Manifiesto para el 28 de Octubre: De la Apatía Ocupacional a la Insurrección Científica

Por qué debemos demoler el espejo del 27 de octubre y empezar a construir nuestra ciencia

A todo terapeuta ocupacional que alguna vez haya sentido una punzada de frustración al intentar explicar qué hace.

A todo estudiante al que le hayan preguntado si lo suyo es «hacer manualidades».

A todo académico que sienta el divorcio entre la teoría y la trinchera.

A todo clínico ahogado en burocracia que haya olvidado por qué empezó.

Este texto es para vosotros. Pero no es una felicitación. Es una acusación.

Se acerca el 27 de octubre. Como un mecanismo de relojería biológico, tan predecible como exasperante, la maquinaria global de la Terapia Ocupacional (TO) se pone en marcha. Se inflan los globos, se desempolvan los logos de la WFOT y, puntualmente, lanzamos al éter digital la misma, agotada y patética pregunta: «Y para ti, ¿qué es la Terapia Ocupacional?»

Dieciséis años, o más, celebrando esta jornada. Dieciséis años atrapados en el Día de la Marmota de nuestra propia identidad. Dieciséis años repitiendo un mantra que, lejos de ser un grito de orgullo colectivo, se ha osificado en el síntoma más evidente de nuestra inseguridad crónica. Es la pregunta de quien necesita desesperadamente que el otro le defina para confirmar que existe.

Imaginemos por un segundo este escenario en otras disciplinas. ¿Se imaginan a los ingenieros civiles celebrando su día mundial con una campaña en Instagram preguntando: «Define en una palabra qué significa para ti un puente»? ¿Visualizan a la comunidad médica lanzando un hashtag en Twitter: «¿Qué es curar?»? Suena absurdo. Suena a una inseguridad fundamental en el valor intrínseco de su praxis.

Pues bien, esa es exactamente la imagen que proyectamos al mundo.

Este ensayo no es una elegía por lo que pudimos ser. Es una llamada a las armas. Es un manifiesto feroz y audaz para que el próximo 28 de octubre, cuando la resaca de las fotos sonrientes y los eslóganes vacíos se haya disipado, empecemos a construir un paradigma radicalmente diferente. Un futuro donde la pregunta en nuestros labios no sea «¿Quién soy?», sino «¿Qué barrera ocupacional has demolido hoy con la ciencia?».

Parte 1: Anatomía de un Espejismo: El Bucle Infinito de la Autodefinición

Nuestra necesidad compulsiva de definirnos no es un ejercicio de introspección filosófica; es una bandera blanca. Es la confesión pública de que, tras más de un siglo de existencia formal, aún sentimos que nuestra silla en la mesa de las ciencias (de la salud, de lo social, de la educación) no está asegurada. Es la justificación perpetua de nuestra propia existencia.

El problema de este bucle es que nos condena a la superficie. Nos hemos conformado con ser la profesión «bonita», la «humana», la que pone «calidad de vida». Hemos pulido la portada de nuestro libro hasta dejarla brillante, pero hemos invitado al mundo a juzgarnos solo por ella. Y la portada es fácil de malinterpretar.

En esa superficie, nuestras complejas intervenciones se diluyen en frases digeribles para el gran público: «Ayudamos a la gente a hacer lo que quiere y necesita hacer», «la ocupación es vida», «devolvemos la independencia». Son verdades, sí, pero son verdades tan edulcoradas que se vuelven inofensivas. Son el tráiler de una película de mil capas de ciencia, evidencia y complejidad.

Y el mundo, por supuesto, nos juzga por el tráiler.

Así, nos convertimos en «los de las manualidades». En los «que entretienen a los abuelos». En el mejor de los casos, en unos facilitadores de buena voluntad, carentes del peso científico y la autoridad de otras disciplinas. Este ciclo de autodefinición nos agota, diluye nuestro mensaje y, lo que es infinitamente peor, nos distrae de nuestra verdadera misión: la acción.

Mientras gastamos energía vital en explicar qué es la Terapia Ocupacional, el mundo sigue erigiendo entornos discapacitantes. Las políticas públicas siguen legislando de espaldas a la justicia ocupacional. Las personas siguen enfrentándose a barreras físicas, sociales y actitudinales que les impiden vivir una vida con significado.

Y mientras nosotros dudamos, nos están comiendo el terreno.

Duele, con un dolor visceral, ver cómo otras profesiones, con un marketing más agresivo y sin una pizca de nuestro complejo de inferioridad, se apropian de nuestro núcleo conceptual. Vemos al fisioterapeuta descubrir de repente que sus «ejercicios» (que no ocupaciones) sirven para las Actividades de la Vida Diaria (AVDs). Vemos a la enfermería hablar, legítimamente, de «comunidad» y «acompañamiento», solapando el terreno que la TO comunitaria lleva décadas intentando labrar.

Ellos no tienen miedo. Toman el concepto, lo empaquetan y lo venden. Y lo venden bien. Mientras tanto, el terapeuta ocupacional sigue en su rincón, en silencio, siendo, como se ha dicho, «una de las profesiones más silenciosas y desprestigiadas».

Parte 2: El Apartheid Ocupacional Empieza en Casa

La crítica más afilada y certera que resuena en los textos fundacionales de este manifiesto es la del «apartheid ocupacional del propio maestro». La falta de reconocimiento externo no es una agresión que venga de fuera; es el reflejo especular de nuestras propias incongruencias y divisiones internas.

Paseamos por nuestras antiguas universidades y vemos la verdad en la mirada de esos maestros que nos formaron. Una tristeza nostálgica que no es por el pasado, sino por un futuro que ven estancado. Es la pena de haber entregado una vida a una disciplina revolucionaria y verla atrapada en un baile de salón, educada y cortés, cuando debería estar liderando una revolución en las calles.

Este «apartheid» es la incongruencia de una profesión que habla del «hacer» (doing) y que, a menudo, se ve paralizada por el «ser» (being) burocrático o académico. Es el teórico de la ocupación que, por las inercias del sistema, se ve relegado a enseñar sin ejercer. A predicar una revolución que él mismo no puede practicar en la trinchera.

No podemos pedir al mundo que entienda nuestra complejidad si nosotros mismos la fragmentamos.

Existe un cisma profundo, una herida abierta, entre la academia y la clínica. Por un lado, académicos que teorizan sobre modelos de ocupación desde despachos climatizados, sin sentir el pulso de la realidad asistencial, sin oler la orina, la desinfección y la desesperanza de una planta de hospital. Por otro, clínicos que, ahogados por la precariedad, la burocracia y los ratios imposibles, sobreviven a base de intuición y experiencia, completamente desconectados de la última evidencia científica publicada en revistas que no tienen tiempo de leer.

Esta brecha genera una Terapia Ocupacional de dos velocidades que destruye nuestro discurso colectivo.

Pero la fragmentación no termina ahí. Existe un clasismo repugnante entre nuestras propias especialidades. Los terapeutas del ámbito neurológico que miran por encima del hombro a los de geriatría («esos solo ponen barras»). Los de salud mental que se sienten intelectualmente superiores a los de pediatría («esos solo juegan»).

Nos encerramos en silos. Con nuestros congresos exclusivos, nuestra jerga críptica y nuestras técnicas fetichizadas, olvidando que el hilo de oro que nos une a todos, sin excepción, es la Ocupación. Sea cual sea el diagnóstico, la edad o el contexto, nuestro objetivo es el mismo: analizar y habilitar la participación en la ocupación.

Y existe, finalmente, una cobardía profesional. Nos sentimos cómodos en los roles tradicionales (el hospital, la residencia, la clínica) y nos da un pavor cerval explorar nuevos territorios. ¿Dónde están los terapeutas ocupacionales en los departamentos de urbanismo, planificando ciudades ocupacionalmente justas? ¿Dónde estamos en los ministerios, diseñando políticas públicas de vivienda, dependencia o educación? ¿Dónde estamos en los departamentos de recursos humanos, creando entornos de trabajo saludables? ¿Dónde estamos en el desarrollo de tecnología y videojuegos, garantizando el diseño universal desde la concepción?

Nos quejamos amargamente de que no nos conocen, pero rara vez nos atrevemos a salir de los lugares donde siempre nos han buscado.

Parte 3: La Joya en el Barro: Abanderar la Ciencia Ocupacional

«La gente está muy perdida», repiten nuestros mentores. Y es verdad. Estamos perdidos en nuestra propia definición. Pero la salida de este laberinto no está en encontrar un eslogan más brillante o un hashtag más viral.

La salida está en cambiar de arma. Debemos dejar de usar el diccionario y empezar a empuñar la Ciencia.

Hay que decirlo claro y sin complejos: «No somos buenos porque somos. Somos buenos por la Ciencia. Por el peso de lo que hacemos.» Esta frase debe ser nuestro nuevo mantra.

Tenemos que atrevernos, de una vez por todas, a «bajarnos al barro del fondo» para sacar a la luz la «joya» de lo que hacemos. Hemos temido mancharnos, hemos temido que, si rascamos la superficie «bonita», el mundo no entienda la complejidad que hay debajo. Es hora de asumir ese riesgo.

¿Y qué es «el barro»? El barro es nuestra ciencia.

El barro no es «darle plastilina a un señor». El barro es la neurociencia. Es entender cómo la práctica repetitiva, graduada y basada en una ocupación significativa (como intentar volver a cocinar) activa las neuronas espejo y promueve la neuroplasticidad cortical en la rehabilitación de una mano post-ACV. Es infinitamente más complejo y poderoso que un «ejercicio» de flexo-extensión.

El barro no es «jugar con un niño». El barro es el profundo conocimiento de la integración sensorial. Es analizar cómo el caos en el procesamiento vestibular, propioceptivo y táctil de un niño en el espectro autista le impide regularse, y cómo, a través de una intervención precisa, podemos modular su sistema nervioso para que pueda, por fin, aprender en un aula ruidosa o jugar en un recreo.

El barro no es «entretener a una persona con demencia». El barro es la ciencia de la adaptación del entorno. Es la aplicación de principios de diseño universal y facilitación cognitiva para reducir la carga alostática, minimizar los trastornos conductuales y preservar la identidad de esa persona, permitiéndole seguir «siendo» en su propio hogar.

El barro no es «charlar con una persona con depresión». El barro es la activación conductual a través de la ocupación. Es el análisis ocupacional para identificar la anhedonia y la apatía, y usar la estructuración de rutinas significativas como una herramienta terapéutica que, literalmente, puede salvar una vida combatiendo la desesperanza.

Nuestra joya no es la actividad. Es el Análisis Ocupacional. Es esa capacidad casi alquímica de descomponer una tarea (vestirse, cocinar, trabajar, jugar) en sus componentes motores, cognitivos, sensoriales, emocionales y socioculturales para identificar la barrera exacta y diseñar una intervención precisa.

Nuestra joya es la Ciencia de la Ocupación (Occupational Science), ese campo de estudio que nos da el «porqué» de lo que hacemos. Es la fusión de la neurociencia, la biomecánica, la psicología, la sociología y la antropología en una perspectiva única e insustituible: la del ser humano como un ser ocupacional.

Somos una ciencia. Y es hora de que empecemos a actuar, y sobre todo, a hablar como tal.

Parte 4: Abriendo el Melón: El Manifiesto de la Evidencia Económica

Y aquí llegamos al núcleo de nuestra cobardía. Al «melón» que nunca nos atrevemos a abrir en público.

Hemos basado nuestro valor en lo «humano», en la «calidad de vida», en el «bienestar». Y eso es correcto, es nuestro core business. No «damos» calidad de vida; construimos los cimientos para que la persona pueda ejercerla. Ahorramos sufrimiento.

Ahorramos el sufrimiento del aislamiento en salud mental. Ahorramos el sufrimiento de la identidad perdida en el daño cerebral. Ahorramos el sufrimiento del bullying al niño con dispraxia. Ahorramos el sufrimiento de la institucionalización traumática en la geriatría.

Este es nuestro valor humano. Pero en el mundo en que vivimos, un mundo gobernado por hojas de cálculo y presupuestos, este argumento, tristemente, no es suficiente.

Hemos sido imperdonablemente silenciosos en el argumento más poderoso que tenemos. Es hora de gritarlo desde los tejados, en los despachos de los políticos y en las portadas de los periódicos.

LA TERAPIA OCUPACIONAL AHORRA DINERO.

No somos un gasto. No somos un lujo «bonito» que se añade si sobra presupuesto. Somos una de las inversiones más inteligentes, eficientes y rentables que un sistema de bienestar puede hacer.

Y debemos demostrarlo con datos.

En Promoción y Prevención Primaria:

  • Prevención de Caídas: ¿Sabemos cuánto cuesta una fractura de cadera? La hospitalización, la cirugía, la rehabilitación, la probable dependencia generada. Un programa de TO en atención primaria que adapta domicilios y entrena el equilibrio durante las ocupaciones reales (no en un gimnasio) ahorra millones de euros al erario público. Cada caída prevenida es una victoria económica y humana.
  • Salud Laboral: Un terapeuta ocupacional en una empresa que realiza análisis ergonómicos y adapta puestos de trabajo no solo previene la baja por trastorno musculoesquelético; optimiza la productividad. Ahorra dinero a la Seguridad Social y genera impuestos.
  • Ergonomía Escolar: Un TO en un equipo de orientación que previene futuras patologías de espalda en niños. Eso son miles de euros ahorrados en tratamientos crónicos y bajas laborales dentro de veinte años.

En Mantenimiento y Prevención Secundaria:

  • Dependencia (Nuestra Gran Batalla): Este es el argumento definitivo. Cada día que una intervención de Terapia Ocupacional (adaptación, entrenamiento en AVDs, producto de apoyo) permite que una persona mayor o con diversidad funcional permanezca en su domicilio, es un ahorro directo y masivo frente al coste de una plaza residencial pública (que puede superar los 2.000€ mensuales). Somos la política más eficaz contra la institucionalización masiva.
  • Enfermedad Crónica (Diabetes, EPOC, Dolor Crónico): El TO es el experto en la autogestión y el autocuidado. Entrenar a un paciente en la gestión de su vida integrado en su rutina real (cocina saludable, gestión de la energía, monitorización) previene ingresos por descompensaciones. Cada ingreso evitado son miles de euros.

En Recuperación y Prevención Terciaria:

  • Alta Hospitalaria: Un TO que asegura que el paciente puede volver a casa de forma segura y funcional (no solo «clínicamente estable») reduce drásticamente los reingresos hospitalarios, uno de los mayores sumideros de dinero del sistema sanitario.
  • Reinserción Sociolaboral: Un TO en el sistema penitenciario o en recursos de exclusión social que trabaja habilidades laborales, rutinas y gestión del tiempo. Cada persona que no reincide es un ahorro gigantesco en costes policiales, judiciales y penitenciarios.

Se dice que no hay «mesuras» (medidas) porque no nos han puesto a investigar. Falso. Es porque no hemos exigido investigar. No hemos presentado proyectos a los Ministerios de Economía o Trabajo. Hemos esperado, humildemente, que el Ministerio de Sanidad o el de Asuntos Sociales nos dé las migajas.

Debemos liderar estudios de coste-efectividad. Necesitamos nuestros propios economistas de la salud. «Somos una ciencia», sí, pero la ciencia del siglo XXI exige demostrar el valor económico además del clínico.

Parte 5: Una Insurrección para el 27 de Octubre (Y un Plan para el 28)

Entonces, ¿qué hacemos este 27 de octubre?

Lo incendiamos todo. Metafóricamente.

  1. 1.
    JUBILEMOS LA PREGUNTA. DE FORMA PERMANENTE.
    Abandonamos el «¿Qué es para ti la TO?». La enterramos con honores por los servicios prestados. Se acabó la autodefinición. Empieza la demostración.
  2. 2.
    CAMBIEMOS LA PREGUNTA POR LA AFIRMACIÓN CIENTÍFICA Y ECONÓMICA.
    Nuestras redes sociales, pasillos y conversaciones deben inundarse de afirmaciones audaces basadas en la evidencia:
    • «Hoy, mi intervención de TO se basó en la neurociencia de las neuronas espejo para rehabilitar una mano. #SoyTerapeutaOcupacional #CienciaOcupacional»
    • «Hoy, mi trabajo evitó que un anciano se rompiera la cadera. Ahorramos 30.000€ al sistema y meses de sufrimiento. #SoyTerapeutaOcupacional #Ahorro»
    • «Hoy, mi trabajo adaptó un puesto para que un trabajador con dolor de espalda siga siendo productivo. Ahorramos meses de baja. #SoyTerapeutaOcupacional #Valor»
    • «Hoy, mi análisis de integración sensorial permitió a un niño participar en su clase. #SoyTerapeutaOcupacional #CienciaOcupacional»
    • «Hoy, mi plan de rutinas significativas ayudó a una persona con esquizofrenia a evitar un ingreso. Ahorramos 15.000€ y una crisis vital. #SoyTerapeutaOcupacional #Impacto»
  3. 3.
    EXIJAMOS UN CAMBIO EN LA FORMACIÓN.
    Las universidades deben dejar de formar técnicos y empezar a formar agentes de cambio. Un estudiante de TO debe salir de la carrera sabiendo exactamente cuánto ahorra su intervención. Debe saber defender su puesto no solo desde la «humanidad», sino desde el «retorno de la inversión» (ROI).
  4. 4.
    SEAMOS POLÍTICAMENTE INCÓMODOS.
    Nuestros colegios profesionales y asociaciones no deben limitarse a enviar una nota de prensa felicitando al colectivo. Deben enviar un informe de impacto económico al Ministerio de Economía, al de Trabajo, al de Derechos Sociales. Una carta con datos: «Podríamos ahorrar un X% del gasto en dependencia si hubiera terapeutas ocupacionales en cada centro de Atención Primaria. Esta es la evidencia. Reúnanse con nosotros.»

Conclusión: El Límite que No Existe

La tristeza en los ojos de nuestros profesores es la tristeza de un potencial colosal desperdiciado. Vieron la revolución en los libros de Kielhofner, de Townsend, de Wilcock. Y ahora ven la inercia de las instituciones.

«Si nos quitásemos los miedos, ¿cuál sería el límite?»

El límite no existiría.

Porque la Terapia Ocupacional no es una profesión sanitaria más. No es una profesión social más. Es la única profesión en la faz de la tierra cuyo objeto de estudio y herramienta de trabajo es la Ocupación Humana, la esencia misma de la experiencia, el propósito y el significado.

Somos, por definición, la respuesta a las grandes crisis del siglo XXI: el envejecimiento poblacional, la epidemia de soledad no deseada, la cronicidad de las enfermedades, la crisis de propósito y la salud mental.

Este 27 de octubre, no respondamos a la pregunta de siempre. No celebremos el Día de la Marmota. Iniciemos una conversación incómoda. Abramos el melón. Manchémonos de barro científico. Saquemos la joya a la luz y pongámosle un precio. No para vendernos, sino para que el mundo entienda, de una vez por todas, que no somos un lujo «bonito».

Somos la inversión más inteligente que un sistema de bienestar puede hacer.

Somos la Ciencia de la Vida Diaria.

Y ya no estamos en silencio. El día que nuestro impacto sea tan visible, tan medible y tan ruidoso que nadie necesite preguntar quiénes somos, ese día, habremos ganado.

Que empiece el 28 de octubre.

Lucho Miranda: La Comedia como Empoderamiento Colectivo

Una reflexión personal y profesional tras una noche de comedia, catarsis y visibilidad en el Teatro Fígaro de Madrid, desde la perspectiva de un terapeuta ocupacional.

Una Noche en el Fígaro: Más Allá del Entretenimiento

Hay una cualidad casi ritual en el acto de ir al teatro. La anticipación mientras buscas tu butaca, el murmullo expectante del público, la oscuridad que precede al foco de luz sobre el escenario. Es una forma de ocio, sí, pero como terapeuta ocupacional, no puedo evitar verlo como algo más profundo: una ocupación significativa, un acto deliberado con el que buscamos conectar, sentir y, a veces, sanar. Con esta mentalidad, mi pareja y yo acudimos ayer al Teatro Fígaro para ver a Lucho Miranda. Sabíamos que era un comediante chileno con parálisis cerebral, triunfador rotundo en el exigente Festival de Viña del Mar, pero no estábamos preparados para la densidad de la experiencia que nos esperaba.

Para quienes no lo conozcan, aquí tienen una pequeña ventana a su perfil y trabajo, que sirve como perfecta introducción visual al artista del que hablamos:

Su gira por España, con paradas en Barcelona, Valencia y Madrid, representaba una oportunidad única. Ver a un artista de ese calibre, que llena estadios en Latinoamérica, en la relativa intimidad del Fígaro, con algunas butacas vacías que hablaban más de la oportunidad perdida por otros que de un fallo de convocatoria, se sentía como un privilegio. Esa cercanía física creaba un puente inmediato, eliminando la distancia entre el «ídolo» y el «espectador». Estábamos todos en la misma sala, listos para embarcarnos en el viaje que él nos propusiera. Y qué viaje fue. Fue una noche edificante, no solo por las carcajadas, sino por la densa capa de humanidad que las envolvía.

El Bisturí del Humor Negro: Deconstruyendo la Discapacidad

Lucho Miranda no le tiene miedo al silencio incómodo. De hecho, juega con él. Su comedia se construye sobre la base de su propia biografía, y su parálisis cerebral no es un tema tangencial, es el sol alrededor del cual orbita todo su universo cómico. Utiliza el humor negro no como un martillo para escandalizar, sino como un bisturí afilado y preciso para diseccionar prejuicios. Cada chiste sobre su forma de caminar, sobre la sobreprotección familiar o sobre las torpes interacciones con personas sin discapacidad («normies», como nos llama), es una incisión quirúrgica que extrae un tumor de condescendencia o ignorancia. Para muestra, un botón de su trabajo en vivo:

Lo más magistral de su actuación es la gestión de la empatía. Creó dos carriles de comunicación simultáneos. Por un lado, para los «normies», nos dio permiso para reír. Nos liberó de esa tensión que a menudo sentimos por no saber cómo actuar o qué decir, llevándonos al extremo opuesto: la carcajada abierta sobre aquello que nos da miedo o pudor. Esa risa no era una burla hacia él; era una risa con él, una liberación de nuestra propia torpeza social. Por otro lado, para las personas con discapacidad presentes en la sala —y eran muchas y diversas: parálisis cerebral, secuelas de infartos cerebrales, tumores, malformaciones congénitas—, su humor era un espejo de validación. Era el «¡por fin alguien lo dice!». Era la catarsis de ver las frustraciones y absurdos cotidianos convertidos en arte, en un motivo de orgullo y de risa compartida. Lucho no solo hablaba por él, sino que conversaba con el público, reconociendo sus historias y tejiendo en directo una comunidad efímera pero increíblemente sólida.

«La comedia de Lucho Miranda funciona porque es radicalmente honesta. No pide compasión ni busca inspirar de una forma barata. Lo que exige, a través de la inteligencia de sus chistes, es algo mucho más revolucionario: que normalicemos la discapacidad y la veamos como una experiencia humana más, con sus propias contradicciones, dificultades y, sobre todo, con un inmenso potencial para el humor.»

Análisis desde la Terapia Ocupacional: Un Acto Terapéutico Colectivo

Aquí es donde mi perspectiva profesional se activa inevitablemente. Lo que presencié va mucho más allá de un buen monólogo. Fue una intervención terapéutica a nivel comunitario, ejecutada con la maestría de un artista. Permítanme desglosarlo desde los principios de la Terapia Ocupacional:

1. El Humor como Ocupación Significativa y Agente de Identidad

Para Lucho, el stand-up es su trabajo, su vocación, su principal ocupación. A través de ella, no solo se gana la vida, sino que construye y afirma su identidad. En lugar de permitir que su diagnóstico lo defina desde una perspectiva médica o de carencia, él utiliza la comedia para definirse a sí mismo en sus propios términos: como un hombre inteligente, ácido, observador y, sobre todo, gracioso. Esta apropiación de la narrativa es uno de los actos de autoafirmación más poderosos que existen y es un objetivo central en muchos procesos terapéuticos.

2. Empoderamiento Individual y Colectivo

El concepto de empoderamiento fue palpable durante toda la noche. Al subir al escenario y controlar el relato sobre su propia vida, Lucho ejerce una agencia total sobre su experiencia. Pero no se detiene ahí; transfiere ese poder al público. A las personas con discapacidad les ofrece un modelo de resiliencia y auto-aceptación no desde el drama, sino desde la inteligencia y la risa. Les dice: «Nuestra experiencia es válida, es rica y también es material para la comedia». Al resto, nos empodera para preguntar, para perder el miedo a la diferencia y para interactuar desde un plano de igualdad.

3. Derribando Barreras Actitudinales: El Modelo Social en Práctica

La Terapia Ocupacional se alinea con el Modelo Social de la Discapacidad, que postula que las barreras más significativas no son las limitaciones funcionales del individuo, sino las impuestas por una sociedad no adaptada. Estas barreras pueden ser físicas (una escalera sin rampa) o, las más insidiosas, actitudinales (la pena, la condescendencia, la infantilización, el miedo). El show de Lucho Miranda es un ataque directo y demoledor contra estas últimas. Cada carcajada del público es un ladrillo que se cae de ese muro de prejuicios. Nos obliga a confrontar nuestras propias ideas preconcebidas y a reemplazarlas por una imagen de capacidad, talento y control.

4. Fomento de la Participación y la Inclusión Social

El propio evento es un ejercicio de inclusión social. El teatro se convirtió en un espacio seguro y accesible donde una diversidad de personas se reunió con un propósito común. La interacción de Lucho con los asistentes que compartían sus propias historias de discapacidad fue terapéutica en sí misma. El acto de ser visto, escuchado y reconocido por el artista en un foro público es inmensamente validador. Se rompe el aislamiento que a menudo acompaña a la discapacidad y se crea una sensación de pertenencia a una comunidad.

La Risa que Permanece: Más Allá del Telón

Salimos del Teatro Fígaro no solo con el eco de las risas en los oídos, sino con una profunda sensación de haber participado en algo importante. La experiencia fue una demostración palpable de que la cultura y el arte, y en este caso la comedia, son herramientas potentísimas para el cambio social. Lucho Miranda no es solo un monologuista; es un educador, un activista y un terapeuta social que usa el escenario como su consulta.

La noche me reforzó en mi convicción profesional de que debemos promover y valorar las ocupaciones que, como esta, nos desafían, nos conectan y nos transforman. Nos recuerdan que la vulnerabilidad, cuando se comparte con honestidad e inteligencia, se convierte en una fuerza imparable. La mejor terapia no siempre lleva bata blanca ni ocurre en una clínica; a veces, simplemente, sucede en la oscuridad de un teatro, iluminada por un único foco y el poder de una historia bien contada. Y esa, sin duda, es la que más perdura.

– El Terapeuta Electrónico

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Lazos de Sangre: Trascender en Tiempos de Ruido

El Terapeuta Electrónico – Lazos de Sangre: Trascender en Tiempos de Ruido
«Pienso disfrutar del tiempo que me queda. Y te sugiero que hagas lo mismo. La vida es preciosa. Disfruta cada segundo. Nunca se sabe cuándo… Buena suerte.»

Hay momentos en el cine que trascienden la pantalla. No por sus efectos especiales o sus giros de guion, sino porque tocan una fibra de verdad universal. Acabo de experimentar uno de esos momentos con la última entrega de la saga «Destino Final», titulada «Lazos de Sangre». La escena la protagoniza el icónico Tony Todd, quien, según se cuenta, enfrentaba una enfermedad terminal durante el rodaje. El equipo, en un acto de profundo respeto y humanidad, le cedió un espacio para despedirse, para dejarnos un legado encapsulado en unas pocas frases. Su personaje, ese oráculo de la mortalidad que siempre ha sido, mira a la cámara, o quizás nos mira a nosotros a través de ella, y pronuncia esas palabras. No hay amenaza en su voz, solo una calma serena, una aceptación abrumadora y un consejo final.

Esa escena me noqueó. No como espectador, sino como terapeuta ocupacional. Porque en esa sencilla declaración yace la esencia misma de nuestra labor y la respuesta a la batalla que libramos cada día. No una batalla contra villanos de película, sino contra un «mal» mucho más sutil y corrosivo que se ha instalado en nuestra sociedad: el ruido, el vacío, la desconexión.

El «Mal» de Nuestro Tiempo: La Tiranía del Vacío

Vivimos en la era de la prisa sin dirección, de la conexión digital que a menudo nos deja más solos, de la productividad que nos vacía de propósito. Este es el «mal» contemporáneo. No es una entidad maligna con cuernos y tridente, sino una corriente invisible que nos arrastra lejos de nosotros mismos. Nos empuja a consumir en lugar de crear, a reaccionar en lugar de reflexionar, a existir en lugar de vivir. Es una cultura que premia lo inmediato y devalúa lo perdurable, que nos vende la felicidad enlatada mientras nos roba las herramientas para cultivarla por nosotros mismos.

Como terapeutas ocupacionales, vemos las consecuencias de este vacío todos los días. Las vemos en la persona mayor que ha perdido sus roles y siente que ya no tiene un lugar en el mundo. En el joven adulto con ansiedad que no encuentra un ancla en sus rutinas diarias. En el trabajador que sufre un ictus y debe reconstruir no solo su cuerpo, sino su identidad a través de sus quehaceres. Todos ellos, a su manera, luchan contra ese vacío, contra la sensación de que sus días carecen de significado. Nuestra misión es combatir esa entropía existencial, no con grandes discursos, sino con la herramienta más poderosa y humilde que existe: la ocupación significativa.

Resiliencia: Reparar el Tejido del Día a Día

Lo sé, la palabra «resiliencia» está gastada. Se ha convertido en un cliché de tazas de café y frases motivacionales baratas. Se nos vende la idea de que ser resiliente es ser una pelota de goma que, tras ser aplastada, vuelve a su forma original sin una sola marca. Pero eso es una mentira. Es una simplificación cruel de la experiencia humana.

Desde la perspectiva de la terapia ocupacional, la resiliencia no es volver a ser el mismo; es integrar la herida y seguir adelante, transformado. No se trata de ignorar la cicatriz, sino de entender que la cicatriz es ahora parte de ti y que, a pesar de ella —o gracias a ella—, puedes seguir tejiendo una vida con propósito. La verdadera resiliencia no es un acto heroico y aislado, sino un proceso que se construye en los pequeños ladrillos de la rutina diaria.

Es la persona que ha perdido la movilidad en su mano dominante y, tras la frustración y el duelo, aprende a cocinar de nuevo con la otra mano, adaptando sus utensilios, descubriendo nuevas recetas y reclamando su rol de anfitrión en las cenas familiares. Es el paciente con dolor crónico que aprende a fragmentar sus tareas, a escuchar su cuerpo y a modificar su amado jardín para poder seguir cultivando sus rosas sin claudicar. Es el niño con dificultades de procesamiento sensorial que, a través del juego estructurado, aprende a regularse para poder disfrutar de un cumpleaños sin sentirse abrumado.

Eso es resiliencia. No es una charla de mindfulness. Es acción. Es la adaptación consciente de nuestros hábitos, la reconstrucción de nuestras rutinas para que nos sostengan en lugar de hundirnos. Es el acto de encontrar un «cómo» cuando el «qué» de nuestra vida ha cambiado drásticamente.

Trascendencia: Los Lazos de Sangre que Creamos

Y esto nos lleva al corazón del mensaje de Tony Todd y a la meta más profunda de nuestra profesión: la trascendencia. Al igual que «resiliencia», «trascendencia» puede sonar grandilocuente, como algo reservado a artistas, científicos o santos. Pero es todo lo contrario. La trascendencia es profundamente democrática y cotidiana.

Trascender no es necesariamente escribir una sinfonía o que tu nombre figure en un edificio. Trascender es el eco que dejas en los demás a través de tus acciones. Son los «lazos de sangre» que no se heredan, sino que se construyen. Es la esencia de lo que somos, impresa en el mundo a través de nuestras ocupaciones.

Trascendemos cuando le enseñamos a nuestro nieto a atarse los cordones, dejándole una lección de paciencia y autonomía. Trascendemos cuando preparamos una sopa caliente para un amigo enfermo, ofreciendo cuidado y consuelo en un simple plato. Trascendemos cuando escuchamos de verdad a alguien, regalándole un espacio seguro en un mundo ruidoso. Trascendemos en cada historia que contamos, en cada jardín que cuidamos, en cada pieza de artesanía que creamos con nuestras manos.

Cada una de estas acciones, por pequeñas que parezcan, es una pincelada en el lienzo de nuestro legado. Es la forma en que nuestra vida adquiere un significado que va más allá de nuestra propia existencia. Ayudar a una persona a poder volver a escribir, aunque sea con dificultad, no es solo rehabilitar una función motora; es devolverle la capacidad de dejar una nota de cariño, de firmar una tarjeta de cumpleaños, de escribir sus memorias. Es devolverle una herramienta para trascender. Ayudar a una persona a vestirse de forma autónoma no es solo un ejercicio de independencia; es devolverle la dignidad y la capacidad de presentarse al mundo como ella elige, de participar en la vida social, de seguir tejiendo sus lazos.

Disfruta Cada Segundo… Buena Suerte.

La frase final de Tony Todd, «Disfruta cada segundo», no es una invitación al hedonismo vacío. Es un llamado a la presencia consciente dentro de nuestras ocupaciones. Es entender que la vida, la verdadera vida, no ocurre en las grandes metas futuras, sino aquí y ahora: en el aroma del café por la mañana, en la concentración necesaria para abrochar un botón, en la risa compartida durante una partida de cartas, en la satisfacción de una tarea bien hecha.

Como terapeuta ocupacional, mi trabajo es ser un guía en esa búsqueda. No tengo las respuestas, pero puedo ayudar a las personas a formular las preguntas correctas y a encontrar sus propias herramientas. Podemos analizar juntos esas rutinas, desmontar las barreras ambientales o emocionales y reconstruir un día a día que sea a la vez funcional y profundamente significativo.

En un mundo que nos empuja a la velocidad y la superficialidad, la terapia ocupacional es un acto de rebelión. Es la defensa de lo lento, de lo personal, de lo tangible. Es la afirmación de que una vida no se mide por su productividad, sino por su profundidad y por los lazos de amor, cuidado y significado que creamos.

Esa escena de cine fue un regalo. Un recordatorio de que, al final, todo se reduce a eso. A cómo hemos vivido nuestras ocupaciones, cómo hemos amado a través de ellas y qué dejamos en el corazón de los demás. La vida es, en efecto, preciosa. Disfrutemos de la tarea de vivirla, segundo a segundo.

Buena suerte.

Encender las luces brillantes: The Killers y el viaje de la Terapia Ocupacional

El Terapeuta Electrónico – Encender las luces brillantes: The Killers y el viaje de la Terapia Ocupacional

Hay canciones que son ruido de fondo. Y luego, muy de vez en cuando, aparece una canción que se siente como una verdad revelada. Una de esas que te detiene en seco, que te obliga a subir el volumen y te deja pensando durante días. Para mí, eso ha sido «Bright Light» de The Killers. No es solo un temazo de rock de estadio con la energía arrolladora que les caracteriza; es una declaración, un mapa emocional sobre el regreso a casa, sobre la búsqueda de la propia identidad cuando el camino se ha vuelto largo y polvoriento. Es una historia que, como terapeuta ocupacional, siento que he escuchado cientos de veces, contada con diferentes acentos y en diferentes circunstancias, pero siempre con el mismo anhelo de fondo.

La música tiene esa capacidad única de ponerle banda sonora a los procesos internos, y esta canción, con la formación original de la banda reunida de nuevo, parece un acto de terapia en sí mismo. Un regreso a la esencia, a lo que les hizo ser quienes son. Y en ese acto de volver al origen, he encontrado un espejo increíblemente nítido de lo que hacemos cada día en nuestra profesión. He visto el viaje de la persona que ha perdido su rumbo y lucha por encontrar las señales que le lleven de vuelta a un lugar que pueda llamar «hogar», un lugar que, más que físico, es un estado del ser.

The Killers en una sesión de fotos, mirando con determinación.

«The dashboard’s shaking, I steady the wheel. And I make every turn by memory, by feel…»

(«El salpicadero tiembla, sujeto el volante. Y tomo cada curva de memoria, por instinto…»)

Esta frase es, para mí, el núcleo de la resiliencia humana. ¿Quién no ha sentido ese temblor? El diagnóstico que sacude tus cimientos, el accidente que cambia tu cuerpo, la depresión que empaña el parabrisas, la pérdida de un ser querido que te deja sin mapa. La vida tiembla, el control parece una ilusión. Y, sin embargo, en medio de ese caos, emerge una fuerza interior, un conocimiento tácito que reside en el cuerpo y en la memoria. «De memoria, por instinto». Es la sabiduría acumulada de una vida de ocupaciones. Es el saber hacer de nuestras manos, la rutina aprendida de nuestros días, el ritmo de nuestro propio corazón. Es la prueba de que, incluso cuando la mente consciente está perdida en la niebla, hay una parte de nosotros que recuerda el camino, que sabe cómo «sujetar el volante».

Como terapeutas ocupacionales, nuestro trabajo a menudo consiste en ayudar a la persona a reconectar con ese instinto. No se trata de darles un mapa nuevo, sino de ayudarles a leer el que ya llevan dentro. Se trata de confiar en que, a pesar del temblor, ellos son los expertos en su propio viaje. Nosotros somos, como mucho, el copiloto que les recuerda: «Confía en tus manos, ellas saben lo que hacen. Recuerda cómo se sentía, tu cuerpo no lo ha olvidado».

Brandon Flowers cantando con pasión en un concierto.

La Ocupación como Faro en la Oscuridad

La canción explota en un estribillo que es una súplica y una afirmación a la vez: «Will you turn the bright lights on? … Put me back on the corner and I’ll sing my song» («¿Encenderás las luces brillantes? … Ponme de nuevo en la esquina y cantaré mi canción»). Aquí es donde la Terapia Ocupacional se vuelve explícita, casi literal. La «esquina» es ese lugar de desempeño, ese contexto familiar. Y la «canción» es la ocupación significativa. Es la actividad que nos define, que nos da voz, que nos hace sentir que somos nosotros mismos.

Pensad en ello. Para una persona que ha sufrido un daño cerebral, su «canción» puede ser la capacidad de preparar el desayuno para su familia. Para un adulto mayor que vive en soledad, su «canción» puede ser volver a cuidar de sus plantas o participar en el club de lectura del barrio. Para un joven con problemas de salud mental, su «canción» puede ser la rutina de ir al gimnasio o la expresión a través del arte. No son tareas; son himnos de identidad. Son las «luces brillantes» que iluminan el camino de vuelta. Nuestra labor es ayudar a encontrar esa esquina y proporcionar las herramientas, las estrategias y la confianza para que puedan volver a cantar su canción, con su propia voz, aunque al principio suene desafinada o temblorosa.

Primer plano de la banda The Killers.

El viaje que narra «Bright Light» no es lineal ni fácil. Hay una admisión de la carga llevada: «I carried my own weight and then some too. There are things I would change but it ain’t worth going through» («Cargué con mi propio peso y algo más. Hay cosas que cambiaría, pero no vale la pena volver a pasar por ello»). Esta es la aceptación radical que fomentamos. No se trata de volver a un pasado idealizado, sino de construir un presente con los materiales que se tienen. Se trata de reconocer las cicatrices, el cansancio («Maybe I’m tapped out or just plain old tired» – «Quizás estoy agotado o simplemente viejo y cansado»), pero sin dejar que definan el futuro. La narrativa personal se reconstruye no a pesar de la adversidad, sino incluyéndola como parte del viaje. Es la filosofía japonesa del Kintsugi aplicada al alma: las grietas se rellenan con oro, y la pieza rota se vuelve más fuerte y más hermosa que antes.

Nosotros, como terapeutas, somos testigos de esa reconstrucción. Escuchamos las historias de la «carretera del desierto» y ayudamos a encontrar el oro en las grietas. Facilitamos que la persona pueda mirar su historia no con arrepentimiento, sino con la compasión de quien ha sobrevivido y ha aprendido a «sujetar el volante» cuando todo temblaba.

Y para que sintáis esa energía de la que hablo, para que os ilumine como a mí, os dejo aquí el videoclip. Subid el volumen. Dejad que la batería de Ronnie Vannucci Jr. marque el ritmo de vuestro corazón y que la voz de Brandon Flowers os recuerde por qué hacemos lo que hacemos. Porque al final del día, todos buscamos que alguien, en algún lugar, encienda para nosotros las luces brillantes.

Escuchadla de nuevo. Es un himno para nuestros pacientes, sí, pero también es un himno para nosotros. Para esos días en los que el sistema nos agota, en los que la burocracia nos hace sentir que conducimos por el desierto. Es un recordatorio de que nuestro propósito, nuestra «canción», es ser ese faro para otros. Somos, en muchos sentidos, los guardianes de las luces brillantes. Y esa, queridos colegas, es una ocupación sagrada.

The Killers posando juntos como banda, simbolizando la unidad.

© 2025 – El Terapeuta Electrónico.

Inspirado por la música que nos salva y la profesión que nos define.

Renunciar para vivir: la ocupación significativa como brújula vital

En un breve pero intenso video, la actriz Carolina Yuste reflexiona sobre algo que rara vez se dice en voz alta: las renuncias que implica perseguir un sueño. Habla desde la emoción, con honestidad cruda, sobre lo que ha dejado atrás por mantenerse fiel a su vocación artística: vínculos, lugares, estabilidad. Su testimonio nos invita a pensar no solo en el precio del éxito, sino en la raíz misma de por qué hacemos lo que hacemos.

Desde la terapia ocupacional, este tipo de reflexión conecta profundamente con el concepto de ocupación significativa: aquellas actividades que dan sentido a nuestra existencia y que, aunque no siempre sean rentables o visibles, nos sostienen en lo más profundo.

Renunciar no es fallar: lo que dejamos atrás también nos construye

En el discurso de Yuste hay una paradoja: para poder hacer lo que la sostiene emocionalmente, ha tenido que soltar muchas cosas importantes. No habla de éxito como recompensa, sino de vocación como necesidad vital. Desde la terapia ocupacional entendemos que las personas necesitan hacer cosas con sentido para sentirse vivas, aunque esas elecciones impliquen pérdidas.

Renunciar no significa fracasar. Renunciar, a veces, es el precio de una coherencia interna. Hay personas que renuncian a una carrera estable por dedicarse al arte, a la crianza, al cuidado de alguien que lo necesita. Otras, renuncian a vínculos que no permiten crecer, a ciudades que asfixian, a rutinas que enferman. Y en todas esas decisiones, aunque duelan, hay agencia, hay dignidad.

Ocupación significativa: el centro de la identidad

Uno de los conceptos más potentes en terapia ocupacional es el de “ocupación significativa”. No se trata solo de hacer cosas, sino de hacer lo que tiene sentido. Lo que me representa. Lo que me conecta con el mundo. Lo que me devuelve el espejo de lo que soy.

Cuando una persona no puede ejercer sus ocupaciones significativas —ya sea por enfermedad, exclusión social, pobreza o precariedad— su salud mental y emocional se resiente. Lo vemos en personas mayores que han perdido su rutina. En jóvenes que no encuentran un lugar donde desplegar su creatividad. En personas con discapacidad a las que se les niega la participación plena. O en artistas, como Carolina Yuste, que deben sobrevivir a pesar del sistema, no gracias a él.

Identidad ocupacional y construcción del yo

La identidad no es un ente abstracto. Es práctica. Se construye a través de lo que hacemos. Por eso, desde la terapia ocupacional se trabaja la identidad ocupacional como una dimensión clave de la salud. Cuando nuestras ocupaciones son coherentes con nuestros valores, deseos y capacidades, nos sentimos “nosotros”. Cuando no lo son, nos perdemos.

Muchas veces, la terapia comienza por ahí: ¿qué has dejado de hacer? ¿Qué ya no puedes hacer? ¿Qué te gustaría poder hacer de nuevo? Y no siempre se trata de lo funcional: a veces, se trata de pintar sin miedo, caminar sin prisa, reír sin culpa, cuidar sin agotamiento. O, como en el caso de Yuste, actuar sin tener que pedir perdón por ello.

La renuncia como trauma y como resistencia

Hay renuncias que duelen tanto que se vuelven trauma. Porque se sienten como pérdidas, como injusticias. Pero también hay renuncias que se viven como formas de resistencia. Como una forma de decir “esto no me define, yo elijo otra cosa”. Y ese gesto, por pequeño que sea, tiene un enorme poder terapéutico.

Desde la terapia ocupacional se puede acompañar ambas dimensiones: el duelo por lo que se pierde, y la fuerza de lo que se decide. Acompañar a alguien a resignificar su vida ocupacional después de una ruptura, un diagnóstico, una migración o un cambio vital, es una de las tareas más humanas y necesarias que existen.

Precariedad, clase y ocupaciones invisibles

Lo que dice Carolina Yuste también tiene una carga política. Porque no todas las ocupaciones tienen el mismo valor social. Hay trabajos que se respetan y otros que se desprecian. Hay caminos que se apoyan y otros que se marginan. Y eso genera jerarquías ocupacionales que terminan afectando la autoestima, la salud y el reconocimiento social.

En terapia ocupacional hablamos de justicia ocupacional cuando denunciamos que no todas las personas tienen las mismas oportunidades para elegir, sostener y disfrutar de sus ocupaciones significativas. Y de privación ocupacional cuando esas posibilidades se ven cercenadas por el contexto.

Por eso, cuando una persona como Yuste visibiliza las renuncias detrás de una vocación, está poniendo sobre la mesa un problema colectivo. Está diciendo: “esto no debería doler tanto”. Está cuestionando un sistema que nos obliga a sobrevivir en lugar de permitirnos vivir con sentido.

Renuncias en salud, discapacidad y duelo

Quienes trabajamos en terapia ocupacional lo vemos cada día: personas que renuncian a la imagen que tenían de sí mismas tras un ictus, una amputación, una enfermedad degenerativa. Personas que pierden rutinas, afectos, roles. Y que tienen que reconstruirse desde las ruinas. Ahí es donde la terapia ocupacional se convierte en brújula.

Porque acompañar no es solo adaptar utensilios o enseñar habilidades. Es estar. Escuchar. Respetar los tiempos. Nombrar lo innombrable. Y ayudar a que cada quien encuentre una nueva forma de hacer, de estar, de ser. Una nueva ocupación significativa que no niegue el pasado, pero que abra una puerta al futuro.

Elegir qué sostener: la ética de lo ocupacional

En última instancia, este ensayo gira en torno a una pregunta esencial: ¿qué estamos eligiendo sostener en nuestras vidas? ¿Qué ocupaciones defendemos a pesar de todo? ¿Qué relaciones, proyectos, gestos o rituales mantenemos vivos, aunque no tengan recompensa inmediata, aunque duelan, aunque nos cuesten renuncias?

Carolina Yuste ha elegido sostener su vocación. Y eso tiene un valor enorme. Porque nos recuerda que las ocupaciones no son solo productivas o instrumentales. También son existenciales. También son resistencia. También son amor.

Conclusión: lo invisible que nos sostiene

La vida está hecha de elecciones. Y cada elección trae consigo una renuncia. Pero también una afirmación: esto es lo que soy, esto es lo que quiero sostener. Desde la terapia ocupacional, acompañar ese proceso es un acto profundo de respeto hacia la vida de las personas.

Y por eso, cuando una voz como la de Carolina Yuste nos recuerda que vivir con sentido duele, pero es necesario, no solo lo escuchamos. Lo entendemos. Lo honramos. Y, desde nuestra disciplina, lo acompañamos.

Porque ninguna ocupación significativa debería doler tanto. Pero mientras duela, ahí estaremos: sosteniendo, adaptando, resignificando, acompañando.

Narcisismo encubierto: una mirada desde la terapia ocupacional

#TerapiaOcupacional #Narcisismo #PsicopatiaFuncional #SaludMental #IdentidadOcupacional #ElizabethCalpes #TúNoEresElProblema #OcupacionesSignificativas #Autocuidado #ElTerapeutaElectrónico

🧠💥 ¿Y si te dijera que hay personas que pueden mermar tu vida sin levantar la voz?

👀 No hablamos de criminales, sino de esos narcisistas funcionales y psicópatas cotidianos que se cruzan en nuestra vida y minan, poco a poco, nuestras ocupaciones, decisiones, identidad.

🎨 Desde dejar de pintar hasta abandonar amistades. Desde cambiar la ropa hasta dudar de nuestro criterio.
💬 ¿Te suena? A mí también. Y como terapeuta ocupacional, no podía mirar para otro lado.

📖 Inspirado por el libro Tú no eres el problema de Elizabeth Calpes, he escrito un ensayo que explora cómo la terapia ocupacional puede acompañar, sanar y empoderar en estas situaciones.

💚 No todo abuso es visible. Acompañemos desde el hacer, desde la escucha, desde la ocupación.

👉 Léelo completo en el blog de El Terapeuta Electrónico. https://elterapeutaelectronico.com/2025/06/29/narcisismo-encubierto-una-mirada-desde-la-terapia-ocupacional/

A veces uno se sienta frente al ordenador con una taza de café caliente, dispuesto a escribir sobre participación, sobre rutinas significativas o sobre la eterna discusión entre modelos centrados en la persona y modelos centrados en la comunidad. Pero de pronto, una idea distinta asoma la cabeza, empujada por las vivencias, las lecturas recientes y las cicatrices profesionales: ¿qué pasa con esas personas que, sin ser criminales, arrasan con la vida cotidiana de los demás?

Me refiero a los narcisistas. A los psicópatas no criminales. A esas personas que nunca levantarían sospechas en un juicio, pero que en lo cotidiano pueden romper familias, desgastar equipos de trabajo, aislar a una compañera, hacer dudar a un profesional de su criterio o hundir a una pareja hasta dejarla rota en sus ocupaciones más básicas.

Y ahí es donde entra la terapia ocupacional.

Porque si algo aprendemos como terapeutas ocupacionales es que las ocupaciones no son actos neutros. Están cargadas de sentido, de historia, de relaciones. Y cuando alguien, desde el control emocional o la manipulación relacional, interfiere en ellas… eso también es un campo de trabajo para nuestra disciplina.

La vida entre líneas torcidas

La primera vez que escuché la expresión “narcisista encubierto” pensé que se trataba de alguna exageración de la psicología pop. Pero no tardé mucho en entender que no era así. En sesiones con personas que habían perdido la capacidad de disfrutar su ocio, que habían dejado de cocinar para sí mismas o que no se sentían capaces de elegir una prenda sin pensar qué pensaría él o ella, había un patrón. Uno que muchas veces pasaba desapercibido porque no tenía nombre, ni diagnóstico, ni gritos, ni denuncias. Solo una sensación constante de estar en falta, de que algo no estaba bien, de no ser suficiente.

Como terapeutas ocupacionales, nos centramos muchas veces en ayudar a las personas a reconstruir sus ocupaciones tras una lesión, un ictus, un diagnóstico de salud mental. Pero… ¿qué pasa cuando las ocupaciones se ven afectadas por vínculos tóxicos? ¿Y si el problema no es la persona, sino las relaciones que ha construido o que le han impuesto?

Una pequeña revelación

Hace poco leí el libro de Elizabeth Clapes, Tú no eres el problema, y me vi reflejado en más de una página. Y no porque yo haya sido el objetivo directo de un narcisista, aunque alguna herida arrastro como cualquiera, sino porque reconocí historias de pacientes, de colegas, incluso de familiares. Personas que, sin saberlo, habían estado años bajo la influencia de una figura que utilizaba la culpa como herramienta, el silencio como castigo y el elogio como moneda de cambio.

Y esa lectura me hizo pensar: ¿hasta qué punto nuestras ocupaciones pueden quedar secuestradas por un narcisista?

La respuesta, lamentablemente, es: mucho.

Quien ha vivido con una persona narcisista o psicopática sabe de lo que hablo. Las ocupaciones empiezan a perder sentido, a moldearse a los deseos del otro. La persona deja de bailar porque “le parece ridículo”. O deja de maquillarse porque “ya no tiene edad”. O abandona su carrera porque “eso no es un trabajo de verdad”. Todo esto no dicho abiertamente, claro. Siempre envuelto en frases dulces, miradas condescendientes, ironías disfrazadas de consejos. Y poco a poco, la persona va cediendo.

Y lo más triste: deja de verse.

La terapia ocupacional como espacio de reencuentro

Ahí es donde creo que nuestra profesión puede hacer una diferencia enorme. Porque no trabajamos desde el juicio, sino desde la ocupación. No preguntamos “¿por qué sigues con esa persona?”, sino “¿qué has dejado de hacer desde que estás con esa persona?”

Y ese simple cambio de foco abre puertas. Nos permite mirar la vida de quien tenemos delante no como un cúmulo de errores, sino como una red de decisiones condicionadas. Nos permite detectar patrones sin culpabilizar. Y nos da herramientas para empezar a reconstruir.

Recuerdo el caso de una mujer que acudió a consulta derivada desde salud mental. No podía dormir bien, tenía episodios de ansiedad y había desarrollado un cuadro de colon irritable. Pero no tenía depresión, ni trastorno de pánico, ni trauma claro. Solo un cansancio vital. Un día, hablando sobre qué hacía en su tiempo libre, se quedó en silencio. Dijo: “Antes me gustaba pintar… pero hace años que no lo hago”. ¿Por qué? “Él decía que era una pérdida de tiempo”.

Y ahí se encendió la alarma.

Ese “él” era su pareja. Llevaban más de 20 años juntos. En todo ese tiempo, había dejado de ver a sus amigas, de viajar sola, de salir a caminar por la tarde. Incluso su forma de vestir había cambiado. Pero ella no se sentía maltratada. No había violencia física, ni insultos. Solo un goteo constante de desaprobación, de control emocional, de manipulación sutil.

Esa mujer volvió a pintar. No fue fácil. Le costó creerse con derecho a comprar material, a reservar un espacio en casa, a decirle a su pareja “voy a pintar, no me molestes”. Pero lo hizo. Y en ese gesto hubo una ocupación recuperada… y una identidad rescatada.

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Psicopatía funcional y desgaste profesional

Los narcisistas y psicópatas no siempre están en relaciones de pareja. A veces están en los equipos de trabajo. En las familias. En los puestos de poder. Y eso, como terapeutas ocupacionales, también nos puede afectar.

¿Quién no ha tenido un compañero o una jefa que te hace sentir siempre en deuda, que no tolera el éxito ajeno, que manipula los errores para que parezcan tuyos?

A veces normalizamos tanto esas dinámicas que no nos damos cuenta del daño que hacen. Empezamos a dudar de nuestra competencia, dejamos de proponer ideas, evitamos destacar para no despertar su ira disfrazada de sarcasmo.

Y lo más doloroso: dejamos de disfrutar nuestra profesión.

Pero hay salida. La clave, creo, está en nombrar. En poner palabras a esas dinámicas. En crear espacios donde podamos hablar de esto sin miedo a parecer débiles o exagerados. Y también en generar redes de cuidado profesional, donde podamos sostenernos cuando el entorno nos desgasta.

Lo cotidiano también es político

Desde la terapia ocupacional, muchas veces hablamos del hacer, del ser, del pertenecer. Pero quizá no hablamos lo suficiente del sufrir. Porque sí: muchas personas sufren ocupacionalmente. No porque no tengan actividades, sino porque esas actividades están colonizadas por la culpa, por el miedo, por la aprobación ajena.

En ese sentido, trabajar con víctimas de personas narcisistas o psicopáticas es también una forma de militancia. Es decirle al mundo: “Tu vida es tuya. Tus ocupaciones son tuyas. Nadie tiene derecho a arrebatártelas”. Es devolver a las personas la posibilidad de elegir qué hacen, cómo lo hacen y con quién lo hacen. Y en esa elección, recuperar la dignidad.

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Cuidarse para cuidar

Y aquí viene una parte difícil: los terapeutas también debemos cuidarnos. Porque quienes trabajamos con personas, quienes escuchamos relatos dolorosos, quienes empatizamos hasta la médula… también estamos expuestos.

Los narcisistas se sienten atraídos por quienes cuidan. Porque pueden manipular mejor a quien duda de sí mismo, a quien se cuestiona constantemente. Por eso es fundamental que aprendamos a detectar estos perfiles, no solo para ayudar a otros, sino para protegernos.

¿Dónde están nuestras alarmas? ¿Qué sentimos cuando alguien nos hace sentir siempre culpables, poco válidos, inseguros? ¿Cuántas veces decimos “sí” por miedo al conflicto y no por convicción?

Es necesario que nos formemos, que compartamos herramientas, que hablemos entre colegas. Porque la salud ocupacional también empieza por casa.

Epílogo: ocupar el espacio propio

Este ensayo no pretende dar respuestas cerradas. Solo abrir preguntas. Invitar a mirar con otros ojos esas relaciones que parecen normales pero que hacen daño. Recordar que no todo abuso es visible. Que no todo dolor tiene una cicatriz. Y que a veces, la mejor forma de ayudar a alguien es acompañarle a recuperar eso que dejó de hacer porque alguien le convenció de que no valía la pena.

La terapia ocupacional tiene un rol clave en este proceso. Porque no juzga. Porque no empuja. Porque propone desde el hacer. Y en ese hacer, muchas veces, está el comienzo de la libertad.

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Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (V)

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Parte 5: Una silla bien elegida es un acto de justicia

La silla como extensión del cuerpo y del deseo

Una silla de ruedas no es solo una estructura con ruedas. Es una prolongación del cuerpo. Es la base donde se apoya la dignidad, el instrumento que permite decidir adónde ir, con quién estar, qué hacer, cuándo parar. Y, sobre todo, cómo vivir.

Por eso, evaluar y ajustar correctamente una silla no es un simple acto técnico. Es un acto político. Significa devolver el derecho al movimiento, al confort, a la autonomía, al placer, al dolor evitado, a la elección.

En un mundo que sigue siendo capacitista y lleno de barreras visibles e invisibles, lograr que una persona esté cómoda, funcional y libre en su silla es un acto de justicia cotidiana. Lo que para algunos es “el trabajo de cada día”, para otros es la diferencia entre salir a la calle o quedarse en casa; entre estudiar o abandonar; entre reír o resistir en silencio.

Tecnología de apoyo no es lujo: es necesidad

Demasiadas veces, desde la administración, los seguros o incluso algunos equipos clínicos, se considera que una silla con basculación, un respaldo moldeado o un cojín postural son “extras”, “caprichos” o “accesorios caros”.

Pero la realidad clínica y humana es otra. Un sistema mal ajustado puede generar daños reales y permanentes:

  • Úlceras por presión que requieren hospitalización o cirugía.
  • Dolor crónico que impide la actividad diaria.
  • Escoliosis y deformidades por falta de soporte.
  • Aislamiento por incomodidad o inseguridad.
  • Pérdida de autonomía funcional y emocional.

Invertir en tecnología de apoyo adecuada no es un gasto, es una inversión en salud, participación y calidad de vida. Y como profesionales, debemos aprender a defenderlo con argumentos clínicos, éticos y sociales.

Cuidar también es acompañar en lo invisible

Muchos de los usuarios de sillas de ruedas pasan por procesos personales muy intensos: adaptación tras una lesión, frustración por la pérdida de movilidad, miedo al juicio social, tristeza por las limitaciones del entorno, dependencia creciente, rabia contenida.

Nuestro trabajo no solo toca el cuerpo, también roza la intimidad, la historia, los vínculos, la identidad. Por eso, la empatía, la escucha activa, la sensibilidad cultural y el respeto profundo deben ser parte del equipamiento profesional.

Cuidar no es solo ajustar tornillos. Es estar ahí cuando la persona se siente vulnerable. Es explicar sin infantilizar. Es validar la rabia, el cansancio, la exigencia. Es saber cuándo callar y cuándo proponer. Es hacer de lo técnico, también, un gesto de humanidad.

Un futuro que se diseña sentado

El futuro de la movilidad asistida pasa por romper moldes. Por dejar de pensar en “sillas estándar” y avanzar hacia soluciones personalizadas, flexibles, accesibles, bellas, potentes. Pasamos de hablar de “equipos” a hablar de experiencias de movimiento.

Las sillas del futuro serán:

  • Más ligeras, más inteligentes, más adaptables.
  • Más integradas en los entornos digitales.
  • Más sostenibles y fáciles de mantener.
  • Más conectadas a sensores, apps y sistemas de feedback.
  • Más estéticas, más deseadas, más parte del yo.

Pero para que eso ocurra, necesitamos profesionales que no solo sepan de biomecánica, sino de biografía. Gente que sepa leer los ángulos de la cadera y también los gestos del alma. Que domine el fitting, pero también el afecto.

Ideas clave para profesionales

🧠 Evaluar no es entregar un formulario, es interpretar un cuerpo vivo y su contexto. Cada persona tiene una historia única, y su silla debe acompañarla, no encorsetarla.

📏 La pelvis es el punto de partida. Una postura estable comienza por una base estable. Inclinación, oblicuidad y rotación deben ser evaluadas con cuidado.

💬 La entrevista clínica no es un trámite. Es una oportunidad terapéutica. Escuchar con atención puede ser más valioso que cualquier medición.

🪑 Una buena silla mejora la postura, la función y la vida emocional. No sirve una sin la otra. Si una silla “corrige” pero incomoda, no sirve.

🛠️ El fitting debe ser dinámico, interactivo y orientado al confort real. Que algo encaje no significa que funcione. Que algo funcione no significa que sea aceptable para el usuario.

🫱 La simulación manual es una herramienta poderosa y económica. Con tus propias manos puedes anticipar qué necesita el cuerpo de esa persona para estar bien.

📉 Documentar bien protege a todos. El informe clínico es tu respaldo técnico, ético y profesional. Hazlo completo, claro y con argumentos sólidos.

El seguimiento no es opcional. Cada cuerpo cambia, cada contexto evoluciona. Acompaña. Revisa. Ajusta. Pregunta. No desaparezcas.

🤝 Trabaja en red, no en soledad. La mejor solución nace de un equipo donde todos suman: clínica, técnica, usuario, familia, entorno.

🫶 Una silla puede ser una trampa o una catapulta. Tú eliges qué papel jugar.

Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (IV)

#terapiaocupacional #rehabilitación #fisioterapia #sedestación #silladeruedas #posicionamiento

Parte 4: Evaluar no es entregar un informe, es cambiar una vida

Documentar con criterio: no es burocracia, es defensa clínica

Uno de los errores más comunes en el ámbito clínico es subestimar la importancia de la documentación. Pero en el campo de la sedestación y movilidad, documentar bien es proteger al usuario, al profesional y al sistema.

Un buen informe de evaluación debe incluir:

  • Datos clínicos relevantes: diagnóstico, historial, tono muscular, sensibilidad.
  • Descripción detallada de la evaluación postural: inclinación, oblicuidad, rotación, flexibilidad, simetría, alineación.
  • Ángulos funcionales medidos: muslo-tronco, muslo-pierna, pierna-pie.
  • Descripción de las necesidades de soporte: tipo de control postural, apoyos requeridos, movilidad activa o pasiva.
  • Información del entorno habitual: accesos, transporte, necesidades sociales.
  • Expectativas del usuario y objetivos consensuados.
  • Justificación técnica del producto propuesto.
  • Medidas de prevención de riesgo cutáneo y postural.

Este informe no solo sirve para autorizar productos, sino también como mapa clínico para seguir la evolución de la persona. Además, en muchos países es necesario para cumplir con criterios legales o para justificar ante la financiación pública o privada.

El fitting: convertir la teoría en práctica

Una vez aprobada y entregada la silla o sistema, comienza una fase crítica: el ajuste o fitting. Aquí no vale con “entregar el producto”. Hay que verificar que la simulación realizada en camilla y sedestación se ha traducido correctamente al sistema real.

Aspectos clave del fitting:

  • Confirmar la alineación de la pelvis (tilt, oblicuidad, rotación).
  • Ajustar el respaldo en altura, ángulo y soporte.
  • Colocar correctamente los apoyos laterales.
  • Comprobar la adaptación del cojín: forma, material, ubicación.
  • Ajustar reposapiés según el ángulo muslo-pierna.
  • Verificar si el usuario puede autopropulsarse o manejar los mandos sin restricciones.
  • Confirmar que la persona puede transferirse, posicionarse y, si es posible, realizar alivios de presión.

El fitting no termina hasta que el usuario se siente cómodo, funcional y seguro.

Entrenamiento: lo que nadie te enseña si no lo planificas

Una silla de ruedas, por muy perfecta que sea, no sirve de nada si la persona no sabe utilizarla bien. Por eso, el entrenamiento en habilidades funcionales, posicionamiento, mantenimiento y prevención es tan importante como el ajuste clínico.

Lo ideal sería que toda entrega incluyera una o más sesiones formativas con el usuario y su entorno. Algunos contenidos esenciales:

  • Cómo transferirse dentro/fuera de la silla.
  • Cómo colocarse en la postura correcta (auto-posicionamiento).
  • Cómo usar sistemas de tilt o reclinación.
  • Qué señales observar en la piel.
  • Cómo limpiar, revisar o mantener la silla.
  • Qué hacer si se presenta incomodidad, dolor o cambio postural.

Un error frecuente es suponer que el usuario “ya sabe” por haber usado otras sillas. Pero cada sistema es único, y cada cuerpo cambia con el tiempo.

El seguimiento no es un lujo, es una obligación ética

El cuerpo no es estático. Las necesidades cambian, el entorno cambia, la vida cambia. Por eso, toda intervención en sedestación debe incluir una estrategia de seguimiento.

Idealmente, el seguimiento debe realizarse:

  • A las 2 semanas (verificación inicial).
  • Al mes (primer ajuste fino).
  • A los 3-6 meses (revisión funcional y postural).
  • Cada 12 meses o antes si hay cambios clínicos.

Durante el seguimiento se puede:

  • Reajustar la posición.
  • Detectar signos de riesgo en piel o postura.
  • Confirmar la funcionalidad.
  • Introducir nuevos accesorios.
  • Reevaluar el entorno.

Además, el seguimiento es una oportunidad para fortalecer la relación terapéutica. Demuestra que estamos presentes, que acompañamos, que nos importa el después. Porque la rehabilitación no se termina con la entrega de una silla. Ahí es donde realmente comienza.

Ser profesionales que empoderan, no que imponen

Trabajar en sedestación y movilidad nos coloca en un lugar privilegiado: somos parte del cambio tangible en la vida de las personas. Pero también debemos ser humildes. Nuestra formación no sustituye la experiencia vivida por el usuario. Nuestra ficha técnica no reemplaza sus deseos, su incomodidad, su intuición.

Por eso, debemos aprender a:

  • Preguntar antes de asumir.
  • Explicar antes de decidir.
  • Acompañar antes de corregir.
  • Escuchar antes de proponer.

Una silla de ruedas puede ser un arma de dignidad. Puede abrir puertas reales y simbólicas. Puede devolver la voz, la calle, la autonomía, la vida. Pero eso solo ocurre cuando el dispositivo es el resultado de un encuentro profundo entre técnica y humanidad.

Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (III)

#terapiaocupacional #rehabilitación #fisioterapia #sedestación #silladeruedas #posicionamiento

Parte 3: Simular con las manos para planificar con el corazón

La magia de las manos: simulación de soporte postural

Tras el análisis en decúbito y la observación de la sedestación sin apoyo, llega el momento de recrear con nuestras manos la postura ideal que queremos lograr. Este paso, conocido como hand simulation, es quizás uno de los más potentes y subestimados en el proceso de evaluación.

Consiste en usar nuestras propias manos (y, a veces, el cuerpo entero) para posicionar la pelvis, el tronco, la cabeza, las piernas y los pies de la persona. De esta forma, podemos comprobar en tiempo real:

  • Si la postura es cómoda.
  • Si se mantiene estable.
  • Si la persona puede realizar actividades funcionales desde esa posición.
  • Si es realista reproducirla con un sistema postural estándar o a medida.

Esta simulación permite anticipar la configuración futura de la silla: tipo de respaldo, altura del soporte, necesidad de soportes laterales, ángulo asiento-respaldo, apoyos pélvicos, cabeceros, cinturones… pero sobre todo, permite comprobar si el cuerpo acepta y agradece esa posición.

Durante esta fase es clave preguntar y escuchar. No demos por sentado que una postura “alineada” será automáticamente preferida. Tal vez alinear la pelvis duela. Tal vez enderezar la columna genere fatiga. Tal vez ese ángulo que nos parece clínicamente perfecto, para la persona no tiene sentido. No lo sabremos si no lo preguntamos.

Acomodar no es rendirse

Una de las claves más poderosas que debemos interiorizar como profesionales es que acomodar no es claudicar. No todos los cuerpos pueden —ni deben— alcanzar la postura “ideal”. Hay personas con escoliosis estructural, con oblicuidades pélvicas fijas, con acortamientos musculares, con deformidades rígidas. Forzarlas a corregirse solo genera dolor, daño e incomodidad.

Acomodar una postura no reducible implica:

  • Respetar la forma del cuerpo.
  • Proteger las prominencias óseas.
  • Distribuir la presión de forma equitativa.
  • Encontrar un punto de equilibrio funcional, aunque no sea simétrico.

La tecnología ortopédica actual nos permite diseñar asientos asimétricos, respaldos moldeados, cojines con zonas de descarga específicas, y estructuras que respetan el cuerpo tal como es. El reto no es enderezar al usuario, sino ayudarle a vivir bien desde su postura real.

No hay postura sin función

Una buena postura no es un fin en sí mismo. Es un medio para alcanzar algo más importante: funcionalidad y participación. Una persona no necesita estar perfectamente erguida si eso le impide escribir, cocinar, conducir su silla, hablar, mirar el entorno o descansar.

Por eso, durante el proceso de simulación y evaluación postural, debemos plantearnos:

  • ¿Desde esta postura puede realizar las actividades que desea?
  • ¿Puede mirar al frente, a sus interlocutores, a la pantalla?
  • ¿Puede manipular objetos, dispositivos, controles?
  • ¿Puede realizar transferencias con seguridad?
  • ¿Puede descansar cuando lo necesita?

Es frecuente encontrar sillas diseñadas con obsesión por la simetría que, sin embargo, inhabilitan a la persona para tareas esenciales. Peor aún: que la incomodan, la castigan o la infantilizan. Repetimos: la postura tiene sentido si favorece la función, no si la sabotea.

El entorno como co-terapeuta

Una silla de ruedas no vive en el vacío. Habita el entorno: el hogar, la calle, el transporte, el trabajo, la escuela. Por eso, una evaluación incompleta del contexto puede arruinar un ajuste clínicamente impecable.

Preguntas esenciales:

  • ¿Cabe la silla por las puertas del hogar?
  • ¿Se puede maniobrar en la cocina, el baño, el dormitorio?
  • ¿La persona usa coche propio? ¿Cómo transporta la silla?
  • ¿Usa transporte público? ¿Hay espacio y accesibilidad?
  • ¿Cómo son los suelos, los bordillos, las pendientes habituales?

Por ejemplo, una silla perfectamente ajustada que no cabe en el ascensor obliga a la persona a usar otra silla distinta para salir de casa. O una silla tan pesada que no se puede cargar en el maletero genera dependencia de terceros. O una configuración demasiado voluminosa impide el acceso a mesas, escritorios o pupitres.

No olvidemos: la libertad se construye también desde los centímetros.

Evaluación interdisciplinar: equipo en red, usuario al centro

Una evaluación de sedestación no debería ser un acto solitario. Cuanto más interdisciplinario sea el enfoque, más rica y precisa será la solución. Idealmente, el proceso debería contar con:

  • Terapeuta ocupacional: especialista en función, posicionamiento, entorno y actividades significativas.
  • Fisioterapeuta: experto en biomecánica, movilidad, tono muscular y manejo postural.
  • Médico rehabilitador: supervisión clínica y coordinación de tratamientos.
  • Técnico ortoprotésico / proveedor de tecnología de apoyo: traduce las necesidades clínicas en productos reales, viables y seguros.
  • La propia persona usuaria y su entorno: la fuente primaria de conocimiento, experiencias, objetivos y preferencias.

Cuando todos estos actores trabajan en red, centrando la escucha en la persona, los resultados no solo son más efectivos… son más humanos.

Claves clínicas y humanas para evaluar la sedestación y movilidad en personas con discapacidad (II)

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Parte 2: El cuerpo habla… si sabemos escucharlo

El cuerpo en reposo revela la verdad

Una vez que la persona ha sido situada en decúbito, comienza una de las fases más reveladoras del proceso clínico: la exploración de la pelvis. Aquí no hablamos solo de huesos, sino de una arquitectura fundamental para la postura y el movimiento. La pelvis es el cimiento de la sedestación. Si la base está mal posicionada, todo lo que se construya encima será inestable o perjudicial.

Durante la evaluación clínica se identifican tres elementos esenciales del posicionamiento pélvico:

  1. Basculación pélvica (tilt): ¿La pelvis está neutra, basculada hacia atrás (sacral sitting) o hacia delante?
  2. Oblicuidad pélvica: ¿Un lado de la pelvis está más alto que el otro?
  3. Rotación pélvica: ¿Un lado de la pelvis está adelantado respecto al otro?

Estas tres dimensiones deben ser observadas tanto en decúbito (donde la gravedad está «eliminada») como en sedestación. ¿La pelvis puede corregirse pasivamente? ¿O estamos ante una deformidad fija que debe ser acomodada con tecnología de apoyo?

Aquí, el juicio clínico es clave. Saber diferenciar entre una postura adoptada por mal hábito y una contractura estructural implica tomar decisiones muy distintas: una puede tratarse con terapia y apoyo progresivo; la otra requiere soluciones inmediatas de posicionamiento para prevenir daño.

Las caderas no mienten (pero los isquios pueden sabotearlas)

Una de las pruebas más críticas es la de flexión de cadera con pelvis en neutro, para valorar el ángulo muslo-tronco real. Es decir, no cuánta flexión de cadera aparenta tener la persona, sino cuánta puede alcanzar sin que la pelvis se incline hacia atrás.

Esto nos da el rango funcional de sedestación. Si ese ángulo es de solo 100 grados, forzar una silla con un respaldo a 90 grados será una sentencia de deslizamiento y presión sacra. Lo que sigue es muy habitual: la persona se resbala, se sienta “en retroceso”, se acomoda mal… y aparecen las úlceras.

De igual manera, debemos valorar la relación muslo-pierna (ángulo poplíteo). Si los isquiotibiales están acortados, forzar la extensión completa de rodillas en la silla provocará tracción de la pelvis hacia atrás y, otra vez, sacral sitting. La mayoría de los usuarios que “se escurren” no lo hacen por desidia, sino porque su cuerpo está tratando de encontrar alivio a una tensión insostenible.

Por eso, si queremos que una persona mantenga una postura saludable, debemos respetar lo que su cuerpo nos está diciendo. No se trata de “corregirlo”, sino de acompañarlo.

De “abducido” a “acomodado”: las caderas y sus misterios

Cuando una persona adopta una postura de “piernas abiertas” (abducción), de “piernas cruzadas” (aducción) o presenta una posición “windswept” o en ráfaga (ambas piernas orientadas hacia el mismo lado), debemos preguntarnos:

  • ¿Es una preferencia postural o una necesidad impuesta por el cuerpo?
  • ¿Hay dolor al intentar corregir la alineación?
  • ¿Existe una luxación o subluxación de cadera?

Una buena evaluación busca diferenciar entre posturas reducibles y fijas. No es lo mismo una abducción que se corrige con un leve movimiento, que una aducción rígida que provoca dolor. Forzar la corrección de una deformidad fija puede provocar más daño que beneficio.

Si el objetivo es la comodidad, la alineación funcional y la prevención de lesiones, a veces la respuesta no está en forzar al cuerpo a una postura “ideal”, sino en acomodar esa postura de manera estable, segura y digna.

¿Y los pies? Los grandes olvidados

El posicionamiento de los pies puede parecer un detalle menor, pero tiene un impacto directo en la postura, la estabilidad, la circulación e incluso el dolor.

  • Un pie en inversión o eversión puede condicionar la distribución de peso.
  • Un tobillo en flexión plantar fija impedirá que el pie repose bien sobre el reposapiés.
  • Una falta de soporte adecuado puede provocar deslizamientos o aumentar la presión en el sacro.

Si no se puede lograr un ángulo pie-pierna de 90 grados, tal vez sea necesario un reposapiés ajustable. O, en casos más complejos, considerar el uso de una órtesis tipo AFO para alinear y proteger el pie.

Los pies son el final de la cadena postural, pero no por eso son menos importantes. Una silla de ruedas bien ajustada debe considerar también este detalle.

Sentarse de verdad: la prueba de fuego

Después del mat assessment llega el momento clave: la sedestación sin apoyos. Aquí observamos cómo reacciona la persona ante la gravedad real. ¿Puede mantenerse erguida? ¿Requiere usar las manos para no caer? ¿Se desploma hacia un lado?

Existen tres categorías clínicas básicas para clasificar el tipo de control postural en sedestación:

  1. Sedestación con manos libres (hands-free sitter): Puede sentarse erguido sin usar las manos. Necesita mínimos apoyos posturales.
  2. Sedestación dependiente de manos (hands-dependent sitter): Solo se mantiene erguido usando las manos como apoyo. Requiere respaldo y soporte lateral.
  3. Sedestación propensa a colapsar (prop sitter): No puede mantener la sedestación ni siquiera con las manos. Requiere soporte total, a menudo a medida.

Saber en qué categoría se encuentra una persona permite planificar de forma mucho más precisa el sistema de respaldo, los apoyos laterales, cinturones, arneses o incluso el uso de respaldo moldeado.

La piel no olvida: integridad cutánea y riesgo de úlceras

Una evaluación de sedestación no puede ignorar el riesgo de lesiones por presión. A menudo, los primeros signos de alerta están en la piel:

  • Cambios de coloración persistentes.
  • Áreas de enrojecimiento que no desaparecen.
  • Zonas endurecidas, calientes o con dolor al tacto.

El uso de escalas como la Braden permite sistematizar el riesgo. Pero más allá de los números, hay dos variables clave a tener en cuenta:

  1. Sensibilidad alterada: Si la persona no siente incomodidad al estar mucho tiempo sentada, es más probable que no se mueva y genere presión continua.
  2. Capacidad de reposicionarse: Incluso con buena sensibilidad, si no puede moverse por sí sola, necesitará sistemas que le permitan hacerlo (por ejemplo, tilt o reclinación eléctrica).

Una silla de ruedas mal ajustada puede ser, literalmente, una fuente de daño. Pero también puede ser una herramienta terapéutica: distribuir presión, ofrecer descanso, mantener la piel sana.

Escuchar, ajustar, repetir

Una evaluación nunca es un evento único. Es un proceso continuo, en el que las necesidades cambian, el cuerpo evoluciona, y las preferencias personales también. Por eso, la escucha activa es el principio y el final del proceso.

Como profesionales, debemos evitar caer en el automatismo de “recetar” un tipo de silla según el diagnóstico. Dos personas con parálisis cerebral pueden tener necesidades radicalmente distintas. Un usuario con esclerosis múltiple puede requerir hoy un tipo de sistema y dentro de seis meses, otro.

El secreto está en construir soluciones vivas, flexibles, adaptadas al presente de la persona… y abiertas a su futuro.