Hace unos días, mientras escuchaba el capítulo 14 de «Hablando de TO» del compañero @elterapeutaocupacional, sentí una mezcla de emociones que me empujaron a escribir este ensayo. En este episodio, Inma Iñiguez, presidenta del CGCTO y del COTOV, pone sobre la mesa un debate que a muchos nos resulta familiar: la necesidad de una colegiación obligatoria. Para mí, esta idea resuena con fuerza, pero también con cicatrices. Este texto es una reflexión personal y crítica sobre la colegiación en Terapia Ocupacional en España, desde mi experiencia como terapeuta y como alguien que ha vivido en carne propia, las contradicciones de un sistema que, en lugar de acoger, muchas veces empuja.
La ilusión y el desencanto
Mis primeros años como terapeuta ocupacional estuvieron marcados por la ilusión. Formarme, incorporarme al colegio profesional, participar, aportar… era el camino lógico. Pero esa ilusión pronto empezó a tropezar con realidades menos amables. El primer presidente de mi colegio fue, sinceramente, un currante máximo. Un verdadero terapeuta ocupacional, con ideas y formación, que volcaba la empatía y la cercanía como núcleo de su trabajo. Aun así, el funcionamiento interno del colegio presentaba claroscuros: las vocalías existían, sí, pero muchas veces eran ocupadas por falta de otras opciones, o por un deseo sincero —aunque mal canalizado— de aportar. La formación, por ejemplo, era para todos, pero siempre parecía estar dirigida a «lo mismo». Las voces disonantes, las que no iban con lo «mainstream» o que pedían más seriedad y ciencia, a menudo eran silenciadas o ignoradas. Y eso, en una profesión que presume de inclusión, es profundamente contradictorio. No todo vale en Terapia Ocupacional, y el colegio debe estar ahí para recordarlo. ¿Estamos preparados para esa realidad? ¿Hablamos, por ejemplo, de intrusismo?, ¿De formación?, ¿De líneas rojas? … Si pensaste «otra vez el temita», lo siento.
Entonces vino la desvinculación. Una vez dejé de pagar dos cuotas, tras muchas conversaciones sobre qué daba y qué no daba el colegio, simplemente dejaron de responder. Sin carta, sin correo, sin una llamada. Mutis por el foro. Me echaron. Así, sin más. Y con eso, algo en mí también se rompió. No era solo una cuestión económica; era la sensación de haber sido útil hasta que ya no convenía.
¿Para qué sirve un colegio profesional?
Esa es la gran pregunta que muchos compañeros se hacen. «¿Para qué sirve el colegio?» —preguntan con razón— cuando lo ven ausente en los temas relevantes, poco operante según qué crisis, y desdibujado en los debates públicos. En lugar de profesionalizar el discurso, muchas veces nos engorilamos repitiendo hasta la saciedad qué somos, sin avanzar hacia cómo ser mejores profesionales, cómo intervenir mejor, cómo construir desde la evidencia y la reflexión. Sin abrir la caja de pandora de porque lo público parece más importante que lo privado. Nos falta, quizás, una ética compartida que nos sirva de base. Y lo peor: cada vez más compañeros deciden no colegiarse porque no saben para qué sirve. Porque no sienten que su voz vaya a tener fuerza en esas estructuras que, a veces, parecen más un coto cerrado que un espacio de participación real.
Inma Iñiguez plantea que la colegiación debe ser obligatoria. Y aunque me escuece, estoy de acuerdo. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se articula, no se defiende. Pero ojo: una colegiación obligatoria sin reformas profundas puede ser un yugo más que una herramienta. ¿Queremos eso? ¿O queremos una organización que represente de verdad, que escuche, que articule, que forme, que visibilice, que defienda, que abrace?
Mirando alrededor: lo que hacen otros
Desde la ortopedia veo con cierta envidia cómo los fisioterapeutas, los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros, se forman continuamente en cursos ofertados por sus colegios. Tienen grupos de trabajo activos, posicionamientos ante temas de actualidad, campañas visibles. No se trata solo de tener más recursos o más colegiados; se trata de tener más implicación, más vocación de servicio público.
Y nosotros… nosotros a veces parecemos fantasmas. No por falta de capacidad, sino por desarticulación. Muchos compañeros están agotados, otros están volcados en otras cosas, algunos simplemente han desistido. Y eso también es una derrota. Cuando el cansancio gana, la profesión pierde. Aquí no se trata de desprestigiar el trabajo que hacen o han hecho los colegios; sería injusto. Hay personas comprometidas, hay logros, hay pasos dados. Pero también hay una desidia general, una sensación de lejanía, un desinterés que no podemos ignorar. Y si no lo abordamos, seguiremos fragmentados.
Además, debemos abrir el melón de la ética profesional, que es lo que nos hará salir del snobismo en lo sociosanitario. ¿Por qué reclamamos que no nos quiten funciones, pero al mismo tiempo participamos —consciente o inconscientemente— en prácticas que se alejan de nuestro marco competencial? ¿Qué papel tienen los colegios en todo esto? ¿Se están posicionando frente a formaciones que, por novedosas o ajenas, rozan el intrusismo? ¿Estamos, como colectivo, lo suficientemente cohesionados para dibujar esa línea roja? La respuesta no es sencilla, pero urge plantearla. Porque sin ética, no hay profesión. Y sin profesión, no hay futuro.
Nostalgia y esperanza
Recuerdo aquellos años en los que soñaba con cambiar el mundo desde la Terapia Ocupacional. Recuerdo también los primeros congresos, las primeras reuniones, las charlas con compañeros que, como yo, creían que podíamos hacer algo distinto. Y también recuerdo la frustración. Las puertas cerradas. Los correos sin respuesta. Las decisiones ya tomadas antes de abrir la boca.
Pero pese a todo, sigo creyendo. Sigo pensando que vale la pena. Que no todo está perdido. Que si nos organizamos, si exigimos, si pedimos explicaciones, si nos comprometemos, algo puede cambiar. No todo, pero algo. Y a veces, algo es todo lo que se necesita para empezar de nuevo.
¿Qué hacer entonces?
Primero, dejar de culpabilizar al que no se colegia. No es un traidor: es un síntoma. De desafección, de desencanto, de abandono. Segundo, abrir los colegios. Que no sean solo despachos cerrados, sino espacios vivos, con presencia digital, con cercanía, con capacidad de respuesta. Y tercero, generar comunidad. Formación, divulgación, activismo, cultura profesional, redes. Y por último, defender con claridad el marco ético y competencial de la Terapia Ocupacional. Hablar de intrusismo no debe ser tabú, sino ejercicio de identidad y responsabilidad colectiva.
Y aquí surge una pregunta que me han lanzado más veces de las que quisiera contar: «¿Y tú qué haces? ¿Te colegias? ¿Qué haces tú por la terapia ocupacional?«. Y es una pregunta incómoda, pero legítima. Porque quienes estamos fuera del sistema colegial no estamos fuera de la profesión. Seguimos atendiendo, formando, investigando, trabajando desde el compromiso y el rigor. Muchos de nosotros formamos redes informales, impulsamos proyectos independientes, colaboramos con entidades desde otros marcos. No todo pasa por estar dentro del colegio, aunque ojalá los colegios fueran lo suficientemente amplios y abiertos como para integrar esta diversidad.
Los «olvidados» también construimos Terapia Ocupacional, aunque desde los márgenes. Y quizás por eso tenemos más claro que nunca qué no queremos repetir, qué errores no deseamos perpetuar. Nuestra aportación no se mide en cuotas, sino en acciones. Y es desde ahí, desde esa otra orilla, que seguimos preguntando, pensando, proponiendo.
Este texto no es una denuncia anónima ni un ajuste de cuentas. Es una carta de amor frustrado a una profesión que sigo queriendo. Y es también una invitación: a pensar, a sentir, a exigir. Porque la Terapia Ocupacional lo vale. Porque nuestros pacientes lo merecen. Porque nuestros compañeros lo necesitan. Y porque nosotros, los que aún creemos, no podemos rendirnos del todo.