«Dices que me quieres
Con una fuerza que me hiere
Agapimú»
Aunque arrancamos con un parafraseo de Agapimú, si conoces la versión de Ojete Calor con Ana Belén, conocerás la canción Extremismo mal de Ojete Calor. Imagina de qué vamos a hablar.
Es ese un tema absurdo y brillante a partes iguales, donde todo está llevado al extremo: que si “una mirada mal, ¡extremismo!”, que si “me roza un pensamiento, ¡violencia estructural!”. Todo tiene un filtro emocional desproporcionado, todo es motivo de drama. Y lo mejor: todo se dice con ritmo de verbena y coros de ultrarrealidad.
Pues bien. Quitando el tono electropop y el disfraz humorístico, podríamos decir que hay algo de extremismo mal en la manera en la que, muchas veces, las terapeutas ocupacionales en España reaccionamos ante la crítica. Porque basta que alguien diga “Oye, esto podríamos hacerlo mejor” para que nos abduzca el catenaccio profesional.
Terapia Ocupacional: una profesión con muchas fortalezas… y poco humor para sus defectos
Somos una profesión fuerte, comprometida, sensible, que ha peleado por cada espacio de visibilidad. Pero también somos, a veces, frágiles cuando se trata de escucharnos entre nosotras desde la diferencia. La crítica se percibe como ataque. El matiz como desprecio. La duda como traición.
¿Y sabéis qué? Es agotador. Y no porque no tengamos derecho a enfadarnos —lo tenemos—, sino porque estamos perdiendo una oportunidad enorme de crecer como colectivo.

¿Qué nos pasa con la crítica?
Nos pasa que nos duele. Mucho. Que cuando alguien escribe un artículo, un tuit, un ensayo o un comentario en una reunión diciendo que “esto que hacemos quizás no es tan terapéutico como creemos” se activa un protocolo emocional que bien podría llamarse “Extremismo TO”.
- Se revisa el currículum del/la que lo dijo: “¿Y esta persona qué ha hecho por la profesión?”
- Se cuestiona su tono: “Está siendo destructiva, no constructiva”
- Se responde con frases tipo: “Si tienes una crítica, hazla por las vías establecidas” (spoiler: nadie sabe cuáles son esas vías).
- Y sobre todo, se pone en duda su amor por la profesión: “Si tanto te duele, ¿por qué no dejas de ejercer?”
Todo esto, claro, sin entrar al fondo del mensaje. Porque lo importante no es si lo que dijo es cierto, útil o necesario. Lo importante es que nos lo dijo sin el emoji de corazón correspondiente.

¿Y si no es solo falta de carácter?
Quizás lo que llamamos baja tolerancia a la crítica no sea un problema de actitud individual. Quizás tenga raíces estructurales. Porque cuando trabajas en una profesión con salarios paupérrimos, sin reconocimiento social, sin colegiación obligatoria, sin sindicatos fuertes que te respalden, y sin formación en gestión o administración de entidades, lo último que te queda es energía emocional para sostener la crítica.
La falta de resiliencia colectiva y la dificultad para encajar miradas incómodas no nacen de la nada. Son la suma de una precariedad histórica, de una lucha constante por demostrar que existimos, de una autoexigencia perpetua que nunca se ve recompensada. Es como un aroma sutil, que no molesta mucho, pero que nunca se va. Lo hueles tú, lo huelo yo. No es insoportable, pero ahí está.
Seguro que tú lo estás haciendo bien. Pero también te reconcome ese runrún a veces. Esa voz que te dice que, a pesar de todo, igual algo no está funcionando como debería. Y cuando alguien lo pone en palabras… duele. No porque sea falso, sino porque da en el centro justo del cansancio.
No somos perfectas (aunque a veces lo parezcamos en redes)
En los últimos años hemos construido una identidad colectiva muy cuidada en redes sociales. Nos apoyamos, nos aplaudimos, compartimos frases inspiradoras y fotos de nuestras sesiones. Y eso no está mal. Pero cuando convertimos el refuerzo positivo en la única forma de comunicarnos, cualquier comentario que no sea “me encanta lo que haces” suena a sabotaje.
Hemos llegado a un punto en el que la crítica no entra en el relato. Como si la Terapia Ocupacional fuese una sucesión infinita de intervenciones maravillosas, sin errores, sin contradicciones, sin zonas grises. Y eso, por muy bonito que quede en Instagram, no es real.
Somos humanas. Nos equivocamos. A veces hacemos cosas que no tienen sentido. O que no están basadas en evidencia. O que simplemente repetimos porque las vimos hacer así hace años. Y necesitamos poder decirlo. Sin miedo. Sin castigo emocional. Sin extremismo mal.

¿Crítica destructiva o amor en forma de incomodidad?
Todo esto viene, en parte, a colación de algunos comentarios y críticas —con o sin intención de desprestigiar— que pueden parecer intentos de callar voces como la mía. Voces que, más allá de querer construir una Terapia Ocupacional de pladur y corchopan, buscan que la profesión sea fuerte, forjada a fuego, con autocrítica y sentido. Porque no se trata de tirar por tirar, sino de empujar desde otro lugar, menos cómodo, pero igual de necesario.
No siempre la crítica va necesariamente seguida de soluciones, se lanza como sonda para tantear emociones y soluciones. A veces, simplemente es un reflejo de hartazgo, una llamada de atención, una grieta por donde se cuela el malestar. No todas las críticas buscan respuestas inmediatas ni esperan que quienes tengan el poder de actuar lo hagan. Pero eso no les quita valor. A veces, decirlo ya es hacer bastante.
La gran mayoría de veces, las críticas que se hacen en nuestro entorno no vienen del odio, ni del ego, ni de la envidia. Vienen del amor a esta profesión. Del deseo de verla crecer. De la frustración de ver cómo se repiten errores. De la impotencia de ver que algunas cosas no cambian. Y de la necesidad —muy legítima— de decirlo en voz alta.
Pero nos lo echan en cara. Que criticar no ayuda. Que criticar es dividir. Que criticar es no valorar lo que ya se hace. Y no. Criticar es cuidar. Porque quien no se siente parte, no pierde tiempo en decir nada.
“Vías establecidas”: la gran ficción profesional
“Si tienes algo que decir, dilo por las vías establecidas”. Esta frase aparece en cuanto alguien se sale del discurso oficial. Pero… ¿alguien sabe realmente cuáles son esas vías?
¿Escribir a un correo que no contesta?
¿Esperar a la próxima asamblea a la que van 12 personas?
¿Rellenar una encuesta que no cambia nada?
Las vías formales a veces no sirven. O no llegan. O no existen realmente. Y cuando la crítica se hace pública, por redes o en un artículo, se considera falta de lealtad. Pero… ¿no será que hemos confundido lealtad con silencio?
El reto: dejar espacio a la crítica, sin dramatismo
Como en la canción de Ojete Calor, no todo es extremismo. No todo lo que incomoda es violencia. No todo lo que cuestiona es enemigo.
Podemos aprender a recibir críticas sin rompernos por dentro. Podemos escuchar sin necesidad de responder con un hilo emocional de Instagram. Podemos entender que tener puntos ciegos no nos hace menos profesionales, sino más humanos.
Y sí, claro que hay críticas malintencionadas. Gente que solo quiere ruido. Pero no es la mayoría. La mayoría simplemente está diciendo: “esto, así, ya no funciona”. Y eso debería encender la curiosidad, no la alarma.
Porque al final…
No necesitamos anuncios de Mr. Wonderful pegados a la bata para recordar que valemos. Lo sabemos. Pero tampoco podemos hacer de cada crítica una agresión. Porque eso solo nos debilita.
La crítica no es enemiga de la profesión. La ausencia de autocrítica sí lo es.
Así que la próxima vez que escuches una opinión incómoda, respira. No hace falta llamar al comité de urgencias emocionales. No hace falta escribir un post de respuesta a modo de vendetta. A lo mejor, solo a lo mejor, esa crítica es una oportunidad.
Y si no… pues como díria Ojete Calor: relájate, princesa. No todo va por ti.
