de escuchar.

No creo en Dios, pero creo que Francisco ha sido lo mejor que le ha pasado a la Iglesia en este siglo. Y creo también que su ejemplo puede inspirar una Terapia Ocupacional más comprometida, más espiritual y, sobre todo, más humana.

Café, Mondas y ocupación: una historia que te va a emocionar

Hay ocupaciones que pasan desapercibidas por su aparente simplicidad, por lo asumidas que están en nuestra rutina, por lo poco que se les interroga. Y sin embargo, son esas mismas acciones, pequeñas y repetidas, las que tejen el entramado más profundo de nuestra salud, de nuestra identidad y de nuestras relaciones. Una de ellas —tan elemental como imprescindible— es tomar café.

En Talavera de la Reina, ciudad que me vio nacer y crecer, el café es más que una bebida: es un lugar de encuentro, una pausa que tiene sentido, un símbolo de vínculo. Y no es casualidad que en esta ciudad, famosa por su cerámica, por la tierra que se cuece y se transforma, también se imparta la formación de futuros terapeutas ocupacionales. Porque Talavera, sin pretenderlo, ha sido maestra en enseñarnos que lo importante no siempre hace ruido. A veces está en una taza humeante sobre una mesa de loza, entre palabras, silencios y costumbre.

En esta entrada quiero explorar esa conexión: entre el café como ocupación significativa, Talavera como territorio simbólico, y la Terapia Ocupacional como disciplina que mira el mundo desde el hacer. Lo haré desde la experiencia, el análisis y también desde el afecto. Porque para quienes trabajamos con la vida cotidiana, hablar de cafés compartidos no es perder el tiempo. Es reconocer que el tiempo compartido es, en sí mismo, un acto de salud.

Esta entrada va, además, por Dani Esteve y su hija Eva. Porque hace años, el café nos juntó. Y estos días, nos ha vuelto a juntar. Dani tuvo una de las cafeterías más brutales que ha tenido Talavera, y cuando tuvo que cerrar en 2019, el sabor quedó, pero también el vacío. Hoy, ha convertido esa pasión en una nueva aventura: su propia marca, Ceres Coffee, que no solo es café, sino una declaración de identidad. Conecta el nombre de la diosa con la ciudad, con su profesión, con su historia.

Y en el centro, su hija Eva. Una niña que inspira, que enseña, que transforma. La terapia aparece aquí no solo como profesión, sino como red: la que tejemos entre todos, entre Talavera, su gente, y los afectos que no se rinden. Acompañar a Dani y a su hermosa familia en su camino para que Eva tenga una vida mejor, pese a las circunstancias, también es terapia. También es ocupación con sentido. Por eso, este texto es para ellos.

Ceres, Talavera y el arte de sostener

Talavera lleva en su historia la fuerza de los oficios, el barro y las manos que dan forma. Cabe recordar que el propio nombre de Ceres —diosa de la agricultura, la fertilidad y la continuidad de los ciclos vitales— está profundamente vinculado a Talavera de la Reina a través de una de sus celebraciones más singulares: las Mondas. Esta festividad, que comienza cada año con el pregón del Leño Florido, tiene su origen en las ofrendas a Ceres por parte del pueblo romano y ha perdurado como símbolo del vínculo entre la tierra, la tradición y la comunidad. Aunque hoy las Mondas tienen una dimensión más festiva y cultural, su trasfondo sigue siendo el de una ciudad que celebra los ritmos de la vida desde lo colectivo, desde lo sencillo, desde el cuidado. El nombre de Ceres, diosa romana de la agricultura, la fertilidad y los ciclos de la vida, resuena en sus raíces. No se trata solo de una referencia mitológica: es una manera de entender la vida desde la conexión con la tierra, con el tiempo orgánico, con el cuidado. Ceres representa, en el fondo, todo aquello que la Terapia Ocupacional defiende: la transformación desde lo cotidiano, la capacidad de nutrir lo que parecía árido, el valor de los ritmos que sanan.

Y si Ceres es símbolo de alimento y continuidad, Talavera lo expresa en su paisaje cultural: desde la cerámica que se cuece con paciencia hasta la forma en que la gente se detiene en una terraza para mirar la vida pasar. La ciudad enseña, sin necesidad de discursos, que cuidar es también estar, acompañar, mirar. Que una ocupación puede no ser productiva en términos económicos y, sin embargo, ser esencial en términos vitales.

Por eso, cuando pienso en Talavera y en mi formación como terapeuta ocupacional, no pienso sólo en aulas o asignaturas. Pienso en el olor a café recién hecho, en las tazas pesadas de los bares de siempre, en las conversaciones de media mañana. Pienso en los cafés como nodos de una red invisible que sostiene la ciudad: donde se negocian afectos, se tramitan duelos, se celebran pequeñas alegrías. Cafés donde los tiempos no corren, sino que se sientan contigo.

El café como ocupación significativa

La Terapia Ocupacional entiende las ocupaciones significativas como aquellas actividades que dan sentido a la vida de las personas, que organizan su día, que sostienen su identidad. A menudo se piensa en actividades complejas, como trabajar, criar, estudiar o rehabilitarse. Pero el café —ese gesto simple y ritual— merece estar en la lista de ocupaciones clave.

Tomar café implica elección, preferencia, pertenencia. ¿Solo o acompañado? ¿Corto o largo? ¿Con azúcar o sin? ¿En taza de cerámica o de papel? Cada persona tiene su forma. Y en esa forma se reconoce. Pero más allá de lo sensorial o lo personal, está lo compartido: el café es una excusa para estar con otros, una forma de acompañamiento cotidiano. En la consulta, en la universidad, en la familia, en la calle. “Tomamos un café” no es sólo tomar un café. Es abrir una pausa para encontrarse.

Desde el punto de vista terapéutico, el café activa muchas dimensiones a la vez:

  • Estimula lo sensorial (olor, gusto, temperatura).
  • Estructura el tiempo (marcando momentos del día).
  • Refuerza roles sociales (compañero, amigo, anfitrión).
  • Promueve la interacción y el lenguaje.
  • Conecta con la memoria y la historia personal.

Y lo más importante: no exige. El café no pide productividad, solo presencia. No hay que ser hábil, rápido, fuerte. Basta con estar. Y ese “estar” tiene un valor incalculable cuando hablamos de salud mental, de envejecimiento, de inclusión.

Talavera: ciudad que forma y transforma

Talavera no es solo mi ciudad natal. Es también una ciudad que forma profesionales en Terapia Ocupacional. Que se ha convertido en semilla de cambio a través de una carrera universitaria que, aunque a menudo desconocida, trabaja en lo más profundo de las personas: sus hábitos, sus roles, sus rutinas, sus deseos.

Talavera enseña desde sus calles lo que después se aprende en los libros: que el entorno importa, que la identidad se construye en lo cotidiano, que la tradición puede ser herramienta de salud. La cerámica no es solo arte, es también ocupación: requiere planificación, repeticón, memoria, coordinación, paciencia. ¿No es acaso eso lo que trabajamos en rehabilitación?

En Talavera, el café se sirve sobre mesas que podrían haber salido del taller de un artesano local. Y mientras se toma, uno observa las manos de la persona que tiene enfrente. En esas manos hay historias. Algunas tiemblan. Otras están marcadas por el trabajo. Algunas acaban de salir de una cirugía. Y el café, en todos los casos, se convierte en mediador. En vínculo. En ritual de aceptación y compañía.

El café como mediador ocupacional en contextos de intervención

En muchos dispositivos de intervención, el café se convierte en una herramienta tan poderosa como invisible. En centros de día, en residencias, en talleres ocupacionales, la «hora del café» no es solo un recreo, sino un espacio estructurado de acción terapéutica.

La preparación del café implica tareas encadenadas que pueden adaptarse a distintos niveles de función: desde elegir la taza, llenar la jarra, calentar el agua, hasta servirlo y recoger. Cada paso puede ser una oportunidad de intervención en motricidad fina, planificación, memoria o comunicación.

Pero más allá de la tarea en sí, está la dimensión simbólica: servir café a otros es ejercer un rol activo, sentirse útil, recuperar agencia. Recibir un café con tu nombre, en tu taza, es también reconocimiento. El café se vuelve entonces mediador entre lo terapéutico y lo emocional, entre lo funcional y lo social.

Conclusión: el derecho a los pla-ceres cotidianos

Terminar un café es, a menudo, empezar otra cosa. Un paseo, una charla, un silencio compartido. Por eso, no es exagerado decir que el café estructura. Organiza. Vuelve a traer a tierra. Y en tiempos de prisa y ruido, eso es un acto casi revolucionario.

Desde la Terapia Ocupacional, defender el derecho al placer cotidiano es también una forma de cuidar. No todo es rehabilitar, ni todo es medir. A veces basta con sostener una taza caliente, con compartir una pausa, con dejar que el aroma del café nos recuerde que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos siendo.

Talavera, con su nombre mitológico y su barro que resiste, nos da lecciones en cada esquina. Y quienes trabajamos con personas, lo sabemos: que hay salud en el ritmo, belleza en lo simple, y esperanza en cada gesto que se hace con sentido.

Por eso, este café no es solo bebida. Es lugar. Es puente. Es presente. Y también es futuro