Maternidades diversas: un retrato desde la terapia ocupacional en el Día de la Madre

Enciendo la lámpara de la habitación cuando aún es de noche y el silencio me regala un raro privilegio: escuchar, sin interrupciones, las voces que habitan cada maternidad que hemos acompañado. Hoy, 4 de mayo, el calendario señala el Día de la Madre, pero bajo esa etiqueta yace un tapiz tan extenso que a veces parece infinito. Basta con cerrar los ojos para que desfilen, como en una película íntima, los rostros de mujeres y familias que han confiado en nosotras, terapeutas ocupacionales, su cotidianeidad más frágil y más valiosa.

Veo primero a Laura —nombre prestado, historia real—. Cada madrugada, antes de que amanezca, acomoda el cuerpo rígido de su hijo con parálisis cerebral en una postura que alivie la espasticidad; luego coloca la sonda de alimentación, revisa el respirador y repasa mentalmente una agenda que cabría en la novela de un atleta épico: fisioterapia a las nueve, logopedia a las once, atención temprana por la tarde, papeleo de la beca tal, una tutoría telemática con el colegio. Ese horario, que para otros resultaría inviable, es su rutina desde hace ocho años. Sin embargo, cuando llega a nuestra consulta, no es el cansancio lo que primero asoma, sino la duda: «¿Estoy haciéndolo bien?».

Nosotras —y subrayo el plural porque este oficio es siempre coral— nos sentamos junto a ella, no enfrente. Apenas hablamos al principio; dejamos que la libreta aún en blanco absorba su relato. Después, como quien desenreda despacio un ovillo, analizamos juntos cada tramo de su día: ¿Qué tareas son esenciales y cuáles podrían delegarse? ¿Qué productos de apoyo reducirían el esfuerzo de la bañera? ¿Cómo transformar los pasillos del hospital, donde inevitablemente espera, en un pequeño refugio de lectura o respiración consciente? Laura descubre que su tiempo puede volver a pertenecerle por minutos, y poco a poco esos minutos se convierten en espacios de vida propia: una llamada a una amiga sin culpa, un curso en línea que había postergado, un paseo bajo los árboles del bulevar mientras su hijo practica terapia acuática.

Casi al mismo tiempo, pero en otro escenario, transita Isabel. Llega con su silla de ruedas eléctrica y una determinación luminosa: quiere quedar embarazada. En el ascensor del centro de salud le han insinuado que quizá no sea buena idea; en las redes sociales se pierde entre relatos triunfalistas y advertencias catastrofistas. Isabel necesita certezas tangibles, no juicios. Por eso, la recibimos entre planos de mobiliario y muestras de tejidos antideslizantes. Medimos la altura exacta a la que resultará accesible colocar un cambiador; comprobamos si la fuerza de tríceps bastará para transferir al bebé a una cuna con baranda abatible; buscamos mochilas de porteo que repartan el peso sin comprimir la zona lumbar. Pero sobre todo, construimos alianzas: convocamos a obstetras, pediatras, fisioterapeutas y a la propia familia para dibujar un plan de parto que conserve la autonomía de Isabel minuto a minuto. No hay condescendencia, hay logística; no hay compasión, hay respeto técnico y humano. Cuando finalmente sostiene a su hija, descubrimos que las muchas manos que parecían imprescindibles se han convertido en un discreto andamiaje, porque Isabel —como tantas— es la arquitecta principal de su maternidad.

A veces, en ese mismo pasillo, nos cruzamos con Verónica, que ya es madre y vive con esclerosis múltiple. Su reto no es tanto criar, como lidiar con la sospecha ajena: la mirada del maestro que se ofrece a abrochar la chaqueta del niño «porque tu madre estará cansada», el comentario en el parque sobre la lentitud con la que empuja el columpio. Con Verónica ensayamos respuestas a medias entre la pedagogía y la firmeza; proyectamos charlas breves en la escuela donde ella misma explica cómo la fatiga crónica la obliga a dosificarse pero no la incapacita para amar ni para imponer límites; y salimos al barrio para verificar, metro a metro, qué rampas incumplen la normativa, qué semáforos carecen de señal acústica, cuál farmacia se presta a mantener los medicamentos en una taquilla externa para evitar colas innecesarias. Cada barrera superada se traduce en una dosis extra de identidad: su hijo ya no ve a una madre en desventaja, sino a una madre estratega que transforma el entorno en un tablero a su favor.

Sin aviso, la película interior introduce otro personaje: Marta, madre soltera por elección y con un trabajo por turnos que no respeta los relojes familiares. Llega a nosotros con un Excel exhausto que intenta casar guarderías, abuelos a 300 kilómetros, horas extra y esa franja gris que llaman «tiempo para una misma» y que el cursor se resiste a colorear. Cada celda del documento habla de supervivencia. Nosotros arremangamos la ciencia de la ocupación y ensayamos una orfebrería de minutos: proponemos cocinar por lotes el domingo para ganar noches libres, colocamos alarmas que marcan pausas corporales en jornadas nocturnas, enlazamos a Marta con un banco del tiempo que intercambia recogidas escolares por clases de inglés. La magia no consiste en multiplicar horas, sino en redistribuirlas según aquello que realmente importa. Tres meses después, Marta vuelve y nos cuenta, casi incrédula, que los miércoles a mediodía ahora asiste a una clase de danza contemporánea; dice que es su respiración. Esa hora no ha aparecido por arte de los hados: estaba ahí, oculta bajo la inercia productiva.

Hay, sin embargo, silencios más densos. Uno llega con Ana y Luis —otra pareja ficticia y real—, que llevan años intentando concebir. Cuando entran a la sala, el aire parece vibrar con una mezcla de esperanza y duelo anticipado. La palabra infertilidad se adhiere a la piel; el ciclo de pruebas y negativas devora la agenda tanto como la moral. Aquí nuestra intervención no se centra en cunas ni en mochilas, sino en algo más abstracto y, quizá, más profundo: redefinir la noción de proyecto vital. Les proponemos externalizar el dolor mediante escritura —cartas que quizá no se envíen nunca y cuyo valor es nacer—; exploramos ocupaciones generativas que devuelvan sensación de continuidad (mentorar a adolescentes en riesgo, coordinar un huerto comunitario, liderar un coro); y pactamos rituales mínimos, casi sagrados, para proteger la relación de pareja de la centrifugadora emocional de las hormonas. No borramos el deseo, lo colocamos en perspectiva; recordamos que la capacidad de cuidar excede la frontera biológica y que, si al final llegan a la adopción, el horizonte será otro río, no un pozo.

Junto a Ana, a veces se sienta Paula, que ha optado por no tener hijos. No llega con un dolor visible, sino con el cansancio de justificar su decisión. Nosotros abrimos la puerta sin interrogatorio. La conversación gira entonces sobre proyectos que piden espacio: un doctorado interrumpido, un viaje de voluntariado al sudeste asiático, una novela germinal. Paula teme la frase: «Cuando seas mayor te arrepentirás». Repasamos juntos datos sobre satisfacción vital, pero pronto entendemos que no es un debate estadístico; se trata de afirmar la soberanía sobre el cuerpo y el tiempo. Desde la terapia ocupacional la acompañamos a levantar un andamiaje con nombre y apellido: fechas, billetes, becas, colaboraciones. Cada paso planificado refuerza la legitimidad de su rumbo.

Y a lo largo de todo este desfile, mi madre aparece como un faro… pero también como un puerto azotado por tormentas. Su maternidad fue dura, a ratos casi imposible, porque nadie nos explicaba nada: ni qué significaba su diagnóstico en lo cotidiano, ni cómo se gestionaba la mezcla de ternura y rabia que nos asaltaba a mi hermana y a mí. Crecimos descifrando silencios y cargamos culpas que no tenían nombre, mientras ella —en su propia noche— se preguntaba si su cuerpo nos imponía una herida invisible. Las únicas terapeutas ocupacionales que conocimos entonces estaban detrás de una camilla, en la clínica de rehabilitación; daban indicaciones rápidas y desaparecían detrás del siguiente paciente. No había, para nosotros, ese trabajo familiar y comunitario que ahora defendemos con tanto ahínco: llegó años después, cuando yo mismo crucé la puerta de la universidad para estudiar Terapia Ocupacional, impulsado por la certeza de que debía haber otra forma de acompañar realidades como la nuestra. Hoy, desde esta perspectiva, las terapeutas “aparecen” retroactivamente: comprendo lo que habríamos necesitado —un puente entre su discapacidad y nuestra infancia, una guía que tradujera dudas en posibilidades— y transformo aquel vacío en compromiso profesional. Cuando me pregunto «¿Cómo le facilito los días?», en realidad estoy diciendo «¿Cómo honro, con esta profesión que ella inspiró, la lección de coraje que nos dejó su maternidad?».

Mientras paso las páginas imaginarias de este álbum —porque eso es, al fin, este ensayo: un álbum—, no puedo evitar detenerme en el hilo que las une. Cada maternidad —la que cuida con horarios quirúrgicos, la que gesta contra el prejuicio, la que cría con dolor crónico, la que cría sola, la que sueña sin conseguir, la que descarta la maternidad biológica— comparte una misma aspiración: habitar la vida diaria con dignidad y sentido. Y ese territorio es, precisamente, nuestro terreno de juego. Si otras profesiones sanitarias se centran en la enfermedad o la función, nosotros nos obsesionamos con la participación: que la mujer pueda bañarse sin ayuda si así lo desea, o aceptar ayuda sin sentirse menos; que pueda empujar el columpio, firmar el boletín, amamantar, viajar, teletrabajar, hacer voluntariado, escribir novelas o bailar danza contemporánea.

No es casual que la palabra ocupación se asocie a trabajo en algunos idiomas. Para nosotros, sin embargo, engloba todo aquello que hace que la vida valga la pena: trabajos, sí, pero también ocio, descanso, relaciones, espiritualidad, activismo. Cuando intervenimos, lo hacemos en plural porque la labor desborda la consulta individual; requiere conversaciones con urbanistas sobre pavimento accesible, con legisladores sobre permisos parentales reales, con diseñadores industriales sobre cunas pensadas para todos los cuerpos, con docentes sobre barreras invisibles. Nos toca, a menudo, navegar contra la corriente de la inercia cultural que coloca la maternidad en un pedestal tan estrecho que apenas caben unas pocas formas de ejercerla.

Y, sin embargo, en este Día de la Madre queremos mirar el cuadro entero. Pensemos en Laura, Isabel, Verónica, Marta, Ana, Paula… y en mi propia madre. Ninguna cabe en la postal de la madre perfecta, pero todas —con audacia, cansancio, ternura o disciplina— ensanchan la palabra maternidad. Nosotros, terapeutas ocupacionales, caminamos junto a ellas afinando bisagras, descosiendo culpas y tejiendo nuevas narrativas.

Al mismo tiempo, hoy felicitamos a todas las mujeres que cuidan desde otros vértices: a la tía que sostiene a sus sobrinos mientras la vida de su hermana se recompone; a la amiga que responde de madrugada; a quien rescata un perro y organiza sus días alrededor de ese vínculo; a las vecinas que hacen de la escalera una red segura. El eje común no es la biología, sino el cuidado: esa decisión cotidiana de hacerse responsable de otro ser y, en el acto, hacerse más humana.

Celebrar el Día de la Madre, entonces, es honrar cada forma de cuidado y comprometernos a que ninguna quede fuera. Que el día nos encuentre —como profesionales y como personas— escuchando, adaptando, defendiendo y, sobre todo, compartiendo ese café sin culpa que da sentido a la prisa. Porque es en esos gestos mínimos donde palpita la vida que vale la pena celebrar.

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