
Una reflexión personal y profesional tras una noche de comedia, catarsis y visibilidad en el Teatro Fígaro de Madrid, desde la perspectiva de un terapeuta ocupacional.
Una Noche en el Fígaro: Más Allá del Entretenimiento
Hay una cualidad casi ritual en el acto de ir al teatro. La anticipación mientras buscas tu butaca, el murmullo expectante del público, la oscuridad que precede al foco de luz sobre el escenario. Es una forma de ocio, sí, pero como terapeuta ocupacional, no puedo evitar verlo como algo más profundo: una ocupación significativa, un acto deliberado con el que buscamos conectar, sentir y, a veces, sanar. Con esta mentalidad, mi pareja y yo acudimos ayer al Teatro Fígaro para ver a Lucho Miranda. Sabíamos que era un comediante chileno con parálisis cerebral, triunfador rotundo en el exigente Festival de Viña del Mar, pero no estábamos preparados para la densidad de la experiencia que nos esperaba.
Para quienes no lo conozcan, aquí tienen una pequeña ventana a su perfil y trabajo, que sirve como perfecta introducción visual al artista del que hablamos:
Su gira por España, con paradas en Barcelona, Valencia y Madrid, representaba una oportunidad única. Ver a un artista de ese calibre, que llena estadios en Latinoamérica, en la relativa intimidad del Fígaro, con algunas butacas vacías que hablaban más de la oportunidad perdida por otros que de un fallo de convocatoria, se sentía como un privilegio. Esa cercanía física creaba un puente inmediato, eliminando la distancia entre el «ídolo» y el «espectador». Estábamos todos en la misma sala, listos para embarcarnos en el viaje que él nos propusiera. Y qué viaje fue. Fue una noche edificante, no solo por las carcajadas, sino por la densa capa de humanidad que las envolvía.
El Bisturí del Humor Negro: Deconstruyendo la Discapacidad
Lucho Miranda no le tiene miedo al silencio incómodo. De hecho, juega con él. Su comedia se construye sobre la base de su propia biografía, y su parálisis cerebral no es un tema tangencial, es el sol alrededor del cual orbita todo su universo cómico. Utiliza el humor negro no como un martillo para escandalizar, sino como un bisturí afilado y preciso para diseccionar prejuicios. Cada chiste sobre su forma de caminar, sobre la sobreprotección familiar o sobre las torpes interacciones con personas sin discapacidad («normies», como nos llama), es una incisión quirúrgica que extrae un tumor de condescendencia o ignorancia. Para muestra, un botón de su trabajo en vivo:
Lo más magistral de su actuación es la gestión de la empatía. Creó dos carriles de comunicación simultáneos. Por un lado, para los «normies», nos dio permiso para reír. Nos liberó de esa tensión que a menudo sentimos por no saber cómo actuar o qué decir, llevándonos al extremo opuesto: la carcajada abierta sobre aquello que nos da miedo o pudor. Esa risa no era una burla hacia él; era una risa con él, una liberación de nuestra propia torpeza social. Por otro lado, para las personas con discapacidad presentes en la sala —y eran muchas y diversas: parálisis cerebral, secuelas de infartos cerebrales, tumores, malformaciones congénitas—, su humor era un espejo de validación. Era el «¡por fin alguien lo dice!». Era la catarsis de ver las frustraciones y absurdos cotidianos convertidos en arte, en un motivo de orgullo y de risa compartida. Lucho no solo hablaba por él, sino que conversaba con el público, reconociendo sus historias y tejiendo en directo una comunidad efímera pero increíblemente sólida.
«La comedia de Lucho Miranda funciona porque es radicalmente honesta. No pide compasión ni busca inspirar de una forma barata. Lo que exige, a través de la inteligencia de sus chistes, es algo mucho más revolucionario: que normalicemos la discapacidad y la veamos como una experiencia humana más, con sus propias contradicciones, dificultades y, sobre todo, con un inmenso potencial para el humor.»
Análisis desde la Terapia Ocupacional: Un Acto Terapéutico Colectivo
Aquí es donde mi perspectiva profesional se activa inevitablemente. Lo que presencié va mucho más allá de un buen monólogo. Fue una intervención terapéutica a nivel comunitario, ejecutada con la maestría de un artista. Permítanme desglosarlo desde los principios de la Terapia Ocupacional:
1. El Humor como Ocupación Significativa y Agente de Identidad
Para Lucho, el stand-up es su trabajo, su vocación, su principal ocupación. A través de ella, no solo se gana la vida, sino que construye y afirma su identidad. En lugar de permitir que su diagnóstico lo defina desde una perspectiva médica o de carencia, él utiliza la comedia para definirse a sí mismo en sus propios términos: como un hombre inteligente, ácido, observador y, sobre todo, gracioso. Esta apropiación de la narrativa es uno de los actos de autoafirmación más poderosos que existen y es un objetivo central en muchos procesos terapéuticos.
2. Empoderamiento Individual y Colectivo
El concepto de empoderamiento fue palpable durante toda la noche. Al subir al escenario y controlar el relato sobre su propia vida, Lucho ejerce una agencia total sobre su experiencia. Pero no se detiene ahí; transfiere ese poder al público. A las personas con discapacidad les ofrece un modelo de resiliencia y auto-aceptación no desde el drama, sino desde la inteligencia y la risa. Les dice: «Nuestra experiencia es válida, es rica y también es material para la comedia». Al resto, nos empodera para preguntar, para perder el miedo a la diferencia y para interactuar desde un plano de igualdad.
3. Derribando Barreras Actitudinales: El Modelo Social en Práctica
La Terapia Ocupacional se alinea con el Modelo Social de la Discapacidad, que postula que las barreras más significativas no son las limitaciones funcionales del individuo, sino las impuestas por una sociedad no adaptada. Estas barreras pueden ser físicas (una escalera sin rampa) o, las más insidiosas, actitudinales (la pena, la condescendencia, la infantilización, el miedo). El show de Lucho Miranda es un ataque directo y demoledor contra estas últimas. Cada carcajada del público es un ladrillo que se cae de ese muro de prejuicios. Nos obliga a confrontar nuestras propias ideas preconcebidas y a reemplazarlas por una imagen de capacidad, talento y control.
4. Fomento de la Participación y la Inclusión Social
El propio evento es un ejercicio de inclusión social. El teatro se convirtió en un espacio seguro y accesible donde una diversidad de personas se reunió con un propósito común. La interacción de Lucho con los asistentes que compartían sus propias historias de discapacidad fue terapéutica en sí misma. El acto de ser visto, escuchado y reconocido por el artista en un foro público es inmensamente validador. Se rompe el aislamiento que a menudo acompaña a la discapacidad y se crea una sensación de pertenencia a una comunidad.
La Risa que Permanece: Más Allá del Telón
Salimos del Teatro Fígaro no solo con el eco de las risas en los oídos, sino con una profunda sensación de haber participado en algo importante. La experiencia fue una demostración palpable de que la cultura y el arte, y en este caso la comedia, son herramientas potentísimas para el cambio social. Lucho Miranda no es solo un monologuista; es un educador, un activista y un terapeuta social que usa el escenario como su consulta.
La noche me reforzó en mi convicción profesional de que debemos promover y valorar las ocupaciones que, como esta, nos desafían, nos conectan y nos transforman. Nos recuerdan que la vulnerabilidad, cuando se comparte con honestidad e inteligencia, se convierte en una fuerza imparable. La mejor terapia no siempre lleva bata blanca ni ocurre en una clínica; a veces, simplemente, sucede en la oscuridad de un teatro, iluminada por un único foco y el poder de una historia bien contada. Y esa, sin duda, es la que más perdura.
– El Terapeuta Electrónico